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domingo, 02 de noviembre de 2008
INMEDIATA VUELTA A LA NORMALIDAD EN LA UN                                  VER CONCENTRACION DE REPULSA »CRONICA del ACTO »2 »3
«Iban a por nosotros»
Alumnos, profesores y trabajadores se conjuran contra el terror en la vuelta a la Universidad de Navarra el día después del brutal atentado
EFE/Jesus Diges 'Dessinunt odisse qui dessinunt ignorare'-Dejan de odiar en cuanto dejan de ignorar- fue el 'Decíamos ayer...’ de Fray Luis de León que resonó en una de las aulas

01.11.08 - JOSÉ MARI REVIRIEGO | PAMPLONA (EL CORREO)
María José, Marta y Mercedes, tres universitarias de Comunicación del campus de Navarra, miran en silencio la pared de la explosión, que aún está salpicada de un color rojizo. No es sangre, pero podía serlo. Esa gran mancha, que había desatado la inquietud entre los supervivientes tras la detonación, podría estar provocada por la pintura de una farola de color rojo, reventada por el coche-bomba. «Iban a por nosotros», comentan las alumnas, entre la perplejidad y el miedo. «Nuestro arma es el estudio», piensa en alto María José, procedente de Barcelona y aún «alucinada» por el ataque terrorista.

El día después del atentado de ETA a la Universidad de Navarra estuvo plagado de frases en favor de la normalidad, pero eso es algo difícil cuando aún se ven coches destrozados, bomberos que recogen cascotes de las salas y cristaleras hechas añicos. Al igual que el resto del alumnado, que suma alrededor de 15.000 jóvenes, las tres estudiantes de cuarto curso de Comunicación intentaban dar naturalidad a la vuelta a las aulas.

Los mensajes de apoyo fueron numerosos, tanto públicos como de carácter interno. Ellas recibieron un correo electrónico del profesorado en el que les instaban a «sentirse más orgullosos que nunca» de la institución académica a la que pertenecen. «Aunque vengamos de todos los sitios de España, el atentado ha hecho que estamos muy unidos entre nosotros», explican». Hemos regresado a nuestras prácticas y nuestros trabajos para que los terroristas no se salgan con la suya».

Lo mismo que Juan Ignacio, de 17 años y estudiante de Derecho, y Alfonso, 18 años y alumno de Antropología. Acudieron como todos los días a sus clases por la mañana. «Como si no hubiera pasado nada, pero con cierto respeto», reconocen los jóvenes, ambos madrileños. Aunque tratan de olvidar el trauma de la explosión, es difícil no hablar del tema. En muchas aulas, el primer mensaje del día fue un llamamiento a la tranquilidad. Los profesores leyeron un comunicado con la firma del rector en el que se emplaza al alumnado a actuar con normalidad, «que esto», en referencia al atentado, «ya había ocurrido otras veces».

Seis bombas desde 1979, algo que Maite, una de las secretarias veteranas, ha padecido en este tiempo. «Una vez pusieron una el día de San Fermín, otra a la hora de comer, en otra ocasión fue cuando habíamos salido de trabajar...». De todas ellas, la explosión del jueves es la que más cerca le ha tocado. Estaba en su despacho, próximo a parking de la deflagración, y la ventana reventó. «Menos mal que estaba como de medio lado. Salí llorando, pero sin rasguños». Ayer numerosos docentes la consolaban al pasar junto a su oficina, vacía y con trozos de cristal desparramados por la mesa del ordenador, sillas y el suelo. Ella no ha dejado de trabajar y ocupa provisionalmente una sala de al lado. «Podía haber sido mucho peor. Menos mal que llovía y hacía frío. Por eso yo no salí en ese momento a la calle de camino a otro edificio», se congratula. La suerte también se alió con diez compañeras suyas que estaban tomando el café de las once de la mañana en la sala más cercana a la zona de la explosión.

Ha sido «un milagro". El padre Modesto, profesor de Ética y Filosofía, lo repite poco antes de acudir a la concentración celebrada a mediodía en la explanada del campus. No se explica la fijación de ETA con esta universidad. «Nosotros respetamos a las personas como son. Ellos atacan la justicia, la tolerancia, el progreso, las libertades y la inteligencia, valores que aquí cultivamos». El sacerdote reflexiona en alto, con la mirada puesta en el cielo, otra vez pletórico de nubes. «En la comisión del mal, podría llegar a entender a un pobre que comete un atraco. Pero los de estos es destruir por destruir. No hay razón justificada a su barbarie».

