Crónica de una visita al purgatorio
Picón del Jarama, en Madrid, es uno de los centros de menores donde hay denuncias por malos tratos
Sus responsables se defienden · «Esto no es una cárcel»
· Testimonios de muchachos mejorados y reeducados
La cama está atornillada, no hay armarios y las ventanas tienen rejas. Debajo, unos chavales internos en Picón juegan al baloncesto con su educador. /D. G. LÓPEZ Y J. DE DOMINGO - EL CORREO
08.02.09 - MIGUEL ÁNGEL BARROSO | MADRID (EL CORREO)
Juan lo cuenta así: «Estábamos mi colega y yo en el instituto y nos dio por arrojarnos los pupitres a la cabeza. Y le dimos a una niña. Pero fue sin querer, ¿eh? Vino a buscarme un educador del centro y me escapé corriendo a casa. Recapacité y ahora estoy conforme. Tengo una habitación para mí solo. Me gusta el deporte. Antes practicaba esgrima. Esta semana he empezado con el kárate. Y he retomado los estudios de primero de ESO, aunque recibo las clases aquí, no he vuelto al instituto. A veces discuto con los compañeros, pero de buen rollo. Como me porto bien, me dejan salir solo al pueblo a comprar chucherías. Cuando llegue a la mayoría de edad podría quedarme aquí como tutor de otros chicos. Parece un buen trabajo...»
Y se marcha a merendar dando la mano muy educadamente, con cara de no haber roto un plato en su vida. Salvo, quizás, en algunos momentos en que se le han saltado los plomos. Juan, 14 años y origen marroquí, es uno de los 45 inquilinos -30 chicos y 15 chicas- del centro de adaptación psicosocial Picón del Jarama, situado en Paracuellos (Madrid). Uno de los establecimientos señalados por el incendiario informe del Defensor del Pueblo que se ha hecho público esta semana. Celdas de aislamiento, agresiones físicas, maltrato psicológico, abuso de tratamiento farmacológico... El documento está cuajado de cartas de los chicos, auténticos SOS para escapar de sus 'hogares de acogida'.
Picón del Jarama está al final de la empinada cuesta que da acceso al pueblo, en una calle cortada. Más allá del antiguo palacete amarillo, del purgatorio, no hay nada. Salvo el infierno. «Cuando se dice que éste es el último lugar no significa que sea el peor», suspira Juan Carlos Rodríguez, director del centro. Una semana difícil. Mediática. Juan Carlos está acostumbrado a lidiar con chavales muy agresivos, algunos con graves trastornos disociales, con tentaciones de estampar al prójimo contra la pared o de arrojarse por una ventana, en fase predelictiva o con el Rubicón ya cruzado. Pero hablar con la Prensa para defenderse de las acusaciones del informe le supone un estrés desconocido.
Joven, muy joven, como Ángel, el subdirector, como Patricia, la coordinadora de educadores, como la mayoría del personal que trabaja en Picón del Jarama (hasta 105 personas) defiende la labor que se realiza y niega los hechos que recoge el Defensor del Pueblo. En la visita que realizamos no hay puerta que no abra con su superpoblado manojo de llaves, ni explicación que rehúya, por delicada que sea. Los chicos con los que nos cruzamos por los pasillos se muestran afectuosos y, en ocasiones, le hacen confidencias al oído. Si hay procesión, va por dentro.
«Hay menores con enfermedades mentales que precisan fármacos y siempre se les suministran por estricta prescripción médica», aclara. «En cuanto a los conatos de agresividad, no son tantos como se piensa; pero, eso sí, cuando algún chico estalla, lo hace de verdad y es muy desagradable. Intentamos anticiparnos. Si percibimos que las cosas se calientan ofrecemos alternativas, negociamos con un cómic o con un cd de El Langui... Conseguir el equilibrio es complicado, porque pueden aprender que usando la violencia como elemento de chantaje pueden conseguir sus propósitos. Si hay peligro se produce una retención física a cargo de los vigilantes. ¿Lesiones? Estamos hablando de jóvenes altos, corpulentos. Llamamos inmediatamente al 112 como ocurriría en cualquier situación de emergencia».
«Esto no es una cárcel»
Aunque se les intenta proteger del diluvio, los chavales no son impermeables. «Sí, se han enterado del informe. Las reacciones son variadas. Algunos están en contra de lo que se ha escrito. Otros, en cambio, sí han discutido con su tutor, están de acuerdo con las denuncias», señala Rodríguez. «Pero esto no es un cárcel. Pueden quejarse a los educadores o recurrir a mí si es necesario; de hecho, me reúno con todos ellos una vez al mes. El psiquiatra y yo tenemos un móvil de emergencia abierto las 24 horas del día. Existe una asamblea de menores donde expresan libremente sus quejas; en caso de considerarlo oportuno, pueden cursar denuncias en la comisaría. Ha ocurrido varias veces, pero hasta el momento el juez las ha archivado todas».
