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lunes, 09 de junio de 2008
ANÁLISIS·  Carlos J. La-Chica Pareja, Abogado y profesor   
Se suele intervenir erróneamente sobre el acosado y no sobre el acosador
Se le señala y estigmatiza. Se trata de otra forma de victimización secundaria.
 
TELDE   Las Palmas  08 JUN 2008 (TA)
    Las últimas estadísticas no ofrecen dudas: uno de cada cuatro escolares (el 24% concretamente) sufre acoso en las aulas. De ellos, uno de cada tres presenta síntomas de estrés postraumático (pesadillas, ansiedad, insomnio, ataques de pánico, flash backs...) y uno de cada 10 no se lo cuenta a nadie... Son sólo algunas de las conclusiones de un minucioso estudio monográfico sobre el acoso escolar realizado por Araceli Oñate e Iñaki Piñuel, miembros del Instituto de Innovación Educativa y Desarrollo Directivo y pioneros en el estudio del mobbing en España y Europa. Es la primera vez que se mira con lupa un fenómeno que hasta ahora solo había sido objeto de investigaciones más limitadas.

El macroestudio viene también a echar por tierra muchos de los mitos sobre el fenómeno asumidos hasta ahora como ciertos. Una de las primeras sorpresas del informe es que, en contra de lo que concluían investigaciones anteriores, la agresión física y los robos no son las modalidades de acoso que más daño psicológico producen. Que a un niño le pongan un mote (“el gordito”, “el gafotas”, … ), que lo insulten o que lo aíslen excluyéndolo de los juegos tiene efectos mucho más perniciosos sobre su mente que una patada. Un 14% de los encuestados señala que frecuentemente los “llaman por motes”, y un 8,86% que se ríen de ellos cuando se equivocan, pero sólo un 4,26% dice ser víctima frecuente de “collejas, puñetazos o patadas”. Esto se explica porque cuando hay una agresión física suele intervenir alguien y el niño se siente más protegido. Pero cuando la agresión es verbal, los adultos solemos reaccionar con indiferencia: "Ah, que no te dejan participar o que te llaman tal... Eso no es nada, a mí también me pasaba". Esta trivialización de la violencia que padecen produce efectos muy graves hasta ahora no tenidos en cuenta.

Y son estas agresiones verbales, según Oñate y Piñuel, las responsables de los altos porcentajes de estrés postraumático que han detectado (un 35% de las víctimas lo sufren, es decir, nueve de cada 100 alumnos). Además, el 36% de las víctimas presenta un cuadro depresivo, el 37% ansiedad, el 40% flash backs y terror, el 25% introversión social, el 14% cuadros de somatización (vómitos, náuseas, dolor de barriga...), el 36% disminución de la autoestima, el 37% tiene una imagen negativa de sí mismo, un 15% de las víctimas presenta ideas autodestructivas y han llegado a pensar, incluso, en quitarse de en medio. Conviene no olvidar que el estrés postraumático es un cuadro clínico muy rebelde y no se cura sólo con el paso del tiempo. Es el mismo que se produce en caso de grandes catástrofes o agresiones sexuales y exige terapia específica.

Tampoco esperaban los expertos encontrar que el acoso escolar se ceba especialmente con los más pequeños. Si en segundo de Bachillerato (17-18 años), el porcentaje de quienes los sufren es sólo del 6%, en Segundo de Primaria (7 años) la cifra asciende hasta el ¡43%! A medida que el niño crece, las posibilidades de ser víctima disminuyen casi progresivamente: 3º de Primaria, 44%; 4º de Primaria, 40%, 5ª de Primaria, 31%, 6º de Primaria, 31%, 1º de ESO, 28%... En contra de la visión del fenómeno que teníamos hasta ahora que hacía pensar que el mobbing escolar tenía especial incidencia en la adolescencia, encontramos que son los más pequeños los que más violencia sufren... ¡Claro que no hay niños de siete años que se suiciden! Porque a esa edad no tienen libertad de movimientos, nunca están solos, pero eso no quiere decir que la tendencia al auto-odio no esté presente.

Más mitos que se derrumban: la víctima no es necesariamente alguien carente de habilidades sociales, falto de autoestima e introvertido: cualquiera puede ser objeto de acoso escolar. Se puede elegir al gordito y al que lleva gafas o aparato dental pero también al que se incorpora una semana tarde al colegio, tiene buenas notas o es calificado de inteligente por el profesor. Cualquier rasgo diferenciador es susceptible de ser utilizado por quien acosa para convertir a otro niño en blanco de sus burlas.

El acosador, sin embargo, es un niño que no confía en sí mismo y es incapaz de digerir la gratificación (“quiero esto y lo quiero ya&rdquoGuiño. Es alguien que probablemente ha vivido situaciones de maltrato en la primera infancia o en otra escuela y busca la aceptación y el reconocimiento que no tiene de sí mismo en el grupo. Es otra víctima; concibe la relación social como ataque o defensa, por eso toma de antemano la posición de ataque. Un 42% de los escolares encuestados reconoce haber hostigado a otros. De ellos, la mitad son acosadores frecuentes o sistemáticos.

Muchos de los niños acosados intentan escapar de la situación acosando ellos también. De hecho, según el estudio, aproximadamente un 50% de las víctimas recibe y da. El niño interioriza el siguiente razonamiento: para no ser víctima no hay como ser acosador y como resulta que nadie o casi nadie interviene se consagra el principio de impunidad (a la pregunta “¿Quiénes paran las situaciones de acoso?”, los encuestados contestan: “algún profesor” (14%), “otros adultos” (8,7%), “algún compañero” (24,5%), “no lo sé” (17%). Un 40% de los escolares presencia las agresiones y aprende la lección siguiente: “Si los adultos, el colegio y los profesores no intervienen quiere decir que estamos solos ante el peligro y que cada uno tiene que sobrevivir por sus medios. Este mecanismo refuerza al acosador, que se encuentra con cierto éxito social y pone a su servicio al resto del grupo”, explica Piñuel.

A la hora de buscar soluciones, lo primero en lo que inciden los especialistas es que, muchas veces, cuando se detecta un caso de acoso, el modo en que se actúa puede resultar contraproducente. Desde los primeros incidentes los padres o el psicólogo del centro suelen intervenir erróneamente sobre el acosado y no sobre el acosador. Al acosado se le saca del aula o no va al recreo porque tiene que hablar con el psicólogo... Es decir se le señala y estigmatiza. El psicólogo llama a los padres y les dice que su hijo tiene problemas, que carece de habilidades sociales y que necesita apoyo. En el fondo le están diciendo al niño que es responsable de lo que le pasa. Se trata de otra forma de victimización secundaria.

No estaría de más poner en marcha en los centros educativos protocolos de “buen trato”: normas de comportamiento que elaboraran los propios alumnos y que suscribieran y se comprometieran a seguir. Pero como siempre, y perdonen mi insistencia en el tema, la educación que se da en casa es el pilar fundamental para combatir esta problemática. Solo educando a nuestros hijos en la tolerancia y enseñándoles que el respeto hacia uno mismo comienza por el respeto hacia los demás (por muy distintos que puedan ser de nosotros mismos), podremos conseguir verdaderos logros en este terreno. Lo demás únicamente “parcheará” una situación que empieza a ser más que preocupante. TA

* Carlos J. La-Chica Pareja es abogado y profesor de la Academia Canaria de Seguridad.

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