ANÁLISIS· MARÍA DEL PINO FUENTES*, Profesional de protocolo
La familia, sea cual sea su naturaleza, tiene que recuperar el papel social que le corresponde
Difícilmente podemos pedir a nuestros hijos un respeto por los valores cuando no lo ven en casa
SC TENERIFE Canarias, 19 MAR 2009 (ELDIA)
Que los medios de comunicación -léase televisión mayoritariamente- transmiten continuamente valores que la escuela y la familia deben combatir, es evidente. Que ponen en venta comportamientos sociales basados en el griterío, el insulto y la descalificación permanente, fomentando el consumo de productos basura, nadie lo niega. Que la mayoría de los jóvenes están más preocupados por su aspecto físico que por su capacidad intelectual, tampoco, y que el deporte se ha convertido en un negocio sobre el que planean muchos intereses, es una realidad. Pero si a todo esto sumamos el modelo social imperante basado en el consumismo salvaje, con unas jornadas laborales que condicionan el tiempo que los padres podemos compartir con los hijos, sin tregua para el diálogo, para orientarles en su proceso educativo, se justifica que el estado de "salud social" de algunos de nuestros jóvenes sea lamentable. Es el resultado de trasmitir a los adolescentes, aderezado con atractivas imágenes en color, actores de moda y música moderna, no el valor de la obediencia, sino el de la rebeldía; no el del diálogo sosegado sino el de la desvalorización del contrario y sin respeto al turno de palabra; no el del esfuerzo, sino el del placer inmediato y el éxito entendido como ser famoso a base de provocar escándalo; no la veneración por la madurez y la sabiduría, sino por las decisiones impulsivas, el riesgo, la apariencia y la cultura tribal.
Se habla hasta la saciedad de cambios culturales, de crisis intergeneracional, pero lo que ocurre es que casi ha desaparecido el concepto del respeto y la tradicional figura de la autoridad. Ya no se venera a los padres ni a los docentes, pero si me apuran, tampoco al resto de los representantes de la ciudadanía: políticos, religiosos, policías, militares, médicos... y la culpa es de los adultos, de aquellos que nos quejamos de falta de respeto y que, sin ningún pudor, cuestionamos la autoridad delante de nuestros jóvenes, incumpliendo sus indicaciones simplemente cuando lo creemos conveniente. Sólo se acatan las decisiones de aquellos con poder sancionador sobre nosotros -y aún así ello queda el recurso de presentar una queja o reclamación-. Entonces ¿de qué nos quejamos?
La familia, sea cual sea su naturaleza, tiene que recuperar el papel social que corresponde, pues difícilmente podemos pedir a nuestros hijos un respeto por los valores cuando no lo ven en casa. Es cierto que los padres de ahora, los que fuimos educados de manera severa, con castigos corporales y temor a todo, rechazamos los viejos métodos para educarles, puede que imbuidos por el espíritu antidictatorial de la transición y por la revolución de ciertas teorías psicológicas que abordaban el trauma infantil como espada de Damocles. El resultado no ha podido ser más desastroso: nos hemos convertido en una generación de progenitores que buscábamos ser amigos de nuestros hijos a costa de dejarles huérfanos de padres. Las leyes han proscrito, afortunadamente, el castigo físico y la agresión verbal, las dos medidas educativas que utilizaron nuestros padres, pero no nos ha dado otras alternativas. Es más, incluso las familias que consideramos que disciplinar a los hijos es nuestra obligación, nos encontramos desprotegidas, sin herramientas a la hora de exigir el cumplimiento de las reglas, limitándonos a conjugar afecto y comunicación como elementos trasmisores de valores, mientras esperamos que la escuela y la suerte hagan el resto.
Y aquí se plantea el meollo de la cuestión. Hay un nutrido grupo de profesores que van de progresistas y que no saben por su juventud lo que significó el espíritu de la transición, el gran logro social de la democracia, el poder cuestionar a las autoridades, relativizar las normas y el hacer de la rebeldía un valor. A ellos todo les ha venido dado, por lo que se han empeñado en derribar dos clásicos símbolos de autoridad: el tratamiento de "usted" -contraviniendo las normas que imponemos en casa-, y la distancia que marca el estrado -sentándose en las mesas-, pero, sobre todo, familiarizándose en exceso con los jóvenes hasta el punto de salir de copas con sus alumnos. La pregunta es obligada: ¿puede así ejercer autoridad un docente?, ¿cómo evitar entrar al trapo cuando el alumno se iguala y le reta?