Patricia, la coordinadora de educadores, destaca el hecho de que los medios no cuenten las historias de superación. «Cuando los chavales cumplen la mayoría de edad y deben seguir con su vida, les hacemos un seguimiento de seis meses. Después deben volar solos. A algunos les cuesta desvincularse y nos llaman a menudo o vienen a visitarnos; no para pedir algo, sino simplemente para vernos».
La carga de profundidad del Defensor del Pueblo ha provocado una reacción fulminante para mejorar los protocolos de actuación. La Comunidad de Madrid firmará la próxima semana un convenio con la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia de Madrid para garantizar el cuidado de los menores con conductas disyuntivas que se encuentran tutelados por el Gobierno regional. «En Picón del Jarama no existen sujeciones mecánicas, no se maniata a ningún niño, no se les priva de educación, no hay salas negras ni acolchadas y, desde luego, nunca se les deja sin comer por castigo», afirma la consejera de Familia y Asuntos Sociales, Engracia Hidalgo. Sin embargo, en el palacete del final de la cuesta de Paracuellos del Jarama, en el purgatorio, hay inquilinos que planean su fuga, incluso de este mundo, porque no soportan su encierro o no se soportan a sí mismos. Tragedias para las que nadie ha dado con una solución infalible.
EL CORREO
Luigi Benedicto Borges | Madrid
miércoles 04/02/2009 (EL MUNDO)
El centro de adaptación psicosocial Picón del Jarama es uno de los peores valorados por los menores internos en él, según el informe del Defensor del Pueblo que salió a la luz el lunes.Este centro de Paracuellos está gestionado por la Comunidad de Madrid y la fundación internacional O'Belén, cuyo presidente, Emilio Pinto, aseguró ayer que allí «ni se ata ni se maltrata a los jóvenes». «Nunca se ha dado una colleja a un menor», dice Pinto, quien sostiene que es «lógico» que cuando ingresan los jóvenes no «hablen bien del centro».
Según el presidente de O'Belén, los menores que acuden al Picón son «los más complicados de la sociedad», chicos conflictivos que han pegado a sus padres o han sido expulsados de otros centros.
Iker es uno de ellos. No es su verdadero nombre, pero si dijera el auténtico, sería reconocido de inmediato en el municipio madrileño donde vive con su madre. Allí, a donde llegó hace más de una década desde su Polonia natal, es reconocido al instante. Demasiado reconocido. «Antes no tenía cabeza y las montaba muy gordas por allí», dice con una sonrisa que ahora parece pilla, pero que en su momento provocaba el pavor de quienes se cruzaban con él en la calle.
El rebautizado Iker entró en el centro Picón del Jarama en julio de 2007. Y no lo llevó bien. Nada bien. Discutió con todos, se escapó varias veces y, pese a que al centro está prácticamente alejado de la civilización, él se las arreglaba para poder volver a su barrio. Pero cuando los cuidadores se daban cuenta de su marcha no iban a buscarlo a su casa. Acudían al cuartel de la Guardia Civil. «Era verme por la calle, ir por mí y al calabozo. Claro que yo le había dado razones en su momento», confiesa con cara ambigua.
Ahora, Iker continúa llamando la atención de los agentes, pero ya no corren detrás de él. Cuando vuelve a las calles donde creció porta un permiso de salida para que no lo detengan. «Mi problema antes era que me cabreaba y no pensaba, arramplaba con todo, lo rompía. Pero me ha venido bien pasar por el centro. Había estado en otros y fatal, pero éste ha sido diferente. Me han enseñado a tener más cabeza y he aprendido a respetar a las personas y a sus cosas», sostiene.
Distinto al Iker que entró al Picón del Jarama y que detestaba todo: las clases en las aulas y las actividades en el exterior.Extrañaba a su familia y amigos, y no quería relacionarse con nadie. «Odiaba las clases de jardinería, ponerme a hacer cosas con las manos y demás. Desde fuera pueden parecer divertidas, pero eran lo peor. A mí lo único que me gustaba del centro entonces era el fútbol», comenta. Y como en sus 14 años de vida, una de las cosas que más ha hecho es «correr a todos lados», su demarcación estaba clara: extremo. «Y soy bueno, que estuve en la Fundación del Madrid», presume.
Su sueño de ser futbolista se mantiene, aunque no descarta otras dedicaciones. «He aprobado todas las asignaturas, ¡y algunas con notable!», repite una y otra vez. Este mes ya gozará de la libertad completa. Se marchará de Paracuellos hablándose «con toda la peña». Y paradójicamente, él, que odiaba todo lo que no fuera dar patadas, estudia meterse «a peluquero».
