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martes, 16 de diciembre de 2008
Hermanos celosos
Manejar a Caín y Abel
No hay que comparar: cada hijo debe sentir que es único para sus padres  |  Los niños ansían la atención de sus padres, aunque sea para reñirles
  
La rivalidad entre hermanos es tan natural como la vida misma. Compiten por obtener más cosas, más privilegios y más atención de los padres. Discuten, se chinchan, se acusan mutuamente e, incluso, a veces se pegan. Es normal, forma parte de su preparación para la vida adulta. Pero todo tiene un límite, y este lo tienen que poner los padres 
   
SEÑALES DE ALERTA
  
   Los celos son algo más que rivalidad fraternal y deben considerarse un problema que se ha de consultar con un profesional cuando generan un malestar o sufrimiento al niño o interfieren en la dinámica familiar.
  
   La psicóloga Isabel Menéndez aconseja estar con los ojos muy abiertos para evitar que la situación se vuelva crónica y haga sufrir a nuestros hijos: "La frustración y la rivalidad es normal que existan, pero si se prolongan en el tiempo y son constantes, hay que actuar".
  
   Algunos indicadores que sirven de alerta son las llamadas excesivas de atención, problemas de comportamiento como rabietas, pérdidas de apetito o trastornos del sueño; regresiones a conductas más infantiles, excesiva irritabilidad, bajo rendimiento escolar...



Mayte Rius | 13/12/2008 | BARCELONA (LA VANGUARDIA)
  
"¿Cómo te sentirías si tu pareja trajera a otra personaa vivir en casa y te dijera que no te preocupes, que quiere mucho a esa persona y la tienes que tratar muy bien pero que eso no quiere decir que a ti te vaya a querer menos?".

Los psicólogos recurren a esta reflexión para hacer entender a los padres que los celos y la rivalidad entre hermanos son una reacción natural, tan normal que lo que se considera extraño es que un niño no sienta celos. De hecho, encontramos ejemplos de rivalidad fraternal en la naturaleza, donde los hermanos compiten por la comida y el primer aguilucho en nacer va empujando fuera del nido a sus hermanos para garantizarse el alimento que irá trayendo la madre, igual que el embrión de tiburón de mayor tamaño devora a sus hermanos para apoderarse de sus recursos alimenticios.

En las familias de humanos el recurso limitado no es el alimento; es el tiempo, la atención y el cariño que los padres pueden dedicar a los hijos. Basta echar un vistazo a los álbumes familiares para comprobarlo: del nacimiento y primer año de vida del primogénito acostumbra a haber montones de fotos; del segundo hay bastantes menos, y si hay un tercero o más, cuesta encontrar retratos. De ahí que los hermanos sientan que deben competir entre ellos para ser los mejores y los más queridos, y para reclamar esa atención de los padres tan codiciada.

Pero que sea natural que los hermanos rivalicen no quiere decir que los celos no provoquen situaciones conflictivas, difíciles y desesperanzadoras para muchas familias, ni que tengamos que transigir con Caín y Abel en casa. Los padres tienen mucho que decir y hacer en este terreno. Lo primero, advierten los psicólogos, es aceptar que su hijo o hija tiene celos (muchas familias tienden a negarlo) y distinguir entre unos celos patológicos, que requieren tratamiento, y la rivalidad fraterna habitual. "Los padres han de tener en cuenta que cuando hablamos de rivalidad fraterna el niño tiene celos de su hermano pero se comporta con normalidad en otros ámbitos: con sus primos, con otros niños; es decir, fuera de casa no trata de llamar la atención", explica Benjamín Montenegro, del Equip Psicològic del Desenvolupament de l´Individu.

Las causas de esos celos pueden ser diversas: desde que uno de los hermanos haya desbancado al otro en su papel familiar (el clásico príncipe destronado cuando nace un bebé ) hasta la inexperiencia que lleva a alguno de los progenitores a mostrar más afinidad por uno u otro de sus hijos, pasando por dificultades de aprendizaje escolar, situaciones de estrés, inseguridades...

"La pauta que seguir debería ir en la dirección de transmitir a los niños el carácter incondicional del cariño de sus padres, que perciban que este no está en función de las habilidades, capacidades o comportamientos de los hijos", afirma Laura Roldán, psicóloga de la clínica universitaria de Psicología de la Universidad Complutense.

También es importante fomentar la autoestima y la confianza en sí mismos y, sobre todo, tratarles a cada uno de modo individualizado, atendiendo a sus cualidades y limitaciones, sin comparar entre ellos. "Los celos y la rivalidad surgen cuando la figura de la autoridad hace diferencias o está comparando constantemente, aunque no sea de forma verbal o no se diga delante de ellos; siempre lo perciben", afirma Isabel Menéndez Benavente, psicóloga especializada en niños y adolescentes.

Claro que a veces los reproches constantes -"a mi hermano no le regañas", "como él es el pequeño le dejas..."- no son más que intentos de manipulación o control por parte de los hijos. "No olvidemos que en muchas ocasiones este tipo de quejas responde a un intento de conseguir beneficios o de percibir control sobre el comportamiento de los padres", advierte Laura Roldán.

Por ello aconseja a los padres mantenerse firmes en sus actuaciones y evitar sobreargumentar sus decisiones y entrar en una explicación excesiva de todo lo que hacen o dejan de hacer. Benjamín Montenegro alerta del error de justificar ante los hijos que a todos se les quiere por igual. "Dar a un niño explicaciones que debe entender como obvias es crearle más inseguridad; ante los celos hay que actuar sin dar mayores explicaciones", subraya.

