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lunes, 22 de junio de 2009
Un reportaje que debe ser leído por gente con criterio formado
El escándalo explotó hace dos meses en el penal de San Pedro (Bo) cuando un infante le dijo a su mamá que se lastimó mientras “jugaba” con sus amigos. Tras las pesquisas médicas se supo que fue abusado sexualmente.
Ilustración. No fotonoticia.Hay otros cuatro casos similares
 
LA PAZ Bolivia, 21 JUN 2009. Redacción Domingo (LA PRENSA)

Raulito tiene ocho años de edad. Su verdadero nombre está oculto en el anonimato. Su traumática experiencia está a punto de modificar la tradicional presencia de menores en el penal de San Pedro de la ciudad de La Paz, donde viven unos 250 infantes con sus padres. Raulito fue violado en la penitenciaría y todo apunta a que sus agresores fueron otros niños. 

Su historia puede quedar en el olvido, así como pasó con otras que desnudaron la inseguridad de los pequeños en este reclusorio. Su caso fue denunciado hace un par de meses y se lo mantiene en el más absoluto secreto. La revista obtuvo información sobre Raulito y otros niños que “jugaban” a tener sexo en uno de los sectores del recinto. Infantes que crecen tras las rejas y que, como dicen activistas, pueden terminar “maleados” por los mayores con los que conviven. 

La entrada al “infierno” 

Una reja por la que se descuelgan los brazos de los presos que hacen de “taxis” es el ingreso principal a la cárcel del San Pedro. La “plaza central” con algunas pinceladas de vegetación se halla en medio del patio del lugar. Al fondo se erige un templo católico cuya cruz pincha el cielo a baja altura. 

A la izquierda de la iglesia se encuentra un callejón oscuro. Al cruzar cerca de un quiosco, cuya especialidad es el café caliente, están dos tiendas que casi se observan entre sí. En medio y al final del pasadizo es la entrada a la sección El Palmar, una de las nueve áreas del penal. Está asentada en una segunda planta del reclusorio; exactamente encima de la cocina. Mide unos 200 metros cuadrados y tiene, entre sus celdas desordenadas, una sala de billar y una cafetería. 

Enfrente de los baños se encuentra el “sauna”. Un par de internos comentan que todas las “zonas” de la penitenciaría cuentan con sus “saunas artesanales” y que fueron los reos quienes sacaron dinero de sus bolsillos para construir estos espacios ocupados, sobre todo, por un tacho de plástico apoyado sobre cuatro patas. Ahí se pone a hervir las ramas de eucalipto para que el vapor se haga dueño de estos espacios. 

A la hora en que se encienden los “saunas” es necesario cerrar sus puertas. Y cuando esto sucede, todo lo que pasa allí queda bajo llave. Todo, incluso una violación… o varias. 

Nada más que un “juego” 

Uno de los últimos días de abril de este año, Raulito llegó a la celda de su progenitor con un dolor en el trasero. Le dijo a su mamá que se lastimó jugando. Ella quiso salir de las dudas y lo llevó a un médico. El diagnóstico fue fatal: el infante había sido violado. Los padres le llenaron de preguntas e investigaron por su cuenta lo que había pasado. Tras sus pesquisas, dieron con el supuesto autor de los hechos: un muchacho que era amigo de su hijo. 

Pero ¿por qué Raulito comentó que “se lastimó jugando”? Según los reportes psicológicos a los que accedió Domingo gracias a fuentes que pidieron reserva en su identidad, se supo que en el “sauna” de El Palmar un grupo de siete menores se reunía frecuentemente para divertirse. Juan Pablo y Santiago (otros nombres ficticios) eran los líderes y organizadores de los juegos. Ambos estaban a pocos pasos de llegar a la adolescencia. 

La alegría no era inocente, sino que portaba connotaciones sexuales. “También vio que en algunas ocasiones —dice la entrevista psicológica a Manuel, otro compañero de Raulito de quien se salvaguarda su identidad— Juan Pablo y Santiago juntaban sus miembros (refiriéndose a sus penes) como juego y se masturbaban”. Raulito era el infante codiciado por ellos. Hasta que aquel día de abril fue abusado sexualmente por Juan Pablo; es la principal hipótesis que se maneja. 

El acusado se encuentra en el ojo de la tormenta porque en la declaración de Manuel éste comenta que “la segunda vez que fue al sauna con Juan Pablo, su hermano Saúl (otro personaje con nombre ficticio) le comentó que Juan Pablo le bajó su short y quería introducirle su pene y Juan Pablo le decía que era un juego entre ellos, que no se asuste”. Manuel es casi un adolescente y en los diálogos con las psicólogas se presenta a sí mismo como una persona protectora de los menores, en especial de Raulito. 

