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jueves, 06 de agosto de 2009
MANUEL ESTEBAN ALBERT , profesor de Universidad
Que los jóvenes sean críticos, responsables del curso de su vida y de su futuro; que los padres compaginen su progreso económico con la educación de los hijos; que no abdiquen de su obligación educadora. Que los profesores seamos competentes, responsables y motivados por enseñar y ayudar a nuestros alumnos...

MURCIA, 05.08.2009 (LA VERDAD)

Se agradece leer en la prensa diaria escritos como el firmado por el profesor Ángel Ferrández en La Verdad del 29 de julio 2009. Recuerda principios básicos para la convivencia social sin los cuales entramos en el mundo de la indecencia social. Más allá de lo anecdótico o la actualidad de los casos que cita -sin duda hay muchos más- sus reflexiones nos devuelve la imagen de una sociedad capaz de discriminar y censurar las conductas indecentes como el maltrato, la apropiación indebida, el cohecho, la sumisión de los propios principios a la ocasional coyuntura, entre otras muchas. Ante la excesiva y vergonzante tolerancia a muchas de las conductas enumeradas y a su pretendida justificación, es saludable encontrar en los habituales medios de comunicación palabras razonadas de censura para lo indecente y los indecentes. Por eso mismo es de agradecer. 

El autor considera estas conductas como opuestas a la educación que la mayoría hemos recibido desde pequeños y contrarias a la visión común de decencia social. Es cierto que debemos acudir con más frecuencia a buscar -y encontrar- entre nuestros más primitivos principios asumidos y recibidos en la familia, la escuela, la cultura, la sociedad, sólidos fundamentos para nuestros comportamientos sociales que a veces, insensible pero inexorablemente, nos deslizan hacia lo indecente. A juzgar por la tolerancia y despreocupación con que un amplio sector de la sociedad enjuicia y trata estos comportamientos indeseables socialmente no parece seguro que su infancia haya estado marcada por principios básicos de convivencia o por un código coherente que regule tanto los propios actos como las percepciones y valoraciones sobre los mismos. No cabe duda que la educación de las generaciones social, económica, política y profesionalmente relevantes hayan estado imbuidos alguna vez por los principios de una conducta social irreprochable desde su infancia. Tal vez los numerosos cambios sociales desde los años sesenta, las hondas crisis sociales y económicas, la urgencia por una adaptación urgente y rápida a los entornos internacionales en todos los órdenes, las presiones de la vida y las ansías legítimas de progresar pueden haber empañado la correcta visión de los fenómenos sociales y la regulación del propio comportamiento. La historia atestigua ampliamente cambios y crisis que han cambiado los valores personales y nacionales y, a menudo, han contribuido a superar y mejorar las bases de la convivencia asentadas en principios más éticos y transparentes. 

No es ése el caso en esta etapa histórica a juzgar por estos comportamientos indeseables que censura el autor del citado artículo. 

Con frecuencia nos han dicho, también de pequeños, que si no aspiras a lo mejor y más alto sólo te quedaras en lo mediocre y anodino. No sé si está ocurriendo algo semejante en nuestra sociedad. Hasta nos estamos acostumbrando y haciéndonos escasamente sensibles a lo indecente. Como mucho descubrimos rescoldos de crítica y censura -raramente de autocensura- en los medios o tertulias locales o de barrio. 

Tal vez hayamos errado el enfoque. ¿Hacer que nos interesemos por los errores y lo indecente de los conciudadanos relevantes no puede llevarnos a olvidar lo decente? 

La mayoría de nosotros tenemos pocas ocasiones de pervertir social, política o económicamente nuestros comportamientos pues formamos parte de una mayoría de escaso relieve social en esos aspectos. Sin embargo, colectivamente la sociedad está en las poco conocidas manos de los profesionales y trabajadores en general. Hay poco espacio para lo indecente pero la sociedad no podría subsistir sin comportamientos decentes y con frecuencia se resiente de ello. 

Lo decente es más simple pero más básico y necesario para el progreso de una nación. 

Me estoy refiriendo a aquellos principios a que aludía más arriba. Que los jóvenes sean críticos pero respetuosos a su entorno y obedientes; que sean responsables del curso de su vida y de su futuro trabajando o estudiando para ser profesionales serios; que los padres compaginen su progreso económico con la educación de los hijos y no sólo con la realización de los deberes escolares; que no abdiquen de su obligación educadora, hoