Segunda novela del ganador del VIII Premio Odisea de Literatura· »PORTADA
«No me refiero a que te llamen 'mariquita' sino a auténticas burradas»
. Hecheres Beltrán fue premio Odisea el año pasado con Cruzando el límite, cuyas páginas se adentran en la vida, dudas, ilusiones y trampas de las búsquedas de afectos.
Hecheres Beltrán (Santa Cruz de Tenerife, 1978), que elige como punto de partida para su segunda novela, Viaje* de ira y vuelta, una experiencia personal para construir una historia ficticia "con la que pueden sentirse identificados el 95% de los homosexuales".
El hostigamiento que padecen muchos gays y lesbianas en su adolescencia puede imprimir en el subconsciente una rabia que permanece dormida durante mucho tiempo, hasta que se emprende el viaje hacia las raíces. "Me da mucho coraje cuando se habla del acoso escolar como un mal de la sociedad actual. Ha existido toda la vida", explica Beltrán, que teje su obra a partir de una persona que regresa a su pueblo tras haber pasado mucho tiempo fuera "porque los malos recuerdos le impiden volver". No sólo habrá de enfrentarse a su familia sino a su pasado en la escuela y en el instituto
"Es un viaje duro porque aviva sentimientos olvidados. La ira estaba dormida y ahora despierta", sugiere el creador, que describe un camino que termina en venganza. "Para mí este libro es como una venganza, porque ha pasado", reconoce sin reservas, si bien se plantea el dilema moral de la justificación de la revancha. "Nadie tiene el poder para vengarse, hay que saber controlar la ira", añade, sin descartar la necesidad de profundizar en las circunstancias que pueden empujar a la vendetta.
Ganador del VIII Premio Odisea de Literatura con su opera prima, Cruzando el límite, Hecheres Beltrán retoma la homosexualidad como marco de su relato: "En la primera novela también partía de una vivencia propia, un chico gay de pueblo que llega a Madrid y descubre otro mundo, bueno y malo al mismo tiempo. Ahora el viaje es en sentido contrario, hacia la infancia".
Sin limitarse en cuanto a géneros, mira a sus obras futuras con la intención de que haya siempre un personaje homosexual, "porque es la realidad, existimos y hay que reflejarlo en el arte, pero no como el gay gracioso que suele salir en las series de televisión y en las películas", aclara el escritor con la convicción de que "la literatura contribuye a normalizar la situación de los homosexuales y a ofrecer referentes a los jóvenes". elpais
Reconquista de la inocencia
J. ERNESTO AYALA-DIP 24/02/2007
Madrid se muestra como la tierra prometida para un chico de provincias y homosexual que descubrirá poco a poco el desengaño de las promesas y de sus sueños. Hecheres Beltrán ha obtenido el VIII Premio Odisea con Cruzando el límite, cuyas páginas se adentran en la vida, dudas, ilusiones y trampas de las búsquedas de afectos.
El joven de provincias que llega a la gran ciudad con el afán de conquistarla tiene en la historia de la novela larga tradición. La tiene desde Balzac, él mismo un joven provinciano con el mismo propósito. Uno de los ingredientes de este motivo literario es la inocencia. Y, evidentemente, no hay inocencia más atractiva que la que se pierde. En Cruzando el límite, la novela con la que el escritor canario Hecheres Beltrán ganó el VIII Premio Odisea, alguien va en busca de esa edificante pérdida. Podríamos decir que Madrid es la gran protagonista en esta historia. Como escenario de las peripecias que aquí ocurren y como motor de ese límite que se cruza y desde el cual la vida del protagonista que nos narra su experiencia pende de un hilo. Pero esta novela ventila también otra cuestión: la homosexualidad, las leyes que rigen el mundo gay, los prejuicios, los malentendidos.
