La última vez que la vieron bebía con sus pequeñas manos agua contaminada de un tambo a media calle
Su rostro y sus ropas chillaban pobreza y abandono. Ya debe tener ocho años.
Por: Karla Garza 28-Diciembre-2008 MÉXICO
Desaliñada, escuálida y retraída, era común ver a “Fany” por la colonia en la que vivía hace un año, haciendo tempranos ensayos de vagancia junto a sus hermanos. ¿Por qué esos niños —tuvo a bien preguntarse un vecino— pasan los días solos, no van a la escuela y —evidentemente— no comen?
Una trabajadora social encontró a “Fany” y a sus hermanos, de entonces seis y nueve años, con una “severa desnutrición”. Sus padres, emigrantes poblanos, vendedores ambulantes de semillitas, analfabetas y en espera de un cuarto hijo, aceptaron ayuda.
Los niños comenzaron a acudir a La Casa de los Niños y las Niñas de Saltillo. Allí, refiere Sofía Rodríguez de Herrera, directora de la institución, se aseguraron de encontrarles un lugar en la primaria “y el proceso comenzó”.
Un aciago día, recuerda, “la niña llega violada por el tío, que vivía en el tejabán de al lado”. En la inocencia de sus siete años, “Fany” contó “como si nada” a uno de sus profesores de la institución el episodio del día anterior. Un médico la revisó y confirmó una violación.
En La Casa de los Niños “hicimos todo el proceso para una denuncia. El papá vino aquí a gritar y a amenazarnos por eso. Dijo que el tío estaba jugando”. Y punto. No permitió más pruebas, retiró la demanda y se llevó a su familia a donde las trabajadoras sociales no los molestaran más.
“La mamá quería cambios pero también estaba muy amenazada por el papá, que también era muy violento. Se sintieron tan presionados que se fueron a otro sector de Saltillo. Dimos con ellos, hicimos la denuncia otra vez a la Procuraduría, se volvieron a cambiar de casa…”.
Sofía Rodríguez recuerda el de “Fany”, como uno de los casos —los menos, dice, afortunadamente— en los que la institución no pudo hacer nada por un niño maltratado. “Nosotros no tenemos autoridad para intervenir de otra manera, los niños están aquí porque la familia acepta y quiere un cambio”.
La brutalidad en cifras
El de “Fany” es apenas uno de los millones de infantiles rostros marcados por el maltrato. Sostenidamente, desde hace 25 años, mueren asesinados diariamente en el país dos menores de 14 años a causa de violencia intrafamiliar.
Los índices más altos de homicidio se registran entre los 0 y 4 años de edad, generalmente por ahorcamiento, estrangulamiento y sofocación, aunque como se ha visto en Coahuila recientemente, también hay bebés que mueren a punta de puñetazos.
De 1997 a 2003, el promedio de violaciones a menores fue de casi uno por hora. A nivel nacional, tan sólo el DIF atiende más de 70 casos diarios de maltrato infantil.
Según la ONU, en México existe un “alto nivel de tolerancia hacia el maltrato infantil”. Según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), México es, junto a EU y Portugal, una de las naciones que “tienen el número más alto de niños muertos por maltrato”.
Según la Consulta Infantil y Juvenil realizada por el IFE entre niños de seis a nueve años, más de la tercera parte dijeron que son tratados con violencia en su familia y 16% en sus escuelas, y casi el 4% dijeron que han sufrido abuso sexual en su casa o en la escuela.
Coahuila ocupa el primer lugar en denuncias atendidas en la Procuraduría de la Familia, lo que, dice la procuradora Teresa Araiza Llaguno, “no significa que Coahuila sea el lugar en el que hay más violencia, lo que pasa es que aquí se está atendiendo y ahora tenemos 23 unidades de atención a la violencia. La denuncia ha estado fuerte en la zona centro, Monclova es un lugar donde denuncian mucho”.
De enero a agosto de este año tan sólo la Procuraduría de la Familia había atendido 3 mil 858 denuncias que significaron 5 mil 237 niños atendidos por violencia, mil 405 de ellos recibieron, comprobadamente, violencia física, mientras que 130 sufrieron abuso sexual y casi 300, abandono. El resto, negligencia, omisión de los cuidados más básicos, explotación laboral o abuso emocional.
Por su parte, la PGJE, a través de la Dirección de Atención a Víctimas, ha recibido en estos meses 203 casos de violencia contra los pequeños dentro de casa y 55 fuera de ella. De ellos, 76 son casos de negligencia, 69 de violencia física, y 47 de violencia sexual.
Causas, que no excusas
La pobreza, las adicciones y los patrones aprendidos culturalmente, son las principales causas identificadas del maltrato infantil. Además, explica la procuradora Araiza, “los padres adolescentes son un grupo de riesgo, sienten coartado su futuro y no tienen tanta paciencia”.
La pobreza, de hecho, dice Sofía Rodríguez, “es el detonante número uno. La mayoría de los padres tienen empleos informales, son vendedores ambulantes, pepenadores; son analfabetas, construyeron su casa a partir de materiales de desecho… en fin, la condición económica es un factor de riesgo que se hace evidente cuando, canalizados por la Procuraduría de la Familia o por sus propias trabajadoras sociales, los niños llegan a una de estas instituciones.
“Baja el nivel de violencia en las familias al asegurar el alimento de los niños. La mamá deja de presionar al papá por la comida, el niño está comiendo aquí y si ella no come, no le importa, pero que sus niños no coman provoca violencia en las familias, bajan los niveles de tensión simplemente con esa acción”, explica.
