A LA LUZ DE LA SENTENCIA CONTRA EL COLEGIO SUIZO DE MADRID
ANÁLISIS · JAVIER ELZO*, sociólogo
La vía judicial no es el mejor modo de resolver los casos de 'bullying', salvo en situaciones extremas
BILBAO 14 ENE 2009 (EL PERIODICO)
Tal vez ustedes, como yo, hayan tenido ocasión de ver recientemente en la televisión una grabación, hecha en junio del 2006 por uno de los alumnos del Colegio Suizo de Madrid, en la que se aprecia cómo durante un recreo varios estudiantes se burlan de un menor (de 10 años) y le golpean. Según leo en la prensa, "hasta 21 veces con la mano y un estuche blando en la cabeza, las piernas y la espalda".
La Audiencia de Madrid ha condenado al centro, sosteniendo que hay un "nexo causal" entre el daño moral al menor y "la falta de atención, vigilancia y respuesta inmediata y contundente del centro", revocando una resolución anterior de un juzgado de Alcobendas que había absuelto al colegio argumentando que las imágenes captaban un altercado "aislado". El padre de la víctima, satisfecho con la sentencia, arguye la importancia de la filmación, aunque dos tribunales distintos han emitido, dos años después de los hechos, juicios radicalmente distintos al respecto.
Yo no soy jurista y no voy a entrar en los vericuetos de dos sentencias tan dispares. Pero, más allá del episodio del colegio de Madrid, como padre, como profesor muchos años y como sociólogo que ha estudiado estos temas, me permito trasladarles algunas reflexiones.
CIERTAMENTE, hay acoso escolar. Aunque haya descendido, según refieren varios estudios realizados por equipos científicos diferentes, hay una proporción importante de escolares que sufren bullying (o maltrato escolar): acoso reiterado de sus compañeros, al menos una vez a la semana, con intención de hacer daño. De entre ellos, algunos lo pasan muy mal. Entre el 2% y 4% en este elevado nivel de gravedad.
Una gran proporción de padres y profesores no se enteran. En no pocos casos, porque los propios escolares victimizados lo ocultan, añadiendo, así, dolor al dolor. He reflexionado mucho sobre este tema y me permito reenviar a mi reciente libro, El silencio de los adolescentes, en el que consagro un capí- tulo al tema del miedo en la escuela. En los estudios en los que he participado personalmente, en el País Vasco, Catalunya y en toda España, he podido comprobar esta realidad. Es particularmente sangrante en los menores de 10 y 11 años, a veces con un defecto o minusvalía mínima, indefensos ante matones que los han tomado como chivos expiatorios de sus juegos y de sus propias debilidades. Pero la minusvalía de las víctimas, a veces física, otras veces psicológica, hace que oculten su situación. Así, a un problema de presión externa, el maltrato padecido por sus compañeros, se añade el ahondamiento del sufrimiento por incapacidad interna de externalizarlo. Quizá, incluso, nutriendo en el interior un sentimiento de culpa, obviamente inexistente.
Sostengo firmemente que la vía judicial no es la mejor formula para resolver estos problemas, salvo en situaciones extremas. No estoy en condiciones de decir si los hechos del Colegio Suizo cabe calificarlos de extremos, pero sí sé que, para los padres, lo que sucede con nuestros hijos pequeños es fácil que nos parezca extremo. No hay que olvidar que antes del caso Jokin apenas se hablaba de bullying, salvo entre los que lle- vábamos años trabajando estos temas sin que nos atendieran. Tras la aplicación de protocolos de seguimiento de casos de acoso escolar, hay un desmesurado aumento de señalizaciones de estos por parte de los centros docentes que no se corresponde con un aumento de episodios de maltrato. A veces, para curarse en salud. Tras la sentencia del Colegio Suizo, crecerán aún más, y me temo que tendrá el efecto perverso de no distinguir lo anecdótico de lo grave, tapando, así, auténticos casos de bullying.