Cristina Tortajada, psicóloga de ISEP Clínic, opina que una buena estrategia familiar frente a los conflictos fraternales es la prevención. "Los padres podemos actuar poniendo las cosas fáciles: evitando que el pequeño moleste al mayor mientras hace los deberes o que coja los juegos que puede romper y no sabe usar; anticipando normas que resuelvan situaciones que pueden resultar conflictivas, como los horarios de uso del ordenador o el programa de televisión que se verá cada día, y fijando las obligaciones que debe cumplir cada miembro de la familia para que los niños sepan en cada momento qué tienen que hacer y cuáles serán las consecuencias de sus actuaciones, tanto positivas como negativas", explica.

Montenegro subraya que, como los hermanos celosos tienden a culpabilizarse uno al otro -sobre todo cuando son dos y con una diferencia de edad de dos o tres años-, una estrategia útil para los padres es responsabilizarles en trabajos cooperativos. Su consejo es encargarles trabajos solidarios: "Hay que forzarles a que se tengan que ayudar para poner juntos la mesa o para que uno haga las camas y otro recoja la ropa sucia, y comprometerles conjuntamente en el resultado con propuestas del tipo ´o está resuelto el trabajo de los dos o el sábado no vamos al cine´; luego, que ellos resuelvan cómo se organizan, sin intervenir salvo que veas que siempre hay uno que hace más que el otro, y entonces habrá que ser firmes en imponerle tareas extras".

Otro recurso que los psicólogos consideran muy útil para reconducir los celos entre hermanos es dar privilegios según la edad. "El de ocho años igual se puede acostar 15 minutos más tarde, y el más pequeño quedarse un rato más jugando en la bañera", ejemplifica Montenegro. Se trata de ofrecer un trato individualizado, atender a las necesidades de cada uno y permitir que cada hijo tenga un espacio propio en la familia. "Los hijos han de sentir que son únicos para sus padres, que hay tareas que se hacen compartidas pero que cada uno tiene su espacio", enfatiza Isabel Menéndez Benavente. Todo ello sin descuidar los espacios comunes familiares, como cenar juntos, practicar juegos en familia...

Laura Roldán advierte que no se pueden sistematizar soluciones para los celos fraternales porque cada familia tiene un funcionamiento particular, pero apunta algunas pautas básicas de actuación para prevenir situaciones conflictivas. La primera es evitar las comparaciones entre hijos para no consolidar roles. Y la segunda, lo que los psicólogos denominan extinción: retirarles la atención cuando comienzan a compararse entre ellos, cuando intentan conseguir beneficios o cuando discuten. "No debemos olvidar que la atención de los padres hacia los hijos, ya sea para decir cosas agradables o para hacerles críticas y regañarles, es un refuerzo muy potente que ansían y reclaman de formas muy diferentes", enfatiza.

Y llama la atención sobre la frecuencia con que los padres conceden atención a los hijos cuando se portan mal y, en cambio, ni se percantan cuando tienen el comportamiento que esperaban. Por ello, aconseja prestar especial atención a los momentos en que los hijos sí se comportan de forma adecuada con sus hermanos para reconocérselo con frases de refuerzo, miradas, abrazos...

La rivalidad y los celos fraternales se dan a cualquier edad, especialmente cuando los hermanos se llevan poca diferencia de edad, y se recrudecen en la pubertad y la adolescencia. "Hay una etapa odiosa, en que a veces los hermanos ni se hablan, pero luego lo superan", indica Isabel Menéndez. Benjamín Montenegro asegura que, en esa etapa, lo importante es exigirles que se respeten. "A los adolescentes celosos hay que exigirles respeto, no afecto; no les puedes decir que se tienen que querer porque son hermanos, les tienes que decir que te da igual si se caen bien o mal, pero que en tu casa se tienen que respetar", apunta.

Y aunque resulten agotadores, sobre todo para los progenitores, los expertos recuerdan que los conflictos entre hermanos tienen un trasfondo positivo: con ellos aprendes a competir y a compartir, a negociar, a evitar la violencia, y practicas tolerancia, respeto, convivencia...

ANTE LAS PELEAS...

Permanecer al margen siempre que sea posible. Ésa es la receta básica de los expertos cuando se les pregunta cómo deben afrontar los padres las peleas entre hermanos. Su consejo es observar, estar atentos y supervisar por si la situación se llegase a descontrolar, pero sin intervenir en sus disputas y riñas de juego ni adoptar el papel de árbitros o continuos mediadores.

Sólo deberíamos intervenir si hay agresividad física o verbal manifiesta, pero sin entrar en su juego de disputas, pues difícilmente les haremos razonar en una situación de enfrentamiento.

Tampoco es cuestión de desentenderse del problema. Lo mejor es cortar la situación sin tomar partido y tener presente que ese no es el mejor momento para razonar con ellos, que conviene dejarlo para cuando se calmen. Y cuando hay que intervenir, nunca debe hacerse culpabilizando con comentarios como "ya estás otra vez...", sino con frases abiertas y neutras como "¿qué ha pasado?". Es importante aprovechar estas situaciones para enseñarles a resolver conflictos.

Lo mejor, explican los psicólogos, es escuchar por separado sus versiones, sin que se interrumpan e insulten. A veces puede ser necesario enviarles a espacios diferentes para que cada uno exprese su punto de vista. Luego conviene repetirles lo que ha dicho cada uno para que vean el relato desde el punto de vista de otra persona, resumir el problema -por ejemplo, "tenemos un televisor y cada uno quiere ver un programa diferente"- y preguntarles por posibles soluciones, que ellos sugieran ideas. El siguiente paso será ayudarles a escoger una solución que sirva a todos y ver cómo ponerla en práctica. Y si no son capaces de consensuar la solución, serán los padres los que tomen una inapelable.
LV

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