ENTREVISTA · VÁZQUEZ FIGUEROA, Novelista, periodista y submarinista
Mueren víctimas de horribles desprendimientos de tierra
Sus pequeños cuerpos quedan allí enterrados
· A las empresas no les interesaba que se dijera eso, porque el problema ahí son los niños que trabajan como semiesclavos
MADRID 12 Nov 2008 (ABC)
-El coltán es el petróleo del siglo XXI. ¿Por qué medio mundo pelea por él en ese laboratorio infernal del Congo y en el otro medio asistimos impasibles a la catástrofe?
-Porque es un mineral mágico, el 80 por ciento del cual se encuentra allí, compuesto de columbita y tantalio, con una conductividad hasta 80 veces más que el cobre. Quien domine el coltán dominará el mundo, nuestras vidas y las comunicaciones: es básico, esencial, para móviles, ordenadores, videoconsolas, televisores, GPS de aviones, armas teledirigidas, satélites artificiales...
-Los niños, como en todo devenir de la Historia, son las víctimas de la lucha por el coltán, seres terriblemente explotados, de entre siete y diez años, y a los que se les «paga» con 25 céntimos de euro al día. ¿Estamos ante la esclavitud del siglo XXI?
-Cada kilo de coltán que se extrae les cuesta la vida a dos niños, a dos seres inocentes. Son datos terroríficos. El coltán lo extraen niños porque se encuentra en yacimientos a muy baja profundidad, y con sus pequeños cuerpos son los que caben mejor por los recovecos.
-Muchos de estos niños mueren víctimas de horribles desprendimientos de tierra.
-Y se quedan allí enterrados. Lo que no han querido las empresas que fabrican esos aparatos es que eso se supiera. Yo he vivido dos décadas en África y algo había oído. Hay fotos de esa barbaridad: niños semiesclavos respirando polvo mientras llueve a mares o se los lleva la riada. Eso es un infierno. Han llegado cientos de miles de refugiados y aquello es un desastre. Hace un año una empresa retrasó la salida de su videojuego porque no tenía suficiente coltán.
-¿Qué podemos hacer ante tan miserable explotación de menores?
-Yo me pregunto: ¿cómo en el siglo XXI toda nuestra tecnología depende de que haya un niño allí dando martillazos a una piedra y a un pedazo de tierra que se le viene encima? ¡Esto es de locos!
-¿Quién ha derribado el tabú?
-Se hablaba de guerra entre tutsis y hutus, pero los medios sí hablan ahora de la lucha por el coltán del Congo. Naciones Unidas siempre la ha reconocido.
-¿Esa crisis humana es ya carne?
-Todos recordamos a tutsis y hutus matándose a machetazos, no olvidamos las iglesias quemadas con toda la gente dentro, ni a los niños perseguidos, con los brazos y narices cercenados. 700.000 desplazados y ya casi cinco millones de muertos... ¡por el maldito coltán y porque tengamos una vida más cómoda!
-¿Qué futuro ve a la guerra del coltán?
-La experiencia no sirve para nada. ¿Quién iba a profetizar el desastre de la crisis que estamos padeciendo? Si alguien lo dice hace unos años se le habría tachado de loco, soñador, alucinado. -¿Por qué no paramos la guerra?
-Porque las grandes empresas y Gobiernos no quieren que se pare. Si se paraliza no se hace negocio con el coltán, lo sería para el Congo. Quien controle el coltán controlará nuestra vida.
-¿Y por qué le llaman guerra étnica cuando es una despiadada lucha por el coltán?
-Hace años que está esa guerra, que ya va para los cinco millones de muertos, según Naciones Unidas. Antes se mantenía como una especie de secreto. A las empresas no les interesaba que se dijera eso, ni a los fabricantes de todos los ordenadores y teléfonos móviles, porque el problema ahí son los niños que trabajan como semiesclavos, y mueren de fatiga y enterrados por esa tierra. Se meten en las minas, y si se les cae encima, allí los dejan muertos. Terrible.
-¿Hay algún rescoldo para la esperanza?
-Hay que buscar alternativas inmediatamente. El único mineral que podría hacerle la competencia al coltán es el paladium, pero es igual de caro o más, muy escaso, y las minas están en Rusia y en África. Hay una cosa que nos enseña la historia: cuando se depende de un solo producto viene la ruina.