En cuanto a violencia sexual, señala la Procuradora, “los focos rojos son los lugares turísticos, en este caso Piedras Negras y Acuña. Me refiero a los menores pateros, las bandas que tratan de atraer niños para pasar ilegales, los muchachitos que ganan fácilmente dinero en dólares”.
El estrés y la desesperación son también factores que desatan la violencia, aunque son más “tratables” y se logran resultados cuando una intervención psicológica es oportuna.
De ahí que, pese a que son los vecinos o familiares secundarios quienes con frecuencia dan la voz de alerta, hay incluso quien se autodenuncia. “Es un acto valiente, de amor, reconocer que te está sobrepasando la situación. Y dicen: ‘Es que yo le estoy pegando, no quiero, pero pierdo el control, ayúdenme’. Ahorita hay muchas personas en depresión, en estrés, al menos personalmente he visto tres casos de señoras así y son las que han realizado los mejores cambios”, señala Araiza.
La huella del maltrato
Difícilmente un niño sabe o es capaz de defenderse ante las agresiones de los adultos. Rara vez pide ayuda, lo que lo deja absolutamente vulnerable ante un adulto agresivo y/o negligente.
Los niños que sufren maltrato carecen de herramientas emocionales para enfrentar problemas, pierden la confianza con otras personas, tienen bajo aprovechamiento escolar, baja autoestima, tendencia al delito y las adicciones, problemas de socialización y múltiples problemas que imposibilitan el adecuado desarrollo de su personalidad. Por no hablar de las lesiones que causan discapacidad parcial o total, o la pérdida de años de vida saludable.
Hay niños, refiere Sofía Rodríguez, “que se manifiestan demasiado retraídos, no expresan, no manifiestan nada, están tristes y en un principio vienen bloqueados. O bien son demasiado agresivos”.
De ahí que, en instituciones como la que ella preside, “la atención psicológica es prioritaria, a través de terapia individual o familiar, según el caso”. También se revisa la salud del niño, para detectar negligencias que a veces son evidentes en la desnutrición y “a veces se manifiesta con sobrepeso, porque están comiendo comida chatarra todo el día por el mismo abandono que viven de parte de la familia”. Suele suceder también, agrega, que el bajo aprovechamiento o la falta de atención del niño resulte de deficiencias físicas de las que nadie en su familia se había percatado.
La descalificación, “el ignorar al niño, no voltear a verlo cuando nos habla”, dice María de la Cruz Portes, psicóloga de la Procuraduría, también son actitudes violentas que desencadenan en el niño conductas anacrónicas.
“Hay niños que ya tienen una actitud de víctimas, son sumisos, se dejan de todo, llevan eso a la escuela, y también son victimizados en la escuela. Están acostumbrados a reaccionar con obediencia por miedo. También hay niños que se vuelven muy agresivos porque están copiando las conductas”.
Por la cabeza del niño maltratado todo pasa en confusión. La violencia que padecen, “algunos la estiman normal, pero otros se dan cuenta porque comparan con los primitos, los amigos… la mayoría de las veces, aunque no sepan muy bien qué es lo que está pasando, les queda muy claro que algo no está bien”.
El peregrinar del niño maltratado
El problema en sus reales magnitudes se desconoce. Apenas se estima que un gran porcentaje de los casos no se denuncian. Por eso, dice María de la Cruz Portes, “los que llegan aquí son los afortunados”.
Una denuncia, que puede ser anónima, por teléfono, por escrito o personal, arranca una investigación. La mayoría, dice Araiza Llaguno, son verificadas. “La trabajadora social empieza a indagar con los vecinos, se deja un citatorio a las personas. Si no acuden, al tercer citatorio se les puede traer con la fuerza pública. Al llegar aquí se canaliza, dependiendo del caso, con el trabajador social, el abogado, el psicólogo…”.
A los niños, dice la psicóloga Portes, “es muy importante creerles lo que nos están diciendo. Claro que lo confirmamos con la actitud, la postura, analizamos el conjunto del desempeño del niño y los puntos de congruencia en su relato. Si traen marcas, obviamente ya hay indicios de maltrato”.
Con frecuencia, encuentran que el problema era más serio de lo que parecía. “Por ejemplo, vienen porque los vecinos reportan que gritan o que lloran mucho en la noche y aquí nos damos cuenta que están padeciendo un maltrato severo”.
Si se encontró maltrato, la familia es enviada al departamento de psicología. Si la integridad del niño está en riesgo mientras en su núcleo familiar se hacen los cambios convenidos, es entregado a una “familia de apoyo”, generalmente parientes como abuelos o tíos, “porque el niño ya es víctima y lo castigamos enviándolo a un albergue, pues es duro”. De no encontrar a nadie que quiera o pueda hacerse cargo del niño, pasa al albergue (internado) del DIF.
Entre tanto, en la mayoría de las ocasiones, los niños son enviados medio tiempo a una de las 46 instituciones en el estado, como La Casa de los Niños y las Niñas de Saltillo, institución que actualmente atiende a 287 niños con maltrato de diferentes tipos, lo mismo por agresiones físicas o sexuales que por abandono o negligencia.
