ANÁLISIS· VICENTE CARRIÓN ARREGUI, PROFESOR DE FILOSOFÍA
El cánnabis altera completamente la relación del joven con su propia fuerza de voluntad

SAN SEBASTIÁN 28.03.09 (DIARIO VASCO)
No se alarmen. No quiero hablarles de aquel chaval que empezó a fumar porros y acabó atracando farmacias, yonqui perdido, sino de esta jovencita que ha pasado de ser una estudiante ejemplar a no poder terminar la ESO, reactiva a toda recomendación familiar que no sea complacer sus antojos. No ignoro que una cosa puede llevar a la otra pero es tan evidente que no por fumar porros se convierte uno en marginado social, delincuente, maltratador o abusador sexual -por probable que sea la asociación de todas estas conductas con las drogas- que más que incidir en el incierto futuro del joven porrero me interesa abundar en el vertiginoso presente de quienes se inician tan a la ligera en prácticas de alto riesgo. Hablamos de cerca del 40% de los dos millones y medio de jóvenes entre 14 y 18 años, de los cuales «sólo» el 10% corren riesgo de convertirse en adictos de por vida, según el último Informe del Plan Nacional sobre Drogas. Es a ese 90% restante al que quiero referirme para advertirles del daño innecesario que se hacen a sí mismos y a sus familiares creyendo que el cánnabis ensancha sus horizontes vitales cuando en realidad los limita.
La idea de que las drogas expanden la conciencia y pueden favorecer el autoconocimiento, la creatividad y la comunicación tuvo sus valedores en la cultura hippie pero no ha resistido ni las evidencias de los estudios médicos (con la excepción de sus propiedades paliativas de determinados dolores) ni, sobre todo, las del deterioro vital de sus paladines, machacados en cuerpo y alma al cabo de los años por las sustancias que iban a liberarles. Es obvio que las drogas deparan momentos memorables -y en ello radica su peligrosidad: en lo mal que puede uno sentirse cuando se pasa su efecto-, por lo que puede ser muy placentero su consumo ocasional. Pero de ahí a defender su conveniencia hay mucho trecho. En todo caso, lo que decidan hacer los adultos con su existencia es cuestión de cada cual. Convivir con los porros no me parece tan diferente a convivir con el alcohol, el tabaco o los psicofármacos, sólo que no veo ventaja alguna en hacer apología de tales limitaciones personales de la libertad, sobre todo cuando se proyecta sobre los jóvenes una falsa idea sobre los paraísos artificiales contenidos, en este caso, en el cánnabis. El derecho a desconectar de las complicaciones vitales por medio de estupefacientes legales o ilegales que podamos concedernos como adultos no es extensible a los menores de edad porque las drogas pueden provocar daños estructurales en sus circuitos cerebrales y en sus personalidades incipientes.
Ahora bien, no por ser conscientes de los perjuicios de su consumo hemos de negar el manifiesto placer que provocan. Si así lo hiciéramos daríamos argumentos a sus defensores por ignorar lo que todo adicto considera principal: la inmediatez de su disfrute. En mi opinión, una sólida prevención antidroga ha de reconocer en ellas el poderío de hacer intolerable la vida en su ausencia porque todo parece absurdo cuando llega el bajón. Pues es la intensidad del bajón lo que provoca esa permanente ansiedad por reproducir la experiencia añorada al precio que sea: económico, laboral o desatendiendo los compromisos o traicionando las confianzas que haga falta. Pasa con las drogas más duras, sí, pero con los porros también.
