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lunes, 30 de marzo de 2009
Los progenitores prefieren que sus hijos aprendan la lección a pagar las multas y pasar página
El Ayutameinto de Marbella ultima el baremo para su aplicación
Las sanciones por pintadas en la vía pública ascienden a 150 euros
Pintadas en una clase
29.03.09 - CRISTINA GONZÁLEZ | MARBELLA (DIARIO SUR)
Se acabó eso de que los padres vayan al rescate. Abrir la cartera y pagar la multa de los hijos ayuda a pasar página rápido de los desaguisados cometidos por los menores pero hace poca mella en su educación, más allá de la regañina o algún castigo pasajero. Algunos progenitores han aprendido la lección y quieren que sus vástagos también la aprendan. El Ayuntamiento se lo ha puesto en bandeja. La nueva ordenanza para la protección de los espacios públicos abre la puerta a que las sanciones económicas puedan sustituirse por horas de trabajo social en beneficio de la comunidad. Esto es, desde repintar una pared a realizar tareas de limpieza o reparación del mobiliario urbano. Lo que se tercie para que los menores aprendan a valorar las consecuencias de sus actos, especialmente los que llenan paredes o señales de tráfico con grafitis.

Las primeras peticiones ya están sobre la mesa. Según explica la concejala delegada de Seguridad Ciudadana, María Francisca Caracuel, algunos padres han pedido, ante la apertura de expediente a sus hijos por realizar pintadas en la vía pública, que en lugar de pagar la multa se les imponga una sanción en forma de trabajo social. «Aún teniendo capacidad económica, como responsables últimos de sus hijos nos dicen que consideran más positivo que hagan servicios a la comunidad», señala la edil. De momento son dos casos puntuales pero se espera que sean más, especialmente una vez que se desarrolle este punto de la ordenanza municipal.

Seguro obligatorio

Se pondrá en marcha en un mes y medio. Tan sólo resta, según apuntó Caracuel, concretar el baremo por el que se impondrán los trabajos sociales. Esto es, el número de horas que tendrán que estar manos a la obra en función de la gravedad de la conducta de los jóvenes o de la cuantía de la sanción, además de la contratación del seguro de responsabilidad civil obligatorio que salvaguardará a los sancionados ante cualquier percance. Hasta entonces, ambas sanciones están suspendidas.

La ordenanza municipal sobre protección de los espacios públicos lo dice bien claro. En el capítulo II artículo 9, prohibe expresamente «las pintadas, escritos, inscripciones o grafismos en cualesquiera de los bienes públicos o privados, protegidos por la ordenanza, incluidas las calzadas, aceras, muros y fachadas, árboles, vallas permanentes o provisionales, farolas y señales, instalaciones en general y vehículos municipales, con excepción de los murales artísticos que se realicen con autorización del propietario y, en todo caso, con autorización municipal».

«No tenemos ni afán recaudatorio ni sancionador», explica la responsable de Seguridad Ciudadana sobre los casos en que se 'caza' a los llamados grafiteros. La mirada está puesta, por tanto, en que aprendan a valorar la repercusión de sus actos no sólo en el entorno sino también en la economía local, por el sobrecoste que supone para las arcas municipales la limpieza de paredes o las sustitución de mobiliario dañado. «En algunos casos están ensuciando hasta señales de tráfico, con el riesgo que supone para los conductores», dice.

La Policía Local, con todo, estrecha el cerco a los menores que gustan del spray. El año pasado abrieron 19 expedientes sancionadores por realizar pintadas en la vía pública, que conllevan una multa de 150 euros. La misma que ahora podrán pagar con horas de trabajo social. «No le pediremos que quiten sus propios grafitis, entre otras cosas porque en la mayoría de los casos cuando concluye el expediente ya los han quitado los operarios municipales», matiza la concejala.

Los expertos también saben que pagar la multa, sin más, ayuda poco a educar a los adolescentes. Antoni Gabarre, muralista barcelonés con una dilatada trayectoria en impartir programas educativos en arte urbano, defiende otra vertiente, más que la de los trabajos sociales: la inclusión de los menores que cometen faltas o delitos en programas educativos. «Se trata de que empleen un año entero en aprender a dibujar, a pintar y a saber que es el civismo. Vandalismo si saben bien qué es pero civismo no», apunta.

A su juicio, hay que seguir los principios medioambientales de «quien contamina, paga» pero también hacer hincapié en el aspecto educativo y en el preventivo. «Cuando les pregunto la diferencia entre vandalismo y lo bien hecho, saben que la diferencia es que tienen permiso», relata. No deja de llamar también la atención sobre que detrás de estas conductas, de marcar el territorio en muchos casos sólo con firmas, suele haber jóvenes con problemas personales y familiares. «Normalmente no reivindican nada, como se hacía antes, sino que sólo quieren dejar su huella», agrega.
DS

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