Hay escuelas donde muchas veces son los directivos o los maestros quienes alientan una mejor convivencia mediante actividades lúdicas y creativas

Irma P. Juárez González, 28/06/2009 México (MILENIO)
Desde hace una década me dedico a los problemas ambientales, trabajando de manera ininterrumpida con comunidades campesinas de Veracruz y el Estado de México en la reconversión ecológica de sus tierras. Con ellos he aprendido la importancia de abordar los problemas con un enfoque integral, considerando todos los factores en juego.
A la vez como antropóloga, en una práctica profesional de más de 30 años —desde el aula y en el terreno—, acercarse a los procesos sociales, políticos y económicos en México me permitieron comprender que la realidad es un entramado complejo en el que actuamos y del que formamos parte.
Desde 2004, como parte de la promoción ambiental que impulsamos en escuelas secundarias, telesecundarias y telebachilleratos hemos constatado que en la mayoría de los casos la forma en que actúan entre sí los jóvenes de ambos sexos se da en ambientes poco favorables para realizar ejercicios que ayuden a la comunicación, el respeto y el trabajo en equipo.
Hay escuelas donde muchas veces son los directivos o los maestros quienes alientan una mejor convivencia mediante actividades lúdicas y creativas.
Pero tanto para nosotros como promotores ambientales, para los instructores y capacitadores, así como para los propios maestros, ha ido surgiendo de manera casi imperceptible en las aulas, pasillos y patios de los centros educativos de todo el país una nueva conducta: el acoso escolar o bullying. Al respecto, en la encuesta sobre violencia en las escuelas del Distrito Federal de finales de 2008 se menciona que siete de cada diez alumnos de ambos sexos han sufrido algún tipo de agresión. (http://e-consulta.com/blogs/educacion/interrogaciondag=violencia/escolar).
Para Axel Didrikson, secretario de Educación del Distrito Federal, en los últimos 15 años la violencia en sus diferentes versiones: verbal, física, psicológica y sexual se ha agravado entre estudiantes de primaria y secundarias públicas. A su juicio, una de las principales razones del incremento es la legitimación que la violencia tiene en el hogar y en los medios de información, donde se glorifica y se valora de forma muy positiva la agresión, ubicándose como un acto heroico, convirtiéndose así en un modelo natural de relación interpersonal (La Jornada, diciembre 2008).
Cifras poco alentadoras
La violencia contra los menores en México se ha documentado abundantemente. Así, en abril de 2007, el estudio presentado por la ONU en su informe anual sobre Violencia y Salud en México apuntaba que “millares de niños, niñas y adolescentes crecen en un contexto de violencia cotidiana que deja secuelas profundas e incluso termina cada año con la vida de centenares de ellos. Gran parte de esta violencia, que incluye la violencia física, sexual, psicológica, discriminación y abandono, permanece oculta y en ocasiones es aprobada socialmente”.
Un dato revelador y preocupante del citado estudio es que cada día mueren en México dos menores de 14 años a causa de la violencia (fuentehttp:www.crin.org/violence/search/closeup.asp?infoID?=13154).
Por todos es sabido que el hogar es considerado el espacio de socialización temprana de nuestros hijos, en el cual ellos aprenden por imitación los valores y pautas de conducta que le transmiten directa o indirectamente sus padres, hermanos y/o otros miembros del núcleo familiar.
Es ahí, en ese ámbito que idealmente se concibe como un espacio de contención, de protección y de formación, que el menor debería sentirse seguro. Pero basta con mencionar los datos de 2000-2002 que reporta el Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) del Distrito Federal: en ese lapso se recibieron cuatro casos de maltrato infantil por día. En casi la mitad de los casos (47%) la responsable fue la madre y en segundo lugar el padre (29%), lo que hace pensar que para muchos de esos menores la familia es, antes que nada, una zona de riesgo.
Otro sondeo, realizado por el DIF en forma paralela a las elecciones presidenciales de 2000 arrojaba que 28% de los niños y niñas de 6 a 9 años de edad dijeron que son tratados con violencia en su familia, y 32% afirmó que ésa era su realidad en la escuela.
Familia-escuela, ¿un círculo vicioso?
No es de extrañar que estos niños, que buscan refugio ya sea en la escuela o en su casa, reproduzcan en la calle o en sus aulas estos vínculos de riesgo.
La necesidad de construir un sentido de pertenencia los lleva a aceptar relaciones en donde la violencia física, verbal y simbólica son el rasero para ser aceptados por “la bolita, la banda”. Los rituales de paso son por lo general igualmente violentos: “¡Órale, échate la chela, prueba tantito esta pasta, no le saques, no seas cortado, no seas ñoño!”. Aprenden a vivir al límite, en los bordes del peligro permanente, a riesgo de formar parte de una aberrante estadística.
El Índice de los Derechos de la Niñez y Adolescencia Mexicana de Unicef y su consejo consultivo señalan: “El rango comprendido entre los 12 y 17 años muestra preocupantes datos de muertes violentas, especialmente de adolescentes varones”.
Según los datos de la Secretaría de Salud utilizados para el índice, en 2004 fueron asesinados cada semana 12 adolescentes y otros 10 se suicidaron (http://www.unicef.org./mexico/spanish/protecction_6932.htm).
Acoso casi invisible
Entre niñez y adolescencia, la construcción y reforzamiento de la autoestima es vital, por lo que padres, hermanos, familiares, profesores y directivos de escuela pueden dejar pasar estas conductas y promover por omisión estos espacios donde se reproducen o manifiestan conductas intimidantes.
La necesidad de tener un poder sobre el otro lleva a la amenaza velada, al chantaje, al insulto o la burla, a la vejación.
En el impactante libro Ya no quiero ir a la escuela, de Trixia Valle, se menciona que el significado de la palabra inglesa bullying es intimidación y se ha adoptado a nivel mundial para hablar de todas las formas de actitudes agresivas, intencionadas y repetidas, que ocurren sin una razón evidente, adoptadas por uno o más estudiantes contra otro u otros. Es cuando se molesta a alguien sin importar que haya una causa, sólo por el gusto de hacerlo. Por otro lado, la constancia —el número de veces que sucede— en los ataques aumenta la gravedad del acoso, el cual ya es un problema de salud mental en el mundo entero” (Editorial Porrúa, 2009, p. 35).
Para que el bullying ocurra, menciona la autora, es necesaria una víctima (la persona que es molestada), un agresor (el que inicia o motiva los ataques) y los cómplices, es decir, todos los que se ríen o apoyan al agresor y son quienes “fomentan” el acoso escolar.
En otra entrega nos referiremos a los seis tipos de bullying que se ejercen en lo cotidiano, a saber, el sexual, el de exclusión social, el psicológico, físico, el cyberbullying y el acoso entre hermanos.
Ciertamente, existen formas de evitar y detener estas prácticas violentas. En primer lugar, lo más importante es reconocerlas y no restarles importancia al equipararlas con “bromas de chicos” o con hábitos culturales tradicionales como el machismo para hacer valer su presencia y pertenencia grupal entre los jóvenes.
Una buena comunicación, el ejemplo cotidiano de padres o hermanos que refuercen los valores, y la toma de conciencia y supervisión constante de maestros, directivos y padres pueden ser el mejor antídoto ante ese otro fenómeno que nos ha permeado como sociedad, en una progresión igual a la del mismo bullying, y que es su exacta contraparte: la indiferencia y/o el silencio de nosotros los adultos, que son en el fondo una forma de aceptación y de complicidad social.
De paso: México ha firmado compromisos internacionales y sectoriales que han dado lugar a programas como el de 2001: “Contra la violencia, eduquemos para la paz: por mí, por ti, por todo el mundo”. ¿Supimos de él? ¿Participaron en ese programa nuestros hijos? ¿Cuál fue su resultado?
MILENIO

Irma P. Juárez González, 28/06/2009 México (MILENIO)
Desde hace una década me dedico a los problemas ambientales, trabajando de manera ininterrumpida con comunidades campesinas de Veracruz y el Estado de México en la reconversión ecológica de sus tierras. Con ellos he aprendido la importancia de abordar los problemas con un enfoque integral, considerando todos los factores en juego.
A la vez como antropóloga, en una práctica profesional de más de 30 años —desde el aula y en el terreno—, acercarse a los procesos sociales, políticos y económicos en México me permitieron comprender que la realidad es un entramado complejo en el que actuamos y del que formamos parte.
Desde 2004, como parte de la promoción ambiental que impulsamos en escuelas secundarias, telesecundarias y telebachilleratos hemos constatado que en la mayoría de los casos la forma en que actúan entre sí los jóvenes de ambos sexos se da en ambientes poco favorables para realizar ejercicios que ayuden a la comunicación, el respeto y el trabajo en equipo.
Hay escuelas donde muchas veces son los directivos o los maestros quienes alientan una mejor convivencia mediante actividades lúdicas y creativas.
Pero tanto para nosotros como promotores ambientales, para los instructores y capacitadores, así como para los propios maestros, ha ido surgiendo de manera casi imperceptible en las aulas, pasillos y patios de los centros educativos de todo el país una nueva conducta: el acoso escolar o bullying. Al respecto, en la encuesta sobre violencia en las escuelas del Distrito Federal de finales de 2008 se menciona que siete de cada diez alumnos de ambos sexos han sufrido algún tipo de agresión. (http://e-consulta.com/blogs/educacion/interrogaciondag=violencia/escolar).
Para Axel Didrikson, secretario de Educación del Distrito Federal, en los últimos 15 años la violencia en sus diferentes versiones: verbal, física, psicológica y sexual se ha agravado entre estudiantes de primaria y secundarias públicas. A su juicio, una de las principales razones del incremento es la legitimación que la violencia tiene en el hogar y en los medios de información, donde se glorifica y se valora de forma muy positiva la agresión, ubicándose como un acto heroico, convirtiéndose así en un modelo natural de relación interpersonal (La Jornada, diciembre 2008).
Cifras poco alentadoras
La violencia contra los menores en México se ha documentado abundantemente. Así, en abril de 2007, el estudio presentado por la ONU en su informe anual sobre Violencia y Salud en México apuntaba que “millares de niños, niñas y adolescentes crecen en un contexto de violencia cotidiana que deja secuelas profundas e incluso termina cada año con la vida de centenares de ellos. Gran parte de esta violencia, que incluye la violencia física, sexual, psicológica, discriminación y abandono, permanece oculta y en ocasiones es aprobada socialmente”.
Un dato revelador y preocupante del citado estudio es que cada día mueren en México dos menores de 14 años a causa de la violencia (fuentehttp:www.crin.org/violence/search/closeup.asp?infoID?=13154).
Por todos es sabido que el hogar es considerado el espacio de socialización temprana de nuestros hijos, en el cual ellos aprenden por imitación los valores y pautas de conducta que le transmiten directa o indirectamente sus padres, hermanos y/o otros miembros del núcleo familiar.
Es ahí, en ese ámbito que idealmente se concibe como un espacio de contención, de protección y de formación, que el menor debería sentirse seguro. Pero basta con mencionar los datos de 2000-2002 que reporta el Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) del Distrito Federal: en ese lapso se recibieron cuatro casos de maltrato infantil por día. En casi la mitad de los casos (47%) la responsable fue la madre y en segundo lugar el padre (29%), lo que hace pensar que para muchos de esos menores la familia es, antes que nada, una zona de riesgo.
Otro sondeo, realizado por el DIF en forma paralela a las elecciones presidenciales de 2000 arrojaba que 28% de los niños y niñas de 6 a 9 años de edad dijeron que son tratados con violencia en su familia, y 32% afirmó que ésa era su realidad en la escuela.
Familia-escuela, ¿un círculo vicioso?
No es de extrañar que estos niños, que buscan refugio ya sea en la escuela o en su casa, reproduzcan en la calle o en sus aulas estos vínculos de riesgo.
La necesidad de construir un sentido de pertenencia los lleva a aceptar relaciones en donde la violencia física, verbal y simbólica son el rasero para ser aceptados por “la bolita, la banda”. Los rituales de paso son por lo general igualmente violentos: “¡Órale, échate la chela, prueba tantito esta pasta, no le saques, no seas cortado, no seas ñoño!”. Aprenden a vivir al límite, en los bordes del peligro permanente, a riesgo de formar parte de una aberrante estadística.
El Índice de los Derechos de la Niñez y Adolescencia Mexicana de Unicef y su consejo consultivo señalan: “El rango comprendido entre los 12 y 17 años muestra preocupantes datos de muertes violentas, especialmente de adolescentes varones”.
Según los datos de la Secretaría de Salud utilizados para el índice, en 2004 fueron asesinados cada semana 12 adolescentes y otros 10 se suicidaron (http://www.unicef.org./mexico/spanish/protecction_6932.htm).
Acoso casi invisible
Entre niñez y adolescencia, la construcción y reforzamiento de la autoestima es vital, por lo que padres, hermanos, familiares, profesores y directivos de escuela pueden dejar pasar estas conductas y promover por omisión estos espacios donde se reproducen o manifiestan conductas intimidantes.
La necesidad de tener un poder sobre el otro lleva a la amenaza velada, al chantaje, al insulto o la burla, a la vejación.
En el impactante libro Ya no quiero ir a la escuela, de Trixia Valle, se menciona que el significado de la palabra inglesa bullying es intimidación y se ha adoptado a nivel mundial para hablar de todas las formas de actitudes agresivas, intencionadas y repetidas, que ocurren sin una razón evidente, adoptadas por uno o más estudiantes contra otro u otros. Es cuando se molesta a alguien sin importar que haya una causa, sólo por el gusto de hacerlo. Por otro lado, la constancia —el número de veces que sucede— en los ataques aumenta la gravedad del acoso, el cual ya es un problema de salud mental en el mundo entero” (Editorial Porrúa, 2009, p. 35).
Para que el bullying ocurra, menciona la autora, es necesaria una víctima (la persona que es molestada), un agresor (el que inicia o motiva los ataques) y los cómplices, es decir, todos los que se ríen o apoyan al agresor y son quienes “fomentan” el acoso escolar.
En otra entrega nos referiremos a los seis tipos de bullying que se ejercen en lo cotidiano, a saber, el sexual, el de exclusión social, el psicológico, físico, el cyberbullying y el acoso entre hermanos.
Ciertamente, existen formas de evitar y detener estas prácticas violentas. En primer lugar, lo más importante es reconocerlas y no restarles importancia al equipararlas con “bromas de chicos” o con hábitos culturales tradicionales como el machismo para hacer valer su presencia y pertenencia grupal entre los jóvenes.
Una buena comunicación, el ejemplo cotidiano de padres o hermanos que refuercen los valores, y la toma de conciencia y supervisión constante de maestros, directivos y padres pueden ser el mejor antídoto ante ese otro fenómeno que nos ha permeado como sociedad, en una progresión igual a la del mismo bullying, y que es su exacta contraparte: la indiferencia y/o el silencio de nosotros los adultos, que son en el fondo una forma de aceptación y de complicidad social.
De paso: México ha firmado compromisos internacionales y sectoriales que han dado lugar a programas como el de 2001: “Contra la violencia, eduquemos para la paz: por mí, por ti, por todo el mundo”. ¿Supimos de él? ¿Participaron en ese programa nuestros hijos? ¿Cuál fue su resultado?
MILENIO







