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lunes, 10 de marzo de 2008
El 80% de los casos que llegan a los investigadores privados tiene que ver con padres de adolescentes que quieren saber qué hacen sus hijos
· Por 1.500 euros, en un fin de semana averiguan toda la verdad sobre los jóvenes a los que espían

Diálogo intergeneracional, comunicación padres-hijos adolescentes
LEONOR HERMOSO 09 MAR 2008 Magazine elmundo.es.

El seguimiento a adolescentes es el más difícil que hay. "Mucho más que un tema empresarial o de infidelidad. Resulta más complicado por la gran movilidad que tienen. Se pueden desplazar en transporte público, taxi, bajarse y ser recogidos por un coche… Además, los sitios que suelen frecuentar (parque y zonas de poco acceso si coquetean con drogas) se encuentran muy al descubierto. Para mimetizarnos en el ambiente y observar sin ser vistos hay más dificultad: a una persona de 40 años le puede seguir cualquiera, pero a un chico de 15 que entre en una discoteca no", explica César Martín, director de Castellana Detectives, especializado en este tipo de seguimientos.

Para averiguar qué está haciendo un adolescente se necesita, en la mayoría de los casos, un seguimiento de un fin de semana (1.500 euros), aunque también hay seguimientos que se hacen diariamente, cuando las sospechas del padre parten de los novillos que hace el chico, o tras la salida del instituto. Lo más adecuado es que se encarguen del caso dos detectives: uno experimentado y el otro, lo más joven posible, para que pueda mezclarse bien en el ambiente del menor. Por otro lado están los medios técnicos: sofisticados equipos de grabación que no pongan al descubierto a los perseguidores. Tras una sola semana, los padres vuelven al despacho y ven en una cinta de vídeo lo que sus hijos no les quieren contar. "Cuando un padre entra por mi puerta es que tiene un desastre grande en casa. Llegan necesitando averiguar ‘qué coño hace mi hijo’. Y lo que tienen asegurado es que casi siempre aparece algo feo", afirma Julio Gútiez, presidente de la Asociación de Detectives Profesionales de España. "Somos el último recurso para conocer la verdad".

¿Toda la verdad? Muchos detectives opinan que lo mejor es enfrentar a los padres a la realidad pura y dura. Gútiez, tras 28 años de profesión y, quizás, por ser padre de cuatro hijos, lo suaviza un poco: "Creo que no se debe hacer leña del árbol caído, no hay que machacar al chaval o preocupar aún más a sus padres. A veces nos callamos que el chico ya está vendiendo droga y les decimos a los padres que puede llegar a ello, que lo controlen. Ya es bastante duro que vean unas imágenes espantosas de su hijo esnifando coca, completamente drogado, o de su hija adolescente que se dedica a la prostitución para sacar dinero para drogas... Lo que hay que hacer es ayudarles y reconducirles a otros profesionales". La dureza del contenido de las cintas suele ser bestial: "Hay padres que tienen que ver cómo sus hijas, de 15 años, además de tomar cantidades considerables de alcohol a plena luz del día, realizan felaciones a varios chicos", apostilla Martín. Pero en lo que todos están de acuerdo es que, en ningún caso, esas cintas –que quedan en poder de los padres– han de verlas los adolescentes, pues se sienten agredidos y, en vez de ayudar a buscar una solución, se niegan a tratar el problema.

Lo que esconden. Los detectives vigilan a jóvenes de 14 a 30 años (estos últimos pertenecen al grupo de los que aún no se han emancipado o arrastran problemas desde hace tiempo). Pero la mayoría de los seguidos tienen 17 años. "Yo el seguimiento más joven que he tenido fue un chaval de 12 años que, tras el colegio, resultó que se iba con chicos mayores a esnifar pegamento", dice Gútiez. "En líneas generales, solemos investigar a aquellos adolescentes que tienen un cambio brusco en sus relaciones de familia, o en sus estudios, o en su comportamiento general, que pasan todo el día o gran parte del mismo fuera de casa, llegando a haber una profunda incomunicación con sus progenitores, de tal forma que éstos acuden a uno o varios profesionales en búsqueda de soluciones", sentencia Enrique Hormigo, director de Horcis Detectives S.L. Y la mayoría de las veces son los chicos, ellos solitos, los que se meten en problemas, a veces con sus amigos, pero pocas veces los líos tienen que ver con otras influencias de personas mayores.

Pero, ¿qué pasa con los adolescentes de hoy para que sus padres tengan que recurrir a medidas tan drásticas? "No es tanto cuestión de los adolescentes, sino de la sociedad en general. Por una parte, los padres son menos autoritarios y marcan menos los límites, por lo que los chavales se aprovechan; por otra, la sociedad en general conoce nuestra labor y nos utilizan como una herramienta más para mejorar su vida familiar", afirma Hormigo, orgulloso de que los profesionales españoles sean los únicos en Europa con formación universitaria. El incremento de este tipo de casos –que ya suponen haste el 80% de los trabajos de estos profesionales– y, sobre todo, de temas de espionaje empresarial, ha hecho que el número de licencias de detectives se haya duplicado en los últimos cinco años. "En nuestra profesión no hay paro y cada vez entra más trabajo de multinacionales europeas que recurren al detective español por su extraordinaria formación", explica Gútiez.

Cuando espiar es ético. Andrés vive en Badalona, pero su hijo, un chaval de 16 años, lleva siete meses desapareciendo de allí cada viernes tarde y apareciendo el domingo por la noche "y a veces incluso el lunes o el martes. Ha pasado de sacar buenas notas a ser un auténtico desastre, por no hablar de que está continuamente enfadado. Probamos a hablar con su tutor, a ir a un psicólogo… Nada. Contratamos a una agencia porque yo necesitaba saber en qué historias andaba", comenta el padre. "Lo normal es que cuando un padre viene aquí, ya ha hecho todo lo que tiene que hacer. Ha intentado hablar, ha intentado relacionarse con él, todo, le ha espiado él mismo, han ido al psicólogo... Y tienen prácticamente asegurado que, casi siempre, en la investigación, aparece algo feo", confirma Gútiez.

¿Y a partir de ahí? "Nosotros proporcionamos a tiempo una información valiosa a la familia para que pueda poner el asunto en manos de otro profesional. Los padres que nos contratan no son desconfiados, son responsables", confirma Hormigo. Unos padres que, cada día, proceden de estratos sociales más diferentes. "Muchas veces, demasiadas, vienen padres divorciados", explica César Martín. "Y la que espolea, la que más insiste en acudir a nosotros suele ser la madre", aclara Julio Gútiez. "Pero ojo", sigue Martín, "hay que valorar que los casos que nos llegan a nosotros no corresponden con el común de la familia española. Cuando la gente recurre a nosotros tiene un problema: su hijo se ha ido de casa, se está drogando, roba dinero, va con malas influencias… Las familias que nos llegan son las menos en España; la pena es que cada día recibamos más encargos de este tipo". elmundo


Vigilar adolescentes, encargos de más demanda


Albacete 09.03.08 - J. G.
MUCHOS MÉTODOS. Un detective, en plena investigación, con una microcámara. / LV
Las drogas, el sexo, el botellón, la falta de asistencia a clase o el acoso escolar, son temas que han puesto a los adolescentes en el punto de mira. Por eso, cada vez son más los padres preocupados que deciden contratar a un profesional, para saber que es lo que hacen sus hijos cuando están fuera de casa.

Algo que antes sólo se daba en casos puntuales, se ha convertido en algo habitual, como nos explica el propietario de Detectives Domar, Domingo Martínez. «Los casos de padres que quieren controlar a sus hijos, son prácticamente diarios. Los padres se deciden a llamarnos, cuando oyen algún comentario o cuando no ven normal el comportamiento de sus hijos y les interesa saber que hacen un jueves o un sábado por la noche. Son casos que siempre han existido, solo que antes eran casos aislados y en los últimos cinco o seis años han aumentado considerablemente».

Para José Manuel Sánchez González de la firma Detectives Albacoy, también son algo habitual. «Los casos de adolescentes son comunes y la cosa va en aumento».   laverdad
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PS
Padres de menores vitorianos contratan a detectives para confirmar si se drogan
Investigadores muy jóvenes graban a los adolescentes con cámaras ocultas «mientras beben, fuman porros o se meten rayas»

IOSU CUETO 25 MAR 2008 VITORIA (EL CORREO)
Asier tiene 17 años y un problema grave con sus padres. Acaban de confirmar que por las noches hace algo más que beber un par de cervezas con los amigos. Sus notables y sobresalientes cayeron hace unos meses en picado y su madre lo atribuyó a la siempre convulsa adolescencia. Pero cuando los sábados y domingos empezó a llegar a casa de día, «como si le hubieran dado una paliza», las alarmas se dispararon en casa. Al no obtener detalles convincentes de su juerga nocturna, su familia dio el paso de contratar a un detective privado.

El resultado de un fin de semana de seguimiento grabado con cámaras ocultas arroja distintas tomas de Asier. Son del pasado viernes. El chaval sale de casa y entra en un bar donde beben varias cervezas, luego cubatas. Se mete en un coche con la música a todo volumen que le conduce a la velocidad del rayo a una discoteca vitoriana. En plena sala fuma porros sin parar. Ya en el baño, esnifa una sustancia blanca. Caso confirmado. No es el único. Una media de dos familias al mes recurren en Álava a los servicios de investigadores privados para averiguar si sus hijos se drogan, como sospechan.

Los investigadores que suelen descubrir los entresijos de bajas laborales falsas, infidelidades matrimoniales o espionaje industrial se están empezando a acostumbrar a arrojar luz sobre lo que hacen los adolescentes. «Está a la orden del día», recalcan varios profesionales consultados.

La mayor parte del trabajo lo copa la agencia Abando. Ocho jóvenes espías se encargan de mezclarse entre los menores. Como es lógico, prefieren no detallar demasiado sus tácticas. Manejan alta tecnología. Suelen ir de dos en dos y llevan consigo cámaras ocultas escondidas «en la ropa o en un simple bolso de mujer».

Pero el despliegue no es infalible. A veces resulta imposible captar una prueba. «El hecho de meterse una pastilla en la boca dura un segundo, y además lo hacen con disimulo». En todo caso, estos profesionales conocen la forma de facilitar un test de drogas a sus clientes. «En el pelo siempre se quedan los restos de las sustancias tóxicas», remarcan.

¿Por qué contratar sus servicios? Porque ellos llegan «mucho más lejos que los padres. Seguir a un joven no es fácil. Se mueven rápido y si van a un bar y entra alguien de su familia lo más probable es que le descubran», afirman. Su máxima es pasar desapercibidos para lograr culminar el trabajo con éxito.

Cuando llegan los resultados, algunos clientes reciben «un gran impacto». No sólo escuchan numerosos datos, sino que ven abundante material audiovisual fruto de varias horas de seguimiento. Las fotografías y los vídeos despejan todas las dudas. Luego queda respirar hondo y actuar antes de que el problema sea irreparable.

«Todo el mundo da por hecho que su hijo es maravilloso y que todos los rumores son falsos. Pero luego descubren que compra estupefacientes, que los consume o que incluso tiene amigos que los venden. La realidad es demoledora, y nosotros sólo nos dedicamos a descubrirla», explica una de las responsables de Abando.

Precios

Lo que médicos, psicólogos y otros agentes sociales de la ciudad llevan años advirtiendo, lo confirman los detectives con sus pruebas tozudas. «La droga es fácil de conseguir y se toma sin medir sus consecuencias».

Por eso hay niñas de 15 años que salen de casa «muy monas, bien vestidas y con apariencia formal, pero luego hay que verlas. Consumen de todo. Igual vuelven a casa a las diez de la noche, puntuales, y nadie nota nada en su casa. Pero van colocadísimas», aseguran estos profesionales.

Los espías de esta empresa y otros que trabajan a título individual prefieren no adelantar el precio que cobran por sus investigaciones. «Es que depende de cada caso. A veces tardamos horas; y otras, días. Cada caso requiere medios distintos. Unos, más personal. Otros, más medios de transporte», razonan. A modo de ejemplo, empresas similares que trabajan en ciudades como Barcelona y Zaragoza cobran de media entre 600 y 1.000 euros por un fin de semana de seguimiento. EL CORREO


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