EL MUNDO
Picón del Jarama, en Madrid, es uno de los centros de menores donde hay denuncias por malos tratos
Sus responsables se defienden · «Esto no es una cárcel»
· Testimonios de muchachos mejorados y reeducados
La cama está atornillada, no hay armarios y las ventanas tienen rejas. Debajo, unos chavales internos en Picón juegan al baloncesto con su educador. /D. G. LÓPEZ Y J. DE DOMINGO - EL CORREO
08.02.09 - MIGUEL ÁNGEL BARROSO | MADRID (EL CORREO)
Juan lo cuenta así: «Estábamos mi colega y yo en el instituto y nos dio por arrojarnos los pupitres a la cabeza. Y le dimos a una niña. Pero fue sin querer, ¿eh? Vino a buscarme un educador del centro y me escapé corriendo a casa. Recapacité y ahora estoy conforme. Tengo una habitación para mí solo. Me gusta el deporte. Antes practicaba esgrima. Esta semana he empezado con el kárate. Y he retomado los estudios de primero de ESO, aunque recibo las clases aquí, no he vuelto al instituto. A veces discuto con los compañeros, pero de buen rollo. Como me porto bien, me dejan salir solo al pueblo a comprar chucherías. Cuando llegue a la mayoría de edad podría quedarme aquí como tutor de otros chicos. Parece un buen trabajo...»
Y se marcha a merendar dando la mano muy educadamente, con cara de no haber roto un plato en su vida. Salvo, quizás, en algunos momentos en que se le han saltado los plomos. Juan, 14 años y origen marroquí, es uno de los 45 inquilinos -30 chicos y 15 chicas- del centro de adaptación psicosocial Picón del Jarama, situado en Paracuellos (Madrid). Uno de los establecimientos señalados por el incendiario informe del Defensor del Pueblo que se ha hecho público esta semana. Celdas de aislamiento, agresiones físicas, maltrato psicológico, abuso de tratamiento farmacológico... El documento está cuajado de cartas de los chicos, auténticos SOS para escapar de sus 'hogares de acogida'.
Picón del Jarama está al final de la empinada cuesta que da acceso al pueblo, en una calle cortada. Más allá del antiguo palacete amarillo, del purgatorio, no hay nada. Salvo el infierno. «Cuando se dice que éste es el último lugar no significa que sea el peor», suspira Juan Carlos Rodríguez, director del centro. Una semana difícil. Mediática. Juan Carlos está acostumbrado a lidiar con chavales muy agresivos, algunos con graves trastornos disociales, con tentaciones de estampar al prójimo contra la pared o de arrojarse por una ventana, en fase predelictiva o con el Rubicón ya cruzado. Pero hablar con la Prensa para defenderse de las acusaciones del informe le supone un estrés desconocido.
Joven, muy joven, como Ángel, el subdirector, como Patricia, la coordinadora de educadores, como la mayoría del personal que trabaja en Picón del Jarama (hasta 105 personas) defiende la labor que se realiza y niega los hechos que recoge el Defensor del Pueblo. En la visita que realizamos no hay puerta que no abra con su superpoblado manojo de llaves, ni explicación que rehúya, por delicada que sea. Los chicos con los que nos cruzamos por los pasillos se muestran afectuosos y, en ocasiones, le hacen confidencias al oído. Si hay procesión, va por dentro.
«Hay menores con enfermedades mentales que precisan fármacos y siempre se les suministran por estricta prescripción médica», aclara. «En cuanto a los conatos de agresividad, no son tantos como se piensa; pero, eso sí, cuando algún chico estalla, lo hace de verdad y es muy desagradable. Intentamos anticiparnos. Si percibimos que las cosas se calientan ofrecemos alternativas, negociamos con un cómic o con un cd de El Langui... Conseguir el equilibrio es complicado, porque pueden aprender que usando la violencia como elemento de chantaje pueden conseguir sus propósitos. Si hay peligro se produce una retención física a cargo de los vigilantes. ¿Lesiones? Estamos hablando de jóvenes altos, corpulentos. Llamamos inmediatamente al 112 como ocurriría en cualquier situación de emergencia».
«Esto no es una cárcel»
Aunque se les intenta proteger del diluvio, los chavales no son impermeables. «Sí, se han enterado del informe. Las reacciones son variadas. Algunos están en contra de lo que se ha escrito. Otros, en cambio, sí han discutido con su tutor, están de acuerdo con las denuncias», señala Rodríguez. «Pero esto no es un cárcel. Pueden quejarse a los educadores o recurrir a mí si es necesario; de hecho, me reúno con todos ellos una vez al mes. El psiquiatra y yo tenemos un móvil de emergencia abierto las 24 horas del día. Existe una asamblea de menores donde expresan libremente sus quejas; en caso de considerarlo oportuno, pueden cursar denuncias en la comisaría. Ha ocurrido varias veces, pero hasta el momento el juez las ha archivado todas».
