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domingo, 13 de enero de 2008
ANÁLISIS · ABC, Edición VALENCIA · 12 ENE 2008
Todos lo hemos oído más de una vez: «Ése, lo que necesita es un cachete a tiempo», o la versión escolar de «la letra con sangre entra». Son viejos conocidos del acervo popular -llámense cachete, leche, bofetón, azote, hostia o azotaina-, cuya aplicación más o menos severa dependía de cada uno. Pero esa aplicación más o menos severa tiene unos límites desde hace ya tiempo, aunque ahora pueda parecer lo contrario.

La recientísima modificación del Código Civil en esta materia ha traído de nuevo el tema del cachete paterno -o materno, supongo- a la palestra, aunque quizá de un modo no del todo acertado. Se nos ha transmitido como una modificación legislativa que suprime la posibilidad del castigo físico a los hijos, o algo parecido, como si hasta ahora la legislación española legitimara a todo aquel que tuviera a bien emplear la violencia con sus hijos por el sólo hecho de serlo.

Pues bien, la cosa no era para tanto. El articulito en cuestión no hacía sino reconocer a los padres la facultad «de corregir razonable y moderadamente a los hijos», pero tampoco puede olvidarse que otro precepto, esta vez del Código Penal, lleva varios años castigando a todo aquel que agreda, amenace e incluso insulte a los hijos o menores que se hallen bajo su potestad. Así que, al contrario de lo que parecía, no se trataba de que el Código Civil permitiera que los padres pegaran a los niños, sin más.

El problema es a mi entender más grave, más profundo. La punta del iceberg se encuentra entonces en la interpretación de unos términos tan ecuánimes como los transcritos, nada menos que «razonable» y «moderado». Del revuelo que se ha armado con esta reforma legislativa no cabe extraer otra conclusión que lo que hasta ahora se entendía como razonable y moderado no era ni más ni menos que el empleo de violencia física en uno u otra grado. Inquietante.

Veamos sino las reacciones suscitadas entre la población, a través de la entrevista hecha en la calle por cualquier avezado reportero de cualquier cadena de televisión. Expresiones como «ahora, habrá que contar antes hasta diez para no dar la bofetada», «un azote a tiempo no ha hecho mal a nadie» o «no sé cómo vamos a poder controlar ahora a los hijos» era lo que se oía de los sonrientes entrevistados, que en algunos casos aprovechaban su minuto de gloria para saludar.

Como también se oían referencias a que quienes hacen las leyes o los psicólogos -no sé qué vela tenían en este entierro- tendrían que tener hijos y verían qué era lo necesario. Insisto en que me parece, cuanto menos, inquietante.

Me inquieta terriblemente el hecho de los españoles del siglo XXI pudieran considerar que dentro de esa posibilidad de corrección razonable y moderada de la que hablaba el vetusto Código Civil, estaba sin ningún género de dudas incluido el castigo físico, y por eso haya sido necesaria una reforma legislativa.

El problema es que las reformas publicadas en el BOE no sirven para reformar nuestras mentes, ni todo aquello que está arraigado en ellas desde tiempo inmemorial. También me preocupa el dato transmitido si no de modo directo, si al menos de manera subrepticia: ahora los jueces habrán de castigar a quienes peguen a sus hijos. Como si antes no los castigaran. Como si hasta ahora la maternidad o paternidad vinieran con patente de corso para el empleo de violencia contra los hijos. Como si hubieran quedado sin castigo todos aquellos que maltrataron a sus hijos, en algunos casos hasta la muerte, en asuntos que todos recordamos.

El problema no está ahí. Los preceptos legales poco importan a todos aquellos salvajes que están dispuestos a que la violencia física sea la solución a sus problemas paterno filiales, como poco importa a los maltratadores la existencia de leyes que castigan el maltrato, como desgraciadamente tenemos oportunidad de comprobar casi a diario. El problema está en las mentes de todos aquello que presumen que entre lo razonable y lo moderado se encuentra el empleo de la violencia, y que tienen hijos, y que les transmiten a sus hijos esa creencia y el modo de actuar en consecuencia.

Lo razonable y moderado debiera ser educar a una generación que nunca entendiera razonable y moderado el empleo de la violencia. Lo difícil es dar con el sistema adecuado. Ójala lo logremos. ABC

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