Tío, tú, eh, acho, jo, pos eso, pos sí, pos no, cosa, vale
La mayoría de los jóvenes ha borrado de sus competencias lingüísticas el dar las gracias, así como el uso del usted, el del don
AURORA GIL BOHÓRQUEZ 27.06.08 MURCIA (LA VERDAD)
Con frecuencia son los propios alumnos los que ponen sobre la mesa las diferencias enormes entre lo que se enseña y su utilidad práctica. Con una lógica bastante aplastante se cuestionan todos esos conocimientos que aparentemente, para ellos, no tienen ninguna utilidad ni valor, y lo único que hacen es aburrir, cargar de absurdos los contenidos, o incluso, alejar del mundo real a aquel que los adquiere, que pasa a convertirse en un bicho raro. Es más: por el hecho mismo de haberlos adquirido y de haberlos integrado en su vida, esta rara avis puede sufrir cierta marginación entre sus colegas. Y hasta llegar a ser objeto de burlas y desprecios.
Verán. Este curso, en unas clases de apoyo, he colaborado en enseñar los primeros rudimentos del español a unos alumnos recién llegados de China. Eran tres adolescentes, dos de ellos hermanos, que no sabían de nuestra lengua ni patata: nada de nada; tampoco conocían el inglés, ni el francés. Una llegada al instituto un tanto traumática, de inmersión forzosa, aterrizando en un aula donde habitualmente hablan todos a la vez y donde ellos ni siquiera conocían las letras del abecedario. Las primeras clases las dedicamos a aprender nuestros nombres con gestos y risas, que no fue fácil; la edad, el lugar de procedencia -les encantaba buscar sus ciudades minúsculas en el mapa inmenso de China-, la dirección, los primeros números (el móvil fue un buen recurso). Y más adelante empezamos con pequeñas frases de cortesía, saludos. Hola, ¿cómo estás?, yo bien, gracias, ¿y tú?.., preguntas del estilo ¿cuánto cuesta?, ¿lo puedes repetir?, gracias. Los dibujos, la mímica, el diccionario y la buena voluntad no eran suficientes para avanzar a buen ritmo. Así que uno de los días buscamos la ayuda de otro alumno chino, que ya lleva un par de años en España, para que nos hiciera de intérprete. Al rato de estar con nosotros, me preguntó muy serio: ¿por qué les enseñas «gracias», si aquí nadie lo dice? Ninguno de mis compañeros, ni nadie. No se usa esa palabra ¿Para qué enseñarla?
¿Glub!
Tío, tú, eh, acho, jo, pos eso, pos sí, pos no, cosa, vale. ¿Tendría que haber empezado por ahí? Me dejó un tanto perpleja la observación del joven Li y dudo que mi respuesta justificando el uso de esa palabra tan esencial en el trato le convenciera del todo. Y es que la mayoría de los jóvenes ha borrado de sus competencias lingüísticas el dar las gracias, así como el uso del usted, el del don, o la precisión del vocablo que utilizan, que es sustituido con comodines y palabras ómnibus que lo mismo sirven para un roto que para un descosido. Tampoco diferencian los jóvenes al interlocutor que tienen delante, y tratan lo mismo al colega, al profesor, al padre, o al vecino de edad avanzada que se encuentran en el ascensor. No es extraño el tuteo al dirigirse al profesor, incluso salpicado de algunas palabrotas si el estado de ánimo no está muy sereno, que siempre parece que los tacos imponen más razones y contundencia. El otro día, sin ir más lejos, me contaron que un profesor de matemáticas que ya peina canas llegó a la sala de profesores diciendo que un alumno al que llamó la atención lo acababa de mandar a tomar por c. Eso sí, educadamente, porque en esta ocasión había utilizado el usted. Con un par, que para eso respiramos aires igualitarios, pensaría el chiquillo. Los modales, los buenos modales, han quedado relegados al nuevo mundo de la marginación, donde habitan los bien hablados, los estudiosos, los amables, los respetuosos. No se pide permiso para entrar o salir, ni se saluda al llegar o al irse, no se dan las gracias ni los de nada, no se utiliza el por favor. Las jergas y hablas de los marginales de antaño han invadido el panorama general. No sólo en las clases, claro. También en el ámbito familiar, en el laboral, en el social.
Por eso no me sorprendió una noticia que leí después sobre la preocupación creciente que dueños de negocios de ropa, zapaterías, perfumerías, restaurantes hacían pública: buscan y no encuentran dependientes, camareros, telefonistas, recepcionistas con buenos modales, que sepan tratar con educación a los posibles clientes que entran en sus establecimientos. Algunos están paliando este déficit nacional con la contratación de extranjeros, pero por el camino que vamos, en unos años, hasta la tradicional cortesía oriental quedará aquí reducida a la nada. Algo habrá que hacer, porque todo se pega. Así lo intuye hasta el joven Li.
LA VERDAD
Patologías urbanas
por Javier Castañeda (LA VANGUARDIA)
ANÁLISIS· Javier Castañeda· Periodista experto en Sociedad de la Información
Recientemente tuve ocasión de estrenar el nuevo tren de Alta
Velocidad entre Barcelona y Madrid. Y si bien es cierto que ha tardado
en estar operativo, si alguien me pregunta sobre mi experiencia, tan
sólo podré enumerar bondades: es
rápido, moderno,
cómodo, accesible, puntual… Podría
decir que tuve
un viaje redondo, a no ser porque se vio empañado por una
cuestión completamente ajena al medio de transporte.
Durante las exactamente 2 horas y 38 minutos que duró el trayecto de vuelta, en el asiento de al lado viajaban un señora y un niño. En principio, todo estaba en orden. Pero no pasó mucho tiempo -desde que abandonamos la estación de Atocha- para comprender que ese simpático angelito iba a darnos el viaje. A mí y a todo el vagón, incluidos los otros niños que en él viajaban. No había transcurrido ni un cuarto de hora cuando el niño empezó a hacer alarde, no sólo ya de su mala educación, sino de estar absolutamente poseído por el síndrome del emperador o lo que es lo mismo, de ser un pequeño tirano. Gritaba a todo volumen, pataleaba el asiento de delante y lanzaba por todo el vagón con olímpica destreza toda suerte de comida, bebida, juguetes o cualquier otro objeto que la señora –al rato, todos averiguamos que era su madre, y digo todos en sentido literal porque ambos gritaban como posesos- le ponía a su alcance. Quizá algunos lectores puedan pensar que es normal que los niños jueguen durante un viaje: me incluyo. No van a estar atados ni con una mordaza, son niños y han de jugar. Pero es que ni lo suyo eran juegos, ni la madre fue capaz de aplacar la ira del niño fuera de control ni un solo tramo del viaje, por lo que casi hubo un motín a bordo cuando apareció el revisor. Y hasta creo recordar que alguien preguntó por Herodes.
Fue así como empecé a recordar y relacionar diversas historias que había leído en la prensa recientemente. En primer lugar, me vino a la mente un caso de finales de marzo en el que unos abuelos de un pueblecito de Huelva, habían acudido a los Servicios Sociales, a la Junta de Andalucía y hasta a los Juzgados para denunciar el caso de "malos tratos" que les propinaba su nieto de tan sólo diez años, ya que se declaraban "absolutamente incapaces para controlarle". Después recordé otro caso reciente en el que la Audiencia de Sevilla había condenado a una madre a pagar 14.000€ de indemnización, para reconstruir los dientes que su hijo había roto a otro chico del colegio en una brutal agresión. Desafortunadamente casos de acoso escolar hay muchos, pero este me llamó la atención porque la madre había intentado desviar legalmente la responsabilidad al centro educativo "por no hacer labores suficientes de vigilancia"; pero la Audiencia confirmó su primera sentencia en la que expresamente se mencionaba una "incorrecta educación" por parte de la madre, que fue reafirmada al considerar que la "laxitud y tolerancia" de la mujer a la hora de educar al menor, habían motivado el comportamiento violento del adolescente. Es cierto que al menos en uno de los casos, los abuelos reconocían que el entorno del niño era difícil.