PORQUE, insisto, el bullying existe. No lo erradicaremos totalmente nunca. Pero hemos de procurar que sea lo menos frecuente posible y lo menos dañino posible. Para ello, además de tomar conciencia del problema, lo que ya se da en la mayor parte del sistema educativo (es ejemplar el plan andaluz Escuela: espacio de paz), hay que aplicar, con discernimiento, los protocolos ya existentes y, sobre todo y muy prioritariamente, una colaboración entre los padres, los profesores y la dirección de los centros, que a día de hoy es muy deficitaria. Si, además, padres y profesores estuvieran enfrentados, lo pagarán sus hijos y alumnos.
El recurso a la vía judicial es un indicador evidente de que tal colaboración no se ha dado y, con ra-zón, diferentes asociaciones de padres y madres, tanto de centros públicos como concertados, han abogado, tras conocer la segunda sentencia del centro suizo, por la necesidad de reforzarla. La justicia está para dirimir culpables, no para resolver conflictos. Entre otras razones, porque actúa cuando los hechos ya han pasado. Recuérdese el caso de la madre sordomuda de Jaén a la que la justicia separó de su hijo, también sordomudo, por haberle propinado un bofetón... dos años antes. ¿A quién ha beneficiado esa intervención judicial? En el caso del Colegio Suizo el chaval ya llevaba dos años en otro centro docente. Si el centro recurre contra la sentencia, la gane o la pierda, ¿quién saldría beneficiado? El problema no debería haber salido del sistema educativo. Para eso están los inspectores, digo yo.
* Javier Elzo es Catedrático emérito de Deusto.
ePC
+SENTENCIAS
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PS
17.01.09 - JAVIER ELZO - San Sebastián (DIARIO VASCO)
Ustedes recordaran cómo hace ya varios días el Colegio Suizo de Madrid fue condenado por la Audiencia de Madrid (después de haber sido absuelto por el juzgado de Alcobendas) acusado de «falta de atención, vigilancia y respuesta inmediata y contundente del centro» ante un acoso escolar a un menor del centro. Los hechos sucedieron dos años antes de los que hay constancia por un video grabado por uno de los acosadores. Quizás Ustedes lo han visto en la TV o en Internet.
No hay duda alguna de que hay acoso escolar, bullying (acoso reiterado de sus compañeros, al menos una vez a la semana, con intención de hacer daño). Aunque según distintos estudios realizados por equipos científicos diferentes, se ha producido un descenso, hay una proporción importante de escolares que lo sufren y algunos lo pasan muy mal: entre el 2 y 4 % en este elevado nivel de gravedad.
Muchos padres y profesores no se enteran. En no pocos casos porque los propios escolares victimados lo ocultan, añadiendo así, dolor al dolor. He reflexionado mucho sobre este tema y me permito reenviar a mi reciente libro, La voz de los adolescentes en el que consagro un capítulo al tema del miedo en la escuela. Es particularmente sangrante en los menores de 10 y 11 años, a veces con un defecto o minusvalía mínima, a veces física, otras veces psicológica, lo que hace que oculten su situación. Así, a un problema de presión externa, el maltrato padecido por sus compañeros, se añade el ahondamiento del sufrimiento por incapacidad interna de externalizarlo. Quizá, incluso, nutriendo en el interior un sentimiento de culpa, obviamente inexistente.
Sí, el bullying existe. No lo erradicaremos totalmente nunca. Pero hemos de procurar que sea lo menos frecuente y lo menos dañino posible. Además de tomar conciencia del problema, lo que ya se da en la mayor parte de los centros docentes, hay que aplicar los protocolos de detección ya existentes y sobre todo, y muy prioritariamente, una colaboración entre padres, profesores y dirección de los centros que, al día de hoy, es muy deficitaria. Mientras padres y profesores estén enfrentados, la pagarán sus hijos y alumnos.
El recurso a la vía judicial es un indicador evidente que tal colaboración no se ha dado. La justicia está para dirimir culpables, no para resolver conflictos. Entre otras razones porque actúa cuando los hechos ya han pasado. Por eso pienso que los problemas de bullying no tendrían que salir del sistema educativo. Como los conflictos familiares del ámbito familiar. Recuerden la sentencia, tras el bofetón de una madre sordomuda a su hijo también sordomudo, separando madre e hijo dos años después del bofetón, de lo que me ocupé hace un mes. Para estos conflictos están, de entrada, los inspectores, en el sistema educativo y los mediadores en el familiar. La justicia debe ser el último recurso, pienso yo.
