Este documento presenta un resumen de los resultados más relevantes de la "Encuesta Nacional de Juventud", cursada por el Instituto Universitario de Opinión Pública (IUDOP) de la Universidad Centroamericana "José Simeón Cañas" (UCA), en el marco del Proyecto Sembrando Futuro, coordinado desde el Instituto de Derechos Humanos de la UCA (IDHUCA), y auspiciado por la Embajada de los Países Bajos.
El Salvador 20 JUN 2008 -Adital
La encuesta recoge las opiniones, percepciones, actitudes y formas de vida de 1,234 jóvenes entre los 15 y 24 años de edad a nivel nacional, quienes se constituyen en una muestra representativa de la población salvadoreña entre esas edades, con un error muestral de
Aquí se brinda un avance general de los resultados de dicha encuesta y una versión condensada general de los resultados de dicha encuesta y una versión condensada de la información sobre la población joven salvadoreña. Para información más precisa sobre los resultados, habrá que remitirse al informe que está siendo preparado por el IUDOP de la UCA.
Uno de los aspectos interesantes que presenta la Encuesta Nacional de Juventud es la posibilidad de acceder a las diversas opiniones, desafíos y prácticas juveniles -desde la visión de las y los propios jóvenes-. En este sentido, se constituyen en indicadores importantes tanto para el monitoreo de su situación, como para la posterior toma de decisiones.
Por ello, desde el inicio, se asumió un enfoque que no se circunscribiera a iluminar a aquellos jóvenes que de suyo -por su involucramiento, participación y/o victimización por violencia-, suelen ocupar las páginas de los periódicos, los espacios en los telenoticieros y el banquillo de acusados, como el "enemigo social identificado".
Así, se decidió enfocar la atención en todos y todas esas jóvenes que no se han convertido en protagonistas y destinatarios de los esfuerzos estatales en la generación de políticas y acciones encaminadas a la vigilancia, satisfacción y cumplimiento de sus derechos básicos, como tampoco han sido blanco de esfuerzos de prevención de violencia, o de iniciativas de promoción de desarrollo a nivel sectorial. En suma, se optó por mostrar, con las limitantes inherentes a cualquier estudio, qué aspectos y desafíos caracterizan su situación actual, de forma tal que estos insumos puedan retomarse para poder empezar a desplegar, desde un plano político, los esfuerzos necesarios para atender a estas amplias mayorías de jóvenes.
En este sentido, pueden destacarse varios aspectos sobre la situación de los y las jóvenes en El Salvador.
En primer lugar, puede decirse que -si bien se habla genéricamente de "la juventud salvadoreña"- en realidad lo que define a este grupo poblacional es la heterogeneidad: se trata de varios conglomerados de jóvenes que, aunque tienen en común ciertas características sociales y demográficas, lo que más los vincula son las dificultades particulares que cada grupo tiene para salir adelante, y llevar una vida digna. Así, este estudio ha permitido reconfirmar la heterogeneidad y riqueza de este grupo poblacional - circunscrito por los límites demográficos que provee la edad-. Por otra parte, ha permitido corroborar que -dentro de este gran ‘grupo demográfico’- prevalecen algunos sectores que sufren una situación de exclusión que entraña aún mayores desventajas, precariedades y riesgos. En suma, aunque los jóvenes enfrentan variados desafíos, hay algunos y algunas notablemente entre sí.