En la concentración

La concentración de repulsa al atentado sirvió también a Javier, de 21 años y natural de Getxo, para reencontrarse con sus colegas del aula 18, una de las más afectadas por la bomba. En el momento de la explosión, él estaba «acabando un trabajo» en el colegio mayor. Tras el estruendo, se temió lo peor: «Creía que me había quedado sin compañeros de clase». Aunque alguno de ellos ha sufrido heridas y cortes, todos salvaron la vida. «He sentido una alegría enorme al verlos», confiesa.

Al término del acto de repulsa, que contó con la asistencia de representantes de todos los partidos del arco parlamentario navarro, muchos jóvenes utilizaron sus teléfonos móviles para grabar de cerca a los políticos, sus gestos y declaraciones. Otros retomaron sus quehaceres estudiantiles, entre paragüas, carpetas y el olor a celulosa de los folios. Parte de la comitiva institucional se dirigió hasta la ermita del campus, en un recorrido promovido por la universidad, para realizar una ofrenda floral a la Virgen del Amor Hermoso, patrona de la institución, vinculada al Opus Dei. En silencio, grupos de jóvenes paseaban entre los improvisados pasillos creados por las zonas aún acordonadas. Hacían fotos a la pared roja de la explosión y daban una explicación más poética a su color. Son las hojas cárdenas arrancadas de los ciruelos, mezcladas con barro. Los árboles siguen en pie.
EL CORREO


El campus recuperó este viernes su latido cotidiano

 La Universidad de Navarra reanudó sus clases para las ocho de la mañana con el objetivo de instaurar la normalidad cuanto antes tras el atentado del jueves. Pero el día después fue especial: "Hay más silencio de lo normal", dijo un alumno
· La actividad académica convivió con las labores de limpieza y reparación, centradas en el Edificio Central, su aparcamiento y la biblioteca

VER »Estudiantes, ayer, en el bar del Edificio Central.

DN . PAMPLONA Sábado, 1 de noviembre de 2008
ERAN las once de la mañana de ayer cuando el catedrático Manuel Martín Algarra entró en el aula 2 del Edificio de Ciencias Sociales de la Universidad de Navarra para impartir una nueva clase de la asignatura Teoría de la Comunicación, de 1º. Cerca de 90 alumnos, sentados dispuestos a escucharle. Pero lo primero que hizo el profesor no fue hablar, sino escribir. En la pizarra, y en mayúsculas: Dessinunt odisse qui dessinunt ignorare. Es latín. En castellano, Dejan de odiar en cuanto dejan de ignorar. 24 horas antes, un coche bomba había estallado en el aparcamiento junto al Edificio Central del campus.

Éste fue un ejemplo de cómo la Universidad de Navarra reanudó ayer su actividad ordinaria después del atentado de ETA del jueves, que provocó 31 heridos leves, daños en edificios y 100 coches, el desalojo de todo el recinto universitario y la suspensión de toda actividad en él. Ésta se retomó a primera hora de ayer y para las ocho de la mañana ya hubo clases. "Nos tenemos que dedicar a difundir el conocimiento, que es la normalidad aquí, y eso conduce a la paz", dijo Manuel Martín Algarra a sus alumnos, entre los que, por cierto, nadie supo traducir la frase de la pizarra.

Cuando los cerca de 9.100 estudiantes, más de 1.600 profesores y unos 1.000 trabajadores de administración y servicios con los que cuenta la UN llegaron ayer al campus pudieron leer en sus correos electrónicos una carta que a última hora del jueves les envió el rector, Ángel J.Gómez-Montoro. En él, les manifestó que "además de mantener la serenidad, rezar y perdonar, no hay respuesta mejor al atentado que retomar hoy mismo (por ayer) nuestra vida universitaria en las clases, los laboratorios y las consultas médicas". "Vuestra capacidad de reacción es un estímulo", añadió el rector en su texto. "Nos anima a todos a recomenzar de nuevo".