DV
ANÁLISIS · JAVIER ELZO*, sociólogo
La vía judicial no es el mejor modo de resolver los casos de 'bullying', salvo en situaciones extremas
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00:45 Vídeo que un padre arrebató a los compañeros de pupitre de su hijo con imágenes de abuso escolar |
Tal vez ustedes, como yo, hayan tenido ocasión de ver recientemente en la televisión una grabación, hecha en junio del 2006 por uno de los alumnos del Colegio Suizo de Madrid, en la que se aprecia cómo durante un recreo varios estudiantes se burlan de un menor (de 10 años) y le golpean. Según leo en la prensa, "hasta 21 veces con la mano y un estuche blando en la cabeza, las piernas y la espalda".
La Audiencia de Madrid ha condenado al centro, sosteniendo que hay un "nexo causal" entre el daño moral al menor y "la falta de atención, vigilancia y respuesta inmediata y contundente del centro", revocando una resolución anterior de un juzgado de Alcobendas que había absuelto al colegio argumentando que las imágenes captaban un altercado "aislado". El padre de la víctima, satisfecho con la sentencia, arguye la importancia de la filmación, aunque dos tribunales distintos han emitido, dos años después de los hechos, juicios radicalmente distintos al respecto.
Yo no soy jurista y no voy a entrar en los vericuetos de dos sentencias tan dispares. Pero, más allá del episodio del colegio de Madrid, como padre, como profesor muchos años y como sociólogo que ha estudiado estos temas, me permito trasladarles algunas reflexiones.
CIERTAMENTE, hay acoso escolar. Aunque haya descendido, según refieren varios estudios realizados por equipos científicos diferentes, hay una proporción importante de escolares que sufren bullying (o maltrato escolar): acoso reiterado de sus compañeros, al menos una vez a la semana, con intención de hacer daño. De entre ellos, algunos lo pasan muy mal. Entre el 2% y 4% en este elevado nivel de gravedad.
Una gran proporción de padres y profesores no se enteran. En no pocos casos, porque los propios escolares victimizados lo ocultan, añadiendo, así, dolor al dolor. He reflexionado mucho sobre este tema y me permito reenviar a mi reciente libro, El silencio de los adolescentes, en el que consagro un capí- tulo al tema del miedo en la escuela. En los estudios en los que he participado personalmente, en el País Vasco, Catalunya y en toda España, he podido comprobar esta realidad. Es particularmente sangrante en los menores de 10 y 11 años, a veces con un defecto o minusvalía mínima, indefensos ante matones que los han tomado como chivos expiatorios de sus juegos y de sus propias debilidades. Pero la minusvalía de las víctimas, a veces física, otras veces psicológica, hace que oculten su situación. Así, a un problema de presión externa, el maltrato padecido por sus compañeros, se añade el ahondamiento del sufrimiento por incapacidad interna de externalizarlo. Quizá, incluso, nutriendo en el interior un sentimiento de culpa, obviamente inexistente.
Sostengo firmemente que la vía judicial no es la mejor formula para resolver estos problemas, salvo en situaciones extremas. No estoy en condiciones de decir si los hechos del Colegio Suizo cabe calificarlos de extremos, pero sí sé que, para los padres, lo que sucede con nuestros hijos pequeños es fácil que nos parezca extremo. No hay que olvidar que antes del caso Jokin apenas se hablaba de bullying, salvo entre los que lle- vábamos años trabajando estos temas sin que nos atendieran. Tras la aplicación de protocolos de seguimiento de casos de acoso escolar, hay un desmesurado aumento de señalizaciones de estos por parte de los centros docentes que no se corresponde con un aumento de episodios de maltrato. A veces, para curarse en salud. Tras la sentencia del Colegio Suizo, crecerán aún más, y me temo que tendrá el efecto perverso de no distinguir lo anecdótico de lo grave, tapando, así, auténticos casos de bullying.
PORQUE, insisto, el bullying existe. No lo erradicaremos totalmente nunca. Pero hemos de procurar que sea lo menos frecuente posible y lo menos dañino posible. Para ello, además de tomar conciencia del problema, lo que ya se da en la mayor parte del sistema educativo (es ejemplar el plan andaluz Escuela: espacio de paz), hay que aplicar, con discernimiento, los protocolos ya existentes y, sobre todo y muy prioritariamente, una colaboración entre los padres, los profesores y la dirección de los centros, que a día de hoy es muy deficitaria. Si, además, padres y profesores estuvieran enfrentados, lo pagarán sus hijos y alumnos.