A lo largo del estudio, los datos que reseñan la situación de desventaja en la que sobreviven muchas mujeres jóvenes -y su respectiva descendencia- permiten entender las vías a través de las cuales se profundizan los ciclos intergeneracionales de pobreza y exclusión. El hecho que las mujeres jóvenes queden replegadas desde muy temprana edad a tareas domésticas, que tengan que salir en forma prematura del sistema educativo, que enfrenten con ello importantes dificultades para la inserción en el mercado laboral, y con ello, se favorezcan los desequilibrios de poder entre la pareja y dentro del hogar, son obstáculos importantes para su desarrollo integral, pero a la vez se constituyen en nichos clave de intervención. Y es que la situación de desventaja social, económica, cultural y política en que la mujer se encuentra situada con respecto al hombre en la sociedad salvadoreña se reproduce en el caso de los y las jóvenes. Planteado en forma más precisa y justa, a este nivel se trata muy probablemente del ‘curso normal’ que este desequilibrio en las relaciones de género entre hombres y mujeres ha llevado desde la temprana infancia, y que al cristalizarse y reafirmarse en la adolescencia y juventud, sientan las bases para la profundización de desventajas y desigualdades posteriores. Por su parte, los hombres jóvenes enfrentan otro tipo de problemáticas estrechamente relacionadas con la construcción de las diversas formas de experimentar y vivir la masculinidad. Los datos esclarecen cómo las nociones sobre las cuales se asientan muchas de estas expresiones de masculinidad se convierten de hecho en atentados contra su integridad: se constituyen en los grupos victimizados con mayor frecuencia en los espacios públicos y, como lo muestran las cifras oficiales, son uno de los grupos etarios que engruesan las cifras de causas externas de mortalidad en el país, específicamente, los homicidios.
En este sentido, queda claro que la variable género es fundamental para leer con la debida precisión los resultados, pero también -y sobre todo- es una primera clave de suma importancia al momento de diferenciar los énfasis en los esfuerzos, si se pretende responder en forma eficiente y eficaz a los distintos desafíos enfrentados por hombres y mujeres jóvenes en la sociedad salvadoreña.
En segundo lugar, la zona de procedencia y residencia, que sitúa a los y las jóvenes como urbanos y rurales, también marca dos polos de diferenciación -y un abismo de posibilidades y oportunidades- entre ellos y ellas. Es en los sectores rurales en donde el tránsito a la adultez se da en forma prematura, a partir de la conformación temprana de hogares, y con ello, de responsabilidades económicas y familiares.
Por otro lado, las y los jóvenes rurales enfrentan una importante marginación por parte del Estado, en términos de cobertura y satisfacción de necesidades y derechos básicos. En contraste, los jóvenes urbanos, que cuentan con mayores oportunidades de educación, de empleo, de espacios de recreación y oferta culturales, tienen que enfrentar otra serie de desafíos no menos importantes. Entre otros muchos riesgos, las y los jóvenes urbanos viven bajo la constante amenaza de la violencia y la inseguridad, como de la cotidianidad de la ciudadanía salvadoreña. En ese sentido, pasan a constituirse en sus cotidianas víctimas, sobre todo de aquella violencia más letal como son los homicidios, lo cual a su vez incrementa los años de vida saludable perdidos por muertes prematuras en el país.
En tercer lugar, otra clave de interpretación importante consiste en analizar la estructura familiar de los jóvenes. Abundante evidencia empírica muestra las diferencias entre los y las jóvenes que todavía viven con su familia de origen, y aquellos y aquellas que -en forma planificada o no- han conformado un hogar propio. Los jóvenes que todavía viven con su familia de origen suelen encontrarse en una situación de ‘ventaja comparativa’. Por ejemplo, una mayor permanencia en el hogar se vincula, en muchos casos, con la consecución de niveles educativos más elevados -sobre todo, en el caso de las mujeres, quienes al formar un hogar suelen quedar expuestas a procesos de exclusión temprana, sobre todo del sistema educativo y, en consecuencia, del mercado laboral-. Sin embargo, la prolongación del tiempo en el hogar parental supone la postergación de la autonomía de las y los jóvenes, con la concomitante conflictividad intergeneracional que puede implicar el choque entre el deseo de ejercer la propia autonomía y la carencia de recursos para hacerlo.
Por otra parte, y en los casos más graves, las dificultades intergeneracionales se agravan cuando interviene el uso y abuso de la violencia dentro del hogar, a manos de los progenitores o de adultos que se encuentran en una situación peor a la del resto.
Así, se proponen tres claves de interpretación que atraviesan los resultados, y que se considera fundamental retomarlas no solo para dar lectura a los datos, sino para dimensionar las diferentes situaciones de vida, y por tanto, los diferenciales desafíos que muchos y muchas han de encarar: el género, la zona de residencia y la situación familiar.
En relación con el género, la evidencia a lo largo del estudio muestra -desde las diversas dimensiones exploradas- que las problemáticas que hombres y mujeres jóvenes enfrentan los hacen diferenciarse encargados. Las situaciones de maltrato y exposición temprana a la violencia intra-familiar suponen no solo un serio riesgo de transmisión intergeneracional de la violencia como forma de relación -e incluso, sometimiento- respecto a los demás, sino uno de los factores que cataliza la salida temprana de la familia de origen. Como ya se ha venido señalando, la salida prematura del hogar por la vivencia de violencia en su seno conlleva una serie de importantes riesgos, que van desde los embarazos precoces y no planificados, hasta el ejercicio cotidiano de la violencia en espacios que no se restringen al hogar, y ya no como víctimas, sino como victimarios.
En el otro lado de la moneda, quienes han formado un hogar se enfrentan a una situación de exclusión aún más marcada: son los hogares que se encuentran en la peor situación económica, a la que se suman las necesidades propias de la crianza de los hijos e hijas. Son hogares en los que los niveles educativos de los jefes o jefas de hogar -los y las jóvenes mismos- suelen ser bajos por la temprana salida del sistema educativo, lo cual limita sus posibilidades culturales, y define no solo las formas y prácticas de crianza de la propia descendencia, sino incluso su éxito escolar (el nivel educativo de los hijos suele vincularse estrechamente al de los progenitores). Por su parte, son jóvenes que -por estar enfrentados al reto de garantizar la supervivencia familiar- suelen contar con menos tiempo para participar en espacios de organización juvenil, y con menos tiempo libre en general, que pudieran destinar al esparcimiento o a actividades relacionadas con estilos de vida saludables.
De lo anterior, lo importante es reconocer la diferente naturaleza de los problemas que cada grupo de jóvenes tiene que enfrentar, lo que reafirma que no hay -ni deben plantearse- ‘recetas universales’ para enfrentar los diversos desafíos de las diversas juventudes de la sociedad salvadoreña. Estas tres claves de análisis que se han destacado -que no son, necesariamente las únicas, pero sí algunas de suma importancia- permiten identificar con cierta precisión, aquellos grupos más vulnerables dentro de un amplio sector, históricamente enfrentado al riesgo y a la exclusión.
* Instituto Universitario de Opinión Pública de la Universidad Centroamericana "José Simeón Cañas", »IUDOP
By: ADITAL
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El Salvador 20 JUN 2008 -Adital
La encuesta recoge las opiniones, percepciones, actitudes y formas de vida de 1,234 jóvenes entre los 15 y 24 años de edad a nivel nacional, quienes se constituyen en una muestra representativa de la población salvadoreña entre esas edades, con un error muestral de
Aquí se brinda un avance general de los resultados de dicha encuesta y una versión condensada general de los resultados de dicha encuesta y una versión condensada de la información sobre la población joven salvadoreña. Para información más precisa sobre los resultados, habrá que remitirse al informe que está siendo preparado por el IUDOP de la UCA.
Uno de los aspectos interesantes que presenta la Encuesta Nacional de Juventud es la posibilidad de acceder a las diversas opiniones, desafíos y prácticas juveniles -desde la visión de las y los propios jóvenes-. En este sentido, se constituyen en indicadores importantes tanto para el monitoreo de su situación, como para la posterior toma de decisiones.
Por ello, desde el inicio, se asumió un enfoque que no se circunscribiera a iluminar a aquellos jóvenes que de suyo -por su involucramiento, participación y/o victimización por violencia-, suelen ocupar las páginas de los periódicos, los espacios en los telenoticieros y el banquillo de acusados, como el "enemigo social identificado".
Así, se decidió enfocar la atención en todos y todas esas jóvenes que no se han convertido en protagonistas y destinatarios de los esfuerzos estatales en la generación de políticas y acciones encaminadas a la vigilancia, satisfacción y cumplimiento de sus derechos básicos, como tampoco han sido blanco de esfuerzos de prevención de violencia, o de iniciativas de promoción de desarrollo a nivel sectorial. En suma, se optó por mostrar, con las limitantes inherentes a cualquier estudio, qué aspectos y desafíos caracterizan su situación actual, de forma tal que estos insumos puedan retomarse para poder empezar a desplegar, desde un plano político, los esfuerzos necesarios para atender a estas amplias mayorías de jóvenes.
En este sentido, pueden destacarse varios aspectos sobre la situación de los y las jóvenes en El Salvador.
En primer lugar, puede decirse que -si bien se habla genéricamente de "la juventud salvadoreña"- en realidad lo que define a este grupo poblacional es la heterogeneidad: se trata de varios conglomerados de jóvenes que, aunque tienen en común ciertas características sociales y demográficas, lo que más los vincula son las dificultades particulares que cada grupo tiene para salir adelante, y llevar una vida digna. Así, este estudio ha permitido reconfirmar la heterogeneidad y riqueza de este grupo poblacional - circunscrito por los límites demográficos que provee la edad-. Por otra parte, ha permitido corroborar que -dentro de este gran ‘grupo demográfico’- prevalecen algunos sectores que sufren una situación de exclusión que entraña aún mayores desventajas, precariedades y riesgos. En suma, aunque los jóvenes enfrentan variados desafíos, hay algunos y algunas notablemente entre sí.
A lo largo del estudio, los datos que reseñan la situación de desventaja en la que sobreviven muchas mujeres jóvenes -y su respectiva descendencia- permiten entender las vías a través de las cuales se profundizan los ciclos intergeneracionales de pobreza y exclusión. El hecho que las mujeres jóvenes queden replegadas desde muy temprana edad a tareas domésticas, que tengan que salir en forma prematura del sistema educativo, que enfrenten con ello importantes dificultades para la inserción en el mercado laboral, y con ello, se favorezcan los desequilibrios de poder entre la pareja y dentro del hogar, son obstáculos importantes para su desarrollo integral, pero a la vez se constituyen en nichos clave de intervención. Y es que la situación de desventaja social, económica, cultural y política en que la mujer se encuentra situada con respecto al hombre en la sociedad salvadoreña se reproduce en el caso de los y las jóvenes. Planteado en forma más precisa y justa, a este nivel se trata muy probablemente del ‘curso normal’ que este desequilibrio en las relaciones de género entre hombres y mujeres ha llevado desde la temprana infancia, y que al cristalizarse y reafirmarse en la adolescencia y juventud, sientan las bases para la profundización de desventajas y desigualdades posteriores. Por su parte, los hombres jóvenes enfrentan otro tipo de problemáticas estrechamente relacionadas con la construcción de las diversas formas de experimentar y vivir la masculinidad. Los datos esclarecen cómo las nociones sobre las cuales se asientan muchas de estas expresiones de masculinidad se convierten de hecho en atentados contra su integridad: se constituyen en los grupos victimizados con mayor frecuencia en los espacios públicos y, como lo muestran las cifras oficiales, son uno de los grupos etarios que engruesan las cifras de causas externas de mortalidad en el país, específicamente, los homicidios.
En este sentido, queda claro que la variable género es fundamental para leer con la debida precisión los resultados, pero también -y sobre todo- es una primera clave de suma importancia al momento de diferenciar los énfasis en los esfuerzos, si se pretende responder en forma eficiente y eficaz a los distintos desafíos enfrentados por hombres y mujeres jóvenes en la sociedad salvadoreña.
En segundo lugar, la zona de procedencia y residencia, que sitúa a los y las jóvenes como urbanos y rurales, también marca dos polos de diferenciación -y un abismo de posibilidades y oportunidades- entre ellos y ellas. Es en los sectores rurales en donde el tránsito a la adultez se da en forma prematura, a partir de la conformación temprana de hogares, y con ello, de responsabilidades económicas y familiares.
Por otro lado, las y los jóvenes rurales enfrentan una importante marginación por parte del Estado, en términos de cobertura y satisfacción de necesidades y derechos básicos. En contraste, los jóvenes urbanos, que cuentan con mayores oportunidades de educación, de empleo, de espacios de recreación y oferta culturales, tienen que enfrentar otra serie de desafíos no menos importantes. Entre otros muchos riesgos, las y los jóvenes urbanos viven bajo la constante amenaza de la violencia y la inseguridad, como de la cotidianidad de la ciudadanía salvadoreña. En ese sentido, pasan a constituirse en sus cotidianas víctimas, sobre todo de aquella violencia más letal como son los homicidios, lo cual a su vez incrementa los años de vida saludable perdidos por muertes prematuras en el país.