Una de las características principales de un buen porro es el sentimiento de bienestar que provoca. Sea por la intensidad perceptiva que realza la belleza del paisaje o la plenitud del momento presente, suscitando sentimientos de paz y armonía con el entorno, sea por la fluidez con que se desinhiben las emociones y ocurrencias, posibilitando experiencias de comunicación interpersonal de gran impacto, como si quedara al alcance de la mano la intimidad propia y ajena. No es de extrañar así que se haya incrementado tanto su consumo entre los jóvenes (se ha cuadruplicado desde 1994), tan atentos a tejer lazos amistosos libremente elegidos, tan urgidos por salir del cascarón familiar, tan inseguros a la hora de ensayar sus primeros escarceos sexuales. Lamento quitarle lírica a esos momentos del sábado noche en que el tiempo se detiene mientras alguien lía un canuto, preludio fijo de risas y franquezas, pero no puedo sino afirmar que la felicidad que esas caladas procuran es sólo aparentemente inocua pues, en realidad, el gusto por reproducir esos momentos a posteriori, liando ya tus propios porros, puede ser extraordinariamente dañino para los estudios y para la vida familiar.
Es muy difícil resistirse a un fogonazo de placer inducido por algo tan sencillo como unas cuantas inspiraciones. ¿Qué tiene de malo sentirse bien?, se dicen la mayoría de los chavales que lo experimentan. Que cuando se pasa el efecto en vez de sentirte normal te vas a sentir mal, contesto, con lo que empezarás a organizar tus días, tu economía y tus rutinas en función de repetir las experiencias placenteras, primero el próximo fin de semana, luego entre semana, luego a diario después de clase, luego en los recreos, luego haciendo piras, luego decidiendo que es una tontería estudiar, trabajar u obedecer cuando se tiene tan claro dónde y con quiénes está la fuente del placer.
Afortunadamente no siempre el consumo de porros provoca el fracaso escolar, pero creo que sí se produce siempre una peligrosa distorsión en la identidad personal, en la imagen que uno tiene de sí mismo. El placer de fumar un porro supone una inflación egoica que suscita calma, aparente lucidez, aceptación personal y sentimientos de omnipotencia. En edades adolescentes, ya de por sí máximas en egocentrismo, la idea que el porrero se hace de sí mismo es tan estupenda que le hace sospechar de la estupidez del sistema educativo y de todo lo que suene a esfuerzo, responsabilidad y ejercicio de la voluntad. Pasados sus efectos, queda la ansiedad, la desgana, el sentimiento de ser muy poca cosa, el desajuste entre las ideaciones y la capacidad para materializarlas, en fin, que los porros tensan extraordinariamente el abanico de estados interiores y por eso son proclives a desencadenar psicosis, trastornos bipolares, «borderlines» y demás. Pero sin llegar a la patología psíquica, algo siempre se quiebra entre el consumidor de porros y su entorno educativo y familiar. Hay un secreto que nadie sino él conoce: «No hay mejor momento en la vida que el de fumarse un porro», y hay que desarrollar toda una cadena de autojustificaciones, mentiras, ocultaciones, broncas y engaños para encontrar esos momentos de aparente encuentro con el bienestar auténtico. El joven porrero necesita crear una nueva frontera hacia sus familiares y educadores porque ha puesto bajo sospecha los códigos educativos en los que se había criado. El natural proceso de rebeldía generacional en aras de su afirmación personal se distorsiona completamente por influjo del cannabis. Toda la lógica del esfuerzo, la autosuperación, la atención a las necesidades ajenas, el disfrute de las rutinas domésticas y de los placeres sencillos se viene abajo ante el arrebato explosivo del colocón. La comprensión auténtica de sus colegas desbanca de pronto el laborioso influjo de padres y educadores porque le dicen a nuestro aprendiz de adicto lo que quiere oír: que no pasa nada, que los porros no enganchan, que los puede dejar cuando quiera.
Y no es verdad. Claro que el cánnabis no genera una adicción física tan intensa como otras drogas pero su influjo psicológico en el desarrollo adolescente puede ser muy intenso. Y no tanto por sus efectos más obvios en la memoria, en la concentración mental, en la somnolencia o en los altibajos emocionales, sino porque altera completamente la relación del joven con su propia fuerza de voluntad, auténtico motor de su realización futura, y también porque le confunde extraordinariamente en el ámbito afectivo: pasan a ser queridos quienes posibilitan sus amoríos con los porros y se convierten en enemigos todos los que rechazamos que pueda derivarse otro beneficio de sus juegos peligrosos que el de darse cuenta por sí mismo de qué peligroso era el juego del que ha escapado.