Pero no crean que este es un asunto que atañe sólo a esas familias que la sociedad suele calificar como socialmente desestructuradas. Intenté imaginarme, sin ir más lejos, cómo sería el niño del tren dentro de unos años y sentí pánico. Recordé asimismo las múltiples historias que he escuchado contar a padres de todo tipo y clase social, sobre las dificultades para controlar a estos niños rebeldes –con angustia profunda si hablaban de los suyos- y cómo respiraban con la relativa tranquilidad que da el pensar que "no les había tocado", si simplemente relataban los despropósitos del hijo del vecino o de otros parientes o amigos cercanos. Pero al margen de su procedencia o clase social, en lo que muchos padres coinciden es en la manifiesta incapacidad para controlar a según qué fichajes, y en la esperanza que la Escuela les devuelva la educación perdida. Por su parte, los profesores –muchos igualmente amedrentados- palidecen al ver cómo los sólidos recursos que solían tener en la mano se han licuado y resbalan entre sus dedos, sin sentir que puedan hacer nada por evitar tamaño desastre.
Así las cosas –y con el balón en tierra de nadie- los hay que rápidamente echan mano del tópico "cualquier tiempo pasado fue mejor". Aunque probablemente las soluciones de antaño tampoco sean válidas ahora, pues en los últimos años, la sociedad ha sufrido un complejo proceso de transformación del que todos somos tan protagonistas como culpables, y que lo que hay que hacer ahora es buscar estrategias válidas para bregar con los nuevos escenarios. Pero siempre sucede que la realidad avanza más ágil que las soluciones y, mientras investigadores, legisladores y todo un ejército de especialistas intentan comprender la poliédrica esencia del conflicto, para cuando las soluciones lleguen, estos nuevos tiempos ya habrán parido varias generaciones de problemas. Difícil ecuación. Mientras unos apuestan por la mano dura, la disciplina y volver a los métodos basados en la autoridad; otros lo hacen por un modelo abierto, tolerante y sin barreras para no traumatizar a los niños. Pero en lo que todos coinciden, es en que muchos niños "de hoy" han crecido sin límites, y no hay quien sea capaz de ponerles freno. Quizá por ello tanto padres, como abuelos, profesores e incluso el sistema en sí, sean incapaces de entrever una solución y sólo acierten a articular, con voz anónima y medio sintetizada por tan rotundo fracaso social, "Su hijo: ¡Gracias!"
La Vanguardia | 17/04/2008
La mayoría de los jóvenes ha borrado de sus competencias lingüísticas el dar las gracias, así como el uso del usted, el del don
AURORA GIL BOHÓRQUEZ 27.06.08 MURCIA (LA VERDAD) Con frecuencia son los propios alumnos los que ponen sobre la mesa las diferencias enormes entre lo que se enseña y su utilidad práctica. Con una lógica bastante aplastante se cuestionan todos esos conocimientos que aparentemente, para ellos, no tienen ninguna utilidad ni valor, y lo único que hacen es aburrir, cargar de absurdos los contenidos, o incluso, alejar del mundo real a aquel que los adquiere, que pasa a convertirse en un bicho raro. Es más: por el hecho mismo de haberlos adquirido y de haberlos integrado en su vida, esta rara avis puede sufrir cierta marginación entre sus colegas. Y hasta llegar a ser objeto de burlas y desprecios.
Verán. Este curso, en unas clases de apoyo, he colaborado en enseñar los primeros rudimentos del español a unos alumnos recién llegados de China. Eran tres adolescentes, dos de ellos hermanos, que no sabían de nuestra lengua ni patata: nada de nada; tampoco conocían el inglés, ni el francés. Una llegada al instituto un tanto traumática, de inmersión forzosa, aterrizando en un aula donde habitualmente hablan todos a la vez y donde ellos ni siquiera conocían las letras del abecedario. Las primeras clases las dedicamos a aprender nuestros nombres con gestos y risas, que no fue fácil; la edad, el lugar de procedencia -les encantaba buscar sus ciudades minúsculas en el mapa inmenso de China-, la dirección, los primeros números (el móvil fue un buen recurso). Y más adelante empezamos con pequeñas frases de cortesía, saludos. Hola, ¿cómo estás?, yo bien, gracias, ¿y tú?.., preguntas del estilo ¿cuánto cuesta?, ¿lo puedes repetir?, gracias. Los dibujos, la mímica, el diccionario y la buena voluntad no eran suficientes para avanzar a buen ritmo. Así que uno de los días buscamos la ayuda de otro alumno chino, que ya lleva un par de años en España, para que nos hiciera de intérprete. Al rato de estar con nosotros, me preguntó muy serio: ¿por qué les enseñas «gracias», si aquí nadie lo dice? Ninguno de mis compañeros, ni nadie. No se usa esa palabra ¿Para qué enseñarla?