ABC
19-10-2008 10:12:46
La ciudad de Bukavu, en la frontera entre el Congo y Ruanda, es como una vieja ex modelo a la que su adicción a la heroína le ha arrebatado su dignidad y sobrevive a base de recuerdos. Si a principios del siglo XX era considerada la ciudad más bella de África, ahora es sólo polvo y cenizas. Una decadencia absoluta que contrasta con su actual papel como principal centro de distribución mundial del coltán.
Asentada a orillas del lago Kivu, la panorámica de la ciudad podría evocar una pintoresca villa de los Alpes suizos. Sus casas, decoradas en estilo art decó, evocan el recuerdo de una gloria pasada. Pero, en cuanto uno se adentra en sus calles, el espejismo se desvanece. La primera sensación que se percibe al adentrarse en las entrañas de la ciudad es que el tiempo se ha detenido en la más absoluta tristeza. Con una población de casi 200.000 personas, aquí no es nada fácil encontrar la risueña alegría que reina en otras ciudades de África como Kampala o Luanda.
«En Bukavu sólo es posible sobrevivir si renuncias a sonreír», señala Claude Ndong, taxista. Una sorprendente realidad, porque en el Congo se encuentran un 80% de las reservas de coltán, un preciado mineral estratégico empleado en ordenadores y teléfonos móviles. Un negocio millonario que, de hecho, ya ha servido para financiar a más de un bando en la segunda guerra del Congo. Un gran negocio que, en su faceta más sombría, ha planteado dilemas morales parecidos a los suscitados por los diamantes de guerra. Lo que no se entiende, desde luego, es este decadente aspecto del centro financiero de Bukavu.
Olive Depot, la principal distribuidora de coltán del mundo, es fiel reflejo de esta contradicción. Sus pequeños dos pisos de oficinas se parecen más al supermercado del barrio que a un presunto Wall Street del coltán. Sólo las barreras de espino que rodean a esta compañía belga y sus guardias de seguridad -en proporción de dos a uno con respecto a sus trabajadores- nos recuerdan el comercio millonario que representa.
Músculos y puntualidad
A la entrada, nos sorprende la esquiva respuesta de «Madame» Mapendu, directora comercial de la empresa: «Desde hace 5 años no exportamos ese mineral, ahora nos dedicamos a la bauxita». Parece que no tiene ganas de hablarnos del coltán. Pero, como hasta en el infierno los dólares compran milagros, uno de sus capataces accede a enseñarnos las instalaciones apenas se cierran las puertas de su despacho.
La política para la selección del personal de Olive Depot no puede resultar más mundana: músculos y puntualidad. Al amanecer, decenas de jóvenes se agolpan para obtener un contrato laboral con fecha de caducidad de un solo día. No parece gran cosa. Pero sólo lo conseguirán media docena, y sus esfuerzos serán recompensados con apenas un dólar de premio. Descalzos y en las más miserables condiciones higiénicas, cada uno de ellos separa el coltán del resto de metales mientras el polvo se acumula en sus caras. Un martilleo acompasado en el que ningún miembro de esta elegíaca orquesta emite la menor queja. El capataz sonríe ante la escena. «Estos son mis chicos». Nadie le devuelve la sonrisa. Sólo su camisa vale más que el sueldo de un mes de todos ellos juntos. Y con tan «discreta» vestimenta ya extraña menos su defensa a ultranza de Olive Depot.
«Se dicen tantas mentiras de nuestro trabajo -señala-. Nosotros sólo somos una compañía intermediaria para que ustedes, los europeos, puedan disfrutar de las comodidades de nuestro tiempo». La mayor parte del coltán que se distribuye desde aquí procede de las minas de Mushangi, situadas a apenas 90 kilómetros de Bukavu, donde decenas de menores trabajan en condiciones de esclavitud.
Comentamos la penosa situación de esos chiquillos al capataz, quien intenta convencernos de que todo lo hacen por nuestro bien: «Si nosotros renunciamos a utilizar niños para extraer el mineral, ustedes deberán renunciar a sus teléfonos móviles y computadoras. El precio del progreso siempre fue alto».
La conexión china
No menos inquietante es la visita que hacemos a continuación a Jianya Metal Technology (JMT), otra compañía intermediaria, con sede oficial en la ciudad china de Guangzhou. A la entrada de un pequeño chalé fortificado que sirve de centro de operaciones nos recibe Mister Dang Hui, jefe de proyectos de la empresa, quien dice no haber salido a la calle en dos meses por «miedo a ser secuestrado». Sus dos guardaespaldas se encargan de proporcionarle lo necesario para mantenerle con vida en esta jaula de oro improvisada.