DV
Juan Manuel Gutiérrez
JEREZ 31.03.2009 (DIARIO DE JEREZ)
La adolescencia es una etapa crítica en el desarrollo de cualquier ser humano, es el momento en el que se deja de ser niño o niña para empezar a ser hombre o mujer. Esta etapa se inicia con los once o doce años y puede durar hasta los veinte años, aunque hoy es ampliamente reconocido por la comunidad científica que un cerebro no es adulto, o lo que es lo mismo, no está completamente desarrollado, hasta los veintiún años. Durante este largo proceso los menores tienden a retirarse de sus padres y a priorizar a sus amistades. Este distanciamiento les permite sentirse más independientes y autónomos. Gradualmente se van volviendo más críticos, toman conciencia de que los adultos se equivocan, de que sus padres no son fuentes de saber, no están siempre en posesión de la verdad, de que en la sociedad en que viven existen tremendas injusticias que nos vemos obligados a tolerar y en este contexto, por si fuera poco aparece la opción de las drogas, como algo alternativo y que declara al joven en rebelión oficial contra el sistema. No siempre el consumo es una respuesta a la sociedad, a veces puede ser una respuesta a una situación personal angustiante, a veces puede responder al deseo de integración en un grupo o en otras ocasiones su uso puede venir motivado por un simple deseo de diversión y de vivir el día a día.
En cualquier caso, los programas educativos, que tanto organismos públicos como entidades o asociaciones privadas llevan a cabo en los colegios, se han mostrado de suma importancia para reducir los altos niveles de consumo de décadas anteriores y reducir la tendencia ascendente que existía en algunos ámbitos.
La principal crítica que se puede realizar a algunos de estos programas es la generalización que se realizan con ellos, todo es droga, desde el tabaco hasta la heroína. Sin embargo los programas de prevención de consumo se hacen cada vez más efectivos si se personalizan, o sea, si dentro de estos programas se tratan temas de ese contexto particular de los alumnos, tratando los principales problemas de la zona en la que viven, la facilidad de acceso a determinadas sustancias, la generalización de su consumo como algo habitual y poco nocivo.
Desde la familia se ha de tener claro que prohibir por prohibir no sirve de nada, y que tratar el tema de las drogas como algo tabú que no conviene hablar para no provocar, deja al menor sin recursos y sin información que le permita tomar una decisión adecuada. Se trata de que los menores no pierdan la confianza en sus padres, porque de ser así, se volverán inmunes a cualquiera de sus mensajes. En este periodo de la vida, es más importante que nunca la comunicación, proporcionar criterios y argumentos al adolescente para que sea él quien pueda ir tomando sus propias decisiones. No se trata de dramatizar, ni tampoco de banalizar un tema como las drogas, pero el adolescente ha de tener claro que consumir drogas conlleva siempre un riesgo, que será mayor o menor en función del tipo de drogas que consuma. Por último, no hay que olvidar transmitir la idea que hay formas alternativas de conseguir las satisfacciones que las drogas pueden hacer experimentar, a través de las aficiones, la familia o incluso los éxitos en los estudios.
DJ
* VICENTE CARRIÓN ARREGUI es PROFESOR DE FILOSOFÍA DE ENSEÑANZA SECUNDARIA en un centro de Secundaria de Miranda de Ebro*. Antes lo fue en el Instituto Francisco de Vitoria (VITORIA-GASTEIZ).
Fue galardonado en el 2006 con el Premio Nacional de Periodismo "Emilio Romero" que se otorga en la localidad abulense de Arévalo por el artículo "¿Respetar la ignorancia? Platón y el bebeuve" publicado el 5 de junio del pasado año en el Diario Vasco. El ganador de esta edición trabajo como profesor de Diversificación Curricular .
