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martes, 18 de marzo de 2008
La violencia juvenil se ha desbocado y se distribuye impune y masivamente gracias a teléfonos móviles, cámaras digitales e Internet
¿A qué obedece este fenómeno?  Violaciones, homicidios...
· El matonismo crece de forma alarmante entre los menores, difundido impune y masivamente desde el móvil e Internet. De 8.000 agresiones hace ocho años se ha pasado a 22.000, según los últimos datos
· Nos adentramos en el escalofriante mundo del happy slapping.

Portada XLSemanal, Número: 1064 Del 16 al 22 de marzo
Portada del semanario con el reportaje sobre violencia cibernética adolescente
»Imagen emitida por Telecinco en la que un joven de quince años agrede a un profesor.


Diego Bagnera 16 MAR 2008 XLSemanal

Imagine que va usted, tan tranquilo, caminando por la calle y alguien le arrea un guantazo al grito de «Sonríe, Willy» mientras otro graba su estupor con un móvil. Al margen del daño físico del golpe, porque es una bofetada con todas las de la ley, se le va a quedar cara de idiota una buena temporada. Absurdo, sin duda, aunque la cosa tiene su `sentido´, incluso nombre. Se llama happy slapping, `tortazo feliz´, y es la última moda en agresiones juveniles, susceptibles de ser colgadas en la Red, a través de las redes P2P –Emule, Torrent, Ares, Azureus– o a través de esos grandes canales de tele vía Internet, los más vistos del mundo: YouTube, que ya controla en lo posible sus contenidos, o Liveleak, que se jacta de no hacerlo. El happy slapping fue `creado´ en Londres en 2004 por un grupo de menores que empezaron haciendo el tonto para pasar el rato y acabaron matando a un hombre cuando se hartaron de filmar tortazos. Una diversión macabra sin ánimo de lucro que, también ya aquí, va dejando heridos y cobrándose vidas. Una, en diciembre de 2005, cuando dos jovénes de 18 años y un menor, de 17, prendieron fuego a Rosario Endrinal, una indigente que intentaba pasar la noche en un cajero autómatico de Barcelona; la más reciente, en octubre pasado, en Lucena, Córdoba, cuando tres chicos de entre 15 y 16 y una chica de 18 rociaron con disolvente la cama en la que Antonio Joaquín Curiel Romero, de 43 años, dormía, sin saberlo, para no despertar jamás: le prendieron fuego con el solo fin de grabarlo ardiendo. Los tres varones están en un centro de menores; la chica, en prisión.

¿El objetivo de estas ‘bromas’? Lograr la notoriedad entre iguales, el reconocimiento público incluso. Salir no del anonimato, pero sí de la invisibilidad… La paradoja del delito: dejar huellas por todas partes, con insensata deliberación… El `no va más´ de las expectativas es trepar a la portada de ciertos sitios de Internet y colarse entre los vídeos más vistos y votados, llegar incluso al telediario o al ya `caducado´ Tomate: a eso aspiraban, por ejemplo, los menores sevillanos que en julio último forzaron a una compañera de instituto a hacer una felación `en directo´. Y éstos son sólo casos rápidamente mencionables, pero no pasa una semana sin que los medios no muestren alguna nueva `producción´: palizas, destrozos en la calle, agresiones sexuales, bullying, más happy slapping.

La tendencia va tan a más –no sólo en España, sino en el resto de Europa– que ya existen teléfonos móviles con un botón del pánico similar al que llevan las mujeres en riesgo de padecer violencia doméstica. Una tecla de emergencia que los menores pueden presionar si están sufriendo una paliza. El servicio Localízame, de Movistar, lo posibilita –ya hay casi 250.000 usuarios–; también el Aryon, un dispositivo similar al móvil, con botón de emergencia, o el NCard de Navento. La moda, desde luego, no es de chicos marginales: se precisa un móvil de última generación, con cámara de vídeo incorporada. Un estudio de la asociación Protégeles destaca que «resulta llamativo que el teléfono móvil no es utilizado por los menores como tal, salvo en contadas ocasiones. Hablar con otros utilizando la voz y en tiempo real es casi la función menos utilizada». Y agrega: «El 78 por ciento de los menores con móvil ya ha tenido más de un aparato. De éstos, el 24 por ciento tiene ya su tercer teléfono, y otro 24, el cuarto». Esos chicos, créalo aunque se trate de sus hijos, llevan probablemente en su móvil alguno de estos violentos clips. Le llegan aunque no quieran, como publicidad indeseada. Les basta con tener Bluetooth, una tecnología de conexión de corto alcance que conecta dos o más móviles con sólo acercarlos físicamente. Ese `corto alcance´ es ya, en determinados terminales, de hasta 200 metros. Alguien envía así un contenido a sólo un chico, y puede llegarle a cuantos tengan Bluetooth y estén cerca. En Alemania, uno de cada dos jóvenes guarda en su móvil un clip violento y la mitad declara haber visto un vídeo grabado con el mismo teléfono en el que alguien se lo mostraba. Es decir: conocen a alguien que se dedica a grabar palizas.