Hemos pasado del temor a la regla y a la esquina de la clase, extremo lleno de cuitas y lágrimas de rabia por el dolor de los granos de millo en las rodillas, a unos alumnos que agreden verbalmente y hasta físicamente a los docentes. El profesor debe, además, soportar la presencia de muchos padres, sobre todo de bajo nivel sociocultural -antiguos fracasados escolares que no olvidan las humillaciones públicas y los castigos físicos sufridos en la época del franquismo-, que ven en el profesor el objeto de sus iras y desacuerdos, reaccionando desde el sentimiento de autodefensa ante las vejaciones sufridas años atrás y que no están dispuestos a que se las apliquen a sus hijos.
El respeto es una cuestión cultural, y tan mal educado es el docente que no marca unos límites como el alumno que no le da un trato deferente, pero los auténticos culpables somos los padres, los que eludimos nuestras obligaciones otorgándole toda la responsabilidad educativa a la escuela. ¡Así nos va! Estamos criando muchos ejemplares de hijos individualistas -encerrados todo el día en su mundo-; salvajes -se pelean como trogloditas a la puerta de los institutos-; insolidarios -orinan en los portales de las zonas del botellón, arrojan basura, gritan a cualquier hora y exigen que el ritmo del mundo vaya a su compás-; vacuos de mente -"enchufados" permanentemente a unos auriculares para no pensar-; consumistas -escapadas de fin de semana a "desconectar", coche en la puerta, ropa de marca, móvil de última generación-; excesivamente devotos de su cuerpo -depilados, machacados en gimnasio-; pero, sobre todo, vagos -duermen de mañana y viven la tarde-noche, hasta la madrugada, sin "encontrar" un "curro" que se adapte a sus necesidades y que les permita dejar de ser "okupas" con treinta años-.
Esto le está pasando su correspondiente factura a la sociedad, sobre todo con ese lobo llamado crisis y la necesidad de dinero fácil que tienen algunos de nuestros vástagos, lo que se resume en un peligroso aumento de la perturbación social, en la naturaleza de los delitos, la periodicidad de los mismos y lo que resulta más terrible, en la temprana edad de los delincuentes.
EL DIA [publicado el 2/mar/09 y de plena actualidad en el Día del Padre]
* María del Pino Fuentes es asesora del Presidente de la Comunidad Autónoma de Canarias
La familia, sea cual sea su naturaleza, tiene que recuperar el papel social que le corresponde
Difícilmente podemos pedir a nuestros hijos un respeto por los valores cuando no lo ven en casa
SC TENERIFE Canarias, 19 MAR 2009 (ELDIA)Que los medios de comunicación -léase televisión mayoritariamente- transmiten continuamente valores que la escuela y la familia deben combatir, es evidente. Que ponen en venta comportamientos sociales basados en el griterío, el insulto y la descalificación permanente, fomentando el consumo de productos basura, nadie lo niega. Que la mayoría de los jóvenes están más preocupados por su aspecto físico que por su capacidad intelectual, tampoco, y que el deporte se ha convertido en un negocio sobre el que planean muchos intereses, es una realidad. Pero si a todo esto sumamos el modelo social imperante basado en el consumismo salvaje, con unas jornadas laborales que condicionan el tiempo que los padres podemos compartir con los hijos, sin tregua para el diálogo, para orientarles en su proceso educativo, se justifica que el estado de "salud social" de algunos de nuestros jóvenes sea lamentable. Es el resultado de trasmitir a los adolescentes, aderezado con atractivas imágenes en color, actores de moda y música moderna, no el valor de la obediencia, sino el de la rebeldía; no el del diálogo sosegado sino el de la desvalorización del contrario y sin respeto al turno de palabra; no el del esfuerzo, sino el del placer inmediato y el éxito entendido como ser famoso a base de provocar escándalo; no la veneración por la madurez y la sabiduría, sino por las decisiones impulsivas, el riesgo, la apariencia y la cultura tribal.
Se habla hasta la saciedad de cambios culturales, de crisis intergeneracional, pero lo que ocurre es que casi ha desaparecido el concepto del respeto y la tradicional figura de la autoridad. Ya no se venera a los padres ni a los docentes, pero si me apuran, tampoco al resto de los representantes de la ciudadanía: políticos, religiosos, policías, militares, médicos... y la culpa es de los adultos, de aquellos que nos quejamos de falta de respeto y que, sin ningún pudor, cuestionamos la autoridad delante de nuestros jóvenes, incumpliendo sus indicaciones simplemente cuando lo creemos conveniente. Sólo se acatan las decisiones de aquellos con poder sancionador sobre nosotros -y aún así ello queda el recurso de presentar una queja o reclamación-. Entonces ¿de qué nos quejamos?
