TRIBUNA· Dos artículos de la prensa argentina analizan la agresividad adolescente y conductas violentas de jóvenes
Ramón Agustín Alegre, escritor y periodista· La indisciplina beneficia a la violencia
Manuel Castillo, profesor en Filosofía de la UNSJ· La violencia escolar
MISIONES Argentina 20-04-2008 Ramón Agustín Alegre
Las manifestaciones violentas exhibidas por algunos jóvenes, se transforman paco a poco en preocupante elemento social, debido a la crudeza con que se desatan algunos casos. Existe coincidencia en las opiniones de quienes se dedican al estudio de estas expresiones, de que esas conductas agresivas derivan de situaciones conflictivas que se dan en el terreno familiar, y en el campo social. Esto quiere decir, que hacia allí debe apuntar nuestro esfuerzo si queremos evitar que se agudice ese fenómeno.
A estos dos elementos mencionados, hay que incorporar un tercero que juega un papel relevante, y que no puede estar ausente en cualquier análisis que se haga al respecto. Se trata de ese componente interno que es propio de cada individuo, el cual contribuye a la formación de una personalidad con características poco, mediana o muy violenta.
La herencia del hogar
Debemos aceptar que siempre existió un estado de rebeldía entre los jóvenes, donde, con cierta frecuencia, aparecían conductas agresivas entre ellos. Esta falta de respeto a las normas elementales de convivencia, casi nunca llegaba a los niveles que observamos por estos días, porque había un mayor respeto a la autoridad de los padres, y de quienes estaban al frente de las instituciones, en especial, las educativas.
En la actualidad muchos padres han flexibilizado en exceso el control y la imposición de buenas costumbres a sus hijos. El argumento más utilizado para justificar este déficit, es que el trabajo les obliga a ausentarse demasiado horas de sus casas, y en ese poco tiempo que están en familia, se ven obligados a hacer concesiones para evitar situaciones conflictivas. Por supuesto, con tan reducido margen de tiempo, no queda demasiado espacio para hurgar a fondo lo que hacen sus hijos durante el día, y mucho menos para las reprimendas. Es más, hay situaciones en que estando los padres presentes, no son éstos capaces de corregir a sus niños cuando se vuelven molestos o agresivos hacia otros pequeños. Tal irresponsabilidad lleva a menudo a otros progenitores, a alentar a sus hijos a que utilicen ese mismo tipo de violencia, como método de defensa frente a sus acosadores. A simple vista, parece algo intrascendente este detalle. Sin embargo, es más serio de lo que podemos suponer. Porque, si por un lado avalamos con el silencio las inconductas, y por otro se enseña contrarrestar los actos de violencia con otro acto de violencia, con seguridad que cuando lleguen a la adolescencia en algún momento apelarán a ese recurso para arreglar sus diferencias.
También solemos ver a menudo como, consiente o inconcientemente, ciertos padres les aseguran protección a sus hijos frente a las inconductas que cometen. Los casos más notorios lo encontramos en la vida escolar, cuando optan por dar mayor crédito a lo que dicen sus hijos, que los argumentos que esgrimen las autoridades escolares. En el caso de los adolescentes, ninguno de ellos aceptará mansamente su responsabilidad por algo malo que cometió. Siempre intentará eludir o trasladar a otros las culpas.
Otra de las cosas que afectan la formación de una buena personalidad en los jóvenes, son las escenas de violencia que muchos tienen que presenciar y padecer en sus hogares. Tanto las agresiones verbales como físicas que se dan en la pareja, como también las de ésta a sus propios hijos, van sembrando un modelo de vida en los niños que con el tiempo pasarán a ser algo normal y recurrente. Es todo un tema este punto. Porque no todos toman conciencia que ser padres, no sólo implica traer hijos al mundo, alimentarlos, y enviarlos a la escuela para formarse para el futuro. Ser padres significa además la toma de conciencia de que tienen frente a sí a seres sociales que necesitan de buenos ejemplos para cimentar las buenas costumbres que les ayudará a relacionarse amigablemente con sus semejantes.
La influencia social
Una parte importante de los elementos que contribuyen en la construcción de la personalidad del ser humano provienen del medio social en que viven. Lastimosamente, en nuestros días nos encontramos frente a una situación poco grata, porque los malos ejemplos se multiplican por todas partes, mientras que los buenos son pocos difundidos o cada vez más escasos. A menudo pensamos que estas situaciones aparecen por la falta de modelos que reflejen en lo social, conductas de vida dignas de ser imitadas. Sin embargo, cuando aparece alguien con tales atributos, no vemos demasiados jóvenes que se esfuercen en alcanzar un grado de similitud.
