ACÁ y ALLÁ
TRiBUNA· Felipe Mora Arellano, Maestro en Sociología de la Universidad de Sonora
Reflexiones sobre la violencia juvenil
SONORA México 4 de Mayo del 2008 (El Imparcial)
Hace algunas semanas, ciertos periódicos y noticiarios de radio y televisión del País, dieron seguimiento a la agresión sufrida por un grupo de jóvenes autodenominados “Emos” (contracción de hardcore emocional o “emo-core”, designaciones populares de este género de música), en algunas ciudades de México.
Se dijo que los agresores pertenecían a otras agrupaciones o tribus urbanas, como darketos, punks y rockers, entre otros. Los “Emos”, se dijeron víctimas de la incomprensión a su ideología, acusada de comercial y amenazante de ciertos valores que algunos jóvenes aprecian.
En respuesta, organizaron una marcha contra la intolerancia a la que se sumaron miembros de las supuestas tribus agresoras. Cada una de ellas se distingue por su visión de la vida, y su forma de vestir que los diferencia de los demás e identifica. Las formas de expresión que asumen son, en parte, semejantes a las que adoptan quienes quieren verse y ser identificados con un liderazgo o un partido, y visten camisas rojas, azules o amarillas, y en otros tiempos doradas o negras. Como esos grupos de jóvenes que se ligan y los mueve cierto género de música, en otros tiempos hubo quienes se cuadraban ante las marchas Giovinezza, Cara al Sol o La Internacional.
Pero las tribus urbanas son de otra hechura y ameritan un análisis detallado como expresión de la vida urbana de las últimas décadas. El caso viene a colación porque cuando esto ocurría en otras latitudes del País, una noticia local, también sobre jóvenes, llamó la atención: Un grupo nutrido de muchachos aprovechó la noche para hacer destrozos en un cementerio de Hermosillo, pero sin profanar tumbas, advirtió la nota periodística. Días después, en Ciudad Obregón, jóvenes eran contratados por un partido para actuar como grupo de choque en contra de otro partido. Se trata de dos tipos de expresiones: La primera, una acción en busca de emociones estimulantes, la otra de corte utilitaria.
En esta cara de las expresiones juveniles, con frecuencia leemos noticias ligadas a la violencia, de enfrentamientos entre jóvenes, o de ataques a vecinos algunas de las veces con saldos mortales. Se trata de la violencia juvenil urbana que ha hecho crecer las cifras de mortalidad. Algunas fuentes revelan que en México en el año 2000, las agresiones con armas de fuego provocan más o menos el 50% de los homicidios de jóvenes.
La población suele temer a una concentración de jóvenes pues la relaciona necesariamente con drogas, violencia o desmanes de pandillas; sus indumentarias le asustan y sus lenguajes, señas y signos le resultan incomprensibles y le provocan temor. La música rock que es un punto central de referencia e identidad para adolescentes y jóvenes, organizada en tocadas, son amenazantes y la autoridad les impide o condiciona realizarlas.
Esa misma población teme y con razón, la violencia de adolescentes y jóvenes quienes la ejercen en lo individual o en grupo, entre ellos, contra gente de su colonia o barrio, o de zonas aledañas. Un diario local publicó recientemente que en Hermosillo existen 141 pandillas y se estima que alrededor de 4 mil 300 jóvenes pertenecen a ellas. No todas, desde luego, son violentas, pero sí responden a una necesidad social de pertenencia e identidad de quienes las integran.
Llama la atención aquellas agrupaciones que se caracterizan por su agresividad; la reacción de quienes las padecen –como vecinos o familiares de sus miembros- los lleva a demandar la presencia policiaca y el endurecimiento hacia los pandilleros. Sin embargo, es preciso explicar las causas del fenómeno con el fin de desarrollar las medidas más apropiadas para atender -combatir es el término que emplean autoridades gubernamentales- este fenómeno social, en donde los propios jóvenes son victimarios y víctimas (está de nuevo abierto el caso de la muerte de un miembro de Los Anormales, pandilla de una colonia de Hermosillo).