La familia, sea cual sea su naturaleza, tiene que recuperar el papel social que corresponde, pues difícilmente podemos pedir a nuestros hijos un respeto por los valores cuando no lo ven en casa. Es cierto que los padres de ahora, los que fuimos educados de manera severa, con castigos corporales y temor a todo, rechazamos los viejos métodos para educarles, puede que imbuidos por el espíritu antidictatorial de la transición y por la revolución de ciertas teorías psicológicas que abordaban el trauma infantil como espada de Damocles. El resultado no ha podido ser más desastroso: nos hemos convertido en una generación de progenitores que buscábamos ser amigos de nuestros hijos a costa de dejarles huérfanos de padres. Las leyes han proscrito, afortunadamente, el castigo físico y la agresión verbal, las dos medidas educativas que utilizaron nuestros padres, pero no nos ha dado otras alternativas. Es más, incluso las familias que consideramos que disciplinar a los hijos es nuestra obligación, nos encontramos desprotegidas, sin herramientas a la hora de exigir el cumplimiento de las reglas, limitándonos a conjugar afecto y comunicación como elementos trasmisores de valores, mientras esperamos que la escuela y la suerte hagan el resto.
Y aquí se plantea el meollo de la cuestión. Hay un nutrido grupo de profesores que van de progresistas y que no saben por su juventud lo que significó el espíritu de la transición, el gran logro social de la democracia, el poder cuestionar a las autoridades, relativizar las normas y el hacer de la rebeldía un valor. A ellos todo les ha venido dado, por lo que se han empeñado en derribar dos clásicos símbolos de autoridad: el tratamiento de "usted" -contraviniendo las normas que imponemos en casa-, y la distancia que marca el estrado -sentándose en las mesas-, pero, sobre todo, familiarizándose en exceso con los jóvenes hasta el punto de salir de copas con sus alumnos. La pregunta es obligada: ¿puede así ejercer autoridad un docente?, ¿cómo evitar entrar al trapo cuando el alumno se iguala y le reta?
Hemos pasado del temor a la regla y a la esquina de la clase, extremo lleno de cuitas y lágrimas de rabia por el dolor de los granos de millo en las rodillas, a unos alumnos que agreden verbalmente y hasta físicamente a los docentes. El profesor debe, además, soportar la presencia de muchos padres, sobre todo de bajo nivel sociocultural -antiguos fracasados escolares que no olvidan las humillaciones públicas y los castigos físicos sufridos en la época del franquismo-, que ven en el profesor el objeto de sus iras y desacuerdos, reaccionando desde el sentimiento de autodefensa ante las vejaciones sufridas años atrás y que no están dispuestos a que se las apliquen a sus hijos.
El respeto es una cuestión cultural, y tan mal educado es el docente que no marca unos límites como el alumno que no le da un trato deferente, pero los auténticos culpables somos los padres, los que eludimos nuestras obligaciones otorgándole toda la responsabilidad educativa a la escuela. ¡Así nos va! Estamos criando muchos ejemplares de hijos individualistas -encerrados todo el día en su mundo-; salvajes -se pelean como trogloditas a la puerta de los institutos-; insolidarios -orinan en los portales de las zonas del botellón, arrojan basura, gritan a cualquier hora y exigen que el ritmo del mundo vaya a su compás-; vacuos de mente -"enchufados" permanentemente a unos auriculares para no pensar-; consumistas -escapadas de fin de semana a "desconectar", coche en la puerta, ropa de marca, móvil de última generación-; excesivamente devotos de su cuerpo -depilados, machacados en gimnasio-; pero, sobre todo, vagos -duermen de mañana y viven la tarde-noche, hasta la madrugada, sin "encontrar" un "curro" que se adapte a sus necesidades y que les permita dejar de ser "okupas" con treinta años-.
Esto le está pasando su correspondiente factura a la sociedad, sobre todo con ese lobo llamado crisis y la necesidad de dinero fácil que tienen algunos de nuestros vástagos, lo que se resume en un peligroso aumento de la perturbación social, en la naturaleza de los delitos, la periodicidad de los mismos y lo que resulta más terrible, en la temprana edad de los delincuentes.
EL DIA [publicado el 2/mar/09 y de plena actualidad en el Día del Padre]
* María del Pino Fuentes es asesora del Presidente de la Comunidad Autónoma de Canarias

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