Leyre Mas Beloqui, de 21 años, recomenzó ayer. "Cuando he pasado por el aparcamiento para venir aquí lo he hecho más rápido que otras veces", reconocía esta alumna de 3º de Publicidad, a quien la explosión del coche bomba le sorprendió en la cafetería del Edificio de Ciencias Sociales. "Al principio pensé que la explosión había sido por un rayo que había caído encima del edificio, pero al ver que el cristal retumbaba en la cafetería y que la puerta se abrió... Estábamos pocos, nos quedamos en silencio y enseguida dijimos que había sido una bomba", explicaba. "Cuando regresamos a clase había un policía gritando que había otro aviso y que teníamos que salir. Dejé todas las cosas en clase. Fuera estaba todo el mundo llorando y corriendo, no podíamos acercarnos a los edificios ni los aparcamientos y nos mandaron que rodeásemos los edificios corriendo por el césped como locos. Ahí me entró la llorera". Sus cosas fueron recogidas por la tarde por una amiga de clase, que bajó al campus para que su hermana, que trabaja en el Edificio Central, reconociese su coche, uno de los afectados por el atentado.

Por su parte, Antonio Lechuga Carreira, de 21 años y delegado de la Facultad de Derecho, aseguraba ayer estar viviendo el día después "no con miedo, pero sí con un poco de tensión". "Pero desarrollamos ya la vida normal y esto no nos va a condicionar para nada", aclaró Lechuga, alumno de 4º de Derecho.

"Es un día de volver a empezar"

A media mañana, poco antes de que miles de personas se concentraran en silencio en la explanada de Comunicación para condenar el silencio el atentado del jueves, los pamploneses Carlos Pacheco Peña y Santiago Barbero Ortega, estudiantes de 2º de Arquitectura, permanecían inmóviles delante de la cinta de Policía Municipal que mantenía acordonado el aparcamiento en el que estalló el vehículo. Observaban la pared del ala derecha del Edificio Central, la más dañada por el ataque y que ayer, aunque quedó en parte tapada por lonas, todavía mantenía las manchas negras del fuego y salpicaduras de pintura roja. Por todas sus ventanas emanaba un notable olor a quemado. "Se siente un vacío", exponía Pacheco. Tanto él como Barbero se encontraban en Arquitectura el jueves a las once de la mañana. "Se movió la estructura, algunos cristales se movieron y creímos que alguien se le había ido de las manos alguna máquina en el Laboratorio de Edificación", dijo Pacheco, para quien ayer en el campus había "más silencio de lo normal". ¿Y miedo? "Miedo, no. Porque no hubo clase ayer (el jueves) por la tarde que, si no, yo bajaba", añadió Barbero. Detrás de ambos, en la plaza del Edificio de Bibliotecas, la Policía Municipal controlaba la entrada y salida de las grúas de seguros encargadas de llevarse los coches que había sido perjudicados por la explosión. Alrededor de las dos de la tarde se llevaron el último que quedaba.

También al equipo rectoral le tocó ayer recuperar el ritmo que mantenía hasta que se lo sobresaltaron. "Es un día de volver a empezar", analizó la vicerrectora de Alumnos, María Iraburu. "También un día de mucho agradecimiento. Hoy, tras un día de asimilación, es cuando nos damos cuenta de que ha sido providencial que no haya ocurrido una masacre. La sensación de irrealidad por la irracionalidad del terrorismo es muy fuerte".

Iraburu participaba en una reunión en el primer piso del ala derecha del Edificio Central en el momento del atentado. "Se rompieron los cristales de la sala, vimos el fuego y el humo y supimos que era un atentado desde el primer momento", señaló. "Recordaré siempre los tres minutos que tardamos en ir al sitio para comprobar si había alguna víctima".

Por otro lado, la mañana de ayer acogió la ofrenda de dos ramos de flores a la Virgen del Amor Eterno, con capilla en el campus. Uno fue depositado por los delegados de los alumnos, Pía García Simón y José Antonio Gil Álvarez. El otro, por los empleados de Alumni y del Servicio de Admisión. Gracias por protegernos y ¡Muchísimas gracias porque todos estamos bien! , decían sus dedicatorias respectivas.

Defensa de tesis en un hotel

El mismo jueves, hubo a quien la barbarie terrorista no le truncó la normalidad, sino que simplemente se la disfrazó. Es el caso de Carlos Hernández, quien ese día, a las once y media de la mañana, tenía previsto defender su tesis doctoral El test sustantivo de control de concentraciones en el Derecho Comunitario: complejidad económica y discrecionalidad en el Aula Magna de un Edificio Central que sólo veinticinco minutos antes tuvo que ser desalojado tras el atentado. El director del trabajo, el profesor Francisco de Borja López-Jurado, vicerrector de Ordenación Académica, expuso el problema al rector, Gómez-Montoro, y éste le respondió "hay que seguir adelante".

Los miembros del tribunal, llegados desde distintos puntos de España, fueron informados de que la vida académica debía seguir su curso y, entre la confusión, se encontró una digna: Hernández defendió su tesis en el salón Géminis del Hotel Blanca de Navarra pamplonés. Sobresaliente cum laude por unanimidad.

El rector de la UN destaca la vuelta a la normalidad

El rector de la Universidad de Navarra, Ángel Gómez Montoro, destacó ayer la vuelta a la normalidad "en la docencia y la investigación". "No van a pararnos. Vamos a seguir trabajando sin temor y sin rencor", apuntó. El rector agradeció a Dios que no haya habido heridos graves. También mostró su agradecimiento a la comunidad universitaria, a los bomberos, policías, instituciones, antiguos alumnos y a representantes de otras universidades.


TESTIMONIOS
— "He estado rezando por los terroristas" MARTA G G 21 AÑOS. PUBLICIDAD
"Me asusté mucho cuando vi el humo, temíamos que explotase otro coche. Ahora estoy mejor, he aprovechado los minutos de silencio para rezar por los que pusieron las bombas, para que puedan arrepentirse".


— "Ha sido un milagro que no haya muertos"  IDOIA A B 19 AÑOS. PERIODISMO
"Ha sido un milagro que no haya muertos, porque mucha gente pasaba por allí, gente que conocía. Por eso me parece importante reunirse y dejar claro que ya está bien, que estamos en contra del terrorismo"

—"Lo peor es temer por la vida de los tuyos" NN3

— "Acabaremos con ellos, no tenemos miedo" NN4
— "Anima saber que somos más que ellos" NN5
— "Cuando iba a la "uni" sentía un poco de miedo" NN6

DDAVARRA


LOURDES FLAMARIQUE ZARATIEGUI PROFESORA DE LA UN
"Supe que era una bomba pero no sabía lo cerca que estaba"
- Lourdes Flamarique impartía una clase de Filosofía en el aula 18 del Edificio Central, justo al lado del coche bomba, en el momento de la explosión.

B. ARMENDÁRIZ . PAMPLONA Sábado, 1 de noviembre de 2008
Ella y doce alumnos estaban, como se suele decir, en el momento menos oportuno en el lugar menos indicado. La pamplonesa Lourdes Flamarique Zaratiegui, doctorada en 1987, es la profesora de Filosofía que impartía clases en el aula 18, la más próxima al coche bomba.

¿Cómo vivió la explosión?

Llevábamos una hora de clase de Corrientes Actuales de la Filosofía. Estaba hablando, explicando una cuestión, cuando explotó la bomba, la conmoción, la sacudida e, inmediatamente, hubo una lluvia de cristales, se desencajo la ventana y vimos las llamas...

¿Fue consciente de que se trataba de una bomba?

Sí, yo creo que todos porque el destrozo fue tremendo: mobiliario, cristales, hasta se cayó el falso techo... Además, el fuego lo teníamos en la ventana. Incluso, esas cosas que te pasan en esos segundos, pensé: "Me tenían que doler los oídos y no me duelen". En ningún momento tuve la duda de que se trataba de una bomba, aunque lo que no sabía era lo cerca que había estado, justo al otro lado de la ventana.

¿Qué hizo?

No sabría decir qué hice justo en esos segundos después del estallido... En ese momento no ves todo lo que cae... Pese a las heridas por los cristales, reaccionamos con cierta tranquilidad. No voy a negar que hubo algún grito y algún alumno se tiró al suelo pero no fue generalizado. Ni siquiera salimos del aula. Yo me quedé en mi sitio, donde estaba, junto a la pizarra. No es que nos quedáramos paralizados, porque estábamos dispuestos para salir, pero fue otra persona la que nos abrió la puerta desde fuera y nos dijo que saliéramos. Yo hasta recogí todas mis cosas.

¿Cómo vio a sus alumnos?

Ellos sintieron todo mucho más que yo. La fuerza misma de la bomba afectó más a una zona del aula que a otra y desde luego más a la zona de los alumnos que a la mía. Por eso su alarma es más natural y, aún así, lo que percibí era cierta calma. No vi ninguna escena de especial tensión ni de pánico.

¿Le sorprendió?

Me sorprendió pero positivamente porque uno nunca sabe cómo va a reaccionar en un momento así. Me sorprendió que la gente fuera tan templada. Íbamos saliendo con calma, preguntando a los compañeros cómo estaban...

