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jueves, 15 de mayo de 2008
MENDOZA OnLine publica este domingo y lunes seis documentadas entregas de actualidad sobre violencia escolar (3 y 4)

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IV. Las historias paralelas de Pedro y Juan
 
Liliana Hidalgo
 

MENDOZA Argentina 12 MAY 2008 (MDZoL)
 
"A mí lo que me pasó me dejó muy mal. Estuve en cama una semana llorando. Es terrible ver como nadie te defiende, cómo nadie controla a los chicos”.

Las palabras le pertenecen a Mercedes (hemos cambiado su nombre por pedido expreso de la protagonista de esta historia), una profesora de Comunicación Social que sufrió en carne propia la violencia física en una escuela. Ella mira para atrás,  hace unos cuantos meses y los recuerdos que guarda de estar frente a un aula no son gratos.


Un episodio de golpes e insultos por parte de unas alumnas le hicieron dar media vuelta y  llena de impotencia, renunció a sus horas en el establecimiento secundario en que daba clases, cerca del barrio Cinco Mil Lotes en Las Heras.

Su historia en esa escuela empezó a escribirse en agosto de 2007 donde Mercedes llegó en reemplazo de un profesor y tomó las horas de Comunicación. Desde el principio –cuenta- el vínculo con sus alumnos –24 en total, 21 mujeres y sólo  3 varones– fue difícil  ya que los estudiantes la rechazaron porque querían al antiguo docente.

“Ahí mandaban las chicas. Yo no les caía bien porque era mujer y ellas preferían al profesor que estaba antes. Además no querían estudiar”, relata Mercedes. Cada vez que se encontraban cara a cara siempre era lo mismo: poca predisposición de los chicos a hacer las actividades que marcaba la currícula.

Mercedes explica que “cuando empecé estaban muy atrasados. Apenas habían visto conceptos básicos de comunicación. No querían hacer nada. Les hablé pero  no hubo caso”.
La relación entre la docente y un puñado de alumnas quedó hecha trizas para siempre el día en que Mercedes recibió puñetazos en plena clase.

“Cuando entregué un examen vi que una chica me miraba mal. Se paró, fue hasta el escritorio para que le diera la prueba, y junto a ella habían 3 alumnas más. A una le había puesto un 3 y al verlo dijo: ‘mirá lo que me puso la yegua hija de puta esta’. Me rompió la prueba en pedacitos y me la tiró a los pies. Yo empecé a temblar, le dije que iba a hablar con la directora para sancionarla y le pedí que levantara la prueba. Levantala vos me dijo y me pegó tres piñas en el brazo derecho mientras las otras chicas nos rodeaban. Al mismo tiempo me gritó:
- ‘Esperá que te agarre mi vieja y te va a hacer bolsa en la calle’, expresa Mercedes.

En el momento que le pasó eso, la docente, explica que rápidamente fue a buscar a la preceptora. “Ella levantó la prueba del suelo y me dijo que esto no tenía arreglo y que yo debía aprobar a la chica”, relata Mercedes.

La profesora no se quedó de brazos cruzados: “hablé con la directora y sólo atinó a decir que este tipo de chicas era así”. En el colegio lo único que hicieron es asentar lo sucedido en el libro de actas  y a la joven la retaron, nada más.

El sabor amargo por lo que le tocó pasar la hizo tomar la decisión de renunciar cuando todavía no había cumplido los tres meses en el aula. Mercedes dice que casos como el suyo se repiten en distintas escuelas de Mendoza. Que para ella es común enterarse de cosas vividas por otros profesores, desde agresiones verbales, ataques a sus vehículos hasta golpes.

Además de las peleas que se generan entre propios alumnos que a veces son difíciles de controlar.  

“Mi hijo no  quería ir más a la escuela”

Así, como a la profesora de Comunicación, los chicos que todos los días van a clases también han sufrido expresiones violentas.

Alejandra es una joven mamá que tiene un pequeño que va al Liceo Militar y se quedó perpleja un día que su hijo le manifestó que no quería ir a clases. “Hay un compañero que me pega y me amenaza”, eso fue lo que le contó su niño. “Los golpes iban desde empujones, tirarse el pelo, cachetadas y golpes en la cabeza”, explica Alejandra.