¿Cuáles son los móviles de su comportamiento violento (venganza, ira, provocación, robo, etcétera)? ¿Dónde se manifiesta -la calle, la escuela? ¿Intervienen las drogas, alcohol o armas –qué tan cercanos los tienen? ¿Hay alguien más aparte de la víctima y el agresor? ¿De qué edades son los participantes? ¿Cuáles son las características sociodemográficas y económicas de sus familias? Son algunas preguntas situacionales obligadas para distinguir comportamientos y explicarlos.
Adicionalmente, variables biológicas intervienen como causales en el comportamiento de adolescentes y jóvenes violentos, como problemas durante el parto –y si la madre lo fue muy joven- que pueden generar daños neurológicos que se traducen en conductas hiperactivas, impulsivas, de atención, que los llevan a ser poco persistentes y a dificultarles su rendimiento escolar. De igual forma, la alimentación deficiente es un factor que influye en el desarrollo de sus funciones cerebrales.
Aunado a lo anterior, los problemas socioeconómicos potencian la condición anterior, y disminuyen la vigilancia, supervisión, establecimiento de reglas o normas que favorezcan la socialización de los hijos e hijas, basada en la reciprocidad, la confianza, la responsabilidad. En suma, la creación de hábitos que generan una cohesión familiar, característica débil en las familias de jóvenes violentos.
Con estas ausencias o debilidades, viene el fracaso escolar –por abandono, reprobación o expulsión- el cual se convierte en un elemento más de exclusión cuya manifestación de rechazo a esa condición puede haber conducido a adolescentes a cometer actos vandálicos a escuelas, precisamente, a aquéllas que los rechazaron o a las cuales no pudieron tener acceso. Recuerdo una fotografía de un muro escolar con la siguiente pinta: “P... escuela”. Reveladora muestra de una actitud de desprecio hacia una institución (autoridades, reglas, orden, exigencia, convivencia, persistencia… ).
Cuando se ha abandonado la escuela, el mercado ocupacional no proporciona a los jóvenes ingresos y ocupaciones legítimos, o bien falta el apoyo social necesario en el periodo entre la conclusión de los estudios y la consecución de un trabajo. Al carecer de ese apoyo, algunos han pasado a la criminalidad y la violencia. Paralelamente, se fomenta una cultura de la violencia mediante la reciente aceptación del “dinero fácil” (gran parte de esto se relaciona con el tráfico de drogas) y de cualquier medio adecuado para obtenerlo, así como mediante la corrupción.
Otra parte del caldo de cultivo para las conductas violentas, es el abandono de zonas urbanas, donde la infraestructura y equipamiento, en deterioro o con grandes deficiencias, o simplemente inexistente, degradan moralmente el ambiente de sus habitantes. Con todo, ésa es su ciudad, en donde han crecido y habrán de crecer; ciudad que el mercado urbano no considera dentro de sus expectativas de inversión o desarrollo a consecuencia de la inseguridad y el abandono.
Con frecuencia se piensa que las pandillas conducen a la desintegración social de donde operan; sin embargo, estas agrupaciones son expresión de espacios cuyo orden social está desintegrado, y en donde no existen formas alternativas de recuperarlo. Las pandillas -ahora no solamente integradas por hombres- dan a los jóvenes la seguridad, protección e identidad que nadie les brinda. Quienes han emigrado “al otro lado” y conocieron las pandillas o participaron en ellas, o simplemente quienes saben de ellas a través del cine o la televisión, adoptan ese modelo con todo e indumentaria y gustos.
La violencia intrafamiliar repite en las generaciones el trato con su propia pareja y descendencia; los matrimonios jóvenes tienen menos experiencia para manejar sus emociones frente a los conflictos de pareja, y la profecía se cumple a sí misma.
Con base en el conocimiento del fenómeno, en algunos países se diseñan y aplican políticas dirigidas a intervenir en la modificación del comportamiento, la adopción de una perspectiva social, la promoción del desarrollo moral, el desarrollo de aptitudes sociales, la resolución de problemas sociales y la solución de conflictos. Políticas que se convierten en programas dirigidos a la población abierta, a grupos de alto riesgo o a los ámbitos escolares.
En otras palabras, hay que estudiar estas expresiones juveniles para pensar en las medidas más apropiadas para atenderlas y no sumirlas aún más en la exclusión.