¿Y estaban bien?

A dos que tenían las heridas más claras, en la cabeza y en la pierna, los trasladamos en coches particulares a los hospitales. Luego estuve con una de ellas y sus amigas tomando un café. Es de Zaragoza y, en lugar de irse a casa, se quedó hasta la concentración y eso es significativo. En vez de irse y apartarse, ella se ha querido quedar para mostrar su repulsa. Ese gesto lo dice todo.
DDN

Los ecos del atentado

Seis personas vinculadas a Burgos relatan cómo vivieron las horas posteriores al atentado en la Universidad de Navarra

EFE- 03 NOV 2008- BURGOS (diariodeburgos.es)

El pensamiento frente a la sinrazón
Javier B. G.
5º de Periodismo y Filosofía de la Universidad de Navarra

Apenas había entrado a la nave industrial que sirve como sede del Banco de Alimentos de Pamplona cuando vibró mi teléfono móvil. Era Rafael, un compañero de clase que llamaba para preguntarme si estaba bien. Inmediatamente reveló el motivo de semejante preocupación. Un coche bomba había estallado a las once en punto (media hora antes) en el Campus de la Universidad de Navarra, y los datos eran todavía confusos. Se desconocía la ubicación exacta del vehículo y los daños personales y materiales que había causado.

La noticia, como es lógico, me impactó profundamente. En ese momento, mi mayor preocupación giraba en torno a amigos y conocidos, pero ningún profesor, empleado o alumno me resultaba indiferente. Cualquiera podía haber estado cerca del coche cargado de explosivos en el momento de la deflagración. Además, la incomodidad propia de la situación se acrecentaba por el motivo que me había llevado hasta el Polígono Agustinos de Pamplona, alejándome del acto criminal. Tenía concertada (junto con María, otra compañera de clase) una entrevista a las once y media con Carlos Almagro, presidente de la Fundación del Banco de Alimentos, y mi móvil no paraba de sonar.

Antes de entrar al despacho de Almagro llamé a mis padres. Ellos tenían que ser los primeros en recibir una llamada tranquilizadora. El periodista nunca debe llegar tarde a una cita con sus fuentes, pero creo que la excepcionalidad de la situación justificaba plenamente mi proceder. Por otra parte, realizar una buena entrevista no fue fácil. La cabeza de María y la mía se evadían constantemente hacia la universidad, nuestra universidad, víctima de la barbarie etarra por sexta vez desde su fundación (en el año 1952). La cascada de llamadas a nuestros móviles tampoco ayudaban a disponer de unas mínimas dosis de tranquilidad, que finalmente fueron otorgadas por la paciencia y la simpatía de nuestro interlocutor, totalmente consciente de nuestro nerviosismo.

En cuanto salimos de la nave industrial, una hora después, no perdimos la oportunidad de seguir con la ronda de llamadas a amigos y familiares. En ese momento ya disponíamos de algunos datos sobre el atentado. Sabíamos que el coche había explotado en el aparcamiento situado junto al Edificio Central, y que en principio no había habido víctimas mortales. Un rato después, los Telediarios desvelarían una escalofriante información: la banda terrorista, por omisión u error, había avisado a la DYA de Vitoria de la colocación de un coche bomba en el campus universitario, sin precisar a qué centro docente se referían. Las pesquisas de la policía se dirigieron a la opción más lógica: pensar que la explosión iba a tener lugar en el campus de la capital alavesa. Esto impidió el desalojo de la Universidad de Navarra, lo que evidenció la posibilidad real de que se hubiera producido una auténtica masacre.

En apoyo de esta teoría, las imágenes de las llamas en el Edificio Central y de los destrozos en Bibliotecas no dejan lugar a dudas. La carga explosiva del vehículo (cerca de ochenta kilos de dinamita) tampoco. Hay quienes tildan de milagro el escaso balance de daños personales (unos pocos heridos, y ninguno de gravedad). Otros los atribuyen a la casualidad o a la suerte. Que cada cual juzgue según los datos disponibles, pero cuesta encontrar una explicación lógica a la ausencia de víctimas mortales en un lugar tan concurrido y en hora punta.