Alrededor de un 10 por ciento son canalizados por la Procuraduría de la Familia. Allí, “lo que hacemos es tratar de encontrar la raíz de la violencia intrafamiliar. Muchas veces encontramos a niños con bajas conductas escolares o con muy bajo rendimiento escolar que son canalizados por eso por las escuelas del sector y, al entrar un poquito más en su ambiente familiar, encontramos que hay negligencia, abuso o maltrato emocional”, explica Sofía Rodríguez.
También hay un esfuerzo por “nivelar académicamente a estos niños, regresarlos a su entorno escolar en caso de que hayan salido o que nunca habían ingresado”, porque en esta zona urbana densamente poblada, y sólo en esta institución, hay 18 niños entre 10 y 14 años que nunca han ido a una escuela.
El turno de la mañana llega, realiza actividades, pasa al comedor y sale para ir a la escuela, mientras que los que están en la tarde, llegan de la escuela, pasan al comedor y luego a las actividades como clases de música, de computación, de arte, de valores, en las que “el niño empieza a manifestar potencialidades que no había tenido oportunidad de desarrollar”.
Las familias se comprometen a asistir al “círculo de padres”. Si los padres ignoran ese compromiso, la casa reporta a la Procuraduría su incumplimiento y es entonces cuando “se toman medidas más drásticas como canalizarlo al albergue del DIF. Es una oportunidad que se le da a la familia de rectificar el camino, un tiempo de prueba para ver si hay cambios estructurales en la familia”.
En ese proceso se lleva como mínimo un año, pueden ser dos, tres, y no faltan los casos en los que tarda seis años y el niño se convierte para entonces en adolescente.
“A lo mejor el niño progresa muy rápido, pero la familia sigue con los mismos vicios, con los mismos esquemas: maltrato, falta de afecto. Mientras no haya muestras claras… a veces se atraviesan cambios dolorosos como cuando la mamá tiene que dejar al papá, o el papá tiene que dejar las drogas”.
Además existe un seguimiento diario del niño para vigilar que no siga siendo maltratado. “Si no se presenta, hay un reporte y una visita de trabajo social, así como un convenio con la escuela del niño para que reporte de inmediato cualquier cambio”.
Anualmente salen de La Casa de los Niños entre 40 y 60 pequeños, lo que refiere que las familias que lo logran en un año, son una de cada cuatro. “Nos pasa con frecuencia que aunque vengan canalizados por la Procuraduría, condicionados a venir a cumplir, tenemos resistencia de las familias, al cambio, a las indicaciones por parte de la terapeuta, simplemente no vienen con todo y carta compromiso”.
De nuevo “aprieta la Procuraduría para que haya cambios acá y es un estira y afloja con las familias”.
Se trata de rescatar a la familia íntegra, pero si en el proceso se dan cuenta que no hay manera o se determina la incapacidad de los padres, normalmente también ya para entonces a cargo de una “familia de apoyo”, inicia un juicio por la pérdida de la patria potestad de los padres. A veces, ni juicio hace falta. “Hay casos muy tristes en que te dicen ‘mejor quítenmelo, ya no quiero estar batallando’”.
En todo caso, remata Sofía Rodríguez, “no se puede mantener a un niño en una situación de riesgo por intentar rescatar a la familia. La idea no es retirar a los niños, pero tampoco podemos dejarlos ahí con unos padres que no cambian”.
El albergue, la última instancia
La familia “tiene muchas oportunidades” antes de que los niños sean desprendidos e internados en un albergue. Pero de no mostrar interés, ese será el hogar de los niños indefinidamente.
El Albergue y la Casa Cuna del DIF de Saltillo reciben decenas de niños cada año. Hoy en día hay 18 niños en el albergue. Allí, dice su directora, Brenda Tot, “llegan emocionalmente muy afectados. El hecho de ser retirados de su familia les genera mucha ansiedad, mucha angustia, pero tratamos de tener una intervención psicológica inmediata y propiciarles aquí un ambiente agradable para disminuir esos niveles de ansiedad que naturalmente se disparan cuando llegan”.
Para algunos niños, explica Portes, es incomprensible estar ahí. Para otros “es una liberación”, dice refiriéndose a casos como el de una niña que a los 10 desempeñaba en su casa el rol de mamá: “Cambiaba al hermanito, hacía la comida. Para niñas como ella, entrar a un albergue es volver a ser niña.
“Lo primero que llegan preguntando a otros niños es ‘¿cómo te tratan aquí?’ y ‘¿aquí qué hacemos?’, pero cuando ven que el ambiente es agradable, que van a convivir con más niños, que hay talleres, cuando ven que lo cotidiano es sano, se enganchan, se adaptan muy bien”.
Conviven con otros niños en escuelas regulares. Viene gente a convivir con ellos, les hacen fiestas o los sacan a pasear. “No tienen por qué estar aislados ni privarse de lo que cualquier otro niño puede vivir. Tratamos de que tengan una vida lo más cotidiana posible”.
La mayoría aun entonces reciben visitas vigiladas de sus padres. La Procuraduría determina sus opciones. Cuando la situación jurídica está así resuelta, se pueden empezar procesos de adopción. Pero “ya con niños grandecitos no son tan comunes, porque la gran mayoría de las parejas buscan un perfil de un niño más chiquito”.
Aunque la mayoría resuelven su situación reintegrándose a su familia o a otra familia, hay quienes crecen en el albergue. “En el caso de que lleguen a cumplir aquí los 18 años y no haya opción de reintegración a una familia, se busca brindarles capacitación para algún oficio, buscarles un empleo para que puedan sostenerse, un lugar para vivir, y entonces ya salen”.
