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miércoles, 25 de febrero de 2009
ANÁLISIS· FELICIDAD RODRÍGUEZ, Caldo de cultivo  ·  ESTEBAN GRECIET, Jugar con fuego
Por qué ocurren sucesos tan dramáticos como el de Sevilla y qué podemos hacer para remediarlos
Durante todos estos días se sigue buscando el cuerpo de Marta del Castillo mientras se intenta averiguar las causas por las que un joven, apenas un adolescente, terminó con su vida. Hasta no hace demasiados años, cuando los noticiarios nos daban cuenta de asesinatos y homicidios cometidos por jóvenes, solíamos pensar que esas cosas, o bien no pasaban en nuestro país o bien se trataba de acciones de personalidades psicopáticas, cuyos engranajes mentales les imposibilitaban para sentir cualquier atisbo de humanidad hacia cualquiera que no fuesen ellos mismos.

CÁDIZ 24.02.2009 - (LA VOZ digital)
Pues bien, estas acciones homicidas sí que ocurren cada vez con mayor frecuencia en nuestro entorno, y rara vez se trata de acciones perpetradas por jóvenes psicópatas. ¿Eran psicópatas los que, en pandilla, mataron de forma brutal y atroz a Sandra Palo para ocultar que la habían violado? Quizás más que de desordenes psicopatológicos deberíamos preguntarnos si no existe un caldo de cultivo que, cada vez más y mejor alimentado, favorece el que determinados jóvenes lleguen hasta el homicidio y el asesinato.

A principios de los años 90, la tasa de delitos violentos cometidos por menores era de 7,8 infracciones penales por cada 10.000 jóvenes. En el año 2005, esa tasa se había duplicado. La violencia escolar está a la orden del día. En un estudio realizado en el 2006 por el sindicato CSI-CSIF, uno de cada siete profesores de ESO, el 15% del total, aseguraba haber sido agredido físicamente alguna vez, y un 73% haberlo sido verbalmente. Recientemente un estudio del Grupo Universitario de Investigación Social de la UCA, señalaba que el 60% de los adolescentes de la ESO, entre los 12 y 16 años, había sido testigo de actos de violencia, y que un 13,8% reconocía haber participado en los mismos. A la violencia en las aulas se suma el llamado ciberbullying, el acoso on line, colgándose en la red grabaciones de ataques realizadas con el teléfono móvil, y produciéndose una cascada de insultos a las víctimas por parte de otros internautas adolescentes que, según denuncia la Asociación Protégeles, ni siquiera en muchos casos conocían al acosado. A ello se suma los informes de la OCDE, certificando que el mayor consumo de drogas se produce entre los adolescentes españoles, que además tienen el índice de fracaso escolar más elevado de toda Europa.

Pero lo más llamativo es la percepción que los adolescentes tienen de la violencia. El 49,9% de los alumnos consideran que no es violencia pegar a un compañero o a un profesor. A partir de ahí ¿cuál es el límite? Cuando los jóvenes viven en la normalidad del insulto y del todo vale, en la ignorancia del respeto a la dignidad de los demás, en la supremacía del «yo quiero», el caldo de cultivo se pone en plena ebullición. Decía el Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia, José Sanmartín, que mientras los docentes de secundaria antes eran demasiado autoritarios, ahora casi no tienen capacidad para tomar decisiones disciplinarias y que educar con mucho afecto sin poner límites a los niños no crea demócratas, sino dictadores. Las consecuencias ya las estamos viendo.
LVD

Jugar con fuego

ANÁLISIS·  ESTEBAN GRECIET
Por qué ocurren sucesos tan dramáticos como el de Sevilla y qué podemos hacer para remediarlos                 

 OVIEDO 25 FEB 2009 (LA NUEVA ESPAÑA)
 Puede ser discutible la oportunidad de hacer públicas en los medios informativos ciertas fotografías provocativas de la adolescente asesinada en Sevilla. Concedamos que se trata de imágenes que, así como hasta hace un par de décadas hubieran sido simplemente escandalosas, en la sociedad de hoy, y más entre los jóvenes, son admitidas con indulgencia.