Él pudo haber sido testigo de violaciones en los “juegos” del grupo. Pero los investigadores aún se preguntan cuál fue la verdadera participación de este muchacho, ya que en principio fue señalado como instigador y fue quien tuvo que dar explicaciones al papá de Raulito sobre lo sucedido en el sauna. No hay evidencia alguna que permita pisar terreno firme en su historia. Eso sí, existe certeza de que él sabía lo que pasaba en aquel cuarto con olor a eucalipto y que, aparte de Raulito, hubo al menos otros cuatro pequeños violados por los “niños” mayores. 

Uno de los expertos que se enteró del hecho y que pertenece a una entidad impulsora de los derechos de la niñez fue entrevistado por la revista y pidió mantenerse en el anonimato; él indica que lo más preocupante es que los involucrados toman estas actitudes sexuales como si fueran “normales”. Él es parte de la comisión multidisciplinaria que estudia lo que pasó con Raulito y las otras supuestas víctimas. Existe una orden para evitar que el caso traspase los muros de más de 20 metros que tiene San Pedro. Las reuniones se llevan a cabo en las oficinas del Defensor del Pueblo, a un par de cuadras del reclusorio. 

Lo sucedido con Raulito abrió la puerta de más revelaciones. Los primeros reportes señalan que, tras las primeras violaciones en el grupo infantil de El Palmar, las víctimas permanecían en silencio y, pasados los días, retornaban al sauna para que sus agresores volvieran a “jugar” con ellos. También existe la posibilidad de que haya un encubrimiento por parte de los abusados y, de acuerdo con esta hipótesis, Manuel puede ser el verdadero agresor de Raulito. De lo que sí está seguro el experto que analiza el caso es que hechos similares se han repetido a través de los años en San Pedro. 

Aparte, las actitudes de Manuel durante su entrevista con las psicólogas corroborarían su culpa. El informe menciona que el menor “presentaba ansiedad durante todo el relato y esto se evidenció en su lenguaje verbal y no verbal”. Asimismo, afirma que el muchacho rechaza cumplir órdenes y que mantiene conflictos sin resolver. 

Los avances sobre esta investigación están abiertos. Es más, según un reporte de la fiscal de materia Jaqueline Bustillos, existe la denuncia contra “los autores” del delito de violación a Raulito, la cual fue formulada por el director del recinto penitenciario de San Pedro, José Oswaldo Cabrera. Se solicitó un estudio pormenorizado al médico forense de turno y se requirió tomar las versiones de la víctima, de su padre y de los posibles testigos. Igual se ordenó que una psicóloga y una trabajadora social levanten diagnósticos de los daños y la situación emocional del infante. 

Los resultados de este proceso estarían a punto de revelarse… Mientras tanto, la vida continúa igual para Raulito. Se sabe que sus progenitores le prohibieron volver al “sauna” con sus “amigos” hasta que se conozca a ciencia cierta qué es lo que ocurrió esa jornada traumática en aquel recinto nebuloso y con olor a eucalipto. 

En busca de respuestas 

La Ley 2298 de Ejecución de Penas y Supervisión prohíbe la presencia de niños mayores de seis años tras las rejas de las cárceles bolivianas junto con sus padres. Pero, según datos de la Oficina de Gobernación de San Pedro, en el recinto paceño vive un centenar de infantes que están debajo de esta franja etaria, y hay otros 150 que la superan. Es decir, en total existen 250 menores. 

La legislación boliviana indica que los pequeños cuyo padre o madre son condenados con su estancia en un reclusorio deben quedar bajo el cuidado del progenitor que se encuentra en libertad. Y de no ser así, éstos tienen que estar con las “familias ampliadas”, o sea, los tíos, los abuelos o las personas con las que tienen algún parentesco. Todo esto con el fin de preservar la salud mental y física de los niños. Buenas intenciones que quedan solamente en el papel en la mayoría de los casos. 

El drama de los infantes encerrados en este panóptico es una preocupación para su Gobernación. “A nosotros nos interesa que se respete la ley y estamos acá para eso”, comenta el coronel Cabrera, bajo cuyo mando está la dirección de este sitio que tiene casi 1.400 internos en estado de hacinamiento. Para hallar una solución al respecto que no produzca problemas con los internos se busca consensuar las futuras políticas familiares en el reclusorio. 

Para Cabrera, ya implica un éxito que los privados de libertad hayan aceptado la partida de los menores de diez años. La autoridad espera que esta palabra empeñada sea cumplida y que para fin de año no haya niños en este rango de edad dentro del penal. No obstante, a pesar de ser quien lleva adelante el proceso contra “los autores” de la violación a Raulito, prefiere evadir su opinión sobre la posibilidad de otros abusos similares. “Yo estoy escasamente tres meses en este cargo y muy poco puedo hablar del tema”. 

Al cruzar las puertas de ingreso a San Pedro reina el silencio sobre el asunto. O al menos se oculta la verdad. Cuando la revista conversó sobre ello con Luis Castrillo, representante del Concejo de Delegados de los presos, éste emitió un quejido antes de responder con un rotundo “No”. Luego explicó que hubo algunos malentendidos entre los internos y que esto pretendía zanjarse con arreglos económicos. Hasta que la charla fue cortada por un policía. 

Para la organización sin fines de lucro Defensa Internacional del Niño, Niña y Adolescentes, el problema de los niños en las prisiones de Bolivia se arrastró tanto tiempo que ahora será muy difícil sacarlos. Y lo que es peor, su presencia en estos sitios los han convertido en parte de un engranaje económico ya que su permanencia en los penales debe ser pagada con un alquiler por el espacio que ocupan, dinero que es administrado por los privados de libertad. Esta versión no fue confirmada por Cabrera, aunque sí por una pareja de reclusos entrevistados por Domingo. 

Más aún, activistas de los derechos de los infantes que charlaron con la revista, y que pidieron reserva en su identidad, aseveran que el caso de Raulito ha vuelto a poner en el tapete de la discusión el peligro al que están expuestos los menores, sobre todo por vivir en un ambiente en el que conviven con violadores y asesinos, lo cual puede influir en su comportamiento y en el aprendizaje de “malos hábitos” que llegan a considerar como normales. Pequeños que son “maleados” por los mayores. Ello explicaría lo ocurrido en el “sauna” de El Palmar. 

El director de Régimen Penitenciario, Jorge López Arenas, admite esta posibilidad. “Por un lado, su presencia hace que el padre se responsabilice y tome su rol en forma muy seria y, por el otro, los niños tienen el contagio criminógeno de la cárcel misma”. Esta situación ha llevado a que los menores igual tengan su cuota de participación en actos reñidos con la ley en la penitenciaría paceña, porque hubo denuncias comprobadas de que ellos sirven para el traslado de drogas y bebidas alcohólicas al interior del recinto, prácticas que intenta frenar la nueva administración de Cabrera. 

Reino ingobernable 

La madrugada del último día del año 2008, efectivos policiales requisaron a los reclusos de San Pedro de las secciones Álamos, La Cancha, Chonchocorito, Cocina, Guanay, Palmar, Pinos, Posta, Prefectura y San Martín. El operativo decomisó desde armas blancas hasta cocaína, y bebida para iniciar la gran fiesta en las primeras horas de 2009. En general, los resultados son similares cuando se hace este tipo de redadas. 

El descontrol en el panóptico tuvo su punto más alto con el descubrimiento de la oferta de “circuitos turísticos”. Investigaciones de medios de comunicación aportaron datos sobre la presencia de extranjeros que pagaban hasta 200 dólares por dar un par de vueltas en el interior del sitio. Incluso corrió un rumor fuera del país de que el famoso actor estadounidense Brad Pitt iba a rodar una película sobre esta cárcel. 

La denuncia hizo rodar la cabeza del anterior Gobernador. Así aconteció a finales de marzo, cuando, a la par, la cadena franco-alemana Arte emitió el reportaje San Pedro, la ciudad prisión, que puso en evidencia el desgobierno y la presencia de drogas en los pasadizos estrechos de la penitenciaría. La presencia de familias enteras en ésta también fue un dulce para este medio europeo, que no se explicó cómo pueden convivir tantas personas en espacios tan diminutos. 

Precisamente El Palmar es una de las secciones más pobladas. Se calcula que allí habitan entre 300 y 400 personas junto con sus parentelas. Esta área era precisamente uno de los objetivos preferidos por los antiguos tours, el lugar donde ocurrió el incidente de Raulito. Al respecto, y sobre la presencia de infantes en el reclusorio, López comenta que la presencia de éstos, más bien, ayuda a que San Pedro no sea “tan violento”. 