¿Glub!
Tío, tú, eh, acho, jo, pos eso, pos sí, pos no, cosa, vale. ¿Tendría que haber empezado por ahí? Me dejó un tanto perpleja la observación del joven Li y dudo que mi respuesta justificando el uso de esa palabra tan esencial en el trato le convenciera del todo. Y es que la mayoría de los jóvenes ha borrado de sus competencias lingüísticas el dar las gracias, así como el uso del usted, el del don, o la precisión del vocablo que utilizan, que es sustituido con comodines y palabras ómnibus que lo mismo sirven para un roto que para un descosido. Tampoco diferencian los jóvenes al interlocutor que tienen delante, y tratan lo mismo al colega, al profesor, al padre, o al vecino de edad avanzada que se encuentran en el ascensor. No es extraño el tuteo al dirigirse al profesor, incluso salpicado de algunas palabrotas si el estado de ánimo no está muy sereno, que siempre parece que los tacos imponen más razones y contundencia. El otro día, sin ir más lejos, me contaron que un profesor de matemáticas que ya peina canas llegó a la sala de profesores diciendo que un alumno al que llamó la atención lo acababa de mandar a tomar por c. Eso sí, educadamente, porque en esta ocasión había utilizado el usted. Con un par, que para eso respiramos aires igualitarios, pensaría el chiquillo. Los modales, los buenos modales, han quedado relegados al nuevo mundo de la marginación, donde habitan los bien hablados, los estudiosos, los amables, los respetuosos. No se pide permiso para entrar o salir, ni se saluda al llegar o al irse, no se dan las gracias ni los de nada, no se utiliza el por favor. Las jergas y hablas de los marginales de antaño han invadido el panorama general. No sólo en las clases, claro. También en el ámbito familiar, en el laboral, en el social.
Por eso no me sorprendió una noticia que leí después sobre la preocupación creciente que dueños de negocios de ropa, zapaterías, perfumerías, restaurantes hacían pública: buscan y no encuentran dependientes, camareros, telefonistas, recepcionistas con buenos modales, que sepan tratar con educación a los posibles clientes que entran en sus establecimientos. Algunos están paliando este déficit nacional con la contratación de extranjeros, pero por el camino que vamos, en unos años, hasta la tradicional cortesía oriental quedará aquí reducida a la nada. Algo habrá que hacer, porque todo se pega. Así lo intuye hasta el joven Li.
LA VERDAD
Patologías urbanas
por Javier Castañeda (LA VANGUARDIA)
ANÁLISIS· Javier Castañeda· Periodista experto en Sociedad de la Información
Su hijo: ¡Gracias!
Recientemente tuve ocasión de estrenar el nuevo tren de Alta
Velocidad entre Barcelona y Madrid. Y si bien es cierto que ha tardado
en estar operativo, si alguien me pregunta sobre mi experiencia, tan
sólo podré enumerar bondades: es
rápido, moderno,
cómodo, accesible, puntual… Podría
decir que tuve
un viaje redondo, a no ser porque se vio empañado por una
cuestión completamente ajena al medio de transporte. Durante las exactamente 2 horas y 38 minutos que duró el trayecto de vuelta, en el asiento de al lado viajaban un señora y un niño. En principio, todo estaba en orden. Pero no pasó mucho tiempo -desde que abandonamos la estación de Atocha- para comprender que ese simpático angelito iba a darnos el viaje. A mí y a todo el vagón, incluidos los otros niños que en él viajaban. No había transcurrido ni un cuarto de hora cuando el niño empezó a hacer alarde, no sólo ya de su mala educación, sino de estar absolutamente poseído por el síndrome del emperador o lo que es lo mismo, de ser un pequeño tirano. Gritaba a todo volumen, pataleaba el asiento de delante y lanzaba por todo el vagón con olímpica destreza toda suerte de comida, bebida, juguetes o cualquier otro objeto que la señora –al rato, todos averiguamos que era su madre, y digo todos en sentido literal porque ambos gritaban como posesos- le ponía a su alcance. Quizá algunos lectores puedan pensar que es normal que los niños jueguen durante un viaje: me incluyo. No van a estar atados ni con una mordaza, son niños y han de jugar. Pero es que ni lo suyo eran juegos, ni la madre fue capaz de aplacar la ira del niño fuera de control ni un solo tramo del viaje, por lo que casi hubo un motín a bordo cuando apareció el revisor. Y hasta creo recordar que alguien preguntó por Herodes.