Admirada por lo que escuchaba, la mamá pidió una reunión con las autoridades del colegio. “Mi sorpresa fue mayor cuando hablando con otros padres me enteré que el golpeador les pegaba a todos los varones y a las nenas les rompía los útiles escolares. Esto porque el chico sostenía que los demás le decían que era gordo”, explicó.

La mamá explica a MDZ que los sucesos violentos eran durante los recreos y las consecuencias de lo que ahí sucedía el chico las llevaba a casa cuando le repetía sus ganas de no volver al colegio. El encuentro con los mandos del colegio sirvió para que al chico agresor lo siguieran de cerca con una psicopedagoga y a partir de ese momento no ha vuelto a atacar a sus compañeros.

Sin embargo, Alejandra dice que está bastante atenta porque “obvio que a ningún padre le gusta que le peguen a su hijo”. Mercedes fue atacada en una escuela pública, el hijo de Alejandra en un colegio privado.

A la hora de ensayar explicaciones sobre los porqué de cada caso sus respuestas son variables.
Alejandra acepta que “están bastante violentos los chicos”, pero cree que esto tiene que ver con que “el año pasado tenían media jornada y este año tienen jornada completa y por ahí tal vez no se adaptan a estar tantas horas en la escuela”.

En cambio, para Mercedes los sucesos violentos que se viven puertas adentro de la escuela tienen mucho que ver con el contexto social en el que se mueven los chicos.

Link permanente: http://www.mdzol.com/mdz/nota/46456

Las historias paralelas de Pedro y Juan

IV.  Gabriel Conte  (MDZoL)

Pedro es pobre y Juan no. Ambos van a la escuela primaria. Los dos tienen la misma edad, pero no la misma suerte, ni las mismas cosas. Tienen carencias similares, aunque esto no pueda creerse. Ambos están rodeados de oportunidades. El uno, de caer en cualquiera y el otro, al
final, también, pero con más prudencia.

Pedro llevó una cuchilla a la escuela, para sacarle punta al lápiz. Juan, un cuter.

Jugando o peleando o resolviendo cosas de preadolescentes, ambos, cada uno en su escuela, uno en la estatal de un barrio empolvado de Guaymallén y el otro en una privada de Godoy Cruz, hirieron a compañeros de clases.

Juan ve poco a sus padres. Trabajan todo el día. Sus afectos más palpables son el Nintendo y la PC. También sus padres y la señora que los acompaña desde que nacieron.

Pedro una vez fue a un cumpleaños y pudo jugar a uno de esos juegos, pero el tiempo lo mata, en realidad, cuidando hermanos. Sus padres trabajan todo el día haciendo lo mismo que el hijo: la madre cuida chicos, pero ajenos, a cambio de dinero para darle de comer a los muchos propios. Su padre no está nunca; no consigue un puesto fijo y hace changas. El cree que no le va mal.

Las autoridades de las dos escuelas se escandalizaron, obviamente, no es para menos.

En la escuela de Pedro intentaron ubicar a los padres, pero llegaron tarde, en micro y llorando. Le gritaron mucho al chico e hicieron ademanes exajerados; se tomaban la cabeza con la palma de la mano y le pronosticaban la suma de todos los males al llegar a la casa. Llegó la policía y fue un desmadre. Todos los chicos lo señalaban a Pedro. La escuela se paralizó. Alguien llamó a la radio, para pasar la noticia.

Mientras esto pasaba, a 11 kilómetros de allí, en el colegio de Juan lograron la presencia del supervisor regional. El chico agredido, ya estaba en su casa tras ser atendido por médicos y el agresor esperaba sentado en el despacho de la directora el arribo de sus padres. Llegó el padre. Habló primero con las autoridades mientras el chico miraba de reojo. Llegó un señor con corbata y una chica de anteojos con una carpeta sostenida sobre el pecho. El abogado habló con el padre y la directora. El padre y el abogado tenían las manos en jarra, corriéndose para atrás el saco del traje. La psicóloga le sonreía al niño y le hacía algunas preguntas. "Mamá no llegó", pensó Juan, relojeando hacia la entrada del colegio.

Pedro fue a la Comisaría con sus padres. No correspondía, porque es menor de edad. La prensa sacó fotos y las publicaron pixeladas en los diarios.

Juan siguió yendo a la psicóloga durante varios meses.

Link permanente: http://www.mdzol.com/mdz/nota/46448


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