La investigadora colombiana Diana Castillo ha analizado la situación de las niñas soldado
BILBAO 16.02.08 - GERARDO ELORRIAGA 
EXPERTA. Diana Castillo, en su visita a Bilbao.
Cuando acaba la guerra y los civiles
vuelven al hogar devastado, ellas abandonan el ejército en silencio e
intentan recuperar su vida robada. Imitan las costumbres de las
muchachas de su edad para impedir que nadie las identifique como lo que
fueron durante el tiempo que permanecieron prisioneras. Son niñas
soldado, menores secuestradas por tropas regulares o milicias en
situaciones de conflicto. «Entonces entregan su arma, no se aferran a
su poder ni buscan el reconocimiento social que implica su posesión,
quizás por falta de autoestima», explica Diana Castillo.
Esta investigadora colombiana ha analizado el fenómeno a lo largo
de todo el mundo, desde Asia a Sudamérica. Invitada por la ONG Alboan,
ha pronunciado en Bilbao una conferencia sobre la tragedia que afecta a
cientos de miles de jóvenes y que no admite estereotipos. El origen
étnico, la cultura, la propuesta política del grupo raptor y la
experiencia personal varían su perfil.
Tampoco es cierto que las apresadas se conviertan forzosamente en
esclavas sexuales o sirvientas. «Muchas sufren abusos, pero no la
mayoría», apunta. «Es difícil aceptar que una menor empuñe un fusil y
vaya a primera línea de combate, pero en Filipinas muchas llegan a ser
comandantes y mandan sobre brigadas de hombres. Eran también muy
abundantes en las filas de Sendero Luminoso».
Para las afectadas, recuperar la libertad puede interpretarse a
menudo como una pérdida. La desmovilización de quienes llegaron a ser
enfermeras o mecánicas y regresan a los roles tradicionales como madre
y campesina suelen ser interpretados como un retroceso. «Han quedado
atrapadas entre dos mundos», explica. «Uno les ofrecía posibilidades
sociales, aunque las ponía en peligro, mientras que el otro no les
reconoce ni derechos ni sus saberes acumulados».
En el caso de los varones, los procesos de desarme y reintegración,
siempre complejos, exigen fondos económicos y voluntad política.
Desgraciadamente, las chicas ni siquiera son tenidas en cuenta en estas
operaciones. «Se las ha considerado civiles y, por tanto, carecían de
apoyos para reinsertarse», argumenta Castillo. «Incluso ellas mismas no
se reconocían como niñas soldado».
Invisible y estigmatizada
Aunque se antojan invisibles, las pequeñas contribuyen
decisivamente a mantener la logística bélica. Además de matar y morir,
construyen carreteras, cavan en minas, abastecen a la tropa y sirven
como enlaces, amparadas en su frágil apariencia. «La infraestructura
femenina mantiene la guerra», advierte. No obstante, el maltrato y las
violaciones son frecuentes. Víctimas de embarazos no deseados, muchas
acuden a sus respectivas aldeas con hijos. «Y las comunidades de origen
las rechazan por haber manchado el honor de la familia y depreciarse».
En colectivos tradicionales, el valor de uso de la mujer soltera es
su virginidad y a su vuelta ya no cabe arreglar un matrimonio. Los
niños son otra boca que alimentar y los vecinos pueden verlos como los
hijos del enemigo y rebeldes en potencia. «Parten con gran desventaja y
suelen ser marginados».
Alboan forma parte de una coalición española contra la utilización
de menores para fines militares que denuncia la estigmatización añadida
de las jóvenes. La coordinadora también demanda un tratamiento
específico que tenga en cuenta sus particulares necesidades. En
cualquier caso, Diana Castillo no se muestra muy esperanzada sobre su
futuro. «La mayoría no supera los 35 años».
Solas, pobres, con la salud muy deteriorada y, a menudo, portadoras
de enfermedades de transmisión sexual, su futuro resulta precario y
escaso. «En Angola, por ejemplo, no tienen nada que comer y han de
asumir los trabajos más duros». EL CORREO /Foto FERNANDO GÓMEZ
Adultas a la fuerza
Una cuarta parte de las niñas soldado reclutadas son birmanas. El ejército y las milicias que combaten el régimen militar se abastecen de jóvenes y las condiciones son de extrema violencia. Pequeñas con 8 ó 9 años son captadas para luchar o transportar armamento ligero. En Filipinas, los secesionistas musulmanes movilizan a menores, aunque mantengan su vida 'normal' y acudan a la escuela. En la guerra angoleña, raptaban a adolescentes para proporcionar hijos a las fuerzas guerrilleras.
En Colombia, las levas no son forzosas, pero no existen más oportunidades para las afectadas. «Sucede en áreas remotas controladas por la guerrilla. Las muchachas pueden estar ligadas familiarmente con los insurgentes o haber sufrido la represión de las tropas regulares -dice Castillo-. Padecen una vivencia terrible cuando están construyendo su identidad. Quedan atrapadas por un conflicto que no entienden, entre una infancia frustrada y la vida adulta». Se convierten en personas desconfiadas con graves carencias en su personalidad y dificultades para acceder a la madurez psicológica.
En África hay problemas añadidos como el tráfico internacional que impide descubrir su origen. Según Castillo, la disminución de conflictos armados en la última década ha afectado a su magnitud, aunque, posiblemente, se haya intensificado en El Chad, hoy envuelto en una contienda civil. EL CORREO