Y lo que siga en el camino del niño por desprenderse del estigma que difícilmente no le marcará la vida.
VANGUARDIA
ENTREVISTA CON JORDI POU, PEDIATRA
Jordi Pou: "Los niños no están educados en valores"
Dirige las áreas de urgencias y pediatría del Hospital de Sant Joan de Déu (Barcelona), donde coordina a un equipo experimentado en la detección del maltrato o abuso de niños muy pequeños.
ÀNGELS GALLARDO- 29 DIC 2008- BARCELONA (EL PERIODICO)
--¿Qué hace sospechar a un médico que la lesión que está curando en un niño tal vez refleje un maltrato?
--Esto funciona como con cualquier enfermedad: si nos llega un niño que sufre una fractura por caída y hay algo en esa lesión que no cuadra con lo previsible investigamos, y podemos detectar un maltrato. Igual que si el pequeño sufre una convulsión atípica y resulta que existe un hematoma interno. El maltrato tiene sus marcas exclusivas.
--No siempre resulta evidente.
--No, qué va. El niño no viene con un letrero que dice "soy maltratado", sino que llega con una fractura que puede ser síntoma de un accidente, de una enfermedad ósea, de una alteración en la sangre o de un maltrato. La lesión de un maltrato aparece en la piel, los huesos, la cabeza o las vísceras y puede ser muy engañosa. Alguna se nos pasa por alto.
--¿Las internas?
--Entre otras. Un niño que ingresa por pancreatitis --fuerte dolor por supuesta inflamación del páncreas-- y, en realidad, lo que pasa es que le han dado un puñetazo en el vientre y tiene un hematoma en el duodeno. O el bebé que ingresa con hemorragia intracraneal y descubrimos que le han estado sacudiendo.
--¿Cuántas formas de maltrato hay?
--La más frecuente es la negligencia, y después están el maltrato psíquico, el físico, el sexual y el prenatal: la embarazada que no se cuida y mantiene sus adicciones en la gestación.
--¿La dejadez es un maltrato?
--Sí. Niños a los que apenas se alimenta, a los que no se viste con ropa de abrigo en invierno y están siempre resfriados; chicos traviesos que antes de los 4 años ya han tenido cinco fracturas, dos traumatismos craneales y tres intoxicaciones porque nadie los vigila. Esa negligencia es un maltrato. Como no dar insulina cuando toca a un niño diabético.
--¿A qué edades ocurren?
--No hay edades específicas, excepto en el abuso sexual, que lo sufren más las adolescentes y los niños de menos de 4 años. El maltrato físico, en cambio, es más frecuente en los menores de 2 años. Cuanto más pequeños son, más fácil es maltratarlos y menos se pueden defender.
--¿Hay familias sospechosas?
--No. No hay familias características. Atendemos maltratos en hijos de profesores universitarios, médicos, ingenieros y en la profesión que sea. Lo que sí existen son factores de riesgo: drogadicción y pobreza lo son.
--En esas familias bien establecidas, ¿cuál es el maltrato habitual?
--Tal vez predomine el psicológico. El maltrato es una actitud que no permite el desarrollo normal de una persona. Le dan al niño un montón de objetos, pero no lo que necesita. Y no hablo de cariño, sino del hecho de impedir que descubra sus aptitudes. Eso se consigue aislándolo, ignorándolo, no hablando nunca con él, rebajándole la autoestima: "Eres un inútil...". Suprimen su seguridad.
--¿Qué hacen ustedes ante eso?
--Primero, diagnosticar. Y después, proteger. Llamamos a la dirección general de la infancia, a la fiscalía y a Justícia. El niño no sale del hospital hasta que tenemos la seguridad de que está protegido.
--¿Y las secuelas? ¿Se puede eliminar la causada por abuso sexual?
--No se eliminan, pero se puede vivir con ellas. La noción de lo que está bien o mal hecho con el sexo se adquiere a partir de los 9 o 10 años.
--¿Y entonces?
--Atendí a una niña de 8 años que sufría abusos sexuales de su padre desde muy pequeña y lo descubrió el día en que en clase hablaron del sexo. Me preguntaba: "Pero, ¿esto que me pasa a mí no le ocurre a todas las niñas?". Su padre le decía que todas las niñas y sus padres hacían lo mismo que ellos. Y que todas tenían ese secreto. Tras descubrir su situación, empezó a tener muchos problemas.
--¿Se trata peor a los niños ahora?
--No lo sé. Ha habido cambios sociales. El padre y la madre trabajan, los niños son mucho más materialistas e intolerantes que antes, y no están educados en valores morales. Sus padres, tampoco. Creen que comprándoles muchas cosas han cumplido.
--¿Qué le pasa por la cabeza a un adulto que maltrata a un bebé?
--Lo ignoro. Tienen una escala de valores basada en el poder. Quieren poder, y abusan de él. No sé si son enfermos. No son personas normales.
--¿Ha conocido a muchos?
--He visto a padres y madres impasibles. Tuve ahí sentado a un médico abusador de su hija, denunciado por su familia que testificó en su contra, que, cuando acabó el juicio, me denunció a mí por presunto abuso de poder. Y tuve que ir a declarar.
--¿Eso le ocurre con frecuencia?