El viernes se reanudaron las clases con una asistencia masiva del alumnado. Todo un golpe a los asesinos, que una vez más contemplan la ineficacia de su salvaje modo de proceder. Si pretendían sembrar las aulas de miedo, creo que han perdido el tiempo. La concentración a las doce en la explanada de la Facultad de Comunicación corrobora esta tesis. Asistí a ella junto a mis compañeros de clase y miles de personas que desafiamos a la lluvia para rechazar a la organización criminal en un bonito acto. Fueron cinco minutos que simbolizaron dos cosas: el rechazo perenne a la violencia de los asesinos y el triunfo, una vez más, del pensamiento frente a la sinrazón.

Silencio más fuerte que el ruido
Jorge Tárrago
Profesor de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Navarra

No me encontraba en ese momento en la Universidad. Aunque tenía previsto ir a la Escuela de Arquitectura hacia las 10 de la mañana, otros motivos retrasaron este plan. La casualidad quiso que estuviera hablando por teléfono con otro profesor que sí se encontraba en la Escuela, escuchando en directo la explosión. Los primeros instantes fueron de lógica angustia ante la confusión de las noticias, y de mucha preocupación por la suerte de alumnos, empleados y profesores.

De tantos amigos. Acabamos de volver de una impresionante concentración silenciosa de toda la comunidad universitaria, bajo la lluvia. Un silencio intenso que me ha hecho recordar unas palabras, si no recuerdo mal, de George Steiner: ‘cuando la polis está llena de salvajismo, nada más resonante que el poema no escrito’. Nuestro silencio es más fuerte que el ruido de las bombas.

Lugar del diálogo
Ramón Salaverría
Director del Laboratorio Multimedia de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra

ETA ha intentado matar indiscriminadamente en la Universidad de Navarra. No es la primera vez. En esta ocasión, sin aviso previo y a una hora de máximo tránsito de personas, ha colocado un potente coche bomba con el deseo de acabar con la vida de quien pasara por ahí: alumnos, personal de servicios, profesores. Afortunadamente, no lo ha conseguido.

Con esta acción despreciable, pretendían hacer daño a una institución y a unas personas que, a diferencia de esa banda de criminales, trabajamos día a día por el progreso de la sociedad navarra.

La Universidad es el lugar del pensamiento, del diálogo, de la razón. Quienes trabajamos aquí sabemos que ese es el motivo de que quieran acabar con nosotros, pues representamos valores diametralmente opuestos a los de ETA. Y a mucha honra.


Gracias
Marina P. S. estudiante mirandesa de Periodismo en la Universidad de Navarra

Durante el momento del atentado me encontraba en el Edificio de Ciencias Sociales, en clase. Imagino que los lectores ya conocerán lo ocurrido, pues ha habido un gran despliegue de medios, declaraciones y cobertura informativa durante las veinticuatro horas. El motivo de estas líneas no es describir la sensación de incertidumbre, desasosiego y tensión que se vivió en aquel momento. Lo que pretendo es, en primer lugar, dar las gracias a todos los que se han solidarizado con nosotros, con sus oraciones y muestras de apoyo. Quiero referirme en especial, a todas las Universidades españolas que se han unido a nuestros cinco minutos de silencio. Con este gesto, siento cómo se refuerza la idea que la Universidad de Navarra trata de transmitir a sus alumnos, esa idea que ayer, mediante el odio y la violencia más despreciable, trataron de destruir: la verdad nos hará libres. Ochenta kilos de explosivos no conseguirán matar la libertad. Mientras sigamos unidos, en defensa de la verdad y de los derechos de los ciudadanos, mantendremos la esperanza. Por otra parte, quiero hacer un llamamiento. No podemos olvidar que somos los ciudadanos (estudiantes, peluqueros, periodistas, taxistas...) los responsables de nuestro país. Espero que, de ahora en adelante, participemos mucho más en la vida política. Respiramos tranquilos al saber que no ha habido víctimas mortales, pero no podemos conformarnos. Cuando he leído la carta del Rector animándonos a la tranquilidad y al perdón, cuando he escuchado las palabras de apoyo de políticos y amigos, me he sentido orgullosa. Esta bomba sólo ha servido para demostrar que tengo razones para estarlo.