«JMT es una gran compañía -asegura este ciudadano asiático que roza la cuarentena-. Cada semana compramos 20 toneladas de coltán a 9 dólares el kilo y los vendemos a Europa a 48». Unas cifras espléndidas que contrastan con los apenas 100 dólares al mes que percibe su encargado congoleño, Jacques Baraka. «He visto a muchos amigos morir en las minas. El mío es el único trabajo digno que uno puede hacer en Bukavu», se disculpa Baraka.
Una relajada política aduanera en la que la ilegalidad está a la orden del día permite que decenas de camiones cargados con coltán viajen cada mañana desde Bukavu a la vecina Ruanda sin ningún control. Después, buena parte del coltán <MC1>exportado desde Olive Depot y JMT va a parar a Bélgica como primer destino.
Como explica Muhindo Kulwamurhonyi, director de exportaciones de Muyeye Byaboshi, tercera gran compañía del sector: «Nuestra misión es enviar cada día camiones al aeropuerto de Kigali. Lo que Bélgica haga después con esa mercancía es algo que debe investigar la Unión Europea».
Al otro lado de las alambradas de espino de estas empresas, de sus intrincados negocios y sus varias corruptelas, en las entrañas de Bukavu sobrevive toda una generación de jóvenes cuya vida ha sido arruinada por el coltán. «Durante años estuve en la mina, y era como un infierno en vida», nos cuenta Patrick, un muchacho de 19 años que sueña con estudiar informática, pero que tampoco descarta volver a la mina ya que «es la única oportunidad para los que nacimos en una ciudad de perdedores».
Inversores extranjeros y esclavizados trabajadores locales para un negocio que, como lamenta Patrick, ha sumergido a la ciudad en la miseria. «Tuvimos todos los ases en la mano, y perdimos la partida ¿Futuro? En Bukavu no hay futuro. Nuestras esperanzas hace años que se las llevó el Coltan»
ABC
Mueren víctimas de horribles desprendimientos de tierra
Sus pequeños cuerpos quedan allí enterrados
· A las empresas no les interesaba que se dijera eso, porque el problema ahí son los niños que trabajan como semiesclavos
MADRID 12 Nov 2008 (ABC)
-El coltán es el petróleo del siglo XXI. ¿Por qué medio mundo pelea por él en ese laboratorio infernal del Congo y en el otro medio asistimos impasibles a la catástrofe?
-Porque es un mineral mágico, el 80 por ciento del cual se encuentra allí, compuesto de columbita y tantalio, con una conductividad hasta 80 veces más que el cobre. Quien domine el coltán dominará el mundo, nuestras vidas y las comunicaciones: es básico, esencial, para móviles, ordenadores, videoconsolas, televisores, GPS de aviones, armas teledirigidas, satélites artificiales...
-Los niños, como en todo devenir de la Historia, son las víctimas de la lucha por el coltán, seres terriblemente explotados, de entre siete y diez años, y a los que se les «paga» con 25 céntimos de euro al día. ¿Estamos ante la esclavitud del siglo XXI?
-Cada kilo de coltán que se extrae les cuesta la vida a dos niños, a dos seres inocentes. Son datos terroríficos. El coltán lo extraen niños porque se encuentra en yacimientos a muy baja profundidad, y con sus pequeños cuerpos son los que caben mejor por los recovecos.
-Muchos de estos niños mueren víctimas de horribles desprendimientos de tierra.
-Y se quedan allí enterrados. Lo que no han querido las empresas que fabrican esos aparatos es que eso se supiera. Yo he vivido dos décadas en África y algo había oído. Hay fotos de esa barbaridad: niños semiesclavos respirando polvo mientras llueve a mares o se los lleva la riada. Eso es un infierno. Han llegado cientos de miles de refugiados y aquello es un desastre. Hace un año una empresa retrasó la salida de su videojuego porque no tenía suficiente coltán.
-¿Qué podemos hacer ante tan miserable explotación de menores?
-Yo me pregunto: ¿cómo en el siglo XXI toda nuestra tecnología depende de que haya un niño allí dando martillazos a una piedra y a un pedazo de tierra que se le viene encima? ¡Esto es de locos!
