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martes, 20 de mayo de 2008
Javier Urra advierte sobre el aumento de los 'pequeños dictadores', menores que pegan, roban y vejan a sus progenitores
· “Los adolescentes dictadores es seguro que ejercerán la violencia de género con sus parejas cuando sean adultos”, dice Javier Urra.
· “Los niños o adolescentes que agreden a sus padres no padecen una enfermedad mental”.


06:14 La psicóloga del programa SOS Adolescentes intenta resolver el caso de Michelle, José y Mario.
  Madrid, 18 MAY 2008 RAFAEL HERRERO (COLPISA)
 Algunos especialistas lo han denominado como el ‘síndrome del emperador’. Javier Urra, psicólogo de la Fiscalía de Menores de Madrid y ex Defensor del Menor de esta comunidad autónoma, prefiere calificar estos casos como los de los ‘pequeños dictadores’. El diagnóstico, no obstante, es común. Aluden a los niños y adolescentes que maltratan, pegan, roban o vejan a sus progenitores o a sus abuelos, un fenómeno que aumenta progresivamente año tras año. En 2007 se registraron en España en torno a 8.000 denuncias de padres contra sus hijos de 14 a 18 años. En 2006, las denuncias ascendieron a 7.300 y en 2005 a 6.700. Unas cifras que por si solas no reflejan la magnitud del problema, ya que evidencian únicamente la punta del iceberg.

 Urra, autor del libro ‘El pequeño dictador. Cuando los padres son las víctimas’, se muestra seguro de que este perfil de muchachos, que generalmente tienen a sus madres como víctimas directas de las agresiones, “ejercerán la violencia de género con sus parejas cuando sean adultos”. Los menores déspotas no son, subraya, una consecuencia “de problemas cromosómicos ni genéticos”. “Tampoco padecen una enfermedad mental. Son chicos sanos, lo que ocurre es que nadie les ha enseñado a esforzarse y a tener empatía. No nacen conflictivos, sino que no se ha sabido educarles”, asevera.
 Su tesis reside en que la mayoría de los padres han sabido educar correctamente a sus hijos. Pero un sector nada desdeñable “ha educado mal a una generación de niños cuando tenían cuatro o seis años y ahora esa ola llega como un ‘tsunami’ de niños o adolescentes tiranos”. Para Urra, es evidente que no se puede pasar del antiguo autoritarismo de los progenitores “a que algunos padres tengan ahora miedo de sus hijos”.
 
 Límites
 
 Cada vez se presentan más casos de adolescentes que no presentan sentimiento de culpa por estas actitudes. El germen, señala el especialista, reside en la infancia, cuando hay que comenzar a poner ‘límites’. “La disciplina, la autoridad y las sanciones son parte de la educación. Lo primero que hay que hacer con un hijo es quererle, dialogar, pero no negociar. Al final debe hacerse lo que los adultos creemos por responsabilidad”, apunta.

 Y es que cuando el niño nace tiende a ser caprichoso, a ser egoísta, pero a los pocos años ya debe estar educado para aceptar la frustración. Sin embargo, alude el experto, “en esta sociedad algodonosa española” se ha extendido la especie de que hay que dar muchas cosas a los niños, o todas las que pide, “para que no se traumatice”. “Una tontada –dice vehemente-- porque el niño piensa que el mundo gira a su alrededor y que el principio filosófico que rige la vida es primero yo y después yo. Con cuatro años puede ya estar convertido en un pequeño tirano. Lo que hace falta es poner normas y decir ‘hasta aquí hemos llegado’. Luego, si ese niño llora, no se va a traumatizar ni le va a pasar nada”.

 Claro que, en caso contrario, a los 10, 12 ó 14 años después las consecuencias pueden derivar en un adolescente “que parte la nariz a su madre porque la ‘muy zorra’ no le ha planchado la camisa verde. ¿Qué ocurrirá cuando se convierta en adulto?”, deja abierto. Las causas, como suele suceder, son varias y complejas, si bien Urra sostiene que la educación de los padres es la fundamental. La permisividad conduce a que muchos padres “digan que no pueden con sus hijos de ocho años o que algunos les tengan miedo cuando son un poco mayores. Eso no puede ser”.
 
 Un hábito
 
 ¿Y estos menores tienen sentimiento de culpa? “Para ellos es un hábito. Cuando pasan a un centro de reforma porque han pegado a su madre, ellos saben mentalmente que está mal lo que han hecho, pero no lo sienten así, porque siempre han hecho lo que han querido y no entienden que su madre no se doblegue”. “Hay chicos –agrega— a los que el juez dice: ‘te voy a privar de libertad’, y le contestan retándoles: ‘porque lo digas tú’”.