En tercer lugar, otra clave de interpretación importante consiste en analizar la estructura familiar de los jóvenes. Abundante evidencia empírica muestra las diferencias entre los y las jóvenes que todavía viven con su familia de origen, y aquellos y aquellas que -en forma planificada o no- han conformado un hogar propio. Los jóvenes que todavía viven con su familia de origen suelen encontrarse en una situación de ‘ventaja comparativa’. Por ejemplo, una mayor permanencia en el hogar se vincula, en muchos casos, con la consecución de niveles educativos más elevados -sobre todo, en el caso de las mujeres, quienes al formar un hogar suelen quedar expuestas a procesos de exclusión temprana, sobre todo del sistema educativo y, en consecuencia, del mercado laboral-. Sin embargo, la prolongación del tiempo en el hogar parental supone la postergación de la autonomía de las y los jóvenes, con la concomitante conflictividad intergeneracional que puede implicar el choque entre el deseo de ejercer la propia autonomía y la carencia de recursos para hacerlo.
Por otra parte, y en los casos más graves, las dificultades intergeneracionales se agravan cuando interviene el uso y abuso de la violencia dentro del hogar, a manos de los progenitores o de adultos que se encuentran en una situación peor a la del resto.
Así, se proponen tres claves de interpretación que atraviesan los resultados, y que se considera fundamental retomarlas no solo para dar lectura a los datos, sino para dimensionar las diferentes situaciones de vida, y por tanto, los diferenciales desafíos que muchos y muchas han de encarar: el género, la zona de residencia y la situación familiar.
En relación con el género, la evidencia a lo largo del estudio muestra -desde las diversas dimensiones exploradas- que las problemáticas que hombres y mujeres jóvenes enfrentan los hacen diferenciarse encargados. Las situaciones de maltrato y exposición temprana a la violencia intra-familiar suponen no solo un serio riesgo de transmisión intergeneracional de la violencia como forma de relación -e incluso, sometimiento- respecto a los demás, sino uno de los factores que cataliza la salida temprana de la familia de origen. Como ya se ha venido señalando, la salida prematura del hogar por la vivencia de violencia en su seno conlleva una serie de importantes riesgos, que van desde los embarazos precoces y no planificados, hasta el ejercicio cotidiano de la violencia en espacios que no se restringen al hogar, y ya no como víctimas, sino como victimarios.
En el otro lado de la moneda, quienes han formado un hogar se enfrentan a una situación de exclusión aún más marcada: son los hogares que se encuentran en la peor situación económica, a la que se suman las necesidades propias de la crianza de los hijos e hijas. Son hogares en los que los niveles educativos de los jefes o jefas de hogar -los y las jóvenes mismos- suelen ser bajos por la temprana salida del sistema educativo, lo cual limita sus posibilidades culturales, y define no solo las formas y prácticas de crianza de la propia descendencia, sino incluso su éxito escolar (el nivel educativo de los hijos suele vincularse estrechamente al de los progenitores). Por su parte, son jóvenes que -por estar enfrentados al reto de garantizar la supervivencia familiar- suelen contar con menos tiempo para participar en espacios de organización juvenil, y con menos tiempo libre en general, que pudieran destinar al esparcimiento o a actividades relacionadas con estilos de vida saludables.
De lo anterior, lo importante es reconocer la diferente naturaleza de los problemas que cada grupo de jóvenes tiene que enfrentar, lo que reafirma que no hay -ni deben plantearse- ‘recetas universales’ para enfrentar los diversos desafíos de las diversas juventudes de la sociedad salvadoreña. Estas tres claves de análisis que se han destacado -que no son, necesariamente las únicas, pero sí algunas de suma importancia- permiten identificar con cierta precisión, aquellos grupos más vulnerables dentro de un amplio sector, históricamente enfrentado al riesgo y a la exclusión.
* Instituto Universitario de Opinión Pública de la Universidad Centroamericana "José Simeón Cañas", »IUDOP
By: ADITAL






