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lunes, 27 de abril de 2009
ANÁLISIS· Miguel A. Santos Guerra
Cuando el acoso al docente ilusionado viene de dentro
Motivos bastardos y poco confesables se esconden en tales enredos ajenos a la noble vocación de educar

Enseñar y educar, ¿profesión o vocación?MÁLAGA 24-04-2009   (LA OPINION MALAGA)      
Un profesor de Secundaria me ha escrito una carta que está cargada de angustia y decepción. Dice que llegó al Instituto con toda la ilusión del mundo y que se ha encontrado en él con una trampa mortal. Confiesa que accedió a la profesión con gran entusiasmo y que se ha pegado un batacazo del que sospecha que no se va a poder recuperar nunca. Es muy triste levantarse cada mañana y dirigirse al Instituto a sabiendas de que allí te esperan los compañeros dispuestos a hacerte la vida imposible. Me cuesta y me duele decir que existe acoso laboral en algunos centros escolares. ¿Cómo se puede educar en ellos para la convivencia?

Si quiere esforzarse, me cuenta el profesor, le dicen que es un tarado, que desea sobresalir, que es un joven iluso, que no sabe de qué van las cosas y que todo lo que pretende hacer ya se ha intentado antes sin éxito alguno. Le hacen daño las risitas, las bromas mordaces, el aislamiento, el desprecio y la persecución. Algunas veces hasta se pregunta si es que no se ha equivocado al elegir esta tarea.

Lo que más le duele es pensar que son precisamente los compañeros y compañeras la fuente de sus males. No son los enemigos de la educación quienes le zahieren y atormentan. No son tampoco sus alumnos y alumnas, entre los que encuentra un refugio y un consuelo. No son los padres y las madres de sus estudiantes. Son sus colegas, sus aliados, sus potenciales amigos. Ellos le hieren de formas diversas, unas más burdas, otras más sutiles. No hace falta dar golpes para producir lesiones. No hace falta manejar cuchillos para que haya heridas. No es preciso disparar para causar la muerte.

La dirección, en lugar de estar atenta y comprometida con los más débiles o mira para otra parte o participa en la cacería. Es decir, que se encuentra sólo ante el peligro, desamparado ante las agresiones. Ha pensado acudir a la Inspección, pero no se siente con fuerza. Piensa que no le van a entender, que no le van a proteger, que no le van a ayudar. El mundo de los sentimientos apenas si es visible en las escuelas. Sus males son difíciles de demostrar. No encuentra testigos. No tiene quien le defienda porque nadie quiere dar la cara por él. Hay quien maneja con mucha soltura la burla y nadie quiere estar enfrentado a quien tiene ese poder.

Lo que más le duele es la indiferencia de muchos, la pasividad ante tantas bromas hirientes, la cobardía de quien, sabiendo lo que está pasando, siendo testigo directo de la agresión, no es capaz de decir: “ya está bien, ¿le quieres dejar en paz?”. Lo que también le hiere es que nadie se le acerque para decirle una palabra de consuelo, para ponerle una mano sobre el hombro y asegurarle que esa gente no merece ni una lágrima suya y que cuente con ellos para lo que sea.

Cuando se siente mejor es cuando cierra por dentro la puerta del aula. Pero, tampoco allí se siente del todo a salvo porque sabe que pueden producirse comentarios sarcásticos y prepararse bromas y planes dañinos en cualquier pasillo o en la sala de profesores. A sus espaldas y en su ausencia también le pueden hacer mucho daño.

Le he dicho que no se desaliente, que no se habitúe al dolor, que ninguna herida es un destino. Que tiene que aprender a defender su dignidad porque le asiste el derecho a ejercer la profesión en condiciones psicológicamente favorables. Le he dicho que se proteja del daño buscando soluciones. En su propio corazón, que debe fortalecerse ante los ataques, ante la ironía, ante las burlas. En algunos colegas sensibles con quienes pueda hablar. Y también en la dirección, que tiene el deber de apoyarle y de cortar esa avalancha de crueldad. Y le he recordado que las soluciones no avanzan como las balas.

Me preocupa que el sufrimiento endurezca a las personas, que se insensibilicen, que se acorchen. Existe el terrible riesgo de que el dolor lleve las personas del bando de las víctimas al bando de los verdugos. Porque la violencia se aprende. Y porque existe un peligroso modo de afrontar la violencia que es generar más violencia. Me gustaría que, a pesar del dolor, aprendiera a ser feliz en el ejercicio de esta hermosa y tremenda profesión. De cualquier manera siempre tendrá en sus manos aquella inteligente estrategia que proponía Voltaire: “No hay mayor venganza sobre nuestros enemigos que la de que nos vean felices”.

Es lamentable que en cualquier institución eche raíces este terrorismo que causa injustamente tanta desolación. Pero que se desarrolle en instituciones educativas es absolutamente inadmisible. Me indigna que se pierda un buen profesional por este motivo tan miserable.
Ya sé que no se puede generalizar. No digo que pase esto en todos los centros. Ni siquiera digo que este fenómeno sea frecuente. Me preocupa que exista. Me alarma que se de un solo caso. Por cierto que conozco alguno más. Sé de un excelente profesor que está al borde de la depresión, deseoso de marcharse del centro o de darse de baja. porque está siendo perseguido y machacado por su director. Todo porque ha denunciado sus manejos tramposos, sus incongruencias, la práctica del amiguismo y sus malas artes. La inspección no le ha hecho caso. Sé de una orientadora que va vomitando todos los días al Centro porque el equipo directivo la ha emprendido con ella. Y la inspección, ante quien se han denunciado los hechos, mira para otra parte. Como si el Departamento de Orientación fuese un chiringuito que ella ha montado por su cuenta, de espaldas a la Administración. Ella llega al Instituto nombrada por la autoridad y la autoridad deja que la devoren, que la destruyan, que la amarguen la vida. Tendrá que irse del centro. No hay derecho.

Cuando se habla de la violencia en las instituciones escolares se mira automáticamente hacia los alumnos y las alumnas. ¿Qué pasa con la violencia entre profesores y profesoras? ¿No hay nadie que sufra a manos de sus colegas? ¿Es esto justo? Cuando sucede, ¿no tiene que intervenir la autoridad competente si es que los interesados no abandonan su estrategia de hostigamiento?

Alguien puede pensar que decir esto desprestigia a los profesionales de la educación. No. Lo que los desprestigia es que suceda. Nadie tiene derecho a hacer la vida imposible a nadie. Por muy profesor que sea. Por muy director que se sienta.
LOM

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