Luis es un chico joven que llega a Madrid para abrirse camino. Trabaja de camarero hasta que algún día cambie su suerte y pueda colocarse en un empleo más a tono con su ambición y sensibilidad. Le gusta escuchar música y leer. El azar le pone en contacto con lo que llamaríamos decimonónicamente el vientre de Madrid. Los bares gays, el sexo furtivo y, sobre todo, el consumo de drogas. Las fiestas infatigables, toda la gama de estupefacientes que se pueda meter entre pecho y espalda y el alcohol. Sumado a ello, las relaciones fortuitas, la madrugada resacosa y esa especie de vacío existencial que parece apoderarse de todos los amigos y ocasionales compañeros de Luis. Al final no cabe duda de que todos estos pájaros nocturnos adolecen de una misma enfermedad, la falta de amor.
El mérito de esta sencilla his
toria de búsquedas y decepciones es una lograda naturalidad en el tono de su narración. Hecheres Beltrán no carga las tintas en la descripción de algunas escenas duras. La sordidez de algunos momentos, la urgencia carnal, todo lo mantiene el narrador con esa cuidada naturalidad del que cuenta no desde la simulación literaria sino desde el documento íntimo de su desengaño. La única escena, un encuentro desgraciado en un lavabo que acaba en una violación, es lo más cercano a algunas de las páginas más sórdidas de Ábrete de orejas del escritor británico Joe Orton. Y el Madrid que nos queda de esta interesante novela es el de una ciudad que hace ya mucho tiempo que gustosamente ha perdido su inocencia. elpais
Capítulo 1 de 'Billete de ira y vuelta'
Hecheres Beltrán
Ed. Odisea
Oscuridad. Las luces se habían apagado. A su alrededor,
Javier veía la silueta de las personas que le acompañaban en
el viaje. Sentados frente a él, dos señores mayores, probablemente
amigos, que habían dejado de hablar cuando todo
se volvió negro. De pie, cerca de la puerta, una mujer sostenía
a su hijo en brazos. O tal vez no era su propio retoño,
pues la mujer era muy joven. A lo mejor se trataba de una
canguro. Al otro lado, apoyado en el extremo del vagón, un
joven levantó la vista de su libro cuando la oscuridad no le
permitió seguir leyendo. No había nadie más. Cerró los
ojos. Se preguntó cuánto tiempo llevaban parados en mitad
del túnel. Los segundos se le hacían eternos. Javier acababa
de salir del trabajo y estaba deseando entrar en su casa,
quitarse los zapatos y tumbarse en el sofá. No había sido un
buen día. Su jefe había llegado con ganas de liberar sus
demonios personales y le tocó a la plantilla pagar los platos
rotos de su vida privada. Javier odiaba que aprovechara su
rango para abusar de su poder y amargarle la existencia a
todos. Sentado en el vagón, Javier abrió de nuevo los ojos.
Seguían a oscuras. A pesar de que no hacía calor, notó que
una pequeña gota de sudor le caía por la frente. Se la secó
con el dorso de la mano. Apareció otra, y otra, y otra. De
repente, su frente estaba completamente mojada por el
líquido corporal. Se pasó nuevamente la mano, esta vez la
palma y, lentamente, fue retirando el sudor. Miró al frente.
A través de las ventanillas del vagón sólo pudo ver el frío
muro de cemento que se curvaba en la parte superior y
regresaba a su estado original detrás de él, rodeándole.
Parecían las gigantescas fauces de un animal de piedra que
estuviera a punto de comérselos a todos de un solo bocado.
El corazón de Javier se aceleró. Las palpitaciones eran tan
fuertes que creyó que su pecho estaba a punto de desgarrarse.
El sonido de sus latidos era tan estridente que no
era capaz de oír nada más. Dejó de respirar por la nariz y
abrió la boca para coger más aire, pues tenía la sensación de
que se ahogaba. Le recordaba a cuando buceaba a pulmón
y, cuando no resistía más, necesitaba subir a la superficie.
Pero desde donde se encontraba ahora no podía salir a la
superficie. Bajo tierra, encerrado en un vagón de metro, en
mitad de un túnel, ni sus sentidos ni su cerebro lograban
vislumbrar qué podía hacer ante la falta de oxígeno. Lo que
sí podía hacer su mente era imaginar. Y vaya si lo hizo.
Pensó en qué pasaría si al conductor del metro le hubiera
dado un infarto. O si habían puesto una bomba, como en
Londres, y estaban allí atrapados. Le dieron ganas de gritar.