___
* Los municipios burgaleses cercanos al País Vasco son otra de las salidas para los docentes que se van de la comunidad [autónoma vasca]. Es el camino que tomó Vicente Carrión, profesor de Filosofía. Encaja en el grupo de los que apostaron en un principio por quedarse en su plaza e intentar aprobar el euskera. Estaba muy contento con su trabajo en un instituto de Secundaria de la capital alavesa, el Francisco de Vitoria. Aprobó la prueba oral de euskera, pero no superó el examen escrito. Era funcionario de carrera, tenía su plaza asegurada y se quedó a la espera de lo que le ofreciera Educación. No fue nada bueno. Su instituto mantuvo el modelo A, de enseñanza en castellano, y acabó por acoger lo que en el sistema educativo se denomina la 'diversidad': alumnos con necesidades especiales, los estudiantes con fracaso escolar y la inmigración. Su plaza de Filosofía en castellano desapareció. Durante un tiempo impartió clases de 'Habilidades sociales' en un módulo de FP. Después le tocó dar música y gimnasia a alumnos de 'diversificación curricular', los chavales con dificultades de aprendizaje. «Creí que podría adaptarme, pero no fue así. No era lo mío», comenta este docente guipuzcoano.
«Recuperé a Platón»
Carrión vio el futuro negro y en 2006 se presentó a un concurso de traslados para funcionarios. Cogió su último tren. Consiguió plaza en un centro de Secundaria de Miranda de Ebro. Con 50 años ha vuelto a dar Filosofía en Bachillerato. «He recuperado a mis 'platones' y 'aristóteles' y estoy encantado. Me ha supuesto una liberación», reconoce orgulloso. Recuerda que a su alrededor ha visto «un gran drama personal» durante los últimos años que estuvo en Vitoria. «A muchos les costó sangre, sudor y lágrimas el euskera. Gente mayor que se veía obligada a robar horas de estar con su familia para ir a clase y hacer los deberes del euskaltegi», relata.
Junto al sentimiento de haberse ido en silencio, sin protestar y sin que nadie moviera un dedo por ellos, los docentes en el exilio coinciden en que están satisfechos con unos destinos que consideran tranquilos. «La opción era estudiar euskera, que es como preparar otra vez unas oposiciones, o irme. No me lo pensé», recuerda una profesora de Matemáticas, vecina de Vitoria, que quiere ocultar su identidad. Logró una plaza en el instituto Montes Obarenes de Miranda de Ebro en 1990 y ahora se confiesa «encantada». «Los chavales aquí son como en cualquier otro sitio, pero te evitas todo ese rollo político. Y doy clases en mi lengua», añade.
¯¯¯
En defensa de la Filosofía
Oí a un abuelo decir que su nieto de un año era muy listo porque se quedaba clavado delante del vídeo
Leo algo semejante en boca de profesionales de la educación infanti
MURCIA 11.12.2008 (LA VERDAD)
Cada vez que me preguntan por la utilidad de la Filosofía me reboto. Si una mirada, un poema, un gemido de gozo o una sonrisa pueden carecer de utilidad y, sin embargo, determinar el curso entero de una existencia, ¿a qué exigir a la Filosofía más utilidad que la de ayudarnos a entender que en esta vida no sólo lo útil es importante?
El divorcio de los hijos
VICENTE CARRIÓN ARREGUI· PROFESOR DE FILOSOFÍA «Nuestros jóvenes han de atreverse cada día un poco más a repudiar la violencia que desde tantas instancias, ...
