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miércoles, 05 de agosto de 2009
Durante los meses estivales, los niños y adolescentes deben cumplir una serie de obligaciones que, aunque no sean tan estrictas como durante la época escolar, pongan orden
Se recomienda que respeten las horas de sueño, aunque se acuesten más tarde
La lectura y el repaso de lo aprendido el curso pasado les ayudará para la vuelta al colegio

 MARIANA CORES | SANTANDER (DIARIO MONTAÑES)
Con la llegada de las vacaciones de verano no es de extrañar que la anarquía se adueñe de las casas, principalmente en las que los reyes son niños o adolescentes. El fin de las clases supone olvidarse de los madrugones y la dieta mediterránea o los guisos de cuchara son sustituidos por 'bocatas', más fáciles de comer en la playa o la piscina. 

Pero aunque es comprensible, e incluso recomendable, cierta relajación en cuento a las normas y horarios de periodos escolares, la pediatra del centro de salud de El Alisal (Santander) y presidenta de la Sociedad de Pediatría Extra Hospitalaria y de Atención Primaria de Cantabria, Carmen Rodríguez, advierte de los riesgos de romper con todas las normas con la justificación de la llegada del verano.

«Son muchos meses y es bueno mantener cierta disciplina, sobre todo para que, de cara a la vuelta al cole o el instituto, el cambio no sea tan brusco», apuntó. Además, ahuyenta la desidia. 

Por ello recordó que los niños hasta los diez u once años «no suelen levantarse muy tarde y siguen madrugando, pero deben de dormir sus horas (unas 13 para los menores de 6/7 años y unas diez hasta los once años, todo ello aproximadamente). De forma excepcional, un día se pueden ir a la cama a la una de la madrugada, pero ese no es su horario». 

Otra cosa son los adolescentes, los cuales pueden estar en la cama hasta las dos de la tarde. «Eso no es bueno ni para los adultos, aunque lo hagamos de vez en cuando», recordó. 

Pero tampoco lo es que cuando se levanten, y tras el desayuno, no tengan en qué emplear su tiempo y se pasen las horas frente a la televisor o la consola. Rodríguez recomienda que se aprovechen estos meses para «dar a nuestros hijos más responsabilidades dentro de las tareas del hogar. Que se sientan parte de la organización familiar. A los más pequeños se les puede pedir que hagan su cama, aunque sólo sean capaces de estirar el edredón. Cuando son más mayores, ya pueden encargarse de recoger su cuarto y su ropa». 

En cuanto a los deberes, la pediatra es partidaria de que no se aparten los hábitos de estudio. «Es muy importante que lo que han aprendido durante el curso anterior se sedimente durante el verano. Así, cuando empiecen el colegio de nuevo en septiembre, sabrán de qué les están hablando. Es por su bien». No sólo deben estudiar los que suspenden, agregó. En cuanto al tiempo que se debe de dedicar, recomendó un intervalo entre 30 y 90 minutos, «que no tiene por qué ser seguido y ni todos los días». 
Lectura 
Tampoco se olvidó de la lectura, la cual consideró «fundamental». Entiende que «a muchos niños les dé mucha pereza y que pelear con ellos cansa, pero hay formas de que les parezca entretenida». Así, recomendó acompañar a los hijos a la librería «para que puedan ojear todos los libros que deseen, como hacemos los adultos. Que se entretengan y escojan el que más les atraiga. Incluso que se dejen aconsejar por el librero». Otro lugar en el que buscar un buen libro son las bibliotecas, «de las que hay en todos los pueblos». 

Pero a lo que, seguramente, no podrán ningún reparo será al deporte y a los juegos al aire libre. «Es un momento fantástico para que lo practiquen, como mínimo, una hora al día», insistió. Una buena oportunidad son los campus o campamentos que ofrecen la mayoría de los ayuntamiento de la región o las asociaciones deportivas. 

De esta forma, apuntó la pediatra, las familias respiran tranquilas, porque concilian la vida familiar y laboral, sin tener que recurrir a los abuelos o a una cuidadora». Pero también sirve para que se olviden de la televisión, el ordenador o las consulas, cuyo consumo Rodríguez reduce a una hora, en caso de los menores de seis años, y dos para el resto. 

La alimentación también corre peligro durante la época estival. Los bocadillos o sandwiches a la hora de la comida o cena «debe ser algo excepcional». Aseguró que pasar el día en la playa, la piscina o el campo no debe de servir como excusa para no alimentarse correctamente. «Hay numerosas ensaladas de legumbres, pasta o arroz que son fáciles de comer al aire libre, igual que un filete empanado o una tortilla de patatas». En cuanto a los helados, «no hay porqué comer uno todo los días y menos si van a sustituir a la fruta en el postre». 

Recordó que en estos meses «hay frutas de todos lo colores y sabores que pueden hacer las delicias de los jóvenes. Sólo hay que presentárselos de una forma atractiva. No pensemos en una manzana sin más, que se quedará en el fondo de la mochila. Se puede cortar melón o una nectarina en trocitos, hay ciruelas, picotas..., que se pueden meter en un taper para mayor comodidad».
DM 27.07.09

Los buenos modales


Manuel S. Ledesma | 05.08.2009 -  (EURODPA SUR)

AUNQUE probablemente no sea lo más deseable, lo cierto es que los cambios sociales suelen obedecer casi de forma matemática a la ley del péndulo. Si, antes, hubo rigidez de costumbres, detrás vendrá el desenfreno más absoluto, si la norma era el recato se mudará con toda facilidad a su opuesto, el descaro y si previamente imperaba la sobriedad seguro que lo que se llevará después será el despilfarro. La razón de estos bandazos hacia los extremos contrarios, (pasando de largo por el término medio que, al dictado del sentido común, quizá fuese lo más conveniente) hay que buscarla en el motor que, ya sea político o ideológico, suele impulsar estos cambios. Los "nuevos"dirigentes y líderes de opinión no sólo aspiran a corregir las costumbres y reglas, a su juicio, erróneas o injustas, de sus antecesores sino que, en sui generis venganza, pretenden llevar a la sociedad por caminos que obliguen a llevarse las manos a la cabeza al sector de la población que no comparte sus ideas. 

Tal actitud justifica que, en muy pocos años, el país se haya vuelto del revés en asuntos en que están involucrados los valores, la moral e incluso las creencias de las personas y así, por ejemplo, comportamientos antes perseguidos como la homosexualidad o el aborto, ahora, no es que -como sería razonable- sean tolerados y comprendidos sino que son alabados e incluso promocionados. Sin embargo resulta sorprendente que estos pendulazos afecten también a hábitos sociales que nada tienen que ver con el color político o la catadura moral de las personas sino que están relacionados, más bien, con su grado de civilización. La urbanidad, la compostura, la cortesía… en definitiva los buenos modales deberían ser usos inmunes a las transformaciones sociales por revolucionarias que estas sean ya que, al fin y al cabo, la buena educación de sus gentes es el parámetro más fiel para medir cuán alejada del salvajismo está una sociedad. Desafortunadamente no parece ser que este asunto nos preocupe demasiado y de ahí el franco desuso en que ha caído la expresión "tener buenos modales". Hoy en día es habitual -al punto de no extrañar a nadie- que la gente se comporte irrespetuosamente en su trato con los demás, que utilice -o abuse- de las cosas y espacios públicos como suyos, que vista inadecuada y hasta ofensivamente para según que lugares (hospitales, escuelas&hellipGuiño e incluso que -con lo barata que es una ducha- adornen su presencia con antihigiénicos efluvios. Son tan normales estos comportamientos que uno no puede más que augurar un negro futuro para la convivencia porque, como es bien sabido, los modales los enseñan los padres y ya me dirán ustedes qué enseñanzas pueden trasmitir a sus hijos unos especímenes como los que se encontraron en un bar -céntrico- en el quien esto escribe tomaba café: "¿Cómo estás, chocho?" -le dice, a voces, la recién llegada a la camarera (al parecer conocida suya) que hay tras la barra-. "Tía, no veas qué tetas y qué culo estás echando" -le responde, a bote pronto y en similar volumen, la empleada-. "¿Me estás diciendo gorda, cabrona?" Obvia pregunta con la que pusieron fin a su vocinglera fórmula de salutación… tan cariñosa para las "damas" como abochornante para el resto de clientes de la cafetería.
ES

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