Y es que donde más corren los vídeos es en los institutos, en las aulas y en los patios, como nuevos cromos, de teléfono a teléfono, para completar un albúm virtual –los sitios web– que no acaban de llenarse nunca. Compruébelo usted mismo. Entre en liveleak.com o en youtube.com y escriba: `paliza´, `happy slapping´ o `beating´. Un mundo. Algunas, si cabe el término, son agresiones `en broma´, empujones entre colegas; otras son sencillamente aberrantes.

¿Es legal que esos clips estén ahí colgados? Ya no. Lo era hasta hace algo más de un año, cuando sólo se perseguía la creación de esos vídeos –hay un delito penal de agresión inobjetable– pero no el acto de difundirlos. Hoy sí: «Participar en la difusión de un delito o darle publicidad también es delito», algo que muchos menores ignoran. Así, el chico de 14 años que en octubre pasado propinó una paliza a otro menor en Boiro, Galicia, ha ingresado en un centro de menores, pero también su amigo de 15 que grabó y colgó la agresión en la Red. No obstante, cuando alguno de estos contenidos ilegales es detectado, es muy difícil dar con su autor: se necesita, para empezar, una orden judicial y, luego, la colaboración de las empresas servidoras de Internet, que no tienen judicialmente por qué colaborar con la Policía y revelarles los datos de sus clientes. La ley de protección de datos los ampara. Es de agradecer que lo hagan, y en temas de pornografía infantil, algunas ya lo hacen. Pero no tantas. Determinar por eso quién está detrás de los vídeos violentos es altamente difícil, más aun cuando páginas como Liveleak se jactan de no censurar y cuando todos los vídeos se cuelgan con un nick, un nombre falso. Así, es muy difícil saber quién está detrás, Eso sí, cuando se desvela la identidad, y hay detenciones, las penas pueden llegar a ocho años de internamiento en un centro de menores más otros cinco de libertad vigilada.

En este contexto, la pregunta se instala una vez más: ¿cómo y por qué hemos llegado a esto? Ignacio Fernández Arias, psicólogo de la Clínica Universitaria de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid, subraya el reemplazo de antiguos valores por otros nuevos: «Los menores no agreden y filman para chantajear y obtener cosas materiales. No. Para un adolescente, el mayor valor está en su círculo social. Si entonces agrede, lo graba, lo muestra y obtiene un refuerzo social determinado, la probabilidad de que vuelva a agredir es desgraciadamente alta, porque las consecuencias son positivas, y eso es mucho más importante que el que le compren una Play por estudiar. Bajo el sistema actual de valores, si uno no agrede, además, es un cobarde. Entonces es normal que un menor, ante una situación límite, agreda para no ser visto como un cobarde. Esto se da con mucha frecuencia; también que, cuando un niño tiene problemas en el colegio, la consigna que recibe es: `No te dejes acosar; si no, te acosarán más. Lo mejor es que lo pilles en un rincón y le pegues tres guantazos; ya verás cómo aprende´. Estos valores vienen a veces de la propia familia: `Defiéndete. Planta cara o te pasarán por encima…´, un mensaje que encierra un riesgo: aun cuando no estén inculcándole a sus hijos la consigna `pega a quien quieras´, los padres justifican así el uso de la violencia como estrategia de resolución de problemas. Muy peligroso. La estructura inmadura de un niño puede malinterpretar ese consejo y generalizarlo: `Bueno, la violencia no es tan mala´.»

Vicente Garrido, uno de los más reconocidos psicólogos dedicados a la violencia juvenil y autor del reciente libro Antes que sea tarde (Nabla Ediciones), agrega: «Detrás de estos actos está, ante todo, la búsqueda de que alguien vea lo que uno ha hecho. Es una violencia expresiva. Y está perpetrada, principalmente, por fracasados escolares: desde siempre, el mal estudiante tiene un riesgo superior de participar en conductas antisociales y violentas. Su refuerzo del yo se obtiene de expandir su imagen de tipo duro. Por eso necesita la grabación. Es el modo de autoafirmarse cuando no sabe hacerlo a través del compañerismo y las buenas notas».

Todos coinciden, además, en otro factor determinante: la naturalización de la violencia. «Está ya tan extendida dentro de lo cotidiano que es como si una paliza dejara de tener gravedad, incluso para los que no son violentos. Y eso es grave –remarca el psicólogo Luis González Cieza, de la Agencia de la Comunidad de Madrid para la Reeducación y Reinserción del Menor Infractor (Arrmi)–. La violencia se ha convertido para muchos en un modo de relacionarse que, no por frecuente, es normal.» González Cieza es, a su vez, coordinador de educadores y psicólogos de El Laurel, un centro de menores, pionero y único en España, dedicado exclusivamente a la reinserción de menores que han agredido a sus padres.