 Conceptos como el sacrificio, la compasión, la empatía o la piedad no son intrínsecos al ser humano, enfatiza Urra. “Se crean, hay que educarlos”, insiste. Arguye, además, que los padres no deben volcarse solo en sus hijos, “sino en ser felices con su pareja y a título individual”. Eso sí, ser “constantes y coherentes todos los días” en la educación de sus hijos desde muy pequeños. “Hay que tener criterio. Un cachete, una vez, a tiempo ...” puede ser necesario, si bien no es partidario de la ‘bofetada’. “Es muy fácil pero no es la verdadera respuesta. Lo que hay que tener es la capacidad de sancionar con inmediatez y que se cumpla. Si a los tres años tiene que recoger sus juguetes, lo tiene que hacer, y punto”. Porque “si en ese pulso el niño vence, coge una deriva peligrosísima”.

 Mantiene este experto que los chicos que son conflictivos en el hogar “pueden serlo fuera, pero no necesariamente”. “Hay chicos que parecen muy majos y tienen en casa a una auténtica esclava, que es su madre”. La mayoría de los adolescentes agresores son varones, “aunque también hay chicas”, y la víctima normalmente es la madre, aunque se dan casos del padre y de los abuelos. “Suelen ser hijos únicos o el pequeño de la casa”, resume.

 Educación antes que cirugía

  Es evidente que estos casos son minoritarios, pero cada vez salen más a la luz pública. “Es la mayor tragedia que puede existir para unos padres: sentirse vejados o ridiculizados por sus hijos. Hay madres que me han dicho: ‘Sé que mi hijo me va a matar’. Es durísimo”. Estos menores no son, por tanto, ‘carne de psiquiátrico’, “porque no nacen conflictivos, lo que ocurre es que no hemos sabido educarlos”. En Dinamarca, pone como ejemplo, a este perfil de muchachos se les manda a un barco con seis o siete marineros. “Se resuelve su problema a la segunda semana, después de trabajar duramente”.

 Conclusión: “No se puede comprar el amor de los niños, hay que ser padres y adultos”. En caso contrario, cuando tengan de 16 a 18 años puede darse la dramática paradoja de que los padres pidan que la Administración se quede con la tutela del adolescente. “Nos dicen que no pueden, que les ayudemos, y les mandamos a un centro durante varios meses. Pero eso es cirugía y se trata de no llegar a ello, sino de educarlos desde niños correctamente”.

 Los perfiles de estos muchachos suelen surgir de hogares donde la figura del padre “está desaparecida” o donde al niño que nace se le considera “el rey, el hombrecito de la casa”. También surge por “separaciones mal llevadas, donde uno de los cónyuges malmete a su hijo contra el ex”. A ello se une que vivimos en una “sociedad hedonista, permisiva”. Y es que hoy en día “no es ya tan fácil ser padres”. COLPISA

Cuando te pega tu hijo...síndrome del emperador

 Galicia Liberal  19/05/08
 Aluden a los niños y adolescentes que maltratan, pegan, roban o vejan a sus progenitores o a sus abuelos, un fenómeno que aumenta progresivamente año tras año. En 2007 se registraron en España en torno a 8.000 denuncias de padres contra sus hijos de 14 a 18 años.
 
 Javier Urra, psicólogo de la Fiscalía de Menores de Madrid y ex Defensor del Menor de esta comunidad autónoma, prefiere calificar estos casos como los de los pequeños dictadores.

Cuando los padres son las víctimas, se muestra seguro de que este perfil de muchachos, que generalmente tienen a sus madres como víctimas directas de las agresiones, «ejercerán la violencia de género con sus parejas cuando sean adultos». Los menores déspotas no son, subraya, una consecuencia «de problemas cromosómicos ni genéticos». «Tampoco padecen una enfermedad mental. Son chicos sanos, lo que ocurre es que nadie les ha enseñado a esforzarse y a tener empatía. No nacen conflictivos, sino que no se ha sabido educarles», asevera.
 