+ínfo Artículos de OPiNION en Diario Vasco
El cánnabis altera completamente la relación del joven con su propia fuerza de voluntad

SAN SEBASTIÁN 28.03.09 (DIARIO VASCO)
No se alarmen. No quiero hablarles de aquel chaval que empezó a fumar porros y acabó atracando farmacias, yonqui perdido, sino de esta jovencita que ha pasado de ser una estudiante ejemplar a no poder terminar la ESO, reactiva a toda recomendación familiar que no sea complacer sus antojos. No ignoro que una cosa puede llevar a la otra pero es tan evidente que no por fumar porros se convierte uno en marginado social, delincuente, maltratador o abusador sexual -por probable que sea la asociación de todas estas conductas con las drogas- que más que incidir en el incierto futuro del joven porrero me interesa abundar en el vertiginoso presente de quienes se inician tan a la ligera en prácticas de alto riesgo. Hablamos de cerca del 40% de los dos millones y medio de jóvenes entre 14 y 18 años, de los cuales «sólo» el 10% corren riesgo de convertirse en adictos de por vida, según el último Informe del Plan Nacional sobre Drogas. Es a ese 90% restante al que quiero referirme para advertirles del daño innecesario que se hacen a sí mismos y a sus familiares creyendo que el cánnabis ensancha sus horizontes vitales cuando en realidad los limita.
La idea de que las drogas expanden la conciencia y pueden favorecer el autoconocimiento, la creatividad y la comunicación tuvo sus valedores en la cultura hippie pero no ha resistido ni las evidencias de los estudios médicos (con la excepción de sus propiedades paliativas de determinados dolores) ni, sobre todo, las del deterioro vital de sus paladines, machacados en cuerpo y alma al cabo de los años por las sustancias que iban a liberarles. Es obvio que las drogas deparan momentos memorables -y en ello radica su peligrosidad: en lo mal que puede uno sentirse cuando se pasa su efecto-, por lo que puede ser muy placentero su consumo ocasional. Pero de ahí a defender su conveniencia hay mucho trecho. En todo caso, lo que decidan hacer los adultos con su existencia es cuestión de cada cual. Convivir con los porros no me parece tan diferente a convivir con el alcohol, el tabaco o los psicofármacos, sólo que no veo ventaja alguna en hacer apología de tales limitaciones personales de la libertad, sobre todo cuando se proyecta sobre los jóvenes una falsa idea sobre los paraísos artificiales contenidos, en este caso, en el cánnabis. El derecho a desconectar de las complicaciones vitales por medio de estupefacientes legales o ilegales que podamos concedernos como adultos no es extensible a los menores de edad porque las drogas pueden provocar daños estructurales en sus circuitos cerebrales y en sus personalidades incipientes.
Ahora bien, no por ser conscientes de los perjuicios de su consumo hemos de negar el manifiesto placer que provocan. Si así lo hiciéramos daríamos argumentos a sus defensores por ignorar lo que todo adicto considera principal: la inmediatez de su disfrute. En mi opinión, una sólida prevención antidroga ha de reconocer en ellas el poderío de hacer intolerable la vida en su ausencia porque todo parece absurdo cuando llega el bajón. Pues es la intensidad del bajón lo que provoca esa permanente ansiedad por reproducir la experiencia añorada al precio que sea: económico, laboral o desatendiendo los compromisos o traicionando las confianzas que haga falta. Pasa con las drogas más duras, sí, pero con los porros también.
Una de las características principales de un buen porro es el sentimiento de bienestar que provoca. Sea por la intensidad perceptiva que realza la belleza del paisaje o la plenitud del momento presente, suscitando sentimientos de paz y armonía con el entorno, sea por la fluidez con que se desinhiben las emociones y ocurrencias, posibilitando experiencias de comunicación interpersonal de gran impacto, como si quedara al alcance de la mano la intimidad propia y ajena. No es de extrañar así que se haya incrementado tanto su consumo entre los jóvenes (se ha cuadruplicado desde 1994), tan atentos a tejer lazos amistosos libremente elegidos, tan urgidos por salir del cascarón familiar, tan inseguros a la hora de ensayar sus primeros escarceos sexuales. Lamento quitarle lírica a esos momentos del sábado noche en que el tiempo se detiene mientras alguien lía un canuto, preludio fijo de risas y franquezas, pero no puedo sino afirmar que la felicidad que esas caladas procuran es sólo aparentemente inocua pues, en realidad, el gusto por reproducir esos momentos a posteriori, liando ya tus propios porros, puede ser extraordinariamente dañino para los estudios y para la vida familiar.