IMPARCIAL
TRiBUNA· Felipe Mora Arellano, Maestro en Sociología de la Universidad de Sonora
Reflexiones sobre la violencia juvenil
SONORA México 4 de Mayo del 2008 (El Imparcial)
Hace algunas semanas, ciertos periódicos y noticiarios de radio y televisión del País, dieron seguimiento a la agresión sufrida por un grupo de jóvenes autodenominados “Emos” (contracción de hardcore emocional o “emo-core”, designaciones populares de este género de música), en algunas ciudades de México.
Se dijo que los agresores pertenecían a otras agrupaciones o tribus urbanas, como darketos, punks y rockers, entre otros. Los “Emos”, se dijeron víctimas de la incomprensión a su ideología, acusada de comercial y amenazante de ciertos valores que algunos jóvenes aprecian.
En respuesta, organizaron una marcha contra la intolerancia a la que se sumaron miembros de las supuestas tribus agresoras. Cada una de ellas se distingue por su visión de la vida, y su forma de vestir que los diferencia de los demás e identifica. Las formas de expresión que asumen son, en parte, semejantes a las que adoptan quienes quieren verse y ser identificados con un liderazgo o un partido, y visten camisas rojas, azules o amarillas, y en otros tiempos doradas o negras. Como esos grupos de jóvenes que se ligan y los mueve cierto género de música, en otros tiempos hubo quienes se cuadraban ante las marchas Giovinezza, Cara al Sol o La Internacional.
Pero las tribus urbanas son de otra hechura y ameritan un análisis detallado como expresión de la vida urbana de las últimas décadas. El caso viene a colación porque cuando esto ocurría en otras latitudes del País, una noticia local, también sobre jóvenes, llamó la atención: Un grupo nutrido de muchachos aprovechó la noche para hacer destrozos en un cementerio de Hermosillo, pero sin profanar tumbas, advirtió la nota periodística. Días después, en Ciudad Obregón, jóvenes eran contratados por un partido para actuar como grupo de choque en contra de otro partido. Se trata de dos tipos de expresiones: La primera, una acción en busca de emociones estimulantes, la otra de corte utilitaria.
En esta cara de las expresiones juveniles, con frecuencia leemos noticias ligadas a la violencia, de enfrentamientos entre jóvenes, o de ataques a vecinos algunas de las veces con saldos mortales. Se trata de la violencia juvenil urbana que ha hecho crecer las cifras de mortalidad. Algunas fuentes revelan que en México en el año 2000, las agresiones con armas de fuego provocan más o menos el 50% de los homicidios de jóvenes.
La población suele temer a una concentración de jóvenes pues la relaciona necesariamente con drogas, violencia o desmanes de pandillas; sus indumentarias le asustan y sus lenguajes, señas y signos le resultan incomprensibles y le provocan temor. La música rock que es un punto central de referencia e identidad para adolescentes y jóvenes, organizada en tocadas, son amenazantes y la autoridad les impide o condiciona realizarlas.
Esa misma población teme y con razón, la violencia de adolescentes y jóvenes quienes la ejercen en lo individual o en grupo, entre ellos, contra gente de su colonia o barrio, o de zonas aledañas. Un diario local publicó recientemente que en Hermosillo existen 141 pandillas y se estima que alrededor de 4 mil 300 jóvenes pertenecen a ellas. No todas, desde luego, son violentas, pero sí responden a una necesidad social de pertenencia e identidad de quienes las integran.
Llama la atención aquellas agrupaciones que se caracterizan por su agresividad; la reacción de quienes las padecen –como vecinos o familiares de sus miembros- los lleva a demandar la presencia policiaca y el endurecimiento hacia los pandilleros. Sin embargo, es preciso explicar las causas del fenómeno con el fin de desarrollar las medidas más apropiadas para atender -combatir es el término que emplean autoridades gubernamentales- este fenómeno social, en donde los propios jóvenes son victimarios y víctimas (está de nuevo abierto el caso de la muerte de un miembro de Los Anormales, pandilla de una colonia de Hermosillo).
¿Cuáles son los móviles de su comportamiento violento (venganza, ira, provocación, robo, etcétera)? ¿Dónde se manifiesta -la calle, la escuela? ¿Intervienen las drogas, alcohol o armas –qué tan cercanos los tienen? ¿Hay alguien más aparte de la víctima y el agresor? ¿De qué edades son los participantes? ¿Cuáles son las características sociodemográficas y económicas de sus familias? Son algunas preguntas situacionales obligadas para distinguir comportamientos y explicarlos.
Adicionalmente, variables biológicas intervienen como causales en el comportamiento de adolescentes y jóvenes violentos, como problemas durante el parto –y si la madre lo fue muy joven- que pueden generar daños neurológicos que se traducen en conductas hiperactivas, impulsivas, de atención, que los llevan a ser poco persistentes y a dificultarles su rendimiento escolar. De igual forma, la alimentación deficiente es un factor que influye en el desarrollo de sus funciones cerebrales.
Aunado a lo anterior, los problemas socioeconómicos potencian la condición anterior, y disminuyen la vigilancia, supervisión, establecimiento de reglas o normas que favorezcan la socialización de los hijos e hijas, basada en la reciprocidad, la confianza, la responsabilidad. En suma, la creación de hábitos que generan una cohesión familiar, característica débil en las familias de jóvenes violentos.
Con estas ausencias o debilidades, viene el fracaso escolar –por abandono, reprobación o expulsión- el cual se convierte en un elemento más de exclusión cuya manifestación de rechazo a esa condición puede haber conducido a adolescentes a cometer actos vandálicos a escuelas, precisamente, a aquéllas que los rechazaron o a las cuales no pudieron tener acceso. Recuerdo una fotografía de un muro escolar con la siguiente pinta: “P... escuela”. Reveladora muestra de una actitud de desprecio hacia una institución (autoridades, reglas, orden, exigencia, convivencia, persistencia… ).
Cuando se ha abandonado la escuela, el mercado ocupacional no proporciona a los jóvenes ingresos y ocupaciones legítimos, o bien falta el apoyo social necesario en el periodo entre la conclusión de los estudios y la consecución de un trabajo. Al carecer de ese apoyo, algunos han pasado a la criminalidad y la violencia. Paralelamente, se fomenta una cultura de la violencia mediante la reciente aceptación del “dinero fácil” (gran parte de esto se relaciona con el tráfico de drogas) y de cualquier medio adecuado para obtenerlo, así como mediante la corrupción.
Otra parte del caldo de cultivo para las conductas violentas, es el abandono de zonas urbanas, donde la infraestructura y equipamiento, en deterioro o con grandes deficiencias, o simplemente inexistente, degradan moralmente el ambiente de sus habitantes. Con todo, ésa es su ciudad, en donde han crecido y habrán de crecer; ciudad que el mercado urbano no considera dentro de sus expectativas de inversión o desarrollo a consecuencia de la inseguridad y el abandono.
Con frecuencia se piensa que las pandillas conducen a la desintegración social de donde operan; sin embargo, estas agrupaciones son expresión de espacios cuyo orden social está desintegrado, y en donde no existen formas alternativas de recuperarlo. Las pandillas -ahora no solamente integradas por hombres- dan a los jóvenes la seguridad, protección e identidad que nadie les brinda. Quienes han emigrado “al otro lado” y conocieron las pandillas o participaron en ellas, o simplemente quienes saben de ellas a través del cine o la televisión, adoptan ese modelo con todo e indumentaria y gustos.
La violencia intrafamiliar repite en las generaciones el trato con su propia pareja y descendencia; los matrimonios jóvenes tienen menos experiencia para manejar sus emociones frente a los conflictos de pareja, y la profecía se cumple a sí misma.
Con base en el conocimiento del fenómeno, en algunos países se diseñan y aplican políticas dirigidas a intervenir en la modificación del comportamiento, la adopción de una perspectiva social, la promoción del desarrollo moral, el desarrollo de aptitudes sociales, la resolución de problemas sociales y la solución de conflictos. Políticas que se convierten en programas dirigidos a la población abierta, a grupos de alto riesgo o a los ámbitos escolares.
En otras palabras, hay que estudiar estas expresiones juveniles para pensar en las medidas más apropiadas para atenderlas y no sumirlas aún más en la exclusión.
IMPARCIAL