Fue así como empecé a recordar y relacionar diversas historias que había leído en la prensa recientemente. En primer lugar, me vino a la mente un caso de finales de marzo en el que unos abuelos de un pueblecito de Huelva, habían acudido a los Servicios Sociales, a la Junta de Andalucía y hasta a los Juzgados para denunciar el caso de "malos tratos" que les propinaba su nieto de tan sólo diez años, ya que se declaraban "absolutamente incapaces para controlarle". Después recordé otro caso reciente en el que la Audiencia de Sevilla había condenado a una madre a pagar 14.000€ de indemnización, para reconstruir los dientes que su hijo había roto a otro chico del colegio en una brutal agresión. Desafortunadamente casos de acoso escolar hay muchos, pero este me llamó la atención porque la madre había intentado desviar legalmente la responsabilidad al centro educativo "por no hacer labores suficientes de vigilancia"; pero la Audiencia confirmó su primera sentencia en la que expresamente se mencionaba una "incorrecta educación" por parte de la madre, que fue reafirmada al considerar que la "laxitud y tolerancia" de la mujer a la hora de educar al menor, habían motivado el comportamiento violento del adolescente. Es cierto que al menos en uno de los casos, los abuelos reconocían que el entorno del niño era difícil.
Pero no crean que este es un asunto que atañe sólo a esas familias que la sociedad suele calificar como socialmente desestructuradas. Intenté imaginarme, sin ir más lejos, cómo sería el niño del tren dentro de unos años y sentí pánico. Recordé asimismo las múltiples historias que he escuchado contar a padres de todo tipo y clase social, sobre las dificultades para controlar a estos niños rebeldes –con angustia profunda si hablaban de los suyos- y cómo respiraban con la relativa tranquilidad que da el pensar que "no les había tocado", si simplemente relataban los despropósitos del hijo del vecino o de otros parientes o amigos cercanos. Pero al margen de su procedencia o clase social, en lo que muchos padres coinciden es en la manifiesta incapacidad para controlar a según qué fichajes, y en la esperanza que la Escuela les devuelva la educación perdida. Por su parte, los profesores –muchos igualmente amedrentados- palidecen al ver cómo los sólidos recursos que solían tener en la mano se han licuado y resbalan entre sus dedos, sin sentir que puedan hacer nada por evitar tamaño desastre.
Así las cosas –y con el balón en tierra de nadie- los hay que rápidamente echan mano del tópico "cualquier tiempo pasado fue mejor". Aunque probablemente las soluciones de antaño tampoco sean válidas ahora, pues en los últimos años, la sociedad ha sufrido un complejo proceso de transformación del que todos somos tan protagonistas como culpables, y que lo que hay que hacer ahora es buscar estrategias válidas para bregar con los nuevos escenarios. Pero siempre sucede que la realidad avanza más ágil que las soluciones y, mientras investigadores, legisladores y todo un ejército de especialistas intentan comprender la poliédrica esencia del conflicto, para cuando las soluciones lleguen, estos nuevos tiempos ya habrán parido varias generaciones de problemas. Difícil ecuación. Mientras unos apuestan por la mano dura, la disciplina y volver a los métodos basados en la autoridad; otros lo hacen por un modelo abierto, tolerante y sin barreras para no traumatizar a los niños. Pero en lo que todos coinciden, es en que muchos niños "de hoy" han crecido sin límites, y no hay quien sea capaz de ponerles freno. Quizá por ello tanto padres, como abuelos, profesores e incluso el sistema en sí, sean incapaces de entrever una solución y sólo acierten a articular, con voz anónima y medio sintetizada por tan rotundo fracaso social, "Su hijo: ¡Gracias!"
La Vanguardia | 17/04/2008