No obstante, la violencia es carta común en este centro. Por ejemplo, pese a que se lo considera un hecho aislado, el sábado 30 de mayo, Carlos Sonco Yanahuaya fue asesinado en este sitio. El recluso estaba en prisión por homicidio. Su cuerpo sin vida fue descubierto en un turril de basura en la sección La Cancha, luego de que los guardias tomaran lista. Él estaba a pocos días de cumplir su sentencia. Las investigaciones “verde olivo” apuntan a que se trató de un “ajuste de cuentas”. Y como suele suceder en estos casos, impera un pacto de silencio entre los internos sobre lo ocurrido. Igual como pasaría con las violaciones en el grupo de Raulito. 

El caos en San Pedro tuvo su pico el 26 de marzo, cuando sus habitantes se rebelaron contra la orden impuesta por la Gobernación para hacer cumplir el horario de visitas de los familiares hasta las 16.00. Los reos acostumbrados a otras reglas se insubordinaron. Tras el escándalo y la lluvia de gas existe también la hipótesis de que otro motivo del motín fue la exigencia de la permanencia de los menores. Así lo afirmó a la revista una entidad a favor de la niñez, lo cual fue desmentido por Cabrera y Castrillo, por separado. 

El conflicto dejó otras lecciones. La más apremiante tuvo que ver con la situación de los pequeños. Es que durante el enfrentamiento, según la Asamblea Permanente de Derechos Humanos, hubo al menos 70 niños que padecieron la gasificación policial. Aquello despertó la indignación de diferentes autoridades. Incluso la Organización de las Naciones Unidas para la Infancia envió un comunicado en el que advierte sobre “la precariedad de las condiciones de infraestructura, salubridad y seguridad de los centros penitenciarios (lo que) constituye una trasgresión a los más elementales derechos de la niñez y adolescencia”. 

Al día siguiente del evento, la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados informó que abriría una investigación sobre supuestos abusos de los agentes durante la rebelión de los presos. Además, el parlamentario Guillermo Mendoza interpuso sus buenos oficios para crear la Casa del Niño de la Cárcel. La idea apunta a la creación de un ambiente adecuado para que los pequeños vivan mientras sus padres cumplen su condena tras las rejas. Pasadas las semanas, sin embargo, no se conoció de ningún avance en ello. 

Jornadas después de aquella polvareda carcelaria, el interés por subsanar la vida de los infantes en el panóptico de San Pedro retornó a la normalidad, o sea, quedó en el olvido. Fue cuando la noticia se enfrió y la normalidad retornó al lugar… entonces Raulito fue como en otras oportunidades al “sauna” de El Palmar, allí donde conoció a quienes eran sus únicos “amigos”, aquellos que le enseñaron un “juego” que seguramente le dejará heridas por el resto de sus días y que también pudo haber afectado a otros de sus compañeros. Una triste realidad que habita en este reclusorio. 

“San Pedro no es una cárcel tan violenta” 

En las últimas semanas, el director de Régimen Penitenciario, Jorge López Arenas, estuvo en constantes reuniones para analizar el tema de los menores que habitan con sus padres en las cárceles del país. Cree que lo ideal sería sacarlos a un espacio adecuado, aunque también afirma que su presencia hace que el panóptico de San Pedro sea uno de las más seguros en la región latinoamericana. 

—¿Qué se hizo por la salida de los menores de edad de estos recintos? 

—Desde 1995 se intenta sacar a los niños de las cárceles bolivianas y hablamos específicamente de la de San Pedro. Pero acá vale la pena cuestionarnos lo siguente: sabemos que no es lo ideal que los infantes vivan dentro de los penales; entonces, ¿será bueno botarlos para que sean parte del batallón de los niños de la calle? Se tiene que trabajar en una forma muy seria para que podamos plantearnos soluciones que puedan brindar mejores días a estos pequeños, porque si ellos van a la calle, van a ser nuevos delincuentes; aunque estando en el reclusorio igualmente se hacen delincuentes, dicen muchas personas. Hay dos extremos en el asunto en las penitenciarías: por un lado, su presencia hace que el padre se responsabilice y tome su rol en forma muy seria y, por el otro, los niños tienen el contagio criminógeno de la cárcel misma. Tenemos que ver estos dos aspectos. 

—¿Qué se puede hacer ante esta situación? 