Patricia, la coordinadora de educadores, destaca el hecho de que los medios no cuenten las historias de superación. «Cuando los chavales cumplen la mayoría de edad y deben seguir con su vida, les hacemos un seguimiento de seis meses. Después deben volar solos. A algunos les cuesta desvincularse y nos llaman a menudo o vienen a visitarnos; no para pedir algo, sino simplemente para vernos».
La carga de profundidad del Defensor del Pueblo ha provocado una reacción fulminante para mejorar los protocolos de actuación. La Comunidad de Madrid firmará la próxima semana un convenio con la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia de Madrid para garantizar el cuidado de los menores con conductas disyuntivas que se encuentran tutelados por el Gobierno regional. «En Picón del Jarama no existen sujeciones mecánicas, no se maniata a ningún niño, no se les priva de educación, no hay salas negras ni acolchadas y, desde luego, nunca se les deja sin comer por castigo», afirma la consejera de Familia y Asuntos Sociales, Engracia Hidalgo. Sin embargo, en el palacete del final de la cuesta de Paracuellos del Jarama, en el purgatorio, hay inquilinos que planean su fuga, incluso de este mundo, porque no soportan su encierro o no se soportan a sí mismos. Tragedias para las que nadie ha dado con una solución infalible.
EL CORREO
'Me cabreaba y rompía todo sin pensar'
«Me han enseñado a tener más cabeza y he aprendido a respetar a las personas y a sus cosas»Luigi Benedicto Borges | Madrid
miércoles 04/02/2009 (EL MUNDO)
El centro de adaptación psicosocial Picón del Jarama es uno de los peores valorados por los menores internos en él, según el informe del Defensor del Pueblo que salió a la luz el lunes.Este centro de Paracuellos está gestionado por la Comunidad de Madrid y la fundación internacional O'Belén, cuyo presidente, Emilio Pinto, aseguró ayer que allí «ni se ata ni se maltrata a los jóvenes». «Nunca se ha dado una colleja a un menor», dice Pinto, quien sostiene que es «lógico» que cuando ingresan los jóvenes no «hablen bien del centro».
Según el presidente de O'Belén, los menores que acuden al Picón son «los más complicados de la sociedad», chicos conflictivos que han pegado a sus padres o han sido expulsados de otros centros.
Iker es uno de ellos. No es su verdadero nombre, pero si dijera el auténtico, sería reconocido de inmediato en el municipio madrileño donde vive con su madre. Allí, a donde llegó hace más de una década desde su Polonia natal, es reconocido al instante. Demasiado reconocido. «Antes no tenía cabeza y las montaba muy gordas por allí», dice con una sonrisa que ahora parece pilla, pero que en su momento provocaba el pavor de quienes se cruzaban con él en la calle.
El rebautizado Iker entró en el centro Picón del Jarama en julio de 2007. Y no lo llevó bien. Nada bien. Discutió con todos, se escapó varias veces y, pese a que al centro está prácticamente alejado de la civilización, él se las arreglaba para poder volver a su barrio. Pero cuando los cuidadores se daban cuenta de su marcha no iban a buscarlo a su casa. Acudían al cuartel de la Guardia Civil. «Era verme por la calle, ir por mí y al calabozo. Claro que yo le había dado razones en su momento», confiesa con cara ambigua.
Ahora, Iker continúa llamando la atención de los agentes, pero ya no corren detrás de él. Cuando vuelve a las calles donde creció porta un permiso de salida para que no lo detengan. «Mi problema antes era que me cabreaba y no pensaba, arramplaba con todo, lo rompía. Pero me ha venido bien pasar por el centro. Había estado en otros y fatal, pero éste ha sido diferente. Me han enseñado a tener más cabeza y he aprendido a respetar a las personas y a sus cosas», sostiene.
Distinto al Iker que entró al Picón del Jarama y que detestaba todo: las clases en las aulas y las actividades en el exterior.Extrañaba a su familia y amigos, y no quería relacionarse con nadie. «Odiaba las clases de jardinería, ponerme a hacer cosas con las manos y demás. Desde fuera pueden parecer divertidas, pero eran lo peor. A mí lo único que me gustaba del centro entonces era el fútbol», comenta. Y como en sus 14 años de vida, una de las cosas que más ha hecho es «correr a todos lados», su demarcación estaba clara: extremo. «Y soy bueno, que estuve en la Fundación del Madrid», presume.
Su sueño de ser futbolista se mantiene, aunque no descarta otras dedicaciones. «He aprobado todas las asignaturas, ¡y algunas con notable!», repite una y otra vez. Este mes ya gozará de la libertad completa. Se marchará de Paracuellos hablándose «con toda la peña». Y paradójicamente, él, que odiaba todo lo que no fuera dar patadas, estudia meterse «a peluquero».
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