 Sin embargo, alude el experto, «en esta sociedad algodonosa española» se ha extendido la especie de que hay que dar muchas cosas a los niños, o todas las que pide, «para que no se traumatice». «Una tontada -dice vehemente-- porque el niño piensa que el mundo gira a su alrededor y que el principio filosófico que rige la vida es primero yo y después yo. Con cuatro años puede ya estar convertido en un pequeño tirano. GALICIA L
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PS

Las denuncias de padres contra hijos por maltrato se duplicaron el pasado año

I. RODRÍGUEZ DE LA TORRE 21 MAy 2008 VALENCIA (ABC).
La Fiscalía de Valencia ha dado la voz de alarma: la violencia intrafamiliar, la que ejercen los hijos sobre sus padres, crece sin freno. Así se desprende de la memoria anual del Ministerio Público correspondiente a 2007, año en el que se contabilizaron 502 denuncias interpuestas por padres, víctimas de la tiranía de sus hijos. La cifra oculta un dato estremecedor: 98 de los menores denunciados por sus progenitores no eran ni siquiera adolescentes; no habían cumplido los 14 años.
La memoria confirma la consolidación de una tendencia ya detectada en 2006 y que, en el primer trimestre de este año mantiene la línea ascendente. No en vano, los datos correspondientes al pasado ejercicio suponen un incremento del 50 por ciento con respecto a 2006, cuando se registraron 270 denuncias.

El porcentaje alcanza el 86 por ciento si se contabilizan las infracciones cometidas por menores de 14 años, que quedan impunes ya que la ley sólo castiga los delitos cometidos por quienes ya tienen esa edad.

La coordinadora de Menores de la Fiscalía de Valencia, Gema García dice que la violencia intrafamiliar es el único delito en el que se aprecia un «un incremento significativo» con una progresión creciente. «El día a día de los primeros meses de este año corrobora que es el delito que está saliendo a la luz, que los padres están empezando a usar la vía de la Fiscalía de Menores para remediar un problema familiar muy gordo», señala García, que liga este problema con el fracaso y el absentismo escolar.

Entre el dolor y la culpa

La Memoria es sólo una fotografia parcial de la realidad porque denunciar a un hijo por maltrato es un paso muy difícil de dar para un padre, que se debate entre las emociones hacia su vástago y el sentimiento de culpa y de fracaso.

Esa sensación de fracaso entierra sus raíces en el deseo de los padres por contentar a sus hijos, deseo que, dice, les lleva a rebajar el nivel de exigencia. De esta forma el hijo lo consigue todo de forma muy fácil. No necesita ningún esfuerzo. «Sabe que le basta con una pataleta, una amenaza, un gesto un poco agresivo...El niño desarrolla así un nivel muy bajo de tolerancia a la frustración».

Los padres recurren a la Fiscalía «cuando están desesperados» ante una situación que ha empezado dos o tres años atrás y que se les ha ido de las manos.

«Llega un momento en el que los padres ya no pueden dar marcha atrás. No saben cómo revertir esa situación». Son pocos los que recurren a la ayuda de profesionales -psicólogos, servicios de asistencia familiar-, pero la gran mayoría, «cuando se van produciendo las discusiones, no son conscientes de esta situación». Creen, según García, que su hijo no es un maltratador sino un «adolescente problemático» y van alargando la situación sin ayuda profesional. «Cuando llegan aquí, la situación está muy enquistada y esos casos son los peores» porque es preciso «separar al niño de la familia».

García explica que, en la mayoría de los casos, «optamos no por un ingreso en un centro de reeducación pero sí por la convivencia en grupo educativo. «Sacamos al niño de la casa para que entre en un ámbito normativo, para darle pautas de comportamiento, desarrollo de empatías. Es una labor muy difícil pero hay muy buenos profesionales», explica la coordinadora de Menores, que elogia el trabajo realizado por el centro Colonia San Vidente Ferrer, cuya escuela de padres, pionera en España, está siendo copiada en todo el país.

Las conductas «transgresoras» del adolescentes no sobrevienen de manera espontánea. Un tanto por ciento muy elevado de menores con problemas intrafamiliares presentan, según García, problemas de absentismo y fracaso escolar. «Ellos van pulsando a los padres en cuestiones como la ropa, el uso de medios electrónicos, se hacen dueños del mando de televisión, de la Play Station...Van verificando dónde pueden ganar terreno y una de las áreas que pulsan y en el que muchos padres ceden, es el de la asistencia al colegio. Eluden las clase con excusas banales -«hoy no quiero ir, a primera hora me aburro, no me encuentro bien...»- y así las ausencia esporádicas se convierten en continuadas.
Cuando esto ocurre, explica la responsable de Menores del Ministerio Público, disponen de mucho más tiempo de ocio, «que no se invierte en nada. Permanecen en casa tumbados en el sofá o salen a la calle. Necesitan dinero para llenar ese tiempo de ocio. Entonces se lo piden a los padres y, a veces, adoptan conductas delictivas para conseguirlo».

Los episodios de violencia de hijos contra padres no son exclusivos de ninguna clase social, aunque hay un colectivo que se mantiene inmune: «el único supuesto en el que no he tenido ninguna denuncia es en los grupos de etnia gitana».


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