--He sido denunciado e imputado cinco veces. Incluso hay algún recluso que me escribe desde la cárcel. Es un procesado por un maltrato a un niño, que se demostró en el hospital. No me amenaza. Solo me escribe para demostrarme que se acuerda de mí. O algo así.
ePC
Su rostro y sus ropas chillaban pobreza y abandono. Ya debe tener ocho años. Por: Karla Garza 28-Diciembre-2008 MÉXICO
Desaliñada, escuálida y retraída, era común ver a “Fany” por la colonia en la que vivía hace un año, haciendo tempranos ensayos de vagancia junto a sus hermanos. ¿Por qué esos niños —tuvo a bien preguntarse un vecino— pasan los días solos, no van a la escuela y —evidentemente— no comen?
Una trabajadora social encontró a “Fany” y a sus hermanos, de entonces seis y nueve años, con una “severa desnutrición”. Sus padres, emigrantes poblanos, vendedores ambulantes de semillitas, analfabetas y en espera de un cuarto hijo, aceptaron ayuda.
Los niños comenzaron a acudir a La Casa de los Niños y las Niñas de Saltillo. Allí, refiere Sofía Rodríguez de Herrera, directora de la institución, se aseguraron de encontrarles un lugar en la primaria “y el proceso comenzó”.
Un aciago día, recuerda, “la niña llega violada por el tío, que vivía en el tejabán de al lado”. En la inocencia de sus siete años, “Fany” contó “como si nada” a uno de sus profesores de la institución el episodio del día anterior. Un médico la revisó y confirmó una violación.
En La Casa de los Niños “hicimos todo el proceso para una denuncia. El papá vino aquí a gritar y a amenazarnos por eso. Dijo que el tío estaba jugando”. Y punto. No permitió más pruebas, retiró la demanda y se llevó a su familia a donde las trabajadoras sociales no los molestaran más.
“La mamá quería cambios pero también estaba muy amenazada por el papá, que también era muy violento. Se sintieron tan presionados que se fueron a otro sector de Saltillo. Dimos con ellos, hicimos la denuncia otra vez a la Procuraduría, se volvieron a cambiar de casa…”.
Sofía Rodríguez recuerda el de “Fany”, como uno de los casos —los menos, dice, afortunadamente— en los que la institución no pudo hacer nada por un niño maltratado. “Nosotros no tenemos autoridad para intervenir de otra manera, los niños están aquí porque la familia acepta y quiere un cambio”.
La brutalidad en cifras
El de “Fany” es apenas uno de los millones de infantiles rostros marcados por el maltrato. Sostenidamente, desde hace 25 años, mueren asesinados diariamente en el país dos menores de 14 años a causa de violencia intrafamiliar.
Los índices más altos de homicidio se registran entre los 0 y 4 años de edad, generalmente por ahorcamiento, estrangulamiento y sofocación, aunque como se ha visto en Coahuila recientemente, también hay bebés que mueren a punta de puñetazos.
De 1997 a 2003, el promedio de violaciones a menores fue de casi uno por hora. A nivel nacional, tan sólo el DIF atiende más de 70 casos diarios de maltrato infantil.
Según la ONU, en México existe un “alto nivel de tolerancia hacia el maltrato infantil”. Según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), México es, junto a EU y Portugal, una de las naciones que “tienen el número más alto de niños muertos por maltrato”.
Según la Consulta Infantil y Juvenil realizada por el IFE entre niños de seis a nueve años, más de la tercera parte dijeron que son tratados con violencia en su familia y 16% en sus escuelas, y casi el 4% dijeron que han sufrido abuso sexual en su casa o en la escuela.
Coahuila ocupa el primer lugar en denuncias atendidas en la Procuraduría de la Familia, lo que, dice la procuradora Teresa Araiza Llaguno, “no significa que Coahuila sea el lugar en el que hay más violencia, lo que pasa es que aquí se está atendiendo y ahora tenemos 23 unidades de atención a la violencia. La denuncia ha estado fuerte en la zona centro, Monclova es un lugar donde denuncian mucho”.
De enero a agosto de este año tan sólo la Procuraduría de la Familia había atendido 3 mil 858 denuncias que significaron 5 mil 237 niños atendidos por violencia, mil 405 de ellos recibieron, comprobadamente, violencia física, mientras que 130 sufrieron abuso sexual y casi 300, abandono. El resto, negligencia, omisión de los cuidados más básicos, explotación laboral o abuso emocional.
Por su parte, la PGJE, a través de la Dirección de Atención a Víctimas, ha recibido en estos meses 203 casos de violencia contra los pequeños dentro de casa y 55 fuera de ella. De ellos, 76 son casos de negligencia, 69 de violencia física, y 47 de violencia sexual.
Causas, que no excusas
La pobreza, las adicciones y los patrones aprendidos culturalmente, son las principales causas identificadas del maltrato infantil. Además, explica la procuradora Araiza, “los padres adolescentes son un grupo de riesgo, sienten coartado su futuro y no tienen tanta paciencia”.
La pobreza, de hecho, dice Sofía Rodríguez, “es el detonante número uno. La mayoría de los padres tienen empleos informales, son vendedores ambulantes, pepenadores; son analfabetas, construyeron su casa a partir de materiales de desecho… en fin, la condición económica es un factor de riesgo que se hace evidente cuando, canalizados por la Procuraduría de la Familia o por sus propias trabajadoras sociales, los niños llegan a una de estas instituciones.
“Baja el nivel de violencia en las familias al asegurar el alimento de los niños. La mamá deja de presionar al papá por la comida, el niño está comiendo aquí y si ella no come, no le importa, pero que sus niños no coman provoca violencia en las familias, bajan los niveles de tensión simplemente con esa acción”, explica.
