ANÁLISIS
Educación, Familia y Sensatez · Francisco M. González · ORIENTADOR FAMILIAR
Hay alumnos buenos, muy buenos y otros que no lo son tanto, casi siempre por motivos extraescolares
TENERIFE 07 DE MARZO DE 2008 (ElDia.es)
Con motivo de mi columna de la semana anterior, "La dignificación del profesorado"*, he recibido unos cuantos e-mails de varias profesoras y profesores, tanto de primaria como de secundaria. Los que me conocen me abordaron en la calle. La mayoría coincide conmigo en lo que allí escribía; otros no tanto -les parecía que me había quedado corto-, pero me di cuenta de que todos ellos estaban muy preocupados por su trabajo -la docencia-, con ganas de trabajar, de mejorar la calidad de la enseñanza y la convivencia en los centros docentes que permita un buen ambiente académico, propicio para la mejor formación del alumno y del trabajo de los profesores. Todos eran profesoras y profesores jóvenes, pero, paradójicamente, prudentes y responsables.
Por lo general, hay conflictividad en Canarias, en nuestras aulas, si bien no hemos llegado a una situación tan crítica como en otros lugares y que, con frecuencia, vemos en las imágenes de la televisión, salvo algún caso muy aislado. No podemos desentendernos y dejar de tener en cuenta la conflictividad en el aula o en el colegio; hay que tomar las medidas disuasorias oportunas y cortar a tiempo esas situaciones. Un amplio sector de la sociedad vive sometido a un elevado índice de agresividad y a los centros de enseñanza que forman parte de la sociedad acuden todo tipo de alumnos, sin ningún tipo de discriminación, con lo que se ha conseguido, gracias a Dios, casi una total escolarización.
Pero hay que ser realista: hay alumnos buenos, muy buenos y otros que no lo son tanto, casi siempre por motivos extraescolares; unos porque se aburren en el colegio y no hay forma de motivarlos; otros porque están viviendo verdaderas tragedias familiares -que desgraciadamente son bastantes- ; éstos vuelcan toda la agresividad que llevan dentro sobre sus profesores -que saben que siempre les tratarán con comprensión- o sobre sus compañeros más débiles -casos de acoso escolar-.
Después están los perezosos, los desobedientes o el tipo "retorcido" por naturaleza, que no hace caso a nadie -a las personas hay que asignarles el adjetivo que les corresponde- y que ha existido siempre, seguirá existiendo y, que ahora, campea a sus anchas. Por mucho que algunos se empeñen en lo contrario, con eufemismos típicos o tópicos, "niño/a problema", "niño/a caracterial", "niño/a disruptivo/a"; la mayoría son recuperables, pero requieren una educación especial. Porque, a mi modo de ver, lo de la "integración" es un camelo; y, a veces, una falta de justicia, porque hay niños que son muy crueles.
El tema de la inmigración es otro de los problemas que afecta a la escuela; según me cuentan, hay aulas en el sur de Tenerife con veinte niños que pertenecen a siete u ocho culturas o nacionalidades distintas y que apenas hablan español. Pienso que ni "superman" es capaz de dar clase en un aula así.
Ante este panorama, que comienza a ser alarmante, se crea malestar en los centros de enseñanza: al profesor no le dejan dar clase y eso deprime, frustra y deteriora a muchos docentes. Basta ver las bajas por enfermedad en las últimas décadas: depresión, irritación de colon, nódulos en la garganta, afonía, hernias discales o desprendimiento de retina; por nombrar a las más frecuentes que conozco.
Se me ocurren, entre otras, algunas ideas para paliar este malestar académico o escolar, y con el tiempo, mejorar la convivencia en los centros docentes y elevar el rendimiento escolar, sin que los profesores y alumnos queden "rendidos". Armonizar (no me gusta el verbo equilibrar) los deberes y derechos de los alumnos, reforzar la autoridad del profesor en las aulas, sancionar las conductas inadecuadas, acompañar siempre las medidas correctoras con medidas reeducativas y simplificar los expedientes disciplinarios. Puesto que la normativa actual apenas ha servido para nada, hay que recuperar la disciplina como valor democrático y educativo, que no es sinónimo de autoritarismo. En las sociedades autoritarias, y no democráticas, no hay disciplina, hay despotismo. Me refiero a una disciplina razonable, proporcionada, exigente y comprensiva. Para ello, hay que volver a reforzar y respaldar la autoridad educativa y personal del profesor, para que éste pueda resolver muchos conflictos del aula sin mayor trascendencia, pero que hay que cortar. Mayor autoridad a los jefes de estudios y a los directores, introduciendo medidas disciplinarias cautelares que puedan imponer de manera inmediata -sin necesidad de abrir un expediente disciplinario- lo que, con toda seguridad, frenarían al indisciplinado e impedirían que se produjeran otras conductas más graves. Y, por supuesto, sacarle de encima el peso de toda burocracia o "papeleo", que no se han demostrado eficaces.
Las faltas o los comportamientos muy graves o reincidentes no pueden quedar en "agua de borrajas". Hay que acabar con esa sensación de impunidad que algunos alumnos/as tienen. Estas conductas complejas requieren medidas disciplinares muy serias y eficaces. Por ejemplo, si un alumno prende fuego a un aula, no esperar para imponer la sanción a que queme el colegio.
Para estas medidas se tiene que contar con el apoyo de la administración educativa y de los padres. Cada centro debe tener un reglamento escolar, sencillo, claro, concreto y completo. Y la inspección técnica implicarse en algo más que "ver si hay papeleras en el patio, si se ha consignado correctamente en el Plan de Centro las excursiones a realizar durante el curso o si a algún alumno se le ha negado el aprobado". En toda Europa se está volviendo de nuevo a una enseñanza seria, sobria, comprometida, donde se exige al alumno, se le educa y se le ayuda en su proceso de aprendizaje. También puede ser reto para nosotros, y pienso que esforzarse por conseguirlo vale la pena. ElDia
* ANÁLISIS· Educación, Familia y Sensatez
Francisco M. González · Orientador familiar
La dignificación del profesorado
TENERIFE 29 DE FEBRERO DE 2008 (ElDia.es)
NO PRETENDO hacer una crítica y, mucho menos, enjuiciar la huelga del profesorado de la semana pasada. La huelga es un derecho. Pero cuando se trata de funcionarios o empleados públicos, la Administración pública debiera hacer todo lo posible e imposible por evitarla y llegar a un acuerdo; puesto que, en estos casos, la perjudicada no es la "patronal" -el Gobierno de Canarias-, sino personas totalmente ajenas al conflicto: los alumnos y sus padres. Aunque, curiosamente en esta ocasión, los profesores contaron con el apoyo de la mayoría de los padres. Utilizo el genérico por razón de agilidad.
La educación debe tener un lugar prioritario en un programa de gobierno, lo mismo que la sanidad y la seguridad, porque son los tres pilares básicos sobre los que se fundamenta el desarrollo, progreso y, como consecuencia, bienestar de una país. Más aún, a mi modo de ver, cualquiera de estos tres sectores debiera ser objeto de política de Estado, mediante un pacto o consenso entre las diversas fuerzas políticas y sociales, buscando el "bien común" de todos los ciudadanos. Es cierto que esto que escribo es "políticamente incorrecto", pero no es menos cierto que hay muchos ciudadanos de "a pie" de los que contribuyen a Hacienda que piensan así. Aunque tengo mis dudas de que en nuestro país algún día estará bien visto, o sea "políticamente correcto", pensar de forma coherente, sensata y utilizando el sentido común. No voy a entrar en política, que no es mi tema, y menos todavía en estos días de campaña electoral.
La sanidad y la seguridad, que también afectan a la familia -vaya si afectan- las dejo para otro día. Ya que lo que pretendo hoy es insistir en algo que se da por sabido: la importancia y trascendencia de la educación. En esto me parece que todos estamos de acuerdo, algo que se sabe. Pero coincido en lo que siempre insistía el malogrado profesor Juan Antonio Vallejo-Nájera: "En España lo que se da por sabido, por lo general, nunca se hace". Prueba de ello, es que en los últimos años se han elaborado varias leyes, reformas y contrarreformas educativas con unos resultados con nota de "muy deficiente". Pero lo que está por hacer es solucionar el desastre educativo de nuestros alumnos y mejorar o elevar el nivel de su educación integral, que en muchos casos ha descendido a niveles insospechados. No hay más que ver las estadísticas -de las que no soy muy partidario- y los informes de diversos organismos internacionales de reconocida solvencia. Por los que, después de cuarenta y dos años de docencia, personalmente siento vergüenza.
La figura clave y fundamental, junto con los padres y los alumnos, en la mejora y en el éxito del sistema educativo, es en primer lugar el profesor. Por ello, es necesario la dignificación y refuerzo social de los profesores, mediante una carrera docente en la que se reconozcan sus méritos educativos y profesionales; y, junto a eso, una justa retribución para que puedan vivir con la suficiente holgura y puedan dedicarse, en exclusiva o por entero, a su labor docente. En Canarias, además, hay que tener en cuenta el coste de la insularidad, que cada vez es mayor. En Finlandia, que en educación está a la cabeza de Europa, ser profesor es una de las profesiones con más prestigio y sueldo del país.
En España, basta echarle un vistazo a las cabeceras de los periódicos, para darse cuenta de que la violencia escolar en todas sus vertientes es un hecho manifiesto, así como la creciente indisciplina en algunos de nuestros centros está alcanzando cotas insoportables; incrementada por la creciente desestructuración familiar, la crisis social de valores y el creciente fenómeno de la emigración.
Como consecuencia, es necesario devolver al profesor el prestigio, el protagonismo y la autoridad que debe tener. Fortalecer y respaldar la autoridad del director, del jefe de estudios y, sobre todo, del profesor en el aula, en el patio de recreo o donde sea necesario. Un profesor sin autoridad no tiene sentido, como he argumentado en mis últimas columnas, pero necesita para su consolidación el apoyo por parte de la Administración pública, de los padres, de la sociedad y de los medios de comunicación.
Este tema da para mucho, porque también es mucho lo que nos jugamos en la educación de nuestros hijos. Como decía al principio, el desarrollo y bienestar de un país, la convivencia en paz y democracia dependen del modelo y ejemplo educativo que demos a nuestros jóvenes, desde muy pequeños, para que logren llegar a ser buenas personas y buenos ciudadanos: libres, responsables, trabajadores y honrados. Hay que enseñar y educar, hay que dignificar la figura del profesor, ya que tiene una tarea nada fácil: educar o enseñar. Pero no hay nada más apasionante y hermoso, e incluso relajante, que enseñar. Si se hace con gusto, autoridad y cobrando lo justo; si se sabe lo que se enseña; y se conoce de verdad al que se enseña, con el que se puede mantener un dialogo respetuoso, amistoso y enriquecedor. Esta labor docente ha sido mi experiencia más gratificante. elDia
Hay alumnos buenos, muy buenos y otros que no lo son tanto, casi siempre por motivos extraescolares
TENERIFE 07 DE MARZO DE 2008 (ElDia.es)
Con motivo de mi columna de la semana anterior, "La dignificación del profesorado"*, he recibido unos cuantos e-mails de varias profesoras y profesores, tanto de primaria como de secundaria. Los que me conocen me abordaron en la calle. La mayoría coincide conmigo en lo que allí escribía; otros no tanto -les parecía que me había quedado corto-, pero me di cuenta de que todos ellos estaban muy preocupados por su trabajo -la docencia-, con ganas de trabajar, de mejorar la calidad de la enseñanza y la convivencia en los centros docentes que permita un buen ambiente académico, propicio para la mejor formación del alumno y del trabajo de los profesores. Todos eran profesoras y profesores jóvenes, pero, paradójicamente, prudentes y responsables.
Por lo general, hay conflictividad en Canarias, en nuestras aulas, si bien no hemos llegado a una situación tan crítica como en otros lugares y que, con frecuencia, vemos en las imágenes de la televisión, salvo algún caso muy aislado. No podemos desentendernos y dejar de tener en cuenta la conflictividad en el aula o en el colegio; hay que tomar las medidas disuasorias oportunas y cortar a tiempo esas situaciones. Un amplio sector de la sociedad vive sometido a un elevado índice de agresividad y a los centros de enseñanza que forman parte de la sociedad acuden todo tipo de alumnos, sin ningún tipo de discriminación, con lo que se ha conseguido, gracias a Dios, casi una total escolarización.
Pero hay que ser realista: hay alumnos buenos, muy buenos y otros que no lo son tanto, casi siempre por motivos extraescolares; unos porque se aburren en el colegio y no hay forma de motivarlos; otros porque están viviendo verdaderas tragedias familiares -que desgraciadamente son bastantes- ; éstos vuelcan toda la agresividad que llevan dentro sobre sus profesores -que saben que siempre les tratarán con comprensión- o sobre sus compañeros más débiles -casos de acoso escolar-.
Después están los perezosos, los desobedientes o el tipo "retorcido" por naturaleza, que no hace caso a nadie -a las personas hay que asignarles el adjetivo que les corresponde- y que ha existido siempre, seguirá existiendo y, que ahora, campea a sus anchas. Por mucho que algunos se empeñen en lo contrario, con eufemismos típicos o tópicos, "niño/a problema", "niño/a caracterial", "niño/a disruptivo/a"; la mayoría son recuperables, pero requieren una educación especial. Porque, a mi modo de ver, lo de la "integración" es un camelo; y, a veces, una falta de justicia, porque hay niños que son muy crueles.
El tema de la inmigración es otro de los problemas que afecta a la escuela; según me cuentan, hay aulas en el sur de Tenerife con veinte niños que pertenecen a siete u ocho culturas o nacionalidades distintas y que apenas hablan español. Pienso que ni "superman" es capaz de dar clase en un aula así.
Ante este panorama, que comienza a ser alarmante, se crea malestar en los centros de enseñanza: al profesor no le dejan dar clase y eso deprime, frustra y deteriora a muchos docentes. Basta ver las bajas por enfermedad en las últimas décadas: depresión, irritación de colon, nódulos en la garganta, afonía, hernias discales o desprendimiento de retina; por nombrar a las más frecuentes que conozco.
Se me ocurren, entre otras, algunas ideas para paliar este malestar académico o escolar, y con el tiempo, mejorar la convivencia en los centros docentes y elevar el rendimiento escolar, sin que los profesores y alumnos queden "rendidos". Armonizar (no me gusta el verbo equilibrar) los deberes y derechos de los alumnos, reforzar la autoridad del profesor en las aulas, sancionar las conductas inadecuadas, acompañar siempre las medidas correctoras con medidas reeducativas y simplificar los expedientes disciplinarios. Puesto que la normativa actual apenas ha servido para nada, hay que recuperar la disciplina como valor democrático y educativo, que no es sinónimo de autoritarismo. En las sociedades autoritarias, y no democráticas, no hay disciplina, hay despotismo. Me refiero a una disciplina razonable, proporcionada, exigente y comprensiva. Para ello, hay que volver a reforzar y respaldar la autoridad educativa y personal del profesor, para que éste pueda resolver muchos conflictos del aula sin mayor trascendencia, pero que hay que cortar. Mayor autoridad a los jefes de estudios y a los directores, introduciendo medidas disciplinarias cautelares que puedan imponer de manera inmediata -sin necesidad de abrir un expediente disciplinario- lo que, con toda seguridad, frenarían al indisciplinado e impedirían que se produjeran otras conductas más graves. Y, por supuesto, sacarle de encima el peso de toda burocracia o "papeleo", que no se han demostrado eficaces.
Las faltas o los comportamientos muy graves o reincidentes no pueden quedar en "agua de borrajas". Hay que acabar con esa sensación de impunidad que algunos alumnos/as tienen. Estas conductas complejas requieren medidas disciplinares muy serias y eficaces. Por ejemplo, si un alumno prende fuego a un aula, no esperar para imponer la sanción a que queme el colegio.
Para estas medidas se tiene que contar con el apoyo de la administración educativa y de los padres. Cada centro debe tener un reglamento escolar, sencillo, claro, concreto y completo. Y la inspección técnica implicarse en algo más que "ver si hay papeleras en el patio, si se ha consignado correctamente en el Plan de Centro las excursiones a realizar durante el curso o si a algún alumno se le ha negado el aprobado". En toda Europa se está volviendo de nuevo a una enseñanza seria, sobria, comprometida, donde se exige al alumno, se le educa y se le ayuda en su proceso de aprendizaje. También puede ser reto para nosotros, y pienso que esforzarse por conseguirlo vale la pena. ElDia
* ANÁLISIS· Educación, Familia y Sensatez
Francisco M. González · Orientador familiar
La dignificación del profesorado
TENERIFE 29 DE FEBRERO DE 2008 (ElDia.es)
NO PRETENDO hacer una crítica y, mucho menos, enjuiciar la huelga del profesorado de la semana pasada. La huelga es un derecho. Pero cuando se trata de funcionarios o empleados públicos, la Administración pública debiera hacer todo lo posible e imposible por evitarla y llegar a un acuerdo; puesto que, en estos casos, la perjudicada no es la "patronal" -el Gobierno de Canarias-, sino personas totalmente ajenas al conflicto: los alumnos y sus padres. Aunque, curiosamente en esta ocasión, los profesores contaron con el apoyo de la mayoría de los padres. Utilizo el genérico por razón de agilidad.
La educación debe tener un lugar prioritario en un programa de gobierno, lo mismo que la sanidad y la seguridad, porque son los tres pilares básicos sobre los que se fundamenta el desarrollo, progreso y, como consecuencia, bienestar de una país. Más aún, a mi modo de ver, cualquiera de estos tres sectores debiera ser objeto de política de Estado, mediante un pacto o consenso entre las diversas fuerzas políticas y sociales, buscando el "bien común" de todos los ciudadanos. Es cierto que esto que escribo es "políticamente incorrecto", pero no es menos cierto que hay muchos ciudadanos de "a pie" de los que contribuyen a Hacienda que piensan así. Aunque tengo mis dudas de que en nuestro país algún día estará bien visto, o sea "políticamente correcto", pensar de forma coherente, sensata y utilizando el sentido común. No voy a entrar en política, que no es mi tema, y menos todavía en estos días de campaña electoral.
La sanidad y la seguridad, que también afectan a la familia -vaya si afectan- las dejo para otro día. Ya que lo que pretendo hoy es insistir en algo que se da por sabido: la importancia y trascendencia de la educación. En esto me parece que todos estamos de acuerdo, algo que se sabe. Pero coincido en lo que siempre insistía el malogrado profesor Juan Antonio Vallejo-Nájera: "En España lo que se da por sabido, por lo general, nunca se hace". Prueba de ello, es que en los últimos años se han elaborado varias leyes, reformas y contrarreformas educativas con unos resultados con nota de "muy deficiente". Pero lo que está por hacer es solucionar el desastre educativo de nuestros alumnos y mejorar o elevar el nivel de su educación integral, que en muchos casos ha descendido a niveles insospechados. No hay más que ver las estadísticas -de las que no soy muy partidario- y los informes de diversos organismos internacionales de reconocida solvencia. Por los que, después de cuarenta y dos años de docencia, personalmente siento vergüenza.
La figura clave y fundamental, junto con los padres y los alumnos, en la mejora y en el éxito del sistema educativo, es en primer lugar el profesor. Por ello, es necesario la dignificación y refuerzo social de los profesores, mediante una carrera docente en la que se reconozcan sus méritos educativos y profesionales; y, junto a eso, una justa retribución para que puedan vivir con la suficiente holgura y puedan dedicarse, en exclusiva o por entero, a su labor docente. En Canarias, además, hay que tener en cuenta el coste de la insularidad, que cada vez es mayor. En Finlandia, que en educación está a la cabeza de Europa, ser profesor es una de las profesiones con más prestigio y sueldo del país.
En España, basta echarle un vistazo a las cabeceras de los periódicos, para darse cuenta de que la violencia escolar en todas sus vertientes es un hecho manifiesto, así como la creciente indisciplina en algunos de nuestros centros está alcanzando cotas insoportables; incrementada por la creciente desestructuración familiar, la crisis social de valores y el creciente fenómeno de la emigración.
Como consecuencia, es necesario devolver al profesor el prestigio, el protagonismo y la autoridad que debe tener. Fortalecer y respaldar la autoridad del director, del jefe de estudios y, sobre todo, del profesor en el aula, en el patio de recreo o donde sea necesario. Un profesor sin autoridad no tiene sentido, como he argumentado en mis últimas columnas, pero necesita para su consolidación el apoyo por parte de la Administración pública, de los padres, de la sociedad y de los medios de comunicación.
Este tema da para mucho, porque también es mucho lo que nos jugamos en la educación de nuestros hijos. Como decía al principio, el desarrollo y bienestar de un país, la convivencia en paz y democracia dependen del modelo y ejemplo educativo que demos a nuestros jóvenes, desde muy pequeños, para que logren llegar a ser buenas personas y buenos ciudadanos: libres, responsables, trabajadores y honrados. Hay que enseñar y educar, hay que dignificar la figura del profesor, ya que tiene una tarea nada fácil: educar o enseñar. Pero no hay nada más apasionante y hermoso, e incluso relajante, que enseñar. Si se hace con gusto, autoridad y cobrando lo justo; si se sabe lo que se enseña; y se conoce de verdad al que se enseña, con el que se puede mantener un dialogo respetuoso, amistoso y enriquecedor. Esta labor docente ha sido mi experiencia más gratificante. elDia