Es muy difícil resistirse a un fogonazo de placer inducido por algo tan sencillo como unas cuantas inspiraciones. ¿Qué tiene de malo sentirse bien?, se dicen la mayoría de los chavales que lo experimentan. Que cuando se pasa el efecto en vez de sentirte normal te vas a sentir mal, contesto, con lo que empezarás a organizar tus días, tu economía y tus rutinas en función de repetir las experiencias placenteras, primero el próximo fin de semana, luego entre semana, luego a diario después de clase, luego en los recreos, luego haciendo piras, luego decidiendo que es una tontería estudiar, trabajar u obedecer cuando se tiene tan claro dónde y con quiénes está la fuente del placer.
Afortunadamente no siempre el consumo de porros provoca el fracaso escolar, pero creo que sí se produce siempre una peligrosa distorsión en la identidad personal, en la imagen que uno tiene de sí mismo. El placer de fumar un porro supone una inflación egoica que suscita calma, aparente lucidez, aceptación personal y sentimientos de omnipotencia. En edades adolescentes, ya de por sí máximas en egocentrismo, la idea que el porrero se hace de sí mismo es tan estupenda que le hace sospechar de la estupidez del sistema educativo y de todo lo que suene a esfuerzo, responsabilidad y ejercicio de la voluntad. Pasados sus efectos, queda la ansiedad, la desgana, el sentimiento de ser muy poca cosa, el desajuste entre las ideaciones y la capacidad para materializarlas, en fin, que los porros tensan extraordinariamente el abanico de estados interiores y por eso son proclives a desencadenar psicosis, trastornos bipolares, «borderlines» y demás. Pero sin llegar a la patología psíquica, algo siempre se quiebra entre el consumidor de porros y su entorno educativo y familiar. Hay un secreto que nadie sino él conoce: «No hay mejor momento en la vida que el de fumarse un porro», y hay que desarrollar toda una cadena de autojustificaciones, mentiras, ocultaciones, broncas y engaños para encontrar esos momentos de aparente encuentro con el bienestar auténtico. El joven porrero necesita crear una nueva frontera hacia sus familiares y educadores porque ha puesto bajo sospecha los códigos educativos en los que se había criado. El natural proceso de rebeldía generacional en aras de su afirmación personal se distorsiona completamente por influjo del cannabis. Toda la lógica del esfuerzo, la autosuperación, la atención a las necesidades ajenas, el disfrute de las rutinas domésticas y de los placeres sencillos se viene abajo ante el arrebato explosivo del colocón. La comprensión auténtica de sus colegas desbanca de pronto el laborioso influjo de padres y educadores porque le dicen a nuestro aprendiz de adicto lo que quiere oír: que no pasa nada, que los porros no enganchan, que los puede dejar cuando quiera.
Y no es verdad. Claro que el cánnabis no genera una adicción física tan intensa como otras drogas pero su influjo psicológico en el desarrollo adolescente puede ser muy intenso. Y no tanto por sus efectos más obvios en la memoria, en la concentración mental, en la somnolencia o en los altibajos emocionales, sino porque altera completamente la relación del joven con su propia fuerza de voluntad, auténtico motor de su realización futura, y también porque le confunde extraordinariamente en el ámbito afectivo: pasan a ser queridos quienes posibilitan sus amoríos con los porros y se convierten en enemigos todos los que rechazamos que pueda derivarse otro beneficio de sus juegos peligrosos que el de darse cuenta por sí mismo de qué peligroso era el juego del que ha escapado.