Algo ha cambiado, o está cambiando en la escala de valores de las nuevas generaciones. Qué cosas estarían induciendo a ese cambio? Indudablemente la multiplicidad de mensajes que reciben nuestros niños y jóvenes; tanto de las personas con quienes se relacionan a diario, como los que provienen de los medios visuales y audiovisuales, los hacen soñar con un mundo donde sobresale la vanidad. Un mundo inalcanzable para muchos, o demasiado idealizado que escapa a lo real. Así se deprimen, se tornan conflictivos, o se vuelven agresivos. Cada uno busca encontrar un lugar en la sociedad, y evitar sentirse discriminados.
Se agrupan siguiendo patrones que se asocia a lo económico, a lo barrial, a instituciones educativas, etc. Se pelean por los liderazgos, también entre grupos diferentes, y nunca aparecen las sanciones que desaliente la utilización de la violencia. Estos son solo una parte de los aprendizajes que llegan desde fuera del hogar, y que terminan formando cada vez más individuos violentos.
Dos clases de víctimas
Por mas pesimistas que seamos, es preciso destacar que hay muchísimos niños y jóvenes que han recibido una aceptable formación educativa, que se ve reflejado en el comportamiento social.
En el marco de una sociedad donde los violentos se multiplican con rapidez, los que llevan la de perder son aquellos que se aferran a la tolerancia y al respecto como medio de vida. Generalmente, cuando se estudian los actos violentos que afloran en diferentes ámbitos, automáticamente se trata de proteger al agresor, anteponiendo su condición de menor. Así vemos como hasta se busca justificar lo que hacen, porque son víctimas de padres violentos, por su condición de pobreza, o porque reciben mala influencia del medio en que viven. Una situación preocupante y atendible.
Pero nadie pone la lupa con el tiempo suficiente para observar los resultados que quedan en las otras víctimas. Aquellos que tienen que soportar todo tipo de acoso de parte de los indisciplinados. Bueno sería que tomemos conciencia de la situación tortuosa que debe soportar un niño en la escuela cuando otro compañero impunemente le tira del pelo, le patea, o lo tiene bajo amenazas. Algo parecido pasa también en los colegios de enseñanza media. Un tema muy delicado, porque estamos frente a dos tipos de víctimas, aunque siempre hay que reforzar la atención al más débil, es decir, el que recibe las agresiones.
Sin dudas, si queremos cambiar esta preocupante realidad, todos debemos hacernos un replanteamiento en la forma de educar y los valores que inculcamos a nuestros hijos. Ellos tienen que aprender que no pueden hacer lo que se les canta en este mundo. Que poseen derechos pero que también hay límites que tienen que respetarlos y, si no lo hacen, deben saber que llegaran las sanciones y los castigos para quienes lo ignoren. MISIONES
La violencia escolar
MANUEL CASTILLO - PROFESOR EN FILOSOFíA DE LA UNSJ
CUYO Argentina 21 ABR 2008
La violencia adolescente aparece como un fenómeno que no deja ver sus causas. Se piensa en conducta imitativa de lo que pasa en la sociedad, o descontrol propio de una época que no se deja explicar.
Un principio para entender esto, está en ver las características culturales de este tiempo no solo como una causa de lo que pasa, sino como una consecuencia de lo que apareció por los años 80, con el nombre de postmodernismo; el placer y el individualismo se convirtieron en objetivos prioritarios. La comunicación personal se resintió pese al impulso dado por la técnica moderna, se llegó a la soledad en una época en que las comunicaciones llegaron a lo insospechado poco tiempo antes. Se intentó pensar sin fundamentos, o reduciendo la capacidad de pensar a juegos del lenguaje. El individuo encerrado en sí mismo cayó en soledad y estrés. Significaba la renuncia a toda forma de valoración que no fuera una pretendida igualdad de todo, incluso de lo que no puede igualarse.
A simple vista podía entusiasmar la idea de buscar reivindicaciones legítimas, como la igualdad en dignidad del negro y el blanco, de la mujer y el hombre, entre otras; pero eso ocultaba una indiferencia ante toda forma de valorar las cosas de modo de no poder confundirlas con lo que no son. El matrimonio basado en diferencias elementales biológicas, psicológicas y espirituales, entre el hombre y la mujer, que sirve para lograr complementariedad y generar la prole, no puede confundirse con una unión homosexual. El intento de no distinguir nada llega hasta enfrentar las diferencias naturales y querer transformar el sexo, mediante operaciones, pero no se puede crear otra naturaleza.
