Las estrategias más efectivas han demostrado ser aquellas que se basan en el trabajo con los padres
Anna Gosline (New Scientist) 17 JUN 2008 LONDRES
Todo el mundo se pregunta por la causa del aumento del crimen y del comportamiento antisocial de los jóvenes. Se culpa a los padres solteros, al alcohol, la televisión o simplemente a la decadencia de la sociedad, pero nadie sabe qué hacer al respecto. Utilizando la genética molecular y estudios de imágenes del cerebro, los científicos están empezando a desentrañar qué pasa cuando los jóvenes se desmadran, y a encontrar nuevos métodos para cortar de raíz el crimen juvenil.
Terrie Moffitt, del Instituto de Psiquiatría en Londres, trabajó con la cohorte de Dunedin, 535 hombres y 502 mujeres nacidos en Nueva Zelanda en 1972 y 1973, que formaron parte desde su nacimiento del Estudio de Desarrollo y Salud Multidisciplinario Dunedin de la Universidad de Otago.
Moffitt encontró que los jóvenes que se convierten en criminales "de por vida" solían mostrar, ya temprano en sus vidas, algún tipo de impedimento neurológico o temperamentos problemáticos. Tienden a tener bajo cociente intelectual, pocas habilidades lingüísticas y diagnósticos de trastorno por déficit de atención con hiperactividad, trastorno psiquiátrico caracterizado por violencia, crueldad hacia las personas y animales, y una tendencia a romper las reglas.
En los casos en que el comportamiento antisocial no aparece hasta más tarde, no hay que ignorarlo. Sin embargo, el mayor problema lo representa el grupo con síntomas tempranos que, en el caso de Dunedin, era sólo el 10% del grupo. No obstante, hacia los 26 años ellos eran responsables de casi la mitad de los crímenes violentos de la cohorte entera.
Entonces, ¿qué es lo diferente en estos niños que se portan mal desde temprano? Moffitt sostiene que muchos de estos rasgos cognitivos y emocionales tienen un factor genético muy fuerte. Décadas de estudios en gemelos y adopción mostraron que el comportamiento antisocial y criminal tiende a ser hereditario. En 2005, Moffitt concluyó que la genética determina la mitad del problema.
Los déficits cognitivos que predisponen a los niños a los crímenes violentos también pueden ser adquiridos a causa de la mala nutrición, complicaciones en el parto o bajo peso al nacer. Pequeñas anomalías físicas que pueden deberse al daño o al poco desarrollo de los nervios, también puede ser un signo.
Mucho más que genes
Por suerte, "biología" no significa ´destino . En 1994, Patricia Brennan y otros colegas de la Universidad Emory en Atlanta, Estados Unidos, estudiaron las interacciones entre las complicaciones en el parto y la primera infancia en un grupo de hombres daneses. Encontraron que, mientras que las complicaciones aumentan el riesgo de comportamiento criminal más tarde, es el rechazo materno lo que causa un marcado ascenso de las probabilidades de ser violento a los 18 años.
Por fin, los investigadores están empezando a desentrañar cómo genes específicos y el ambiente social interactúan para producir cambios en el cerebro que influyen en el control emocional y la violencia en los niños.
En 2002, Moffitt y su grupo de investigadores estudiaron la interacción entre la enzima monoaminoxidasa (MAO-A, según sus siglas en inglés), la criminalidad y el abuso en la infancia, todos factores de riesgo para el comportamiento antisocial.
La enzima estudiada está relacionada con la violencia en animales y seres humanos. Destruye neurotransmisores, incluida la serotonina, molécula que regula la agresión.
En un estudio de 2002, Seth Pollak, de la Universidad de Madison-Wisconsin, mostró que los niños de 9 años que habían sufrido abuso identificaban hostilidad en las caras de otros mucho más rápidamente que los otros niños. Si bien este rasgo los puede ayudar a adaptarse a una vida llena de peligros y deprivaciones, también conduce a la intensificación de los niveles de violencia, ya que se defienden de lo que perciben como hostilidad ajena.
Ahmad Hariri, de la Universidad de Pittsburgh en Pensilvania, advierte que estos conocimientos todavía no pueden aplicarse en el mundo real. Dice que midiendo los síntomas biológicos "no se puede predecir si un niño golpeará a alguien en el jardín si se enoja".
Niños en alto riesgo
Hoy, los psicólogos pueden identificar a niños de alto riesgo por sus características (ser hiperemocional, o indifente y distante), lo que permite intervenir tempranamente con tratamientos para evitar que se vuelvan criminales.
La herramienta principal es la educación de los padres. En los niños con predisposición genética o con factores de riesgo, como la pobreza, tener buenos padres puede ser toda la diferencia.
En 2001, Scott hizo un estudio en el que les enseñaba a los padres la importancia de elogiar el buen comportamiento, y castigar con calma y firmeza al malo. El resultado fue muy positivo. En el caso de los niños con CU (ver comportamiento antisocial precoz), el castigo no es efectivo, pero sí funciona el premiar el buen comportamiento. Sin embargo, su progreso total fue menor que en el otro caso, como demuestra un estudio de 2005 de David Hawes y Mark Dadds, de la Universidad de Nueva Gales del Sur, de Sydney, Australia.
Más allá del tipo de tratamiento, el mensaje de los investigadores es claro: cuanto antes, mejor. Si bien los programas para adolescentes tienen un logro relativo, manipular el comportamiento de los niños menores de 8 años es claramente más efectivo.
Los resultados más dramáticos se observaron en estrategias que apuntaban al cuidado del niño, nutrición y ayuda al desarrollo personal de las madres. Este tipo de intervenciones no son económicas, pero tampoco lo son los efectos de la vida criminal: los cigarrillos, las drogas, las enfermedades mentales, mayores riesgos de enfermedades coronarias y de sufrir accidente cerebrovascular. También son más propensos a abusar de sus parejas y a golpear a sus hijos, con lo que recrean las mismas condiciones sociales que los llevaron a la vida criminal.
Pero ahora, con las herramientas para encontrar a los niños problemáticos temprano y darles la ayuda correcta, tenemos el poder de quebrar el círculo vicioso. BRINDARSE
La doctora Jodie Lodge, autora del informe Trabajando con las familias preocupadas con el acoso escolar, elaborado por el Instituto Australiano de Estudios Familiares , explicó a MAGISTERIO la importancia del papel de los espectadores en los casos de bullying, hacia los que recomendó extender la estrategia de actuación.
“Tan importante es la relación interpersonal entre víctima y agresor como con el observador. Los jóvenes que no sienten una relación de amistad con la víctima o el acosador son más propensos a respaldarlo y mirar pasivamente los ataques de los alumnos”, explicó. La doctora Lodge especificó además, los tres tipos de espectadores que existen, entre los que distinguió “los que fomentan y prolongan el bullying, los que prestan atención o incluso los que se unen al acosador”. Además, “hasta aquellos que miran pasivamente –que suele ser la mayoría– pueden enviar un mensaje positivo a los acosadores y reforzar su comportamiento”, añadió.
Y así, como el trabajo con los observadores, tampoco debe olvidarse el de las familias. Jodie Lodge explicó que “si un joven está involucrado en un acto de bullying, ya sea como víctima, acosador o espectador, necesitará la confianza y entendimiento de sus padres”. Y recordó que “la relación ente hijos y padres está asociada con el desarrollo de las habilidades sociales de los hijos”. “Las familias que son abiertas y permiten la construcción de la fuerza personal de los jóvenes pueden conseguir resultados positivos”. Por el contrario, “los comportamientos agresivos en una familia, incluido el control excesivo de la conducta del niño a través de duros castigos psíquicos, pueden predisponer a un joven hacia el bullying en el colegio”, advirtió la autora.
Como líneas de actuación, y aparte del trabajo con la clase y las familias, Jodie Lodge recomendó elaborar estrategias como las que ya se están haciendo en Australia y que se centran en “mejorar la comunicación entre padres e hijos, construir habilidades y estrategias para manejar el bullying tanto en el colegio y en la familia”.
