ACÁ Y ALLÁ
Como un juego de rol
Las actitudes violentas de los alumnos es un fenómeno en el que los padres, la escuela y los mismos chicos juegan a víctimas y victimarios · La voz de los protagonistas y la reflexión de los profesionales

BUENOS AIRES Argentina 8 de Junio de 2009 | (DIARIO HOY)
Las aulas no son Irak pero, aunque cueste creerlo, a veces se le parecen. Las relaciones problemáticas, los duros aprendizajes y las vivencias particulares de cada uno de los chicos dan lugar a situaciones de espanto, una película que nadie quiere ver, pero que se proyecta a diario.
La lista del nuevo panorama áulico es larga: uso y abuso del celulares; mp3 pegados a los oídos mientras se intenta explicar; depilación (sí, leyó bien) de cejas y make up de uñas y rostro en pleno curso; flashes de fotos que van de una zapatilla hasta la bikini de la compañera, o incluso la filmación del profesor en su momento de enojo para subirlo a YouTube, el nuevo templo de los chicos. Ni hablar de las “tribus de salón” que verbalizan aquí y allá sus diferencias a límites insospechados.
Pero a no equivocarse. Los chicos no son ni más ni menos que el espejo de un fenómeno multicausal, no el problema. No son los malos de la película, “esos monstruitos” que tanto nos escandalizan crecen y se alimentan de todos.
¿Está seguro que fue mi hijo?
“No le veo nada malo al tema de poder mensajearnos en plena clase, es algo que todos hacemos porque muchas veces nos aburrimos. Mi mamá siempre me dice que mientras no me vean tampoco me haga tanto rollo”, cuenta Laura P., una chica de 2º año del secundario de la ex escuela Vergara, mientras se pinta de rojo sangre la uña que no pudo terminarse en clase.
“Nos hemos vuelto dependientes de la tecnología como escape de algo que nos molesta de nuestra propia etapa. Me he re calentado viendo cómo algunos padres llegaban a la escuela justificando lo que el hijo hizo, y se ponían en contra del docente. He vivido muchas situaciones así y te aseguro que es de cuarta”, explica Nahuel C. (18), que el año pasado egresó de la secundaria.
Nicolás es alumno de 4º año, tiene 17 años, y va al Nacional. No economiza en palabras, para él la cuestión atraca en varios frentes. “Por una lado hay una cuestión familiar que debe ser fuerte en lo que tiene que ver con los códigos, el respeto, la objetividad si te mandás alguna. Por otro, la falta de hacerse cargo por parte de nosotros, los jóvenes, también nos juega en contra”.
Muchas veces, la influencia del medio cultural y social potencia que se generen distintas situaciones o actitudes. “Una vez se armó lío por la despedida de los egresados -cuenta Nicolás-, me acuerdo que hubo determinadas situaciones que no fueron tan extremas por parte de los alumnos, pero soy consciente que faltó autocrítica no sólo de los chicos, sino también de los padres y hasta de la institución. Es un efecto rebote”.
Tiempos violentos
Violencia no sólo es el golpe certero de un puño contra la maestra, el cúter escondido bajo el inocente uniforme escolar, ni la guerra de tribus. Va más allá y viene desde la matriz.
Así parece ejemplificarlo con su opinión Agustina G., de 4º año de un colegio de Ringuelet, que se quedó perpleja cuando la madre de una compañera que había sido amonestada fue a insultar a la docente: “A la mujer le falta cerebro, le dijo de todo a la profesora delante de todo el mundo”. Por eso a Agustina le surge la pregunta: “¿Qué probabilidades hay de que nos demos cuenta de lo enroscado de algo, cuando un adulto apaña la violencia?”.
Revisando los casos de la llamada violencia escolar, se encuentra que la mayoría de los casos deriva de la agresividad entre compañeros y la falta de respeto hacia las maestras. “Los chicos no responden a los límites, encuadres y normas. A la vez, nos preocupa que cuando se cita a los padres son pocos los que responden. Los profesores trabajan muy solos porque no tienen el apoyo de la familia”, dice la psicopedagoga María Paz Acevedo.
En el imaginario colectivo se cree que este tipo de conductas sucede en las escuelas públicas. Pero también pasa en el ámbito privado. “Se da por igual en todos los niveles sociales: bajos, medios y altos, ya no hay diferencias. No solamente la estructura familiar tiene sus falencias, sino también en el sistema educativo hay cuestiones a rever y entonces los chicos encuentran un vacío”, explica la especialista.
La violencia es hoy un componente cotidiano en nuestra sociedad y se ha puesto de manifiesto también en las instituciones. Dicha violencia fue ocultada, negada y silenciada durante muchos años por educadores y autoridades, pero evitar y suprimir esos actos violentos no ha hecho más que empeorarlos.
El problema debe ser tomado sin dramatismo, pero con firmeza y en toda su magnitud. Debemos evitar el miedo y la angustia que la violencia produce para no caer en la impotencia y actuar desde una postura reflexiva que nos permita encarar abordajes acordes a su complejidad.