Se recurrió a negar la idea de naturaleza, así todo se cree distinto en un mar de confusiones, sin tener de qué se es distinto. En ese ambiente cultural la autoridad dejó de serlo, existe autoridad en un marco legal, pero cuando se ejerce corre el riesgo de ser tachada como autoritarismo. Sin alguna forma de autoridad la educación gira en sí misma sin encontrar a quien educar. Para el directivo es un problema, más si no fue formado para esa función; se encuentra ante una indistinción incomprensible, para la que todo es igual, a veces enmascarado con el nombre de asamblea, en donde el alumno discute al profesor contenidos, valoración, o la transmisión misma de experiencias y saber de educador a educando.
Una pregunta aparece por sí misma, en ese clima no debería ser tan incomprensible por qué ya no se respeta la institución familiar, escolar, o de cualquier tipo, o debería verse como otra forma de indistinción lamentable, generada en aquella que negó que la verdad no es falsedad, que la decencia no es indecente, o que el ser no es un vacío de sentido; que la belleza en sí misma es lo que permite apreciar cosas bellas, que la invención sirve para mostrar cosas bellas de distintas maneras, en un arte valioso que siga distinguiendo entre lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso.
Un problema educativo es la confusión que se puede trasmitir si no se enfrenta el aula con ideas claras. Si el joven que puede tener mirada atenta, aun hoy con el déficit de atención que le están provocando, ve que el educador no distingue opinión de conocimiento y después le exige conocimiento; que no distingue ser y apariencia engañosa, y después le exige que sea educado, honesto, estudioso; puede temerse que él tampoco distinga violencia y equilibrio, buena y mala conducta.
Si se llega a un acuerdo sobre cómo y donde empezó el problema de la espiral de violencia juvenil, es más fácil llegar a un acuerdo sobre cómo y donde empezar a recuperar el tiempo perdido para la educación.
El adolescente se ve impulsado a las vivencias intensas, pero tiene reservas para buscar la misma intensidad en objetivos nobles si se los inculcan; necesita guía, consejo, o algo que aclare el pensamiento, y eso no puede obviarse. Necesita entender incluso emocionalmente, que la vida es un proyecto, y un proyecto apunta al futuro, no puede consumarse en la inmediatez de una diversión pasajera, que no lo deja pensar, y entonces es fácil que no lo advierta. DIARIO CUYO
Ramón Agustín Alegre, escritor y periodista· La indisciplina beneficia a la violencia
Manuel Castillo, profesor en Filosofía de la UNSJ· La violencia escolar
MISIONES Argentina 20-04-2008 Ramón Agustín Alegre
Las manifestaciones violentas exhibidas por algunos jóvenes, se transforman paco a poco en preocupante elemento social, debido a la crudeza con que se desatan algunos casos. Existe coincidencia en las opiniones de quienes se dedican al estudio de estas expresiones, de que esas conductas agresivas derivan de situaciones conflictivas que se dan en el terreno familiar, y en el campo social. Esto quiere decir, que hacia allí debe apuntar nuestro esfuerzo si queremos evitar que se agudice ese fenómeno.
A estos dos elementos mencionados, hay que incorporar un tercero que juega un papel relevante, y que no puede estar ausente en cualquier análisis que se haga al respecto. Se trata de ese componente interno que es propio de cada individuo, el cual contribuye a la formación de una personalidad con características poco, mediana o muy violenta.
La herencia del hogar
Debemos aceptar que siempre existió un estado de rebeldía entre los jóvenes, donde, con cierta frecuencia, aparecían conductas agresivas entre ellos. Esta falta de respeto a las normas elementales de convivencia, casi nunca llegaba a los niveles que observamos por estos días, porque había un mayor respeto a la autoridad de los padres, y de quienes estaban al frente de las instituciones, en especial, las educativas.
En la actualidad muchos padres han flexibilizado en exceso el control y la imposición de buenas costumbres a sus hijos. El argumento más utilizado para justificar este déficit, es que el trabajo les obliga a ausentarse demasiado horas de sus casas, y en ese poco tiempo que están en familia, se ven obligados a hacer concesiones para evitar situaciones conflictivas. Por supuesto, con tan reducido margen de tiempo, no queda demasiado espacio para hurgar a fondo lo que hacen sus hijos durante el día, y mucho menos para las reprimendas. Es más, hay situaciones en que estando los padres presentes, no son éstos capaces de corregir a sus niños cuando se vuelven molestos o agresivos hacia otros pequeños. Tal irresponsabilidad lleva a menudo a otros progenitores, a alentar a sus hijos a que utilicen ese mismo tipo de violencia, como método de defensa frente a sus acosadores. A simple vista, parece algo intrascendente este detalle. Sin embargo, es más serio de lo que podemos suponer. Porque, si por un lado avalamos con el silencio las inconductas, y por otro se enseña contrarrestar los actos de violencia con otro acto de violencia, con seguridad que cuando lleguen a la adolescencia en algún momento apelarán a ese recurso para arreglar sus diferencias.
También solemos ver a menudo como, consiente o inconcientemente, ciertos padres les aseguran protección a sus hijos frente a las inconductas que cometen. Los casos más notorios lo encontramos en la vida escolar, cuando optan por dar mayor crédito a lo que dicen sus hijos, que los argumentos que esgrimen las autoridades escolares. En el caso de los adolescentes, ninguno de ellos aceptará mansamente su responsabilidad por algo malo que cometió. Siempre intentará eludir o trasladar a otros las culpas.
Otra de las cosas que afectan la formación de una buena personalidad en los jóvenes, son las escenas de violencia que muchos tienen que presenciar y padecer en sus hogares. Tanto las agresiones verbales como físicas que se dan en la pareja, como también las de ésta a sus propios hijos, van sembrando un modelo de vida en los niños que con el tiempo pasarán a ser algo normal y recurrente. Es todo un tema este punto. Porque no todos toman conciencia que ser padres, no sólo implica traer hijos al mundo, alimentarlos, y enviarlos a la escuela para formarse para el futuro. Ser padres significa además la toma de conciencia de que tienen frente a sí a seres sociales que necesitan de buenos ejemplos para cimentar las buenas costumbres que les ayudará a relacionarse amigablemente con sus semejantes.
La influencia social
Una parte importante de los elementos que contribuyen en la construcción de la personalidad del ser humano provienen del medio social en que viven. Lastimosamente, en nuestros días nos encontramos frente a una situación poco grata, porque los malos ejemplos se multiplican por todas partes, mientras que los buenos son pocos difundidos o cada vez más escasos. A menudo pensamos que estas situaciones aparecen por la falta de modelos que reflejen en lo social, conductas de vida dignas de ser imitadas. Sin embargo, cuando aparece alguien con tales atributos, no vemos demasiados jóvenes que se esfuercen en alcanzar un grado de similitud.
Algo ha cambiado, o está cambiando en la escala de valores de las nuevas generaciones. Qué cosas estarían induciendo a ese cambio? Indudablemente la multiplicidad de mensajes que reciben nuestros niños y jóvenes; tanto de las personas con quienes se relacionan a diario, como los que provienen de los medios visuales y audiovisuales, los hacen soñar con un mundo donde sobresale la vanidad. Un mundo inalcanzable para muchos, o demasiado idealizado que escapa a lo real. Así se deprimen, se tornan conflictivos, o se vuelven agresivos. Cada uno busca encontrar un lugar en la sociedad, y evitar sentirse discriminados.
Se agrupan siguiendo patrones que se asocia a lo económico, a lo barrial, a instituciones educativas, etc. Se pelean por los liderazgos, también entre grupos diferentes, y nunca aparecen las sanciones que desaliente la utilización de la violencia. Estos son solo una parte de los aprendizajes que llegan desde fuera del hogar, y que terminan formando cada vez más individuos violentos.
Dos clases de víctimas
Por mas pesimistas que seamos, es preciso destacar que hay muchísimos niños y jóvenes que han recibido una aceptable formación educativa, que se ve reflejado en el comportamiento social.
En el marco de una sociedad donde los violentos se multiplican con rapidez, los que llevan la de perder son aquellos que se aferran a la tolerancia y al respecto como medio de vida. Generalmente, cuando se estudian los actos violentos que afloran en diferentes ámbitos, automáticamente se trata de proteger al agresor, anteponiendo su condición de menor. Así vemos como hasta se busca justificar lo que hacen, porque son víctimas de padres violentos, por su condición de pobreza, o porque reciben mala influencia del medio en que viven. Una situación preocupante y atendible.
Pero nadie pone la lupa con el tiempo suficiente para observar los resultados que quedan en las otras víctimas. Aquellos que tienen que soportar todo tipo de acoso de parte de los indisciplinados. Bueno sería que tomemos conciencia de la situación tortuosa que debe soportar un niño en la escuela cuando otro compañero impunemente le tira del pelo, le patea, o lo tiene bajo amenazas. Algo parecido pasa también en los colegios de enseñanza media. Un tema muy delicado, porque estamos frente a dos tipos de víctimas, aunque siempre hay que reforzar la atención al más débil, es decir, el que recibe las agresiones.
Sin dudas, si queremos cambiar esta preocupante realidad, todos debemos hacernos un replanteamiento en la forma de educar y los valores que inculcamos a nuestros hijos. Ellos tienen que aprender que no pueden hacer lo que se les canta en este mundo. Que poseen derechos pero que también hay límites que tienen que respetarlos y, si no lo hacen, deben saber que llegaran las sanciones y los castigos para quienes lo ignoren. MISIONES
La violencia escolar
MANUEL CASTILLO - PROFESOR EN FILOSOFíA DE LA UNSJCUYO Argentina 21 ABR 2008
La violencia adolescente aparece como un fenómeno que no deja ver sus causas. Se piensa en conducta imitativa de lo que pasa en la sociedad, o descontrol propio de una época que no se deja explicar.
Un principio para entender esto, está en ver las características culturales de este tiempo no solo como una causa de lo que pasa, sino como una consecuencia de lo que apareció por los años 80, con el nombre de postmodernismo; el placer y el individualismo se convirtieron en objetivos prioritarios. La comunicación personal se resintió pese al impulso dado por la técnica moderna, se llegó a la soledad en una época en que las comunicaciones llegaron a lo insospechado poco tiempo antes. Se intentó pensar sin fundamentos, o reduciendo la capacidad de pensar a juegos del lenguaje. El individuo encerrado en sí mismo cayó en soledad y estrés. Significaba la renuncia a toda forma de valoración que no fuera una pretendida igualdad de todo, incluso de lo que no puede igualarse.
A simple vista podía entusiasmar la idea de buscar reivindicaciones legítimas, como la igualdad en dignidad del negro y el blanco, de la mujer y el hombre, entre otras; pero eso ocultaba una indiferencia ante toda forma de valorar las cosas de modo de no poder confundirlas con lo que no son. El matrimonio basado en diferencias elementales biológicas, psicológicas y espirituales, entre el hombre y la mujer, que sirve para lograr complementariedad y generar la prole, no puede confundirse con una unión homosexual. El intento de no distinguir nada llega hasta enfrentar las diferencias naturales y querer transformar el sexo, mediante operaciones, pero no se puede crear otra naturaleza.
Se recurrió a negar la idea de naturaleza, así todo se cree distinto en un mar de confusiones, sin tener de qué se es distinto. En ese ambiente cultural la autoridad dejó de serlo, existe autoridad en un marco legal, pero cuando se ejerce corre el riesgo de ser tachada como autoritarismo. Sin alguna forma de autoridad la educación gira en sí misma sin encontrar a quien educar. Para el directivo es un problema, más si no fue formado para esa función; se encuentra ante una indistinción incomprensible, para la que todo es igual, a veces enmascarado con el nombre de asamblea, en donde el alumno discute al profesor contenidos, valoración, o la transmisión misma de experiencias y saber de educador a educando.
Una pregunta aparece por sí misma, en ese clima no debería ser tan incomprensible por qué ya no se respeta la institución familiar, escolar, o de cualquier tipo, o debería verse como otra forma de indistinción lamentable, generada en aquella que negó que la verdad no es falsedad, que la decencia no es indecente, o que el ser no es un vacío de sentido; que la belleza en sí misma es lo que permite apreciar cosas bellas, que la invención sirve para mostrar cosas bellas de distintas maneras, en un arte valioso que siga distinguiendo entre lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso.
Un problema educativo es la confusión que se puede trasmitir si no se enfrenta el aula con ideas claras. Si el joven que puede tener mirada atenta, aun hoy con el déficit de atención que le están provocando, ve que el educador no distingue opinión de conocimiento y después le exige conocimiento; que no distingue ser y apariencia engañosa, y después le exige que sea educado, honesto, estudioso; puede temerse que él tampoco distinga violencia y equilibrio, buena y mala conducta.
Si se llega a un acuerdo sobre cómo y donde empezó el problema de la espiral de violencia juvenil, es más fácil llegar a un acuerdo sobre cómo y donde empezar a recuperar el tiempo perdido para la educación.
El adolescente se ve impulsado a las vivencias intensas, pero tiene reservas para buscar la misma intensidad en objetivos nobles si se los inculcan; necesita guía, consejo, o algo que aclare el pensamiento, y eso no puede obviarse. Necesita entender incluso emocionalmente, que la vida es un proyecto, y un proyecto apunta al futuro, no puede consumarse en la inmediatez de una diversión pasajera, que no lo deja pensar, y entonces es fácil que no lo advierta. DIARIO CUYO