En cuanto a violencia sexual, señala la Procuradora, “los focos rojos son los lugares turísticos, en este caso Piedras Negras y Acuña. Me refiero a los menores pateros, las bandas que tratan de atraer niños para pasar ilegales, los muchachitos que ganan fácilmente dinero en dólares”.
El estrés y la desesperación son también factores que desatan la violencia, aunque son más “tratables” y se logran resultados cuando una intervención psicológica es oportuna.
De ahí que, pese a que son los vecinos o familiares secundarios quienes con frecuencia dan la voz de alerta, hay incluso quien se autodenuncia. “Es un acto valiente, de amor, reconocer que te está sobrepasando la situación. Y dicen: ‘Es que yo le estoy pegando, no quiero, pero pierdo el control, ayúdenme’. Ahorita hay muchas personas en depresión, en estrés, al menos personalmente he visto tres casos de señoras así y son las que han realizado los mejores cambios”, señala Araiza.
La huella del maltrato
Difícilmente un niño sabe o es capaz de defenderse ante las agresiones de los adultos. Rara vez pide ayuda, lo que lo deja absolutamente vulnerable ante un adulto agresivo y/o negligente.
Los niños que sufren maltrato carecen de herramientas emocionales para enfrentar problemas, pierden la confianza con otras personas, tienen bajo aprovechamiento escolar, baja autoestima, tendencia al delito y las adicciones, problemas de socialización y múltiples problemas que imposibilitan el adecuado desarrollo de su personalidad. Por no hablar de las lesiones que causan discapacidad parcial o total, o la pérdida de años de vida saludable.
Hay niños, refiere Sofía Rodríguez, “que se manifiestan demasiado retraídos, no expresan, no manifiestan nada, están tristes y en un principio vienen bloqueados. O bien son demasiado agresivos”.
De ahí que, en instituciones como la que ella preside, “la atención psicológica es prioritaria, a través de terapia individual o familiar, según el caso”. También se revisa la salud del niño, para detectar negligencias que a veces son evidentes en la desnutrición y “a veces se manifiesta con sobrepeso, porque están comiendo comida chatarra todo el día por el mismo abandono que viven de parte de la familia”. Suele suceder también, agrega, que el bajo aprovechamiento o la falta de atención del niño resulte de deficiencias físicas de las que nadie en su familia se había percatado.
La descalificación, “el ignorar al niño, no voltear a verlo cuando nos habla”, dice María de la Cruz Portes, psicóloga de la Procuraduría, también son actitudes violentas que desencadenan en el niño conductas anacrónicas.
“Hay niños que ya tienen una actitud de víctimas, son sumisos, se dejan de todo, llevan eso a la escuela, y también son victimizados en la escuela. Están acostumbrados a reaccionar con obediencia por miedo. También hay niños que se vuelven muy agresivos porque están copiando las conductas”.
Por la cabeza del niño maltratado todo pasa en confusión. La violencia que padecen, “algunos la estiman normal, pero otros se dan cuenta porque comparan con los primitos, los amigos… la mayoría de las veces, aunque no sepan muy bien qué es lo que está pasando, les queda muy claro que algo no está bien”.
El peregrinar del niño maltratado
El problema en sus reales magnitudes se desconoce. Apenas se estima que un gran porcentaje de los casos no se denuncian. Por eso, dice María de la Cruz Portes, “los que llegan aquí son los afortunados”.
Una denuncia, que puede ser anónima, por teléfono, por escrito o personal, arranca una investigación. La mayoría, dice Araiza Llaguno, son verificadas. “La trabajadora social empieza a indagar con los vecinos, se deja un citatorio a las personas. Si no acuden, al tercer citatorio se les puede traer con la fuerza pública. Al llegar aquí se canaliza, dependiendo del caso, con el trabajador social, el abogado, el psicólogo…”.
A los niños, dice la psicóloga Portes, “es muy importante creerles lo que nos están diciendo. Claro que lo confirmamos con la actitud, la postura, analizamos el conjunto del desempeño del niño y los puntos de congruencia en su relato. Si traen marcas, obviamente ya hay indicios de maltrato”.
Con frecuencia, encuentran que el problema era más serio de lo que parecía. “Por ejemplo, vienen porque los vecinos reportan que gritan o que lloran mucho en la noche y aquí nos damos cuenta que están padeciendo un maltrato severo”.
Si se encontró maltrato, la familia es enviada al departamento de psicología. Si la integridad del niño está en riesgo mientras en su núcleo familiar se hacen los cambios convenidos, es entregado a una “familia de apoyo”, generalmente parientes como abuelos o tíos, “porque el niño ya es víctima y lo castigamos enviándolo a un albergue, pues es duro”. De no encontrar a nadie que quiera o pueda hacerse cargo del niño, pasa al albergue (internado) del DIF.
Entre tanto, en la mayoría de las ocasiones, los niños son enviados medio tiempo a una de las 46 instituciones en el estado, como La Casa de los Niños y las Niñas de Saltillo, institución que actualmente atiende a 287 niños con maltrato de diferentes tipos, lo mismo por agresiones físicas o sexuales que por abandono o negligencia.
Alrededor de un 10 por ciento son canalizados por la Procuraduría de la Familia. Allí, “lo que hacemos es tratar de encontrar la raíz de la violencia intrafamiliar. Muchas veces encontramos a niños con bajas conductas escolares o con muy bajo rendimiento escolar que son canalizados por eso por las escuelas del sector y, al entrar un poquito más en su ambiente familiar, encontramos que hay negligencia, abuso o maltrato emocional”, explica Sofía Rodríguez.