DV
La adolescencia y las drogas
No se trata de dramatizar, pero hay que tener claros los riesgos del consumoJuan Manuel Gutiérrez
JEREZ 31.03.2009 (DIARIO DE JEREZ)
La adolescencia es una etapa crítica en el desarrollo de cualquier ser humano, es el momento en el que se deja de ser niño o niña para empezar a ser hombre o mujer. Esta etapa se inicia con los once o doce años y puede durar hasta los veinte años, aunque hoy es ampliamente reconocido por la comunidad científica que un cerebro no es adulto, o lo que es lo mismo, no está completamente desarrollado, hasta los veintiún años. Durante este largo proceso los menores tienden a retirarse de sus padres y a priorizar a sus amistades. Este distanciamiento les permite sentirse más independientes y autónomos. Gradualmente se van volviendo más críticos, toman conciencia de que los adultos se equivocan, de que sus padres no son fuentes de saber, no están siempre en posesión de la verdad, de que en la sociedad en que viven existen tremendas injusticias que nos vemos obligados a tolerar y en este contexto, por si fuera poco aparece la opción de las drogas, como algo alternativo y que declara al joven en rebelión oficial contra el sistema. No siempre el consumo es una respuesta a la sociedad, a veces puede ser una respuesta a una situación personal angustiante, a veces puede responder al deseo de integración en un grupo o en otras ocasiones su uso puede venir motivado por un simple deseo de diversión y de vivir el día a día.
En cualquier caso, los programas educativos, que tanto organismos públicos como entidades o asociaciones privadas llevan a cabo en los colegios, se han mostrado de suma importancia para reducir los altos niveles de consumo de décadas anteriores y reducir la tendencia ascendente que existía en algunos ámbitos.
La principal crítica que se puede realizar a algunos de estos programas es la generalización que se realizan con ellos, todo es droga, desde el tabaco hasta la heroína. Sin embargo los programas de prevención de consumo se hacen cada vez más efectivos si se personalizan, o sea, si dentro de estos programas se tratan temas de ese contexto particular de los alumnos, tratando los principales problemas de la zona en la que viven, la facilidad de acceso a determinadas sustancias, la generalización de su consumo como algo habitual y poco nocivo.
Desde la familia se ha de tener claro que prohibir por prohibir no sirve de nada, y que tratar el tema de las drogas como algo tabú que no conviene hablar para no provocar, deja al menor sin recursos y sin información que le permita tomar una decisión adecuada. Se trata de que los menores no pierdan la confianza en sus padres, porque de ser así, se volverán inmunes a cualquiera de sus mensajes. En este periodo de la vida, es más importante que nunca la comunicación, proporcionar criterios y argumentos al adolescente para que sea él quien pueda ir tomando sus propias decisiones. No se trata de dramatizar, ni tampoco de banalizar un tema como las drogas, pero el adolescente ha de tener claro que consumir drogas conlleva siempre un riesgo, que será mayor o menor en función del tipo de drogas que consuma. Por último, no hay que olvidar transmitir la idea que hay formas alternativas de conseguir las satisfacciones que las drogas pueden hacer experimentar, a través de las aficiones, la familia o incluso los éxitos en los estudios.
DJ
* VICENTE CARRIÓN ARREGUI es PROFESOR DE FILOSOFÍA DE ENSEÑANZA SECUNDARIA en un centro de Secundaria de Miranda de Ebro*. Antes lo fue en el Instituto Francisco de Vitoria (VITORIA-GASTEIZ).
Fue galardonado en el 2006 con el Premio Nacional de Periodismo "Emilio Romero" que se otorga en la localidad abulense de Arévalo por el artículo "¿Respetar la ignorancia? Platón y el bebeuve" publicado el 5 de junio del pasado año en el Diario Vasco. El ganador de esta edición trabajo como profesor de Diversificación Curricular .
