«El niño siempre está desafiándome»
Cientos de casos de familias insomnes por la actitud anormal de sus menores se cruzan en los talleres de mediación del Ayuntamiento cordobés
RAFAEL A. AGUILAR- 09 NOV 2008- CÓRDOBA (ABC)
Hay conflictos entre padres e hijos que es imposible resolverlos en casa. Lo saben bien las 867 familias cordobesas que en estos momentos se benefician de los equipos de mediación municipal de la Delegación de Bienestar Social, que tratan de enderezar la conducta problemática, antisocial o violenta de los más pequeños del hogar.
Un informe elaborado por el Departamento de Servicios Sociales Comunitarios del Ayuntamiento detalla que 216 de los 867 casos citados reciben apoyo de unidades de convivencia, mientras que otros 45 han llegado a una situación límite. En el lenguaje administrativo, se denominan «problemas graves de integración social», entre los cuales se incluyen el absentismo y los desajustes graves en los centros educativos. La citada unidad del Consistorio incluye algunas líneas de actuación más, como son las escuelas de verano para padres e hijos y servicios de apoyo socio-educativo.
El informe de los Servicios Sociales Comunitarios precisa que «se trabaja a nivel preventivo, para evitar que empeoren situaciones familiares de riesgo, además de dar un tratamiento individualizado a las familias que lo precisan».
No obstante, cuando los técnicos municipales detectan que el trastorno de la convivencia doméstica es más grave debido a la conducta del menor o de los menores en cuestión, envían a los padres directamente a Salud Mental, que es una de las unidades del Hospital Reina Sofía y que cuenta con especialistas en tratamientos para menores.
¿Cuáles son las causas que desencadenan un comportamiento asocial de los menores en el seno familiar? «Son múltiples», señala Susana Barrilero, que es una de las responsables del taller de orientación familiar que se desarrolla en el centro cívico de Levante, en el que se integran treinta y dos padres y madres. «Muchas actitudes extrañas o anormales de los niños están relacionadas con la ruptura de la pareja, o con problemas económicos y con trastornos mentales de los padres», añade esta educadora comunitaria. «Pero cada caso es cada caso», agrega.
«Cuando los chicos son ya adolescentes, puede ser que el ámbito familiar no sea el causante de sus problemas, sino que vengan dados por motivos propios, debido a que ellos mismos, en sus relaciones sociales, hayan entrado en conflicto con algo que es ajeno a los padres», tercia Marta Luna, que también es educadora comunitaria en el centro cívico situado en la avenida de Carlos III.
Los talleres de mediación en los que se emplean estas dos profesionales son uno de los vehículos que el Consistorio pone a disposición de los ciudadanos para calmar controversias familiares. En estos programas participan tanto los padres como los hijos. Son las madres las que acuden, más que los padres, a pedir ayuda a los centros cívicos por este asunto.
ABC
No tiene conciencia un padre primerizo de en qué lío se puede estar metiendo. Puede haber sólo un paso del niño tierno y dulce que apenas sabe andar y al que hay que dormir con la luz tenue y un vídeo de Blancanieves a un sátrapa doméstico, cuando no a un mozalbete con preocupantes conductas agresivas y antisociales. Cientos de casos de familias insomnes por la actitud anormal de sus menores se cruzan en los talleres de mediación del Ayuntamiento. Algunos de los perfiles más comunes son los siguientes.
«Sólo está con el ordenador»
No se trata sólo de un problema de adicción a las nuevas tecnologías, que ya de por sí requiere una intervención de especialistas en salud mental, sino de una deriva asocial con múltiples consecuencias para el menor de edad que la sufre y para la familia que ha de convivir con él. «Mi hijo se ha quedado sin amigos: se pasa el día, o la noche, delante del ordenador, conectado a internet o jugando con él, y se ha olvidado del resto del mundo». Con esta explicación se presentaron unos padres ante los mediadores de los Servicios Sociales Municipales. El cuadro era más grave de lo que parecía. El chico, de quince años, había dejado de asistir a clase, cuando la escolarización es obligatoria hasta los dieciséis.
«Se asoma a la ventana de su cuarto por la mañana temprano, cuando sus compañeros se dirigen al colegio, y casi ni los saluda: no va y se queda en casa encerrado todo el día», apostillaron los progenitores de este adolescente trastornado. Como muchos otros que arrastran el mismo problema, el menor en cuestión había invertido su horario de sueño: se metía en la cama por la mañana y por la noche era cuando estaba activo, si es que a pasarse siete u ocho horas delante de la computadora se le puede llamar actividad.
El chico desarrolló pronto agorafobia -es frecuente en estos casos- y su parientes notaron que comenzó a descuidar el aseo personal. Como no salía a la calle, no le importaba tener mal aspecto, ni estar meses sin pelarse o días sin ducharse. En estos casos, los técnicos municipales remiten a los padres a psicólogos especializados. Los talleres no bastan.