El recurso a la vía judicial es un indicador evidente de que tal colaboración no se ha dado y, con ra-zón, diferentes asociaciones de padres y madres, tanto de centros públicos como concertados, han abogado, tras conocer la segunda sentencia del centro suizo, por la necesidad de reforzarla. La justicia está para dirimir culpables, no para resolver conflictos. Entre otras razones, porque actúa cuando los hechos ya han pasado. Recuérdese el caso de la madre sordomuda de Jaén a la que la justicia separó de su hijo, también sordomudo, por haberle propinado un bofetón... dos años antes. ¿A quién ha beneficiado esa intervención judicial? En el caso del Colegio Suizo el chaval ya llevaba dos años en otro centro docente. Si el centro recurre contra la sentencia, la gane o la pierda, ¿quién saldría beneficiado? El problema no debería haber salido del sistema educativo. Para eso están los inspectores, digo yo.
* Javier Elzo es Catedrático emérito de Deusto.
ePC
+SENTENCIAS
AFFAIRE
__PS
Respuestas al acoso escolar
17.01.09 - JAVIER ELZO - San Sebastián (DIARIO VASCO)
Ustedes recordaran cómo hace ya varios días el Colegio Suizo de Madrid fue condenado por la Audiencia de Madrid (después de haber sido absuelto por el juzgado de Alcobendas) acusado de «falta de atención, vigilancia y respuesta inmediata y contundente del centro» ante un acoso escolar a un menor del centro. Los hechos sucedieron dos años antes de los que hay constancia por un video grabado por uno de los acosadores. Quizás Ustedes lo han visto en la TV o en Internet.
No hay duda alguna de que hay acoso escolar, bullying (acoso reiterado de sus compañeros, al menos una vez a la semana, con intención de hacer daño). Aunque según distintos estudios realizados por equipos científicos diferentes, se ha producido un descenso, hay una proporción importante de escolares que lo sufren y algunos lo pasan muy mal: entre el 2 y 4 % en este elevado nivel de gravedad.
Muchos padres y profesores no se enteran. En no pocos casos porque los propios escolares victimados lo ocultan, añadiendo así, dolor al dolor. He reflexionado mucho sobre este tema y me permito reenviar a mi reciente libro, La voz de los adolescentes en el que consagro un capítulo al tema del miedo en la escuela. Es particularmente sangrante en los menores de 10 y 11 años, a veces con un defecto o minusvalía mínima, a veces física, otras veces psicológica, lo que hace que oculten su situación. Así, a un problema de presión externa, el maltrato padecido por sus compañeros, se añade el ahondamiento del sufrimiento por incapacidad interna de externalizarlo. Quizá, incluso, nutriendo en el interior un sentimiento de culpa, obviamente inexistente.
Sí, el bullying existe. No lo erradicaremos totalmente nunca. Pero hemos de procurar que sea lo menos frecuente y lo menos dañino posible. Además de tomar conciencia del problema, lo que ya se da en la mayor parte de los centros docentes, hay que aplicar los protocolos de detección ya existentes y sobre todo, y muy prioritariamente, una colaboración entre padres, profesores y dirección de los centros que, al día de hoy, es muy deficitaria. Mientras padres y profesores estén enfrentados, la pagarán sus hijos y alumnos.
El recurso a la vía judicial es un indicador evidente que tal colaboración no se ha dado. La justicia está para dirimir culpables, no para resolver conflictos. Entre otras razones porque actúa cuando los hechos ya han pasado. Por eso pienso que los problemas de bullying no tendrían que salir del sistema educativo. Como los conflictos familiares del ámbito familiar. Recuerden la sentencia, tras el bofetón de una madre sordomuda a su hijo también sordomudo, separando madre e hijo dos años después del bofetón, de lo que me ocupé hace un mes. Para estos conflictos están, de entrada, los inspectores, en el sistema educativo y los mediadores en el familiar. La justicia debe ser el último recurso, pienso yo.
DV

Peace





