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domingo, 17 de febrero de 2008

La investigadora colombiana Diana Castillo ha analizado la situación de las niñas soldado
BILBAO 16.02.08 - GERARDO ELORRIAGA Diana Castillo
EXPERTA. Diana Castillo, en su visita a Bilbao.


Cuando acaba la guerra y los civiles vuelven al hogar devastado, ellas abandonan el ejército en silencio e intentan recuperar su vida robada. Imitan las costumbres de las muchachas de su edad para impedir que nadie las identifique como lo que fueron durante el tiempo que permanecieron prisioneras. Son niñas soldado, menores secuestradas por tropas regulares o milicias en situaciones de conflicto. «Entonces entregan su arma, no se aferran a su poder ni buscan el reconocimiento social que implica su posesión, quizás por falta de autoestima», explica Diana Castillo.

Esta investigadora colombiana ha analizado el fenómeno a lo largo de todo el mundo, desde Asia a Sudamérica. Invitada por la ONG Alboan, ha pronunciado en Bilbao una conferencia sobre la tragedia que afecta a cientos de miles de jóvenes y que no admite estereotipos. El origen étnico, la cultura, la propuesta política del grupo raptor y la experiencia personal varían su perfil.

Tampoco es cierto que las apresadas se conviertan forzosamente en esclavas sexuales o sirvientas. «Muchas sufren abusos, pero no la mayoría», apunta. «Es difícil aceptar que una menor empuñe un fusil y vaya a primera línea de combate, pero en Filipinas muchas llegan a ser comandantes y mandan sobre brigadas de hombres. Eran también muy abundantes en las filas de Sendero Luminoso».

Para las afectadas, recuperar la libertad puede interpretarse a menudo como una pérdida. La desmovilización de quienes llegaron a ser enfermeras o mecánicas y regresan a los roles tradicionales como madre y campesina suelen ser interpretados como un retroceso. «Han quedado atrapadas entre dos mundos», explica. «Uno les ofrecía posibilidades sociales, aunque las ponía en peligro, mientras que el otro no les reconoce ni derechos ni sus saberes acumulados».

En el caso de los varones, los procesos de desarme y reintegración, siempre complejos, exigen fondos económicos y voluntad política. Desgraciadamente, las chicas ni siquiera son tenidas en cuenta en estas operaciones. «Se las ha considerado civiles y, por tanto, carecían de apoyos para reinsertarse», argumenta Castillo. «Incluso ellas mismas no se reconocían como niñas soldado».

Invisible y estigmatizada

Aunque se antojan invisibles, las pequeñas contribuyen decisivamente a mantener la logística bélica. Además de matar y morir, construyen carreteras, cavan en minas, abastecen a la tropa y sirven como enlaces, amparadas en su frágil apariencia. «La infraestructura femenina mantiene la guerra», advierte. No obstante, el maltrato y las violaciones son frecuentes. Víctimas de embarazos no deseados, muchas acuden a sus respectivas aldeas con hijos. «Y las comunidades de origen las rechazan por haber manchado el honor de la familia y depreciarse».

En colectivos tradicionales, el valor de uso de la mujer soltera es su virginidad y a su vuelta ya no cabe arreglar un matrimonio. Los niños son otra boca que alimentar y los vecinos pueden verlos como los hijos del enemigo y rebeldes en potencia. «Parten con gran desventaja y suelen ser marginados».

Alboan forma parte de una coalición española contra la utilización de menores para fines militares que denuncia la estigmatización añadida de las jóvenes. La coordinadora también demanda un tratamiento específico que tenga en cuenta sus particulares necesidades. En cualquier caso, Diana Castillo no se muestra muy esperanzada sobre su futuro. «La mayoría no supera los 35 años».

Solas, pobres, con la salud muy deteriorada y, a menudo, portadoras de enfermedades de transmisión sexual, su futuro resulta precario y escaso. «En Angola, por ejemplo, no tienen nada que comer y han de asumir los trabajos más duros». EL CORREO /Foto FERNANDO GÓMEZ

Adultas a la fuerza

Una cuarta parte de las niñas soldado reclutadas son birmanas. El ejército y las milicias que combaten el régimen militar se abastecen de jóvenes y las condiciones son de extrema violencia. Pequeñas con 8 ó 9 años son captadas para luchar o transportar armamento ligero. En Filipinas, los secesionistas musulmanes movilizan a menores, aunque mantengan su vida 'normal' y acudan a la escuela. En la guerra angoleña, raptaban a adolescentes para proporcionar hijos a las fuerzas guerrilleras.

En Colombia, las levas no son forzosas, pero no existen más oportunidades para las afectadas. «Sucede en áreas remotas controladas por la guerrilla. Las muchachas pueden estar ligadas familiarmente con los insurgentes o haber sufrido la represión de las tropas regulares -dice Castillo-. Padecen una vivencia terrible cuando están construyendo su identidad. Quedan atrapadas por un conflicto que no entienden, entre una infancia frustrada y la vida adulta». Se convierten en personas desconfiadas con graves carencias en su personalidad y dificultades para acceder a la madurez psicológica.

En África hay problemas añadidos como el tráfico internacional que impide descubrir su origen. Según Castillo, la disminución de conflictos armados en la última década ha afectado a su magnitud, aunque, posiblemente, se haya intensificado en El Chad, hoy envuelto en una contienda civil. EL CORREO

www.alboan.org



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