También hay un esfuerzo por “nivelar académicamente a estos niños, regresarlos a su entorno escolar en caso de que hayan salido o que nunca habían ingresado”, porque en esta zona urbana densamente poblada, y sólo en esta institución, hay 18 niños entre 10 y 14 años que nunca han ido a una escuela.
El turno de la mañana llega, realiza actividades, pasa al comedor y sale para ir a la escuela, mientras que los que están en la tarde, llegan de la escuela, pasan al comedor y luego a las actividades como clases de música, de computación, de arte, de valores, en las que “el niño empieza a manifestar potencialidades que no había tenido oportunidad de desarrollar”.
Las familias se comprometen a asistir al “círculo de padres”. Si los padres ignoran ese compromiso, la casa reporta a la Procuraduría su incumplimiento y es entonces cuando “se toman medidas más drásticas como canalizarlo al albergue del DIF. Es una oportunidad que se le da a la familia de rectificar el camino, un tiempo de prueba para ver si hay cambios estructurales en la familia”.
En ese proceso se lleva como mínimo un año, pueden ser dos, tres, y no faltan los casos en los que tarda seis años y el niño se convierte para entonces en adolescente.
“A lo mejor el niño progresa muy rápido, pero la familia sigue con los mismos vicios, con los mismos esquemas: maltrato, falta de afecto. Mientras no haya muestras claras… a veces se atraviesan cambios dolorosos como cuando la mamá tiene que dejar al papá, o el papá tiene que dejar las drogas”.
Además existe un seguimiento diario del niño para vigilar que no siga siendo maltratado. “Si no se presenta, hay un reporte y una visita de trabajo social, así como un convenio con la escuela del niño para que reporte de inmediato cualquier cambio”.
Anualmente salen de La Casa de los Niños entre 40 y 60 pequeños, lo que refiere que las familias que lo logran en un año, son una de cada cuatro. “Nos pasa con frecuencia que aunque vengan canalizados por la Procuraduría, condicionados a venir a cumplir, tenemos resistencia de las familias, al cambio, a las indicaciones por parte de la terapeuta, simplemente no vienen con todo y carta compromiso”.
De nuevo “aprieta la Procuraduría para que haya cambios acá y es un estira y afloja con las familias”.
Se trata de rescatar a la familia íntegra, pero si en el proceso se dan cuenta que no hay manera o se determina la incapacidad de los padres, normalmente también ya para entonces a cargo de una “familia de apoyo”, inicia un juicio por la pérdida de la patria potestad de los padres. A veces, ni juicio hace falta. “Hay casos muy tristes en que te dicen ‘mejor quítenmelo, ya no quiero estar batallando’”.
En todo caso, remata Sofía Rodríguez, “no se puede mantener a un niño en una situación de riesgo por intentar rescatar a la familia. La idea no es retirar a los niños, pero tampoco podemos dejarlos ahí con unos padres que no cambian”.
El albergue, la última instancia
La familia “tiene muchas oportunidades” antes de que los niños sean desprendidos e internados en un albergue. Pero de no mostrar interés, ese será el hogar de los niños indefinidamente.
El Albergue y la Casa Cuna del DIF de Saltillo reciben decenas de niños cada año. Hoy en día hay 18 niños en el albergue. Allí, dice su directora, Brenda Tot, “llegan emocionalmente muy afectados. El hecho de ser retirados de su familia les genera mucha ansiedad, mucha angustia, pero tratamos de tener una intervención psicológica inmediata y propiciarles aquí un ambiente agradable para disminuir esos niveles de ansiedad que naturalmente se disparan cuando llegan”.
Para algunos niños, explica Portes, es incomprensible estar ahí. Para otros “es una liberación”, dice refiriéndose a casos como el de una niña que a los 10 desempeñaba en su casa el rol de mamá: “Cambiaba al hermanito, hacía la comida. Para niñas como ella, entrar a un albergue es volver a ser niña.
“Lo primero que llegan preguntando a otros niños es ‘¿cómo te tratan aquí?’ y ‘¿aquí qué hacemos?’, pero cuando ven que el ambiente es agradable, que van a convivir con más niños, que hay talleres, cuando ven que lo cotidiano es sano, se enganchan, se adaptan muy bien”.
Conviven con otros niños en escuelas regulares. Viene gente a convivir con ellos, les hacen fiestas o los sacan a pasear. “No tienen por qué estar aislados ni privarse de lo que cualquier otro niño puede vivir. Tratamos de que tengan una vida lo más cotidiana posible”.
La mayoría aun entonces reciben visitas vigiladas de sus padres. La Procuraduría determina sus opciones. Cuando la situación jurídica está así resuelta, se pueden empezar procesos de adopción. Pero “ya con niños grandecitos no son tan comunes, porque la gran mayoría de las parejas buscan un perfil de un niño más chiquito”.
Aunque la mayoría resuelven su situación reintegrándose a su familia o a otra familia, hay quienes crecen en el albergue. “En el caso de que lleguen a cumplir aquí los 18 años y no haya opción de reintegración a una familia, se busca brindarles capacitación para algún oficio, buscarles un empleo para que puedan sostenerse, un lugar para vivir, y entonces ya salen”.
Y lo que siga en el camino del niño por desprenderse del estigma que difícilmente no le marcará la vida.