___
* Los municipios burgaleses cercanos al País Vasco son otra de las salidas para los docentes que se van de la comunidad [autónoma vasca]. Es el camino que tomó Vicente Carrión, profesor de Filosofía. Encaja en el grupo de los que apostaron en un principio por quedarse en su plaza e intentar aprobar el euskera. Estaba muy contento con su trabajo en un instituto de Secundaria de la capital alavesa, el Francisco de Vitoria. Aprobó la prueba oral de euskera, pero no superó el examen escrito. Era funcionario de carrera, tenía su plaza asegurada y se quedó a la espera de lo que le ofreciera Educación. No fue nada bueno. Su instituto mantuvo el modelo A, de enseñanza en castellano, y acabó por acoger lo que en el sistema educativo se denomina la 'diversidad': alumnos con necesidades especiales, los estudiantes con fracaso escolar y la inmigración. Su plaza de Filosofía en castellano desapareció. Durante un tiempo impartió clases de 'Habilidades sociales' en un módulo de FP. Después le tocó dar música y gimnasia a alumnos de 'diversificación curricular', los chavales con dificultades de aprendizaje. «Creí que podría adaptarme, pero no fue así. No era lo mío», comenta este docente guipuzcoano.
«Recuperé a Platón»
Carrión vio el futuro negro y en 2006 se presentó a un concurso de traslados para funcionarios. Cogió su último tren. Consiguió plaza en un centro de Secundaria de Miranda de Ebro. Con 50 años ha vuelto a dar Filosofía en Bachillerato. «He recuperado a mis 'platones' y 'aristóteles' y estoy encantado. Me ha supuesto una liberación», reconoce orgulloso. Recuerda que a su alrededor ha visto «un gran drama personal» durante los últimos años que estuvo en Vitoria. «A muchos les costó sangre, sudor y lágrimas el euskera. Gente mayor que se veía obligada a robar horas de estar con su familia para ir a clase y hacer los deberes del euskaltegi», relata.
Junto al sentimiento de haberse ido en silencio, sin protestar y sin que nadie moviera un dedo por ellos, los docentes en el exilio coinciden en que están satisfechos con unos destinos que consideran tranquilos. «La opción era estudiar euskera, que es como preparar otra vez unas oposiciones, o irme. No me lo pensé», recuerda una profesora de Matemáticas, vecina de Vitoria, que quiere ocultar su identidad. Logró una plaza en el instituto Montes Obarenes de Miranda de Ebro en 1990 y ahora se confiesa «encantada». «Los chavales aquí son como en cualquier otro sitio, pero te evitas todo ese rollo político. Y doy clases en mi lengua», añade.
¯¯¯
En defensa de la Filosofía
Oí a un abuelo decir que su nieto de un año era muy listo porque se quedaba clavado delante del vídeo
Leo algo semejante en boca de profesionales de la educación infanti
MURCIA 11.12.2008 (LA VERDAD)
Cada vez que me preguntan por la utilidad de la Filosofía me reboto. Si una mirada, un poema, un gemido de gozo o una sonrisa pueden carecer de utilidad y, sin embargo, determinar el curso entero de una existencia, ¿a qué exigir a la Filosofía más utilidad que la de ayudarnos a entender que en esta vida no sólo lo útil es importante?
El divorcio de los hijos
2 May 2008 ... ANÁLISIS· VICENTE CARRIÓN ARREGUI · PROFESOR DE FILOSOFÍA Las corrientes afectivas internas de la familia divorciada crean situaciones muy ...
Antaño los alumnos entraban callando para atender al saludo y a ...
VICENTE CARRIÓN ARREGUI/ PROFESOR DE FILOSOFÍA · La autoridad del profesor. BILBAO 2 NOV. Empiezan a ser avalancha las voces de alarma acerca de la ...
¿Llegarán las víctimas a clase?VICENTE CARRIÓN ARREGUI· PROFESOR DE FILOSOFÍA «Nuestros jóvenes han de atreverse cada día un poco más a repudiar la violencia que desde tantas instancias, ...
+ínfo Artículos de OPiNION en Diario Vasco







