La Mirada de JokinBullying · Problemática adolescente
 PORTADA
News
 ÚLTIMA HORA | el menor digital | INFANCIAepJUVENTUD  
domingo, 15 de junio de 2008
‘Billete de ira y vuelta´ narra la historia de un joven acosado
La obra enlaza ficción y realidad              
»PORTADA
Capítulo 1 de
'Billete de ira y vuelta'

Oscuridad. Las luces se habían apagado. A su alrededor, Javier veía la silueta de las personas que le acompañaban en el viaje. Sentados frente a él, dos señores mayores, probablemente amigos, que habían dejado de hablar cuando todo se volvió negro. De pie, cerca de la puerta, una mujer sostenía a su hijo en brazos... Al otro lado, apoyado en el extremo del vagón...+

 MAYTE MÉNDEZ 15 JUN 2008  SANTA CRUZ DE TENERIFE (LOT)
Las cicatrices que en un niño ya adulto deja el haber sufrido acoso escolar debido a su condición sexual, las lágrimas que un joven vierte a lo largo de su infancia por las continuas agresiones de sus compañeros de clase o las heridas -reales en muchos casos- que se quedan en un cuerpo maltratado viajan del pasado al presente en la segunda novela del joven tinerfeño Hecheres Beltrán, que a sus 29 años publica Billete de ira y vuelta (Editorial Odisea), un valiente relato sobre el bullying.

Después de haberse hecho merecedor del VIII Premio Odisea por Cruzando al límite, Beltrán reaparece en las librerías con esta nueva novela que a medio camino entre la realidad y la fantasía relata la historia de amor de dos chicos que se vieron atrapados en un cruel entorno homofóbico. "Al igual que el personaje de mi obra, yo también padecí bullying homófobo", recuerda el escritor que cree que habrá otras personas que al leer esta novela se puedan sentir identificados con ella.

Sacar el dolor fuera. "Me gustaría que otras personas que hayan pasado por lo mismo se den cuenta que no están solos y que no deben temer el contar por lo que han pasado o tal vez estén pasando todavía", agrega Beltrán que cursó estudios de Biblioteconomía y Documentación en Granada y que en la actualidad compagina su faceta de escritor con su trabajo en la web oficial de Turismo de España. "Encerrarse en uno mismo, sufrir el dolor en silencio puede ocasionar traumas en algunas ocasiones", puntualiza el tinerfeño que en la actualidad reside en Madrid.

Respecto al acoso por él sufrido y que en cierto modo se refleja en sus palabras, Beltrán cree que éste se debe a veces a "la ignorancia" de las personas y "a los padres y profesores que a veces creen que este acoso es solo una travesura, una cosa de niños". Esto -agrega- "es algo que hay que atajar pues hay quien todavía padece este rechazo social sobre todo en pueblos y pequeñas ciudades".
"Con Billete de ira y vuelta quería dar a entender que las cosas pueden cambiar, que las cosas deben cambiar, que las mentalidades deben abrirse", señala Beltrán a la vez que aclara que él pretende que "la gente sea más respetuosa con los homosexuales aunque después no los comprendan o no compartan sus ideas".

También el primer título de Hecheres Beltrán, Cruzando el límite, versaba sobre el tema homosexual, aunque en ese caso la novela relataba la historia de un joven de provincias que se traslada a un gran capital donde "se enfrenta a un mundo lleno de vicios y de gente que busca conquistar su meta a través del camino más rápido". En la actualidad, el tinerfeño se encuentra revisando el borrador de la que será su tercera novela, una obra que volverá a publicar en Odisea y que se tiñe de un "cierto tono cómico". LA OPINION T


SINOPSIS AL - Cruzando el límite LB


25 de enero de 2008
Hecheres Beltrán publica 'Billete de ira y vuelta', una obra sobre el acoso escolar a homosexuales
Segunda novela del ganador del VIII Premio Odisea de Literatura·      
«No me refiero a que te llamen 'mariquita' sino a auténticas burradas»
. Hecheres Beltrán fue premio Odisea el año pasado con Cruzando el límite, cuyas páginas se adentran en la vida, dudas, ilusiones y trampas de las búsquedas de afectos.