Quería salir de allí. Necesitaba salir de allí. Antes de
ponerse a dar voces decidió levantarse y pasear, visiblemente
nervioso, por el vagón. Pero aquella actitud sólo consiguió
que la ansiedad aumentara. Abrió la boca para chillar
cuando, de pronto, se encendieron las luces. Al momento,
el vagón comenzó a moverse. Javier se quedó cerca de la
puerta, detrás de la mujer, y se bajó en la siguiente parada
a pesar de que aún quedaban cinco para llegar a la suya.
Salió a la calle como alma que lleva el diablo, sorteando a la
gente. Cuando por fin notó la brisa de la tarde en su rostro,
se puso a llorar. Se dio cuenta de que jamás volvería a usar
el metro. Hacía años le pasó lo mismo con los ascensores.
Poco a poco fue desarrollando una incontrolable aversión
hacia esas máquinas. El solo hecho de pensar que se podía
quedar atrapado en aquellas cajas metálicas le ponía enfermo.
No recordaba la última vez que se montó en uno. Lo
que sí tenía claro era el miedo que se apoderaba de él cuando
se quedaba encerrado en un sitio. Por esa razón, siempre
subía por las escaleras, a pesar de vivir en un tercero o
de trabajar en la séptima planta del edificio de una televisión
local. Notaba cómo la gente que esperaba el ascensor
en el quinto le miraba extrañada cuando subía andando a la
siguiente planta. En su casa, era incapaz de cerrar la puerta
de su habitación. Cuando estaba en un bar y tenía que ir
al servicio, jamás se encerraba dentro. Si iba en un coche y
entraba en un túnel, cerraba los ojos esperando, al abrirlos,
ver de nuevo la luz del sol. Y siempre tenía que ir en el
asiento del copiloto si el vehículo sólo disponía de dos
puertas. Hacía más de diez años que no iba a su tierra por
dos razones, una de ellas lo mal que lo pasaba al montar en
avión. La última vez que voló tuvo que hacer uso de ansiolíticos
y, aún así, terminó con las manos doloridas de la fuerza
con la que se sujetó al asiento. A todas esas cosas se le
añadía ahora el metro. Tendría que buscar una ruta alternativa
de autobús que le permitiera desplazarse. Mientras
andaba el largo trecho que quedaba todavía para llegar a su
casa, se preguntó cuál era el motivo por el que había desarrollado
aquel miedo a los espacios cerrados. Pero lo peor, a
su juicio, era la incomprensión de la gente. Cuando salía el
tema, se daba cuenta de que le observaban como si fuera
un bicho raro, como si el negarse a subir en un ascensor
fuera una excentricidad en lugar de una fobia. Y como las
fobias son irracionales, no podía hacerse entender.
http://www.elpais.com/..._PDF.pdf
FICHA CDL - SINOPSIS AL - Cruzando el límite LB
* ['sic' en el original]... por Billete
____
PS
EFE 08-02-2008
Hecheres Beltrán vuelca su experiencia de joven gay y acoso escolar en novela
El escritor Hecheres Beltrán vuelca su experiencia personal en su segunda novela, 'Billete de ira y vuelta', la historia de amor y venganza de un joven homosexual, víctima de acoso escolar.
Beltrán (Madrid, 1979) ha explicado a Efe que el relato es ficticio, pero está basado en sus vivencias en el colegio y en el instituto.
Después de diez años de ausencia, el protagonista del libro, Javier, decide regresar a su pueblo para arreglar las cuentas con su pasado, pero el viaje le recuerda episodios dramáticos de su niñez, le hace revivir la ira que había ido aplacando con el paso de los años y le depara una sorpresa, que lo lleva a tomar la decisión de vengarse.
Beltrán señala que en su libro, publicado por Odisea Editorial, no hace 'apología de la venganza', sino que simplemente cuenta la historia de alguien que decide tomarse la justicia por su mano y las consecuencias de su determinación.