En cualquier caso, las escenas son reveladoras de un comportamiento adolescente sin trabas, no siempre generalizado, pero sí admitido, de relaciones prematuras que constituyen una fuente de problemas de variado tipo. Los mayores hemos asistido a esa desescalada y al paulatino desarme desde el autoritarismo a ultranza hasta la permisividad total.

¿Eso es bueno para los chavales? Pues no. Y no sólo para ellos, sino para los padres y toda la sociedad. El instinto sexual es poderoso, y los líderes de la nueva izquierda, mermados de causas sociales por las que luchar (considérese el silencio cómplice de los sindicatos ante la gravedad de la crisis que nos aflige), han encontrado este filón para capitalizarlo a su favor.

Desde «El libro rojo del cole» hasta las nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía -aunque también la sibilina Ciencias para el Mundo Contemporáneo- abundan los caballos de Troya para preparar adictos con vistas al futuro. No deja de ser expresivo que el palurdo Pepiño ensalzara hace días la asignatura en cuestión porque, entre otras cosas, enseña a los chicos cómo se coloca un preservativo. Un objetivo indispensable, como vemos, en la formación de los ciudadanos.

Ante un suceso tan dramático y tan injusto como el de Sevilla, hay que preguntarse por qué ocurren estas cosas y qué podemos hacer para remediarlas. Los casos preocupantes protagonizados por menores y aun por niños son noticia constante: agresiones a padres, a profesores y a compañeros, acosos escolares, cifras abrumadoras de jóvenes que abortan y las que abortarán con la brutal normativa que se prepara, otro de los últimos disparates de un Gobierno demoledor? Piénsese en los jóvenes que quemaron viva a una indigente en un cajero de Barcelona, en el agresor del metro, en el caso de Sandra Palo, en el reciente asesinato ocurrido en Oviedo? Una crueldad inaudita, un desprecio total por las vidas ajenas como si fueran objetos de usar y tirar.

¿Siempre fue así? No lo sé, pero yo creo que no. Mas ¿de qué vale entrar en esas comparaciones? De ser así, tampoco restaría gravedad a los hechos ni tendría por qué consolarnos. La realidad de hoy es lo suficientemente alarmante por sí misma como para ponernos en guardia. Porque, además, está atizada desde un poder con vocación totalitaria dispuesto a derribar unos valores establecidos por la moral natural, las raíces de nuestra cultura y el sentido común, y, para más oprobio, en el sagrado nombre de la libertad. «Todos lo hacen», «ya nadie hace eso» son supremos sofismas que justifican cualquier cosa. ¿No es esto jugar con fuego?

Muchos dramas familiares serían evitados si cada cual cumpliera con su deber. La joven Marta no había valorado las consecuencias de su arriesgada actitud con gente de tan baja catadura moral. Esa especie de novio ocasional tenía a la vez otra novia de sólo 14 años con la que convivía en la casa de los padres de ella. ¿No es todo esto difícilmente comprensible? En el momento en que escribo la radio anuncia otro embarazo de una niña de doce años...

Faltos de referencias éticas, muchos chavales están abandonados a su suerte. Padres, educadores, sacerdotes, líderes de opinión, personajes famosos? han claudicado en gran medida de su papel de conductores. No se les puede exigir a los chicos una gran responsabilidad, porque en cierto modo muchos de ellos están huérfanos de asistencia, de ejemplos, de testimonios, de autoridad, en fin, que los oriente. No se trata de postular una actitud represiva, pero sí de estimar que la solución al desastre está antes de las consecuencias. En todos los sentidos, sigue siendo válida la vieja sentencia de que es mejor prevenir que lamentar.
LNE

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