Capítulo 1 de 'Billete de ira y vuelta'
Hecheres Beltrán
Ed. Odisea

Oscuridad. Las luces se habían apagado. A su alrededor, Javier veía la silueta de las personas que le acompañaban en el viaje. Sentados frente a él, dos señores mayores, probablemente amigos, que habían dejado de hablar cuando todo se volvió negro. De pie, cerca de la puerta, una mujer sostenía a su hijo en brazos. O tal vez no era su propio retoño, pues la mujer era muy joven. A lo mejor se trataba de una canguro. Al otro lado, apoyado en el extremo del vagón, un joven levantó la vista de su libro cuando la oscuridad no le permitió seguir leyendo. No había nadie más. Cerró los ojos. Se preguntó cuánto tiempo llevaban parados en mitad del túnel. Los segundos se le hacían eternos. Javier acababa de salir del trabajo y estaba deseando entrar en su casa, quitarse los zapatos y tumbarse en el sofá. No había sido un buen día. Su jefe había llegado con ganas de liberar sus demonios personales y le tocó a la plantilla pagar los platos rotos de su vida privada. Javier odiaba que aprovechara su rango para abusar de su poder y amargarle la existencia a todos. Sentado en el vagón, Javier abrió de nuevo los ojos. Seguían a oscuras. A pesar de que no hacía calor, notó que una pequeña gota de sudor le caía por la frente. Se la secó con el dorso de la mano. Apareció otra, y otra, y otra. De repente, su frente estaba completamente mojada por el líquido corporal. Se pasó nuevamente la mano, esta vez la palma y, lentamente, fue retirando el sudor. Miró al frente. A través de las ventanillas del vagón sólo pudo ver el frío muro de cemento que se curvaba en la parte superior y regresaba a su estado original detrás de él, rodeándole. Parecían las gigantescas fauces de un animal de piedra que estuviera a punto de comérselos a todos de un solo bocado. El corazón de Javier se aceleró. Las palpitaciones eran tan fuertes que creyó que su pecho estaba a punto de desgarrarse. El sonido de sus latidos era tan estridente que no era capaz de oír nada más. Dejó de respirar por la nariz y abrió la boca para coger más aire, pues tenía la sensación de que se ahogaba. Le recordaba a cuando buceaba a pulmón y, cuando no resistía más, necesitaba subir a la superficie. Pero desde donde se encontraba ahora no podía salir a la superficie. Bajo tierra, encerrado en un vagón de metro, en mitad de un túnel, ni sus sentidos ni su cerebro lograban vislumbrar qué podía hacer ante la falta de oxígeno. Lo que sí podía hacer su mente era imaginar. Y vaya si lo hizo. Pensó en qué pasaría si al conductor del metro le hubiera dado un infarto. O si habían puesto una bomba, como en Londres, y estaban allí atrapados. Le dieron ganas de gritar. Quería salir de allí. Necesitaba salir de allí. Antes de ponerse a dar voces decidió levantarse y pasear, visiblemente nervioso, por el vagón. Pero aquella actitud sólo consiguió que la ansiedad aumentara. Abrió la boca para chillar cuando, de pronto, se encendieron las luces. Al momento, el vagón comenzó a moverse. Javier se quedó cerca de la puerta, detrás de la mujer, y se bajó en la siguiente parada a pesar de que aún quedaban cinco para llegar a la suya. Salió a la calle como alma que lleva el diablo, sorteando a la gente. Cuando por fin notó la brisa de la tarde en su rostro, se puso a llorar. Se dio cuenta de que jamás volvería a usar el metro. Hacía años le pasó lo mismo con los ascensores. Poco a poco fue desarrollando una incontrolable aversión hacia esas máquinas. El solo hecho de pensar que se podía quedar atrapado en aquellas cajas metálicas le ponía enfermo. No recordaba la última vez que se montó en uno. Lo que sí tenía claro era el miedo que se apoderaba de él cuando se quedaba encerrado en un sitio. Por esa razón, siempre subía por las escaleras, a pesar de vivir en un tercero o de trabajar en la séptima planta del edificio de una televisión local. Notaba cómo la gente que esperaba el ascensor en el quinto le miraba extrañada cuando subía andando a la siguiente planta. En su casa, era incapaz de cerrar la puerta de su habitación. Cuando estaba en un bar y tenía que ir al servicio, jamás se encerraba dentro. Si iba en un coche y entraba en un túnel, cerraba los ojos esperando, al abrirlos, ver de nuevo la luz del sol. Y siempre tenía que ir en el asiento del copiloto si el vehículo sólo disponía de dos puertas. Hacía más de diez años que no iba a su tierra por dos razones, una de ellas lo mal que lo pasaba al montar en avión. La última vez que voló tuvo que hacer uso de ansiolíticos y, aún así, terminó con las manos doloridas de la fuerza con la que se sujetó al asiento. A todas esas cosas se le añadía ahora el metro. Tendría que buscar una ruta alternativa de autobús que le permitiera desplazarse. Mientras andaba el largo trecho que quedaba todavía para llegar a su casa, se preguntó cuál era el motivo por el que había desarrollado aquel miedo a los espacios cerrados. Pero lo peor, a su juicio, era la incomprensión de la gente. Cuando salía el tema, se daba cuenta de que le observaban como si fuera un bicho raro, como si el negarse a subir en un ascensor fuera una excentricidad en lugar de una fobia. Y como las fobias son irracionales, no podía hacerse entender.


Bandera Blanca

Original SP Blog Translate Blog F Traduire Blog JAPAN IT Tradurre Blog D Übersetzen Sie Blog

Acerca de ...
Ver perfil público del propietario del blog
«Mis ojos seguirán», Jokin CL
Ƞ 21-S-2004, Hondarribia
Buscador
Nube de tags

Calendario


AYÚDAme · SOS · »Despliega el menú y haz clic

Categorias


Puntos Rojos
colegio/instituto
compromiso activo (… ±)


Archivo
Sindicacion
Feed, RSS, Ranking, (… ±)


Enfoques

Logo de apoyo a Jokin y los 'otros Jokin',  víctimas del bullying · Nik'J · Yo, Jokin