El sentimiento de ira, rabia o frustración 'tiene que canalizarse de manera diferente', en opinión del autor, quien asegura que, en su caso, la escritura de este libro fue 'una buena terapia'.
Hecheres Beltrán subraya que no quiere que la gente opte por la venganza, sino que pretende evitar que eso ocurra y poner de relieve que tanto el acosador, la víctima y el que observa el maltrato físico o psicológico sin hacer nada sufren las consecuencias de sus actos.
Con su novela, Beltrán quiere denunciar el acoso que sufren los homosexuales, en particular, y los 'diferentes', en general, dentro y fuera de las aulas por parte de algunos compañeros.
Apuesta por educar en la tolerancia y el respeto a los demás para que estos actos violentos no se den entre los jóvenes, al tiempo que aboga por trabajar para que los niños disfruten de su infancia y su adolescencia, y recuerda que la violencia sólo genera violencia.
El escritor resalta que el acoso escolar a los homosexuales no es algo nuevo, sino que ha sido 'una constante en la mayoría de los colegios de este país'.
Reconoce que el suicidio del menor Jokin C.L., en Hondarribia (Guipúzcoa), en septiembre de 2004, impulsó el debate sobre el 'bulling' y los estudios psicológicos y sociológicos sobre este fenómeno.
'Vivimos en una sociedad patriarcal y machista, donde, desde la perspectiva tradicional, la figura masculina no puede ser homosexual, como si ser gay fuera distinto de ser hombre', apunta Beltrán, quien considera que la lucha contra la discriminación de las mujeres y los gays y lesbianas van de la mano.
El autor, que ganó el VIII Premio Odisea de Literatura con su primera novela 'Cruzando el límite', muestra su predilección por escritores victorianos como Jane Austen o contemporáneos del género policiaco como el norteamericano Michael Connelly o la española Alicia Giménez Bartlett.
Terra Actualidad - EFE
«No me refiero a que te llamen 'mariquita' sino a auténticas burradas»
. Hecheres Beltrán fue premio Odisea el año pasado con Cruzando el límite, cuyas páginas se adentran en la vida, dudas, ilusiones y trampas de las búsquedas de afectos.
| Capítulo 1 de
'Billete de ira y vuelta' Oscuridad. Las luces se habían apagado. A su alrededor, Javier veía la silueta de las personas que le acompañaban en el viaje. Sentados frente a él, dos señores mayores, probablemente amigos, que habían dejado de hablar cuando todo se volvió negro. De pie, cerca de la puerta, una mujer sostenía a su hijo en brazos... Al otro lado, apoyado en el extremo del vagón...+ | PATRICIA R. BLANCO - Madrid - 24/01/2008 EL PAIS
"Oscuridad. Las luces se habían apagado". Y la angustia empieza a apoderarse de nuestro protagonista. Encerrado en un vagón, sufre un episodio de claustrofobia, una secuela del acoso escolar que vivió en su adolescencia por su condición de homosexual. "No me refiero a que te llamen 'mariquita' sino a auténticas burradas", confiesa el joven escritor |
El hostigamiento que padecen muchos gays y lesbianas en su adolescencia puede imprimir en el subconsciente una rabia que permanece dormida durante mucho tiempo, hasta que se emprende el viaje hacia las raíces. "Me da mucho coraje cuando se habla del acoso escolar como un mal de la sociedad actual. Ha existido toda la vida", explica Beltrán, que teje su obra a partir de una persona que regresa a su pueblo tras haber pasado mucho tiempo fuera "porque los malos recuerdos le impiden volver". No sólo habrá de enfrentarse a su familia sino a su pasado en la escuela y en el instituto
"Es un viaje duro porque aviva sentimientos olvidados. La ira estaba dormida y ahora despierta", sugiere el creador, que describe un camino que termina en venganza. "Para mí este libro es como una venganza, porque ha pasado", reconoce sin reservas, si bien se plantea el dilema moral de la justificación de la revancha. "Nadie tiene el poder para vengarse, hay que saber controlar la ira", añade, sin descartar la necesidad de profundizar en las circunstancias que pueden empujar a la vendetta.