DH
Como un juego de rol
Las actitudes violentas de los alumnos es un fenómeno en el que los padres, la escuela y los mismos chicos juegan a víctimas y victimarios · La voz de los protagonistas y la reflexión de los profesionales

BUENOS AIRES Argentina 8 de Junio de 2009 | (DIARIO HOY)
Las aulas no son Irak pero, aunque cueste creerlo, a veces se le parecen. Las relaciones problemáticas, los duros aprendizajes y las vivencias particulares de cada uno de los chicos dan lugar a situaciones de espanto, una película que nadie quiere ver, pero que se proyecta a diario.
La lista del nuevo panorama áulico es larga: uso y abuso del celulares; mp3 pegados a los oídos mientras se intenta explicar; depilación (sí, leyó bien) de cejas y make up de uñas y rostro en pleno curso; flashes de fotos que van de una zapatilla hasta la bikini de la compañera, o incluso la filmación del profesor en su momento de enojo para subirlo a YouTube, el nuevo templo de los chicos. Ni hablar de las “tribus de salón” que verbalizan aquí y allá sus diferencias a límites insospechados.
Pero a no equivocarse. Los chicos no son ni más ni menos que el espejo de un fenómeno multicausal, no el problema. No son los malos de la película, “esos monstruitos” que tanto nos escandalizan crecen y se alimentan de todos.
¿Está seguro que fue mi hijo?
“No le veo nada malo al tema de poder mensajearnos en plena clase, es algo que todos hacemos porque muchas veces nos aburrimos. Mi mamá siempre me dice que mientras no me vean tampoco me haga tanto rollo”, cuenta Laura P., una chica de 2º año del secundario de la ex escuela Vergara, mientras se pinta de rojo sangre la uña que no pudo terminarse en clase.“Nos hemos vuelto dependientes de la tecnología como escape de algo que nos molesta de nuestra propia etapa. Me he re calentado viendo cómo algunos padres llegaban a la escuela justificando lo que el hijo hizo, y se ponían en contra del docente. He vivido muchas situaciones así y te aseguro que es de cuarta”, explica Nahuel C. (18), que el año pasado egresó de la secundaria.
Nicolás es alumno de 4º año, tiene 17 años, y va al Nacional. No economiza en palabras, para él la cuestión atraca en varios frentes. “Por una lado hay una cuestión familiar que debe ser fuerte en lo que tiene que ver con los códigos, el respeto, la objetividad si te mandás alguna. Por otro, la falta de hacerse cargo por parte de nosotros, los jóvenes, también nos juega en contra”.
Muchas veces, la influencia del medio cultural y social potencia que se generen distintas situaciones o actitudes. “Una vez se armó lío por la despedida de los egresados -cuenta Nicolás-, me acuerdo que hubo determinadas situaciones que no fueron tan extremas por parte de los alumnos, pero soy consciente que faltó autocrítica no sólo de los chicos, sino también de los padres y hasta de la institución. Es un efecto rebote”.
Tiempos violentos
Violencia no sólo es el golpe certero de un puño contra la maestra, el cúter escondido bajo el inocente uniforme escolar, ni la guerra de tribus. Va más allá y viene desde la matriz.Así parece ejemplificarlo con su opinión Agustina G., de 4º año de un colegio de Ringuelet, que se quedó perpleja cuando la madre de una compañera que había sido amonestada fue a insultar a la docente: “A la mujer le falta cerebro, le dijo de todo a la profesora delante de todo el mundo”. Por eso a Agustina le surge la pregunta: “¿Qué probabilidades hay de que nos demos cuenta de lo enroscado de algo, cuando un adulto apaña la violencia?”.
Revisando los casos de la llamada violencia escolar, se encuentra que la mayoría de los casos deriva de la agresividad entre compañeros y la falta de respeto hacia las maestras. “Los chicos no responden a los límites, encuadres y normas. A la vez, nos preocupa que cuando se cita a los padres son pocos los que responden. Los profesores trabajan muy solos porque no tienen el apoyo de la familia”, dice la psicopedagoga María Paz Acevedo.
En el imaginario colectivo se cree que este tipo de conductas sucede en las escuelas públicas. Pero también pasa en el ámbito privado. “Se da por igual en todos los niveles sociales: bajos, medios y altos, ya no hay diferencias. No solamente la estructura familiar tiene sus falencias, sino también en el sistema educativo hay cuestiones a rever y entonces los chicos encuentran un vacío”, explica la especialista.
La violencia es hoy un componente cotidiano en nuestra sociedad y se ha puesto de manifiesto también en las instituciones. Dicha violencia fue ocultada, negada y silenciada durante muchos años por educadores y autoridades, pero evitar y suprimir esos actos violentos no ha hecho más que empeorarlos.
El problema debe ser tomado sin dramatismo, pero con firmeza y en toda su magnitud. Debemos evitar el miedo y la angustia que la violencia produce para no caer en la impotencia y actuar desde una postura reflexiva que nos permita encarar abordajes acordes a su complejidad.
DH







