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jueves, 02 de octubre de 2008
EDITORIAL·  VOCENTO,  02 OCT 2008
   
La macrooperación policial contra la pornografía infantil que ha conducido a la detención de 121 personas,  en 42 provincias, y a la imputación de otras 96 por tenencia y distribución de material pedófilo en la Red ha dejado al descubierto un submundo de depravación moral cobijado bajo la multiplicidad de comunicaciones de internet. El análisis del cuantioso material intervenido, en el que figuran imágenes deleznables de abusos a menores, y los interrogatorios a los sospechosos permitirá establecer qué tipo de delitos se han cometido y su calificación penal, aunque cabe confiar en que tan vasta investigación ayude también a esclarecer el aspecto más descorazonador de la misma, que es el origen de las agresiones sexuales. La transmisión y consumo de pornografía de contenido pedófilo siempre parte de la existencia o bien de un abuso explícito o bien de conductas obscenas contra menores a los que no es fácil identificar, por lo que resulta prioritario luchar contra la impunidad en la que se refugian los depredadores y en la que se pueden cobijar después quienes negocian con tan repugnantes imágenes.

El Código Penal español distingue, como es preceptivo, las condenas por ataques contra la libertad sexual de aquellas que tienen que ver con la utilización de niños y adolescentes para espectáculos exhibicionistas o pornográficos; con la producción, distribución o venta de material de esas características; y con la posesión del mismo. La distinta evaluación de los delitos que pueden concurrir en una operación como la desplegada ahora en 42 provincias ha de traducirse en una adecuación de las medidas de prevención y de tratamiento de los delincuentes, pero también en un perfeccionamiento de la respuesta frente a una problemática que está emergiendo no sólo por la mayor eficacia policial y judicial, sino también por la propia capacidad de la Red para extender contenidos antes sumidos en una opaca clandestinidad. La propuesta del Gobierno para que los pederastas con riesgo de reincidencia se sometan hasta a 20 años de libertad vigilada podría contribuir, siempre que se preserve su encaje constitucional, a la protección de las víctimas. Pero la adopción de iniciativas para perseguir las conductas más destructivas no debería descuidar la atención sobre aquellas otras que exigirían una revisión del marco penal en combinación, en los casos en que sea posible, con programas de reeducación. DV
___
PS

La raíz del problema 

JUAN MANUEL DE PRADA, 4 Oct 2008 
EL fariseísmo contemporáneo ha encontrado en la condena de la pederastia uno de sus ejercicios retóricos predilectos. Hace un par de días, la Policía Nacional desmantelaba una red de pornografía infantil -y van...- y detenía a más de ciento veinte personas que intercambiaban a través de Internet imágenes en las que niños de muy corta edad, casi bebés, eran sometidos a las sevicias más aberrantes; todos nos hemos indignado muchísimo, nos hemos rasgado las vestiduras y hemos solicitado que a tales tipejos infrahumanos se les castigue con el máximo rigor. Nadie se ha molestado, en cambio, en describir el caldo de cultivo en el que tales tipejos infrahumanos florecen, tal vez porque, si lo hiciéramos, nos veríamos obligados a reconocer que se parecen demasiado a nosotros mismos. Probemos aquí a describir ese caldo de cultivo: por una parte, hallaremos que los niños, antes de nacer, han sido relegados a la condición de «amasijos de células» sobre los que nos hemos arrogado un derecho de disposición absoluta que incluye su destrucción física; por otro, descubriremos que los niños, una vez nacidos, son sometidos a agresiones diversas que anhelan su destrucción espiritual.

Los niños que se salvan de ser despedazados en los abortorios son arrojados a una máquina trituradora que avasalla su inocencia y pisotea su dignidad. En esta guerra inmisericorde contra la infancia vale todo, con tal de que se disfrace con los ropajes de los sacrosantos derechos y libertades: y así, en el hogar, se les condena a una vida escindida, mediante el sacrosanto «derecho al divorcio» que asiste a sus padres; en la escuela, se les obliga a recibir adoctrinamiento ideológico y se les inocula el veneno de la llamada teoría de género, todo ello, por supuesto, en aras de que puedan vivir plenamente su «libertad sexual». Y por si aún las agresiones que reciben en el hogar y la escuela no hubiesen sido suficientes para desnaturalizar su infancia, por si aún su alma no estuviese suficientemente arruinada, la propaganda mediática se encarga de arrebatarles el pudor y convertirlos en adultos precoces, escamoteándoles las realidades más esenciales de la condición humana y sustituyéndolas por un batiburrillo de risueñas escabrosidades que incluyen, por supuesto, todo tipo de reclamos sexuales.

Y, mientras se desarrolla esta guerra inmisericorde contra los niños, ¿qué ha ocurrido con los adultos? Chesterton nos ofrece la respuesta: «Lo que ha ocurrido es que el mundo se ha teñido de pasiones peligrosas y rápidamente putrescentes; de pasiones naturales convertidas en pasiones contra natura. Así, el efecto de tratar la sexualidad como cosa inocente y natural es que todas las demás cosas inocentes y naturales se empapan y manchan de sexualidad. Porque no se puede conceder a la sexualidad una mera igualdad con emociones o experiencias elementales como el comer o el dormir. En el momento en que deja de ser sierva se convierte en tirana». Cuando la sexualidad se desembrida se convierte en una pasión putrescente, ansiosa de conquistar nuevos finisterres de perversidad que combatan el hastío de la carne; y no debe extrañarnos que, después de probar todos los sabores, quiera hincarle el diente a la fruta prohibida de la infancia. Únase a esta «hipersexualización» de la vida la imposición de un nihilismo optimista en moral (según el cual el hombre debe guiarse por su deseo, liberado de tabúes e inhibiciones), y habremos completado el panorama.

Podemos seguir escandalizándonos farisaicamente cada vez que se desmantele una red de pederastas; podemos seguir reclamando hipócritamente penas más rigurosas para los criminales sexuales... y no habremos atacado la raíz del problema. Las acciones malignas que cada día se perpetran contra los niños no son fruto, como se pretende, de una perturbación que aflige a cuatro tipejos infrahumanos; son fruto de una ideología criminal que ha impuesto el naturalismo instintivo y la agresión constante a la infancia como formas de pensamiento comúnmente aceptadas. Un pensamiento criminal, por mucho que se disfrace de buenismo, acaba prohijando conductas antihumanas; y tales conductas no harán sino extenderse, mientras no se ataque la raíz del problema. Entretanto, podemos seguir reclamando cadena perpetua para los pederastas, para tranquilizar nuestra conciencia. ABC
www.juanmanueldeprada.com

"Carrusel" de dolor

Victoria Lafora, 1 de octubre de 2008
Dice el diccionario que un carrusel es un espectáculo en el que varios jinetes ejecutan vistosas evoluciones. La operación policial contra la pornografía infantil, en la que se ha detenido a ciento veintiuna personas, por tener y distribuir material pedófilo en la red, también se ha llamado "operación carrusel". Pero las vistosas evoluciones de sus autores solo han sido repugnantes y cobardes acciones de agresión y dolor contra unos niños.

Dice el diccionario que un carrusel es un espectáculo en el que varios jinetes ejecutan vistosas evoluciones. La operación policial contra la pornografía infantil, en la que se ha detenido a ciento veintiuna personas, por tener y distribuir material pedófilo en la red, también se ha llamado "operación carrusel". Pero las vistosas evoluciones de sus autores solo han sido repugnantes y cobardes acciones de agresión y dolor contra unos niños.

Nuevamente, los detenidos son todos hombres, sus edades oscilan entre los treinta y uno y los cuarenta años, las profesiones cubren un amplio abanico que van desde conserjes a pilotos comerciales, pasando por funcionarios, informáticos etc. En su inmensa mayoría respetables padres de familia. Incluso dos de los detenidos elaboraron los vídeos con niños de su propio entorno familiar y, al parecer, incluso los agentes de la Brigada de Investigación Tecnológica, bregados ya en estas vomitivas imágenes, han considerado los videos de "extrema dureza" por las agresiones a los menores. El dilema que se plantea es la libertad de la Red.

Internet se ha convertido en el más fantástico vehículo de comunicación planetaria. Ni las dictaduras pueden controlar la libertad de expresión de los blogs que escapan por las costuras de la Red a la censura. Pero los pederastas, los pedófilos, han encontrado también, en esta casa de la libertad, su nicho para sus aficiones execrables. Porque, para que ellos puedan intercambiar esos archivos, que cualquier ser humano normal seria incapaz de contemplar, un niño o una niña ha sido violados, agredidos, humillados, maltratados y lesionados sicológicamente de por vida. Solo por el placer de un depravado que luego, como los liberados de ETA, lleva una vida de ciudadano normal que paga sus impuestos, y defiende su respetabilidad.

El dramático asesinato de la niña Mari Luz, el fracaso de la Justicia en la persecución de un pederasta reincidente ha llevado a los dos grandes partidos a un principio de acuerdo en la necesidad de reformar el Código Penal para elevar las penas en las conductas de abuso a menores. La alarma y la indignación social que causan estas conductas aconseja no posponer mucho la modificación legal, dado que las unidades de la Guardia Civil especializadas en detectar este tipo de delitos de pornografía infantil en la Red están desbordadas. No hay que legislar en caliente, pero tampoco perder el tiempo. DSXXI


La red de los abusos

ANTONIO R. VEGA, 08-10-08
[...]
Basta con ver el ominoso memorial de presuntos pedófilos que ha dejado la «operación Carrusel» llevada a cabo recientemente; profesionales ejemplares, en algunos casos, que dejaban colgado su traje de ciudadano modelo en la percha de su casa.
Las descargas de archivos prohibidos, donde se mostraban abominables abusos a menores, han mandado al purgatorio del Código Penal a 121 traficantes de inocencias robadas y vejadas -37 de ellos en Andalucía- que en su mayoría no darán con sus huesos en la trena al carecer de antecedentes. Ignoro si la crisis alimenta la barbarie. Pero, desde luego, no tranquiliza saber que semejante turba de explotadores sexuales ha permanecido invisible a los ojos de una sociedad a la que de repente le desmontan el confortable cortafuegos que la protegía de los individuos que la amenazan y se ve arrojada sin protección a la inmensidad de las llamas.
Como el mal está ya hecho, la perversión saciada, el negocio amortizado y la virginidad adulterada, los poderes públicos optan por aplacar la ira de una opinión pública perpleja arrojando a los presuntos a los leones de los juzgados hasta que llegue otro asalto al excitante mundo de la comunicación «on line», soslayando así un incómodo debate sobre los límites éticos del oscuro océano virtual.
Como dijo el astuto zorro al ingenuo Principito para demostrarle que la rosa que habitaba su diminuto planeta era única en el universo: «Lo esencial es invisible para el ojo humano». A la postre, lo esencial es la inocencia perdida y profanada de los menores. Y ésta ni el más severo de los jueces podrá nunca devolvérsela.  ABC


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