Ganador del VIII Premio Odisea de Literatura con su opera prima, Cruzando el límite, Hecheres Beltrán retoma la homosexualidad como marco de su relato: "En la primera novela también partía de una vivencia propia, un chico gay de pueblo que llega a Madrid y descubre otro mundo, bueno y malo al mismo tiempo. Ahora el viaje es en sentido contrario, hacia la infancia".
Sin limitarse en cuanto a géneros, mira a sus obras futuras con la intención de que haya siempre un personaje homosexual, "porque es la realidad, existimos y hay que reflejarlo en el arte, pero no como el gay gracioso que suele salir en las series de televisión y en las películas", aclara el escritor con la convicción de que "la literatura contribuye a normalizar la situación de los homosexuales y a ofrecer referentes a los jóvenes". elpais
Reconquista de la inocencia
J. ERNESTO AYALA-DIP 24/02/2007
Madrid se muestra como la tierra prometida para un chico de provincias y homosexual que descubrirá poco a poco el desengaño de las promesas y de sus sueños. Hecheres Beltrán ha obtenido el VIII Premio Odisea con Cruzando el límite, cuyas páginas se adentran en la vida, dudas, ilusiones y trampas de las búsquedas de afectos.
El joven de provincias que llega a la gran ciudad con el afán de conquistarla tiene en la historia de la novela larga tradición. La tiene desde Balzac, él mismo un joven provinciano con el mismo propósito. Uno de los ingredientes de este motivo literario es la inocencia. Y, evidentemente, no hay inocencia más atractiva que la que se pierde. En Cruzando el límite, la novela con la que el escritor canario Hecheres Beltrán ganó el VIII Premio Odisea, alguien va en busca de esa edificante pérdida. Podríamos decir que Madrid es la gran protagonista en esta historia. Como escenario de las peripecias que aquí ocurren y como motor de ese límite que se cruza y desde el cual la vida del protagonista que nos narra su experiencia pende de un hilo. Pero esta novela ventila también otra cuestión: la homosexualidad, las leyes que rigen el mundo gay, los prejuicios, los malentendidos.
Luis es un chico joven que llega a Madrid para abrirse camino. Trabaja de camarero hasta que algún día cambie su suerte y pueda colocarse en un empleo más a tono con su ambición y sensibilidad. Le gusta escuchar música y leer. El azar le pone en contacto con lo que llamaríamos decimonónicamente el vientre de Madrid. Los bares gays, el sexo furtivo y, sobre todo, el consumo de drogas. Las fiestas infatigables, toda la gama de estupefacientes que se pueda meter entre pecho y espalda y el alcohol. Sumado a ello, las relaciones fortuitas, la madrugada resacosa y esa especie de vacío existencial que parece apoderarse de todos los amigos y ocasionales compañeros de Luis. Al final no cabe duda de que todos estos pájaros nocturnos adolecen de una misma enfermedad, la falta de amor.
El mérito de esta sencilla his
toria de búsquedas y decepciones es una lograda naturalidad en el tono de su narración. Hecheres Beltrán no carga las tintas en la descripción de algunas escenas duras. La sordidez de algunos momentos, la urgencia carnal, todo lo mantiene el narrador con esa cuidada naturalidad del que cuenta no desde la simulación literaria sino desde el documento íntimo de su desengaño. La única escena, un encuentro desgraciado en un lavabo que acaba en una violación, es lo más cercano a algunas de las páginas más sórdidas de Ábrete de orejas del escritor británico Joe Orton. Y el Madrid que nos queda de esta interesante novela es el de una ciudad que hace ya mucho tiempo que gustosamente ha perdido su inocencia. elpais
Capítulo 1 de 'Billete de ira y vuelta'
Hecheres Beltrán
Ed. Odisea
Oscuridad. Las luces se habían apagado. A su alrededor,
Javier veía la silueta de las personas que le acompañaban en
el viaje. Sentados frente a él, dos señores mayores, probablemente
amigos, que habían dejado de hablar cuando todo
se volvió negro. De pie, cerca de la puerta, una mujer sostenía
a su hijo en brazos. O tal vez no era su propio retoño,
pues la mujer era muy joven. A lo mejor se trataba de una
canguro. Al otro lado, apoyado en el extremo del vagón, un
joven levantó la vista de su libro cuando la oscuridad no le
permitió seguir leyendo. No había nadie más. Cerró los
ojos. Se preguntó cuánto tiempo llevaban parados en mitad
del túnel. Los segundos se le hacían eternos. Javier acababa
de salir del trabajo y estaba deseando entrar en su casa,
quitarse los zapatos y tumbarse en el sofá. No había sido un
buen día. Su jefe había llegado con ganas de liberar sus
demonios personales y le tocó a la plantilla pagar los platos
rotos de su vida privada. Javier odiaba que aprovechara su
rango para abusar de su poder y amargarle la existencia a
todos. Sentado en el vagón, Javier abrió de nuevo los ojos.