Atentado en la Universidad Paloma L. U.
alumna de Periodismo de la Universidad de Navarra

Han pasado cuatro días desde que ETA atentara contra la Universidad de Navarra. Viví este acontecimiento en primera persona, pero a 500 metros del lugar de los hechos. A las 10.45 de la mañana entraba en mi casa cuando escuché un tremendo estruendo que en un principio confundí con una tormenta. Yo nunca había vivido un atentado tan de cerca. Tardé unos segundos en reaccionar, porque no podía identificar aquel sonido. No quería creer que lo que había oído era el estallido de una bomba. Inmediatamente me asomé al balcón desde donde se divisa el campus y descubrí con horror que mis oídos no me habían engañado. Una columna de humo negro y denso se elevaba entre los edificios de Comunicación y Bibliotecas. Yo acababa de estar allí hacía 10 minutos. Otros jueves yo hubiera estado en la biblioteca, pero no sé por qué ese día decidí volver antes a casa. Momentos de angustia, rabia contenida entre las compañeras de piso. ¿Por qué en la universidad? ¿Por qué en cualquier sitio?

Vivo muy próxima al campus, por lo que a los 10 minutos de la explosión mi casa se llenó de compañeros que subían a escuchar la radio o a ver la televisión en busca de información. Los móviles de todos echaban humo, nuestras familias asustadas, no sabíamos si había algún compañero herido, no nos dejaban acercarnos al lugar de la tragedia, todo el recinto estaba acordonado. Fueron unos minutos de inquietud terribles hasta que comenzaron a salir las primeras noticias e imágenes aclarando que no había ningún herido grave. Con el paso de las horas la «tranquilidad» volvió a nuestro entorno. Dicen que las personas de nuestra generación no nos movemos por nada ni ante nada. Pero el día 31 cientos de jóvenes en Pamplona y miles en toda España salimos a la calle a condenar este nuevo repugnante atentado de ETA. Como alumna de la UN agradezco desde aquí el apoyo y la solidaridad mostrados por las diferentes universidades que secundaron esta iniciativa. Y de igual manera a todos aquellos que sin pertenecer al mundo académico dieron muestras de repulsa y nos mostraron su cariño.

El corazón en un puño
Alfonso Vara, profesor de Economía

Tenía por delante dos horas de clase con el grupo B de primer curso, en el aula 2 de CC. Sociales. Delante, unos 90 alumnos charlaban, sacaban el manual, preparaban los folios o sin más, miraban como sólo saben mirar los de primero. Estaba sentado, abriendo la web que correspondía al tema 5.

Hoy lo iba a bordar...

Y todo tembló. Aquello sólo podía ser una cosa: una explosión brutal, quizá una bomba. De primeras no pensé que hubiera sido en el campus, pero salí de la clase, me asomé al pasillo. Veo una inmensa columna de humo negro elevándose desde la zona del Central. Con el miedo en el cuerpo, los alumnos comienzan a ponerse nerviosos, no saben qué hacer. Veo pasar a Javier M. que sale de NT. «En el Central, ha sido en el Central», le digo. Asiente serio con la cabeza, mientras avanza a paso ligero mirando la columna de humo.

Pido a los alumnos que vuelvan a entrar en clase, que tengan tranquilidad. Una vez dentro, me planteo cuál es la mejor decisión para su seguridad, si permanecer o evacuar. Miro al fondo de la clase. Me fijo en los ventanales. ¿Quién no me dice que haya otra bomba? Les sugiero que recojan sus cosas, evacuen el edificio sin carreras, evitando acercarse a los cristales y que se dirijan a la explanada. Con el rabillo del ojo compruebo que varios alumnos están ayudando a Ana Z., invidente, a bajar las escaleras. En medio de la barbarie siempre hay espacio para la generosidad. Es la línea que nos separa a ellos de nosotros.

Me dirijo hacia la consejería del edificio, donde me encuentro con la decana, Mónica H., Manuel M. A. y Sonsoles S.. Los bedeles comentan que la explosión ha sido en la zona de Oficinas Generales. ¿Bomba? «Sí, un coche bomba en el aparcamiento, nos lo acaban de confirmar». Decidimos acercarnos a la zona, al sendero que une la explanada de Ciencias Sociales con el edificio de Arquitectura. Mientras avanzamos, trato de telefonear a Camino, pero la red está saturada. Le envío un sms: «estoy bien». Trato de hablar con mis padres, pero no hay forma. Han pasado 9 minutos desde la explosión.

Y entonces vemos la barbarie, las llamas en torno al ala izquierda del Central. Y me traslado mentalmente al interior y sé que ese despacho en llamas es el de Dirección de Personas. Y me angustia pensar qué ha podido ser de mi amigo Javier M., o de sus colaboradoras. O de José E.. O de Rosa. O de Jorge R. O de José Luis. O de las decenas de alumnos que suelen pasar a esas horas por esa zona. Se cierra el estómago, el corazón se encoge y rezo para mis adentros para que todos estén bien, aunque me temo lo peor.