-¿Quién ha derribado el tabú?
-Se hablaba de guerra entre tutsis y hutus, pero los medios sí hablan ahora de la lucha por el coltán del Congo. Naciones Unidas siempre la ha reconocido.
-¿Esa crisis humana es ya carne?
-Todos recordamos a tutsis y hutus matándose a machetazos, no olvidamos las iglesias quemadas con toda la gente dentro, ni a los niños perseguidos, con los brazos y narices cercenados. 700.000 desplazados y ya casi cinco millones de muertos... ¡por el maldito coltán y porque tengamos una vida más cómoda!
-¿Qué futuro ve a la guerra del coltán?
-La experiencia no sirve para nada. ¿Quién iba a profetizar el desastre de la crisis que estamos padeciendo? Si alguien lo dice hace unos años se le habría tachado de loco, soñador, alucinado. -¿Por qué no paramos la guerra?
-Porque las grandes empresas y Gobiernos no quieren que se pare. Si se paraliza no se hace negocio con el coltán, lo sería para el Congo. Quien controle el coltán controlará nuestra vida.
-¿Y por qué le llaman guerra étnica cuando es una despiadada lucha por el coltán?
-Hace años que está esa guerra, que ya va para los cinco millones de muertos, según Naciones Unidas. Antes se mantenía como una especie de secreto. A las empresas no les interesaba que se dijera eso, ni a los fabricantes de todos los ordenadores y teléfonos móviles, porque el problema ahí son los niños que trabajan como semiesclavos, y mueren de fatiga y enterrados por esa tierra. Se meten en las minas, y si se les cae encima, allí los dejan muertos. Terrible.
-¿Hay algún rescoldo para la esperanza?
-Hay que buscar alternativas inmediatamente. El único mineral que podría hacerle la competencia al coltán es el paladium, pero es igual de caro o más, muy escaso, y las minas están en Rusia y en África. Hay una cosa que nos enseña la historia: cuando se depende de un solo producto viene la ruina.
ABC
Coltán, la riqueza maldita del Congo
EDUARDO S. MOLANO19-10-2008 10:12:46
La ciudad de Bukavu, en la frontera entre el Congo y Ruanda, es como una vieja ex modelo a la que su adicción a la heroína le ha arrebatado su dignidad y sobrevive a base de recuerdos. Si a principios del siglo XX era considerada la ciudad más bella de África, ahora es sólo polvo y cenizas. Una decadencia absoluta que contrasta con su actual papel como principal centro de distribución mundial del coltán.
Asentada a orillas del lago Kivu, la panorámica de la ciudad podría evocar una pintoresca villa de los Alpes suizos. Sus casas, decoradas en estilo art decó, evocan el recuerdo de una gloria pasada. Pero, en cuanto uno se adentra en sus calles, el espejismo se desvanece. La primera sensación que se percibe al adentrarse en las entrañas de la ciudad es que el tiempo se ha detenido en la más absoluta tristeza. Con una población de casi 200.000 personas, aquí no es nada fácil encontrar la risueña alegría que reina en otras ciudades de África como Kampala o Luanda.
«En Bukavu sólo es posible sobrevivir si renuncias a sonreír», señala Claude Ndong, taxista. Una sorprendente realidad, porque en el Congo se encuentran un 80% de las reservas de coltán, un preciado mineral estratégico empleado en ordenadores y teléfonos móviles. Un negocio millonario que, de hecho, ya ha servido para financiar a más de un bando en la segunda guerra del Congo. Un gran negocio que, en su faceta más sombría, ha planteado dilemas morales parecidos a los suscitados por los diamantes de guerra. Lo que no se entiende, desde luego, es este decadente aspecto del centro financiero de Bukavu.
Olive Depot, la principal distribuidora de coltán del mundo, es fiel reflejo de esta contradicción. Sus pequeños dos pisos de oficinas se parecen más al supermercado del barrio que a un presunto Wall Street del coltán. Sólo las barreras de espino que rodean a esta compañía belga y sus guardias de seguridad -en proporción de dos a uno con respecto a sus trabajadores- nos recuerdan el comercio millonario que representa.