Seguían a oscuras. A pesar de que no hacía calor, notó que
una pequeña gota de sudor le caía por la frente. Se la secó
con el dorso de la mano. Apareció otra, y otra, y otra. De
repente, su frente estaba completamente mojada por el
líquido corporal. Se pasó nuevamente la mano, esta vez la
palma y, lentamente, fue retirando el sudor. Miró al frente.
A través de las ventanillas del vagón sólo pudo ver el frío
muro de cemento que se curvaba en la parte superior y
regresaba a su estado original detrás de él, rodeándole.
Parecían las gigantescas fauces de un animal de piedra que
estuviera a punto de comérselos a todos de un solo bocado.
El corazón de Javier se aceleró. Las palpitaciones eran tan
fuertes que creyó que su pecho estaba a punto de desgarrarse.
El sonido de sus latidos era tan estridente que no
era capaz de oír nada más. Dejó de respirar por la nariz y
abrió la boca para coger más aire, pues tenía la sensación de
que se ahogaba. Le recordaba a cuando buceaba a pulmón
y, cuando no resistía más, necesitaba subir a la superficie.
Pero desde donde se encontraba ahora no podía salir a la
superficie. Bajo tierra, encerrado en un vagón de metro, en
mitad de un túnel, ni sus sentidos ni su cerebro lograban
vislumbrar qué podía hacer ante la falta de oxígeno. Lo que
sí podía hacer su mente era imaginar. Y vaya si lo hizo.
Pensó en qué pasaría si al conductor del metro le hubiera
dado un infarto. O si habían puesto una bomba, como en
Londres, y estaban allí atrapados. Le dieron ganas de gritar.
Quería salir de allí. Necesitaba salir de allí. Antes de
ponerse a dar voces decidió levantarse y pasear, visiblemente
nervioso, por el vagón. Pero aquella actitud sólo consiguió
que la ansiedad aumentara. Abrió la boca para chillar
cuando, de pronto, se encendieron las luces. Al momento,
el vagón comenzó a moverse. Javier se quedó cerca de la
puerta, detrás de la mujer, y se bajó en la siguiente parada
a pesar de que aún quedaban cinco para llegar a la suya.
Salió a la calle como alma que lleva el diablo, sorteando a la
gente. Cuando por fin notó la brisa de la tarde en su rostro,
se puso a llorar. Se dio cuenta de que jamás volvería a usar
el metro. Hacía años le pasó lo mismo con los ascensores.
Poco a poco fue desarrollando una incontrolable aversión
hacia esas máquinas. El solo hecho de pensar que se podía
quedar atrapado en aquellas cajas metálicas le ponía enfermo.