«Mi hija me saca dos cabezas»
La niña tenía bastante más cuerpo que su padre. Apuntaba desde pequeña, pero ya cuando era adolescente empleó sus hechuras como elemento de presión. Y vaya si lo era. «El otro día la castigué, le dije que no salía de casa, que no iba a ningún sitio, y la niña me dijo que sí que salía, que claro que salía: y qué va a hacer uno, si es que me saca dos cabezas», le confesó apesadumbrado un vecino a las mediadoras familiares del centro cívico de Levante. Era un cuadro clásico: los progenitores que han perdido las riendas de la educación de sus vástagos, que de la noche a la mañana han visto cómo han dejado de ser unos niños para convertirse en jóvenes exigentes, respondones y, en ocasiones, agresivos.
«No sé cómo frenar a mi hijo», lamentó otro ciudadano ante los especialistas municipales, que le recomendaron que se integrara en las terapias de grupo semanales.
«Hemos ido a un psicólogo»
María es una vecina de Levante que vive sola con su hijo de nueve años desde 2006, cuando dejó a su pareja y padre del menor. La difícil situación que se le planteó, compatibilizar los cuidados del pequeño con su actividad laboral, la ha obligado a recurrir a la ayuda de los talleres de mediación municipales. «Supongo que el niño acusó la separación, y desarrolló desde entonces una actitud problemática a la que ya apuntaba antes de que su padre y yo decidiéramos no vivir juntos», confiesa esta joven madre.
«El niño es ahora muy nervioso y hasta violento: en el colegio se pelea con todo el mundo, y sus profesores me llamaron la atención sobre su actitud, de manera que he necesitado tanto la ayuda de las mediadoras como la de un psicólogo», señala esta cordobesa.
María ha comprobado que lo que comienza siendo una gracia, una salida simpática de un pequeño de tres o cuatro años, puede acabar derivando en una conducta insoportable, asocial. «A mi madre, por ejemplo, no para de llamarla «vieja» o «fea», pero en tono de insulto, de muy malos modos», suscribe con pesadumbre.
Ella ha tenido que renunciar a su trabajo para centrarse en la educación de su hijo. «Yo era camarera y tenía el turno partido; no podía compatibilizar esa ocupación con el cuidado del niño, de manera que trabajo horas sueltas». Si consigue trabajo esporádico deja a su vástago en manos de su madre, lo que suele descontrolarlo más. «Él siempre nos está desafiando, haciendo que lleguemos al límite de nuestros nervios y estallemos», concluye.
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Cientos de casos de familias insomnes por la actitud anormal de sus menores se cruzan en los talleres de mediación del Ayuntamiento cordobés
RAFAEL A. AGUILAR- 09 NOV 2008- CÓRDOBA (ABC) Hay conflictos entre padres e hijos que es imposible resolverlos en casa. Lo saben bien las 867 familias cordobesas que en estos momentos se benefician de los equipos de mediación municipal de la Delegación de Bienestar Social, que tratan de enderezar la conducta problemática, antisocial o violenta de los más pequeños del hogar.
Un informe elaborado por el Departamento de Servicios Sociales Comunitarios del Ayuntamiento detalla que 216 de los 867 casos citados reciben apoyo de unidades de convivencia, mientras que otros 45 han llegado a una situación límite. En el lenguaje administrativo, se denominan «problemas graves de integración social», entre los cuales se incluyen el absentismo y los desajustes graves en los centros educativos. La citada unidad del Consistorio incluye algunas líneas de actuación más, como son las escuelas de verano para padres e hijos y servicios de apoyo socio-educativo.
El informe de los Servicios Sociales Comunitarios precisa que «se trabaja a nivel preventivo, para evitar que empeoren situaciones familiares de riesgo, además de dar un tratamiento individualizado a las familias que lo precisan».
No obstante, cuando los técnicos municipales detectan que el trastorno de la convivencia doméstica es más grave debido a la conducta del menor o de los menores en cuestión, envían a los padres directamente a Salud Mental, que es una de las unidades del Hospital Reina Sofía y que cuenta con especialistas en tratamientos para menores.
¿Cuáles son las causas que desencadenan un comportamiento asocial de los menores en el seno familiar? «Son múltiples», señala Susana Barrilero, que es una de las responsables del taller de orientación familiar que se desarrolla en el centro cívico de Levante, en el que se integran treinta y dos padres y madres. «Muchas actitudes extrañas o anormales de los niños están relacionadas con la ruptura de la pareja, o con problemas económicos y con trastornos mentales de los padres», añade esta educadora comunitaria. «Pero cada caso es cada caso», agrega.
«Cuando los chicos son ya adolescentes, puede ser que el ámbito familiar no sea el causante de sus problemas, sino que vengan dados por motivos propios, debido a que ellos mismos, en sus relaciones sociales, hayan entrado en conflicto con algo que es ajeno a los padres», tercia Marta Luna, que también es educadora comunitaria en el centro cívico situado en la avenida de Carlos III.