Además, Lodge quiso lanzar una voz de alarma sobre lo que para ella es uno de los aspectos más importantes a tener en cuenta en torno al acoso, que es el emergente ciber-bullying, que calificó como “un problema importante” y sobre el que solicitó a los investigadores aportar más información. MAGISnet
Anna Gosline (New Scientist) 17 JUN 2008 LONDRES
Todo el mundo se pregunta por la causa del aumento del crimen y del comportamiento antisocial de los jóvenes. Se culpa a los padres solteros, al alcohol, la televisión o simplemente a la decadencia de la sociedad, pero nadie sabe qué hacer al respecto. Utilizando la genética molecular y estudios de imágenes del cerebro, los científicos están empezando a desentrañar qué pasa cuando los jóvenes se desmadran, y a encontrar nuevos métodos para cortar de raíz el crimen juvenil.
Terrie Moffitt, del Instituto de Psiquiatría en Londres, trabajó con la cohorte de Dunedin, 535 hombres y 502 mujeres nacidos en Nueva Zelanda en 1972 y 1973, que formaron parte desde su nacimiento del Estudio de Desarrollo y Salud Multidisciplinario Dunedin de la Universidad de Otago.
Moffitt encontró que los jóvenes que se convierten en criminales "de por vida" solían mostrar, ya temprano en sus vidas, algún tipo de impedimento neurológico o temperamentos problemáticos. Tienden a tener bajo cociente intelectual, pocas habilidades lingüísticas y diagnósticos de trastorno por déficit de atención con hiperactividad, trastorno psiquiátrico caracterizado por violencia, crueldad hacia las personas y animales, y una tendencia a romper las reglas.
En los casos en que el comportamiento antisocial no aparece hasta más tarde, no hay que ignorarlo. Sin embargo, el mayor problema lo representa el grupo con síntomas tempranos que, en el caso de Dunedin, era sólo el 10% del grupo. No obstante, hacia los 26 años ellos eran responsables de casi la mitad de los crímenes violentos de la cohorte entera.
Entonces, ¿qué es lo diferente en estos niños que se portan mal desde temprano? Moffitt sostiene que muchos de estos rasgos cognitivos y emocionales tienen un factor genético muy fuerte. Décadas de estudios en gemelos y adopción mostraron que el comportamiento antisocial y criminal tiende a ser hereditario. En 2005, Moffitt concluyó que la genética determina la mitad del problema.
Los déficits cognitivos que predisponen a los niños a los crímenes violentos también pueden ser adquiridos a causa de la mala nutrición, complicaciones en el parto o bajo peso al nacer. Pequeñas anomalías físicas que pueden deberse al daño o al poco desarrollo de los nervios, también puede ser un signo.
Mucho más que genes
Por suerte, "biología" no significa ´destino . En 1994, Patricia Brennan y otros colegas de la Universidad Emory en Atlanta, Estados Unidos, estudiaron las interacciones entre las complicaciones en el parto y la primera infancia en un grupo de hombres daneses. Encontraron que, mientras que las complicaciones aumentan el riesgo de comportamiento criminal más tarde, es el rechazo materno lo que causa un marcado ascenso de las probabilidades de ser violento a los 18 años.
Por fin, los investigadores están empezando a desentrañar cómo genes específicos y el ambiente social interactúan para producir cambios en el cerebro que influyen en el control emocional y la violencia en los niños.
En 2002, Moffitt y su grupo de investigadores estudiaron la interacción entre la enzima monoaminoxidasa (MAO-A, según sus siglas en inglés), la criminalidad y el abuso en la infancia, todos factores de riesgo para el comportamiento antisocial.
La enzima estudiada está relacionada con la violencia en animales y seres humanos. Destruye neurotransmisores, incluida la serotonina, molécula que regula la agresión.
En un estudio de 2002, Seth Pollak, de la Universidad de Madison-Wisconsin, mostró que los niños de 9 años que habían sufrido abuso identificaban hostilidad en las caras de otros mucho más rápidamente que los otros niños. Si bien este rasgo los puede ayudar a adaptarse a una vida llena de peligros y deprivaciones, también conduce a la intensificación de los niveles de violencia, ya que se defienden de lo que perciben como hostilidad ajena.
Ahmad Hariri, de la Universidad de Pittsburgh en Pensilvania, advierte que estos conocimientos todavía no pueden aplicarse en el mundo real. Dice que midiendo los síntomas biológicos "no se puede predecir si un niño golpeará a alguien en el jardín si se enoja".