Músculos y puntualidad
A la entrada, nos sorprende la esquiva respuesta de «Madame» Mapendu, directora comercial de la empresa: «Desde hace 5 años no exportamos ese mineral, ahora nos dedicamos a la bauxita». Parece que no tiene ganas de hablarnos del coltán. Pero, como hasta en el infierno los dólares compran milagros, uno de sus capataces accede a enseñarnos las instalaciones apenas se cierran las puertas de su despacho.
La política para la selección del personal de Olive Depot no puede resultar más mundana: músculos y puntualidad. Al amanecer, decenas de jóvenes se agolpan para obtener un contrato laboral con fecha de caducidad de un solo día. No parece gran cosa. Pero sólo lo conseguirán media docena, y sus esfuerzos serán recompensados con apenas un dólar de premio. Descalzos y en las más miserables condiciones higiénicas, cada uno de ellos separa el coltán del resto de metales mientras el polvo se acumula en sus caras. Un martilleo acompasado en el que ningún miembro de esta elegíaca orquesta emite la menor queja. El capataz sonríe ante la escena. «Estos son mis chicos». Nadie le devuelve la sonrisa. Sólo su camisa vale más que el sueldo de un mes de todos ellos juntos. Y con tan «discreta» vestimenta ya extraña menos su defensa a ultranza de Olive Depot.
«Se dicen tantas mentiras de nuestro trabajo -señala-. Nosotros sólo somos una compañía intermediaria para que ustedes, los europeos, puedan disfrutar de las comodidades de nuestro tiempo». La mayor parte del coltán que se distribuye desde aquí procede de las minas de Mushangi, situadas a apenas 90 kilómetros de Bukavu, donde decenas de menores trabajan en condiciones de esclavitud.
Comentamos la penosa situación de esos chiquillos al capataz, quien intenta convencernos de que todo lo hacen por nuestro bien: «Si nosotros renunciamos a utilizar niños para extraer el mineral, ustedes deberán renunciar a sus teléfonos móviles y computadoras. El precio del progreso siempre fue alto».
La conexión china
No menos inquietante es la visita que hacemos a continuación a Jianya Metal Technology (JMT), otra compañía intermediaria, con sede oficial en la ciudad china de Guangzhou. A la entrada de un pequeño chalé fortificado que sirve de centro de operaciones nos recibe Mister Dang Hui, jefe de proyectos de la empresa, quien dice no haber salido a la calle en dos meses por «miedo a ser secuestrado». Sus dos guardaespaldas se encargan de proporcionarle lo necesario para mantenerle con vida en esta jaula de oro improvisada.
«JMT es una gran compañía -asegura este ciudadano asiático que roza la cuarentena-. Cada semana compramos 20 toneladas de coltán a 9 dólares el kilo y los vendemos a Europa a 48». Unas cifras espléndidas que contrastan con los apenas 100 dólares al mes que percibe su encargado congoleño, Jacques Baraka. «He visto a muchos amigos morir en las minas. El mío es el único trabajo digno que uno puede hacer en Bukavu», se disculpa Baraka.
Una relajada política aduanera en la que la ilegalidad está a la orden del día permite que decenas de camiones cargados con coltán viajen cada mañana desde Bukavu a la vecina Ruanda sin ningún control. Después, buena parte del coltán <MC1>exportado desde Olive Depot y JMT va a parar a Bélgica como primer destino.
Como explica Muhindo Kulwamurhonyi, director de exportaciones de Muyeye Byaboshi, tercera gran compañía del sector: «Nuestra misión es enviar cada día camiones al aeropuerto de Kigali. Lo que Bélgica haga después con esa mercancía es algo que debe investigar la Unión Europea».
Al otro lado de las alambradas de espino de estas empresas, de sus intrincados negocios y sus varias corruptelas, en las entrañas de Bukavu sobrevive toda una generación de jóvenes cuya vida ha sido arruinada por el coltán. «Durante años estuve en la mina, y era como un infierno en vida», nos cuenta Patrick, un muchacho de 19 años que sueña con estudiar informática, pero que tampoco descarta volver a la mina ya que «es la única oportunidad para los que nacimos en una ciudad de perdedores».
Inversores extranjeros y esclavizados trabajadores locales para un negocio que, como lamenta Patrick, ha sumergido a la ciudad en la miseria. «Tuvimos todos los ases en la mano, y perdimos la partida ¿Futuro? En Bukavu no hay futuro. Nuestras esperanzas hace años que se las llevó el Coltan»
ABC