No recordaba la última vez que se montó en uno. Lo
que sí tenía claro era el miedo que se apoderaba de él cuando
se quedaba encerrado en un sitio. Por esa razón, siempre
subía por las escaleras, a pesar de vivir en un tercero o
de trabajar en la séptima planta del edificio de una televisión
local. Notaba cómo la gente que esperaba el ascensor
en el quinto le miraba extrañada cuando subía andando a la
siguiente planta. En su casa, era incapaz de cerrar la puerta
de su habitación. Cuando estaba en un bar y tenía que ir
al servicio, jamás se encerraba dentro. Si iba en un coche y
entraba en un túnel, cerraba los ojos esperando, al abrirlos,
ver de nuevo la luz del sol. Y siempre tenía que ir en el
asiento del copiloto si el vehículo sólo disponía de dos
puertas. Hacía más de diez años que no iba a su tierra por
dos razones, una de ellas lo mal que lo pasaba al montar en
avión. La última vez que voló tuvo que hacer uso de ansiolíticos
y, aún así, terminó con las manos doloridas de la fuerza
con la que se sujetó al asiento. A todas esas cosas se le
añadía ahora el metro. Tendría que buscar una ruta alternativa
de autobús que le permitiera desplazarse. Mientras
andaba el largo trecho que quedaba todavía para llegar a su
casa, se preguntó cuál era el motivo por el que había desarrollado
aquel miedo a los espacios cerrados. Pero lo peor, a
su juicio, era la incomprensión de la gente. Cuando salía el
tema, se daba cuenta de que le observaban como si fuera
un bicho raro, como si el negarse a subir en un ascensor
fuera una excentricidad en lugar de una fobia. Y como las
fobias son irracionales, no podía hacerse entender.
http://www.elpais.com/..._PDF.pdf
FICHA CDL - SINOPSIS AL - Cruzando el límite LB
* ['sic' en el original]... por Billete
____
PS
EFE 08-02-2008
El escritor Hecheres Beltrán vuelca su experiencia personal en su segunda novela, 'Billete de ira y vuelta', la historia de amor y venganza de un joven homosexual, víctima de acoso escolar.
Beltrán (Madrid, 1979) ha explicado a Efe que el relato es ficticio, pero está basado en sus vivencias en el colegio y en el instituto.
Después de diez años de ausencia, el protagonista del libro, Javier, decide regresar a su pueblo para arreglar las cuentas con su pasado, pero el viaje le recuerda episodios dramáticos de su niñez, le hace revivir la ira que había ido aplacando con el paso de los años y le depara una sorpresa, que lo lleva a tomar la decisión de vengarse.
Beltrán señala que en su libro, publicado por Odisea Editorial, no hace 'apología de la venganza', sino que simplemente cuenta la historia de alguien que decide tomarse la justicia por su mano y las consecuencias de su determinación.
El sentimiento de ira, rabia o frustración 'tiene que canalizarse de manera diferente', en opinión del autor, quien asegura que, en su caso, la escritura de este libro fue 'una buena terapia'.
Hecheres Beltrán subraya que no quiere que la gente opte por la venganza, sino que pretende evitar que eso ocurra y poner de relieve que tanto el acosador, la víctima y el que observa el maltrato físico o psicológico sin hacer nada sufren las consecuencias de sus actos.
Con su novela, Beltrán quiere denunciar el acoso que sufren los homosexuales, en particular, y los 'diferentes', en general, dentro y fuera de las aulas por parte de algunos compañeros.
Apuesta por educar en la tolerancia y el respeto a los demás para que estos actos violentos no se den entre los jóvenes, al tiempo que aboga por trabajar para que los niños disfruten de su infancia y su adolescencia, y recuerda que la violencia sólo genera violencia.
El escritor resalta que el acoso escolar a los homosexuales no es algo nuevo, sino que ha sido 'una constante en la mayoría de los colegios de este país'.
Reconoce que el suicidio del menor Jokin C.L., en Hondarribia (Guipúzcoa), en septiembre de 2004, impulsó el debate sobre el 'bulling' y los estudios psicológicos y sociológicos sobre este fenómeno.
'Vivimos en una sociedad patriarcal y machista, donde, desde la perspectiva tradicional, la figura masculina no puede ser homosexual, como si ser gay fuera distinto de ser hombre', apunta Beltrán, quien considera que la lucha contra la discriminación de las mujeres y los gays y lesbianas van de la mano.
El autor, que ganó el VIII Premio Odisea de Literatura con su primera novela 'Cruzando el límite', muestra su predilección por escritores victorianos como Jane Austen o contemporáneos del género policiaco como el norteamericano Michael Connelly o la española Alicia Giménez Bartlett.
Terra Actualidad - EFE

Peace