Los talleres de mediación en los que se emplean estas dos profesionales son uno de los vehículos que el Consistorio pone a disposición de los ciudadanos para calmar controversias familiares. En estos programas participan tanto los padres como los hijos. Son las madres las que acuden, más que los padres, a pedir ayuda a los centros cívicos por este asunto.
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«El niño siempre está desafiándome»
POR RAFAEL A. AGUILAR- Domingo, 09-11-08 - CÓRDOBA (ABC)No tiene conciencia un padre primerizo de en qué lío se puede estar metiendo. Puede haber sólo un paso del niño tierno y dulce que apenas sabe andar y al que hay que dormir con la luz tenue y un vídeo de Blancanieves a un sátrapa doméstico, cuando no a un mozalbete con preocupantes conductas agresivas y antisociales. Cientos de casos de familias insomnes por la actitud anormal de sus menores se cruzan en los talleres de mediación del Ayuntamiento. Algunos de los perfiles más comunes son los siguientes.
«Sólo está con el ordenador»
No se trata sólo de un problema de adicción a las nuevas tecnologías, que ya de por sí requiere una intervención de especialistas en salud mental, sino de una deriva asocial con múltiples consecuencias para el menor de edad que la sufre y para la familia que ha de convivir con él. «Mi hijo se ha quedado sin amigos: se pasa el día, o la noche, delante del ordenador, conectado a internet o jugando con él, y se ha olvidado del resto del mundo». Con esta explicación se presentaron unos padres ante los mediadores de los Servicios Sociales Municipales. El cuadro era más grave de lo que parecía. El chico, de quince años, había dejado de asistir a clase, cuando la escolarización es obligatoria hasta los dieciséis.
«Se asoma a la ventana de su cuarto por la mañana temprano, cuando sus compañeros se dirigen al colegio, y casi ni los saluda: no va y se queda en casa encerrado todo el día», apostillaron los progenitores de este adolescente trastornado. Como muchos otros que arrastran el mismo problema, el menor en cuestión había invertido su horario de sueño: se metía en la cama por la mañana y por la noche era cuando estaba activo, si es que a pasarse siete u ocho horas delante de la computadora se le puede llamar actividad.
El chico desarrolló pronto agorafobia -es frecuente en estos casos- y su parientes notaron que comenzó a descuidar el aseo personal. Como no salía a la calle, no le importaba tener mal aspecto, ni estar meses sin pelarse o días sin ducharse. En estos casos, los técnicos municipales remiten a los padres a psicólogos especializados. Los talleres no bastan.
«Mi hija me saca dos cabezas»
La niña tenía bastante más cuerpo que su padre. Apuntaba desde pequeña, pero ya cuando era adolescente empleó sus hechuras como elemento de presión. Y vaya si lo era. «El otro día la castigué, le dije que no salía de casa, que no iba a ningún sitio, y la niña me dijo que sí que salía, que claro que salía: y qué va a hacer uno, si es que me saca dos cabezas», le confesó apesadumbrado un vecino a las mediadoras familiares del centro cívico de Levante. Era un cuadro clásico: los progenitores que han perdido las riendas de la educación de sus vástagos, que de la noche a la mañana han visto cómo han dejado de ser unos niños para convertirse en jóvenes exigentes, respondones y, en ocasiones, agresivos.
«No sé cómo frenar a mi hijo», lamentó otro ciudadano ante los especialistas municipales, que le recomendaron que se integrara en las terapias de grupo semanales.
«Hemos ido a un psicólogo»
María es una vecina de Levante que vive sola con su hijo de nueve años desde 2006, cuando dejó a su pareja y padre del menor. La difícil situación que se le planteó, compatibilizar los cuidados del pequeño con su actividad laboral, la ha obligado a recurrir a la ayuda de los talleres de mediación municipales. «Supongo que el niño acusó la separación, y desarrolló desde entonces una actitud problemática a la que ya apuntaba antes de que su padre y yo decidiéramos no vivir juntos», confiesa esta joven madre.
«El niño es ahora muy nervioso y hasta violento: en el colegio se pelea con todo el mundo, y sus profesores me llamaron la atención sobre su actitud, de manera que he necesitado tanto la ayuda de las mediadoras como la de un psicólogo», señala esta cordobesa.
María ha comprobado que lo que comienza siendo una gracia, una salida simpática de un pequeño de tres o cuatro años, puede acabar derivando en una conducta insoportable, asocial. «A mi madre, por ejemplo, no para de llamarla «vieja» o «fea», pero en tono de insulto, de muy malos modos», suscribe con pesadumbre.
Ella ha tenido que renunciar a su trabajo para centrarse en la educación de su hijo. «Yo era camarera y tenía el turno partido; no podía compatibilizar esa ocupación con el cuidado del niño, de manera que trabajo horas sueltas». Si consigue trabajo esporádico deja a su vástago en manos de su madre, lo que suele descontrolarlo más. «Él siempre nos está desafiando, haciendo que lleguemos al límite de nuestros nervios y estallemos», concluye.
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