Nos desalojan de la zona y decido volver a CC. Sociales. Me refugio en el Seminario de Información Económica, un local interior bien guarnecido. Me conecto a Facebook y cambio mi «status». Mientras, consigo hablar desde una línea fija con mi hermano Rubén. Le tranquilizo y le pido que hable con el resto de la familia. Comienza a llegar una avalancha de mensajes: la red sigue saturada y recibo un pelotón de llamadas perdidas. Más de 45 en veinte minutos. Y pienso en esas 9.000 madres, 9.000 padres, 9.000 hermanos que tendrán el corazón en un puño, tratando de localizar a sus hijos, a sus hermanos...

En internet comienzan a dar cifras de heridos: 7, 14, 17... Al parecer, todos leves. Y no me lo creo, pero le doy gracias a Dios y le pido que no haya muertos, que proteja a nuestros chicos. Llamo a un amigo en la Clínica Universitaria y me confirma que milagrosamente todos los heridos son leves. Me cuenta la historia de varios colegas que salvaron la vida por ese café de media mañana: sus despachos están destrozados. Mientras, siguen llegando al correo electrónico y a través de Facebook decenas de mensajes de ánimos de antiguos alumnos.

Recojo el portátil, salgo al pasillo y me encuentro con Paco S., Samuel N., la decana, Manuel M., Sonsoles S., D. Eduardo, Ramón S. y Josean. Me cuentan que aunque no hay orden de evacuación del edificio, no podemos sacar los coches. Decido quedarme a que la cosa se tranquilice y me voy a la secretaría de la Facultad con Mónica, Manuel y Sonsoles para atender posibles llamadas. Por fin se va descongestionando la red y mi móvil -y el del resto - comienzan a estar operativos así que aprovechamos para tranquilizar a la familia, a los amigos, a los vecinos.

Por fin contactamos con colegas de la Facultad y de Rectorado, que nos dan la última información: 18 heridos leves, no ha habido aviso previo a la Universidad y se pretende recuperar la normalidad cuanto antes.

Y descubro - una vez más y no termino de acostumbrarme - que en un día tan gris, tan espeso, con esa tristeza que se corta con tijeras, los antiguos se acuerdan de nosotros, nos envían sus mensajes de aliento, de ánimo, nos acompañan. Palabras que nos ayudan más de lo que puedan imaginar. Y llama un antiguo delegado de la facultad. Y llaman desde Brasil, de Madrid, de Barcelona, de San Sebastián, de La Coruña... También llaman algunos alumnos preguntando por el examen que iban a tener hoy por la tarde.

También medios de comunicación. Incluso una cadena de televisión nacional nos pregunta si la facultad ha ordenado a los alumnos sacar las cámaras de televisión que se usan en prácticas para grabar las imágenes del atentado.(¿!)

Hoy ha sido posiblemente el día más duro desde que trabajo en la Universidad. Pero mañana volveremos a estar ahí. A las 8 de la mañana. Y volveré a descubrir que los de primero miran como no miran los demás.
Quizá tengan sueño. Pero no temor ni rencor.   
 DIARIO DE BURGOS
___
PS

El Sindicato de Estudiantes condena el atentado

magisnet.com    5 de noviembre de 2008  

A las numerosas muestras de solidaridad con la Universidad de Navarra después del atentato con coche bomba de la semana pasada se ha sumado el Sindicato de Estudiantes (SE). El comunicado expresa, en primer lugar, toda la “solidaridad y apoyo a los heridos”. Y añade: “este brutal atentado, que ha puesto en riesgo la vida de estudiantes y profesores de la facultad, es una agresión completamente inaceptable que el Sindicato de Estudiantes rechaza rotundamente”. 

Desde esta organización estudiantil se preguntan “¿en qué  ayudan los coches bombas a la lucha del pueblo vasco a favor de los derechos democráticos y por una Educación pública de calidad y euskaldún?”. “Absolutamente en nada”, responden.

Finalmente el comunicado señala que “la profunda crisis del capitalismo que estamos viviendo y que afecta directamente a los jóvenes, que somos las primeras víctimas del crecimiento explosivo del paro y de la privatización de la Educación pública,  demuestra que bajo este sistema no podemos esperar ninguna solución”. El SE solo confía “en nuestra voluntad y conciencia colectiva, en la lucha unida, masiva y organizada de todos los jóvenes y trabajadores para transformar la sociedad”. MAGISnet


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