VANGUARDIA
ENTREVISTA CON JORDI POU, PEDIATRA
Jordi Pou: "Los niños no están educados en valores"
Dirige las áreas de urgencias y pediatría del Hospital de Sant Joan de Déu (Barcelona), donde coordina a un equipo experimentado en la detección del maltrato o abuso de niños muy pequeños.
ÀNGELS GALLARDO- 29 DIC 2008- BARCELONA (EL PERIODICO)
--¿Qué hace sospechar a un médico que la lesión que está curando en un niño tal vez refleje un maltrato?
--Esto funciona como con cualquier enfermedad: si nos llega un niño que sufre una fractura por caída y hay algo en esa lesión que no cuadra con lo previsible investigamos, y podemos detectar un maltrato. Igual que si el pequeño sufre una convulsión atípica y resulta que existe un hematoma interno. El maltrato tiene sus marcas exclusivas.
--No siempre resulta evidente.
--No, qué va. El niño no viene con un letrero que dice "soy maltratado", sino que llega con una fractura que puede ser síntoma de un accidente, de una enfermedad ósea, de una alteración en la sangre o de un maltrato. La lesión de un maltrato aparece en la piel, los huesos, la cabeza o las vísceras y puede ser muy engañosa. Alguna se nos pasa por alto.
--¿Las internas?
--Entre otras. Un niño que ingresa por pancreatitis --fuerte dolor por supuesta inflamación del páncreas-- y, en realidad, lo que pasa es que le han dado un puñetazo en el vientre y tiene un hematoma en el duodeno. O el bebé que ingresa con hemorragia intracraneal y descubrimos que le han estado sacudiendo.
--¿Cuántas formas de maltrato hay?
--La más frecuente es la negligencia, y después están el maltrato psíquico, el físico, el sexual y el prenatal: la embarazada que no se cuida y mantiene sus adicciones en la gestación.
--¿La dejadez es un maltrato?
--Sí. Niños a los que apenas se alimenta, a los que no se viste con ropa de abrigo en invierno y están siempre resfriados; chicos traviesos que antes de los 4 años ya han tenido cinco fracturas, dos traumatismos craneales y tres intoxicaciones porque nadie los vigila. Esa negligencia es un maltrato. Como no dar insulina cuando toca a un niño diabético.
--¿A qué edades ocurren?
--No hay edades específicas, excepto en el abuso sexual, que lo sufren más las adolescentes y los niños de menos de 4 años. El maltrato físico, en cambio, es más frecuente en los menores de 2 años. Cuanto más pequeños son, más fácil es maltratarlos y menos se pueden defender.
--¿Hay familias sospechosas?
--No. No hay familias características. Atendemos maltratos en hijos de profesores universitarios, médicos, ingenieros y en la profesión que sea. Lo que sí existen son factores de riesgo: drogadicción y pobreza lo son.
--En esas familias bien establecidas, ¿cuál es el maltrato habitual?
--Tal vez predomine el psicológico. El maltrato es una actitud que no permite el desarrollo normal de una persona. Le dan al niño un montón de objetos, pero no lo que necesita. Y no hablo de cariño, sino del hecho de impedir que descubra sus aptitudes. Eso se consigue aislándolo, ignorándolo, no hablando nunca con él, rebajándole la autoestima: "Eres un inútil...". Suprimen su seguridad.
--¿Qué hacen ustedes ante eso?
--Primero, diagnosticar. Y después, proteger. Llamamos a la dirección general de la infancia, a la fiscalía y a Justícia. El niño no sale del hospital hasta que tenemos la seguridad de que está protegido.
--¿Y las secuelas? ¿Se puede eliminar la causada por abuso sexual?
--No se eliminan, pero se puede vivir con ellas. La noción de lo que está bien o mal hecho con el sexo se adquiere a partir de los 9 o 10 años.
--¿Y entonces?
--Atendí a una niña de 8 años que sufría abusos sexuales de su padre desde muy pequeña y lo descubrió el día en que en clase hablaron del sexo. Me preguntaba: "Pero, ¿esto que me pasa a mí no le ocurre a todas las niñas?". Su padre le decía que todas las niñas y sus padres hacían lo mismo que ellos. Y que todas tenían ese secreto. Tras descubrir su situación, empezó a tener muchos problemas.
--¿Se trata peor a los niños ahora?
--No lo sé. Ha habido cambios sociales. El padre y la madre trabajan, los niños son mucho más materialistas e intolerantes que antes, y no están educados en valores morales. Sus padres, tampoco. Creen que comprándoles muchas cosas han cumplido.
--¿Qué le pasa por la cabeza a un adulto que maltrata a un bebé?
--Lo ignoro. Tienen una escala de valores basada en el poder. Quieren poder, y abusan de él. No sé si son enfermos. No son personas normales.
--¿Ha conocido a muchos?
--He visto a padres y madres impasibles. Tuve ahí sentado a un médico abusador de su hija, denunciado por su familia que testificó en su contra, que, cuando acabó el juicio, me denunció a mí por presunto abuso de poder. Y tuve que ir a declarar.
--¿Eso le ocurre con frecuencia?
--He sido denunciado e imputado cinco veces. Incluso hay algún recluso que me escribe desde la cárcel. Es un procesado por un maltrato a un niño, que se demostró en el hospital. No me amenaza. Solo me escribe para demostrarme que se acuerda de mí. O algo así.
ePC