Niños en alto riesgo
Hoy, los psicólogos pueden identificar a niños de alto riesgo por sus características (ser hiperemocional, o indifente y distante), lo que permite intervenir tempranamente con tratamientos para evitar que se vuelvan criminales.
La herramienta principal es la educación de los padres. En los niños con predisposición genética o con factores de riesgo, como la pobreza, tener buenos padres puede ser toda la diferencia.
En 2001, Scott hizo un estudio en el que les enseñaba a los padres la importancia de elogiar el buen comportamiento, y castigar con calma y firmeza al malo. El resultado fue muy positivo. En el caso de los niños con CU (ver comportamiento antisocial precoz), el castigo no es efectivo, pero sí funciona el premiar el buen comportamiento. Sin embargo, su progreso total fue menor que en el otro caso, como demuestra un estudio de 2005 de David Hawes y Mark Dadds, de la Universidad de Nueva Gales del Sur, de Sydney, Australia.
Más allá del tipo de tratamiento, el mensaje de los investigadores es claro: cuanto antes, mejor. Si bien los programas para adolescentes tienen un logro relativo, manipular el comportamiento de los niños menores de 8 años es claramente más efectivo.
Los resultados más dramáticos se observaron en estrategias que apuntaban al cuidado del niño, nutrición y ayuda al desarrollo personal de las madres. Este tipo de intervenciones no son económicas, pero tampoco lo son los efectos de la vida criminal: los cigarrillos, las drogas, las enfermedades mentales, mayores riesgos de enfermedades coronarias y de sufrir accidente cerebrovascular. También son más propensos a abusar de sus parejas y a golpear a sus hijos, con lo que recrean las mismas condiciones sociales que los llevaron a la vida criminal.
Pero ahora, con las herramientas para encontrar a los niños problemáticos temprano y darles la ayuda correcta, tenemos el poder de quebrar el círculo vicioso. BRINDARSE
Jodie Lodge recomienda hablar de bullying aunque no se esté implicado
MAGISnet 18 JUN 2008La doctora Jodie Lodge, autora del informe Trabajando con las familias preocupadas con el acoso escolar, elaborado por el Instituto Australiano de Estudios Familiares , explicó a MAGISTERIO la importancia del papel de los espectadores en los casos de bullying, hacia los que recomendó extender la estrategia de actuación.
“Tan importante es la relación interpersonal entre víctima y agresor como con el observador. Los jóvenes que no sienten una relación de amistad con la víctima o el acosador son más propensos a respaldarlo y mirar pasivamente los ataques de los alumnos”, explicó. La doctora Lodge especificó además, los tres tipos de espectadores que existen, entre los que distinguió “los que fomentan y prolongan el bullying, los que prestan atención o incluso los que se unen al acosador”. Además, “hasta aquellos que miran pasivamente –que suele ser la mayoría– pueden enviar un mensaje positivo a los acosadores y reforzar su comportamiento”, añadió.
Y así, como el trabajo con los observadores, tampoco debe olvidarse el de las familias. Jodie Lodge explicó que “si un joven está involucrado en un acto de bullying, ya sea como víctima, acosador o espectador, necesitará la confianza y entendimiento de sus padres”. Y recordó que “la relación ente hijos y padres está asociada con el desarrollo de las habilidades sociales de los hijos”. “Las familias que son abiertas y permiten la construcción de la fuerza personal de los jóvenes pueden conseguir resultados positivos”. Por el contrario, “los comportamientos agresivos en una familia, incluido el control excesivo de la conducta del niño a través de duros castigos psíquicos, pueden predisponer a un joven hacia el bullying en el colegio”, advirtió la autora.
Como líneas de actuación, y aparte del trabajo con la clase y las familias, Jodie Lodge recomendó elaborar estrategias como las que ya se están haciendo en Australia y que se centran en “mejorar la comunicación entre padres e hijos, construir habilidades y estrategias para manejar el bullying tanto en el colegio y en la familia”.
Además, Lodge quiso lanzar una voz de alarma sobre lo que para ella es uno de los aspectos más importantes a tener en cuenta en torno al acoso, que es el emergente ciber-bullying, que calificó como “un problema importante” y sobre el que solicitó a los investigadores aportar más información. MAGISnet