¿La violencia que estamos presenciando comienza en casa? ¿A los 13 se es agresivo con los padres y a los 16 en la calle? «Yo no comparto mucho esa idea. No obstante, es cierto que a medida que quienes agreden a sus padres van radicalizándose, esa violencia se generaliza. Por eso, cuando se interviene tempranamente, el conflicto se reconduce.»

Inicialmente creado para 25 infractores, El Laurel se ha visto desbordado y se trasladará pronto a otro edificio más amplio que permitirá atender a los 45 menores en los que se ha estacionado la población media de hijos maltratadores con orden de internamiento; en 2007, 70 pasaron por El Laurel, pero hubo otros 120 en régimen abierto, con orden de alejamiento de sus progenitores o bajo libertad vigilada. Y es que ésta de pegar a los padres –en especial a las madres– es también otra tendencia al alza entre las nuevas formas de violencia juvenil. ¿El tipo de agresión más frecuente? Un cóctel de insultos, empujones, golpes y, en menor medida, la tentativa de homicidio.

«Hay padres que deben refugiarse en una habitación y atrancar la puerta por dentro para que el hijo no los golpee; esto es frecuente –detalla González Cieza–. Chicos que tiran por la ventana, desde un décimo piso, la televisión porque quieren una de plasma y dicen a su madre que, tras la antigua tele, es ella la que saldrá volando; la madre tiene que huir corriendo. O está el caso del hijo que rompe el tabique nasal a su madre porque le ha puesto para comer verduras `y ella ya sabe que a él no le gustan´, o el de toda una familia que no puede entrar en su propia casa porque el hijo ha montado en cólera, `quiere estar solo´ y obliga a los demás a quedarse en la calle. En los últimos cinco años, el número de casos fue creciendo. Lo detectamos por las denuncias, que aumentaron, y las estadísticas que empezamos a clasificar mejor. Antes ignórabamos cuántos hijos violentos había: los casos se recogían por lesiones, tentativa de homicidio, pero no llevaban el calificativo `familiar´. Así ocurre todavía en muchos sitios de España. Vimos entonces que, desde 2003 hasta 2006, los casos habían pasado del uno por ciento al diez por ciento de la población total de menores infractores. Hay mucha población oculta: la situación mejora, pero aún muchos padres no denuncian a sus hijos. La culpabilidad, muy difícil de aceptar, es doble: implica reconocer un fracaso educativo –`no hemos sabido hacerlo´– y cargar con el peso de llevar a tu propio hijo a un juzgado…»

Los expertos madrileños también crearon El Laurel porque vieron que no era bueno internar a un menor de 15 años que hubiera agredido a su madre junto con otro de 17 que hubiese atracado a mano armada. «Y es lo que se venía haciendo y lo que aún se hace en casi toda España. Las características, las circunstancias y las necesidades de un menor y de otro son distintas. Si en todos los casos la intervención familiar es aconsejable, en éstos es absolutamente necesaria. Éste es un problema en el que toda la familia juega un papel crucial. No basta con tratar al menor como si él solo encerrara el problema. Muchos padres llegan a los juzgados buscando la enfermedad del hijo. Quieren un diagnóstico: `¿Qué le pasa, qué tiene?´ Él. Sólo él. No. Es: `¿Qué nos pasa, qué debemos resolver?´ Si un profesional les dice: `Tiene un trastorno tal´, los padres descansan: `Trátele usted, cúrelo´. Y ése no es el planteamiento acertado. Un menor problemático se hace en familia a lo largo de un proceso. Hay una escalada iniciada en la infancia: el chico que a los diez años se ha acostumbrado a exigir y descubre que obtiene cosas, ha `aprendido´ que para conseguir lo que quiere debe gritar, pegar un portazo, lo que sea. Los padres, a su vez, `aprenden´ que en cuanto dan lo que el hijo exige, la agresión cesa. Uno aprende por refuerzo positivo –me violento y consigo lo que quiero–; el otro, por refuerzo negativo: concedo y escapo de una situación desagradable. Los padres dejan de esa manera de ejercer la autoridad sobre sus retoños, porque ponerles límites genera situaciones de tensión familiar, y ceden cada vez más...» Y por no enojar a la `fiera´, algunos se dejan comer por ella…


La cuestión final –qué hicimos o dejamos de hacer los mayores cuando los menores `salen´ así– ha movido una vez más al debate y a que las autoridades se están replanteando una nueva modificación de la ley vigente, el interruptor más a mano, creemos, para apagar el problema. Unos están a favor; otros, en contra. Modifiquemos o no la Ley, todos coinciden en que el problema es educativo y de valores: un problema de adultos que sintomatiza en los menores. Un padecimiento, al fin, que se vuelve naturalmente sistémico: afecta a todo el cuerpo social, miembro a miembro, menores, mayores, víctimas, victimarios, estupefactos espectadores de cafetería por las mañanas.
www.xlsemanal.com Número: 1064 Del 16 al 22 de marzo

.../... CONTINÚA PARTE 2ª »Matones de 15 años, adolescentes violentos (2)
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