—Hace un mes sacamos un instructivo indicando que, por todos los antecedentes que tenemos, no es lo mejor que los menores estén dentro de los reclusorios. Hay la instructiva para que salgan y así se desalojen inicialmente a los niños mayores de diez años. Ya tengo el informe y ahora los mismos padres y los privados de libertad coadyuvarán en esta labor. Estamos justamente en esa etapa. Nunca antes se logró dar ni siquiera una instructiva para que salgan de estos sitios los niños de cualquier edad y ahora ya la tenemos. Sin embargo, ahora también estamos implementando otros mecanismos de control para evitar el mayor ingreso de infantes a San Pedro: una vez que ingresan al penal como visitas, ahora portan una tarjeta de control que nosotros hemos diseñado; para los niños es de un color y de otro para las niñas. Solamente con esas tarjetas pueden entrar al centro penitenciario para visitar a sus parientes y a sus padres, porque si falta una ficha, entonces ello significa que un niño se ha quedado. 

—¿Identificaron pequeños abusados en San Pedro? 

—El tema niños debe ser tomado en cuenta junto a las instituciones que trabajan el asunto. Como Régimen Penitenciario, nuestra misión y competencia es buscar la reinserción del privado de libertad; pero como (la presencia de menores) se ha hecho una práctica común que ha rebasado límites, por eso estamos normando la salida de los niños. Ahora, el problema psicológico y social lo tienen que tratar solamente las entidades que trabajan con esta temática; nosotros inicialmente les indicamos a los internos que los que han infringido la ley son ellos y no los infantes. Ahora, yo tengo como funcionarios de Régimen Penitenciario escasamente a dos visitadoras sociales en el penal de San Pedro, que muy difícilmente están haciendo su trabajo; recordemos que, en total, los privados de libertad son 1.398 en ese panóptico y resulta una tarea bastante difícil y tediosa la que estamos realizando. 

—¿La presencia de niños complica la reinserción de los reos ya que se los usa como “mulas” de drogas? 

—Justamente esto pasa con los niños que tienen más edad y van a ser presas de estas acciones. Se hizo un redoble de la seguridad y hay un control bastante minucioso de la Policía. Años atrás se decía que la estadía de los menores de edad en las cárceles hace que éstas sean menos violentas. Eso es evidente y por ello nuestra realidad penitenciaria es la menos violenta a nivel latinoamericano; o sea, San Pedro no es una cárcel tan violenta, por ejemplo, allí no hay muchas muertes. La solución que tenemos que buscar debe ser integral, para definir de qué manera los niños que salen de los penales deban tener un lugar adecuado para crecer, y estamos en esa etapa. 

Primera denuncia: cuatro pequeños muertos por mala alimentación 

En el primer reportaje de la revista sobre la cárcel de San Pedro, publicado el 4 de marzo de 2007, se reveló la carencia de atención médica para los enfermos que habitan en el panóptico. Incluso, según datos extraoficiales del personal encargado del rubro, cuatro niños habían muerto en un par de meses a causa de la mala alimentación. En una investigación dentro del reclusorio se descubrió a pacientes con el síndrome de inmunodeficiencia adquirida, tuberculosis y otros males severos. Ninguno de ellos tenía un tratamiento especial y convivían en el mismo ambiente cerrado en el que estaban los menores de edad. Otra de las irregularidades denunciadas fue la presencia de personas de la tercera edad, situación que está expresamente prohibida por la normativa penitenciaria. Después de la publicación del reportaje se ofreció mayor atención médica a los enfermos del lugar; sin embargo, la mejora de la situación de los pequeños fue dejada en el olvido. 

Segunda denuncia: menores involucrados en tráfico de drogas y abusos 

El 9 de diciembre de 2007, una niña de cuatro años acudió al médico para hacerse una revisión. Entonces se descubrió que sus padres, ambos recluidos en las cárceles de Obrajes y de San Pedro, traficaban con droga dentro de sus penales mediante la vagina de la menor. Después se obtuvo información sobre el transporte de otros estupefacientes y bebidas alcohólicas, en lo cual igual estaban involucrados infantes de la penitenciaría de San Pedro. El mismo reportaje desnudó los problemas psicológicos que afectan a los pequeños de este reclusorio y que se manifiestan en clases: éstos dibujan personas que matan o que están a punto de perpetrar una violación, y tienen un lenguaje “carcelario” propio de su entorno. Otra revelación fue la de violaciones cometidas por internos a los infantes del penal, las cuales incluso eran “justificadas” por los privados de libertad. No existen registros de que aquello haya cambiado; lo único cierto es que los niños siguen habitando este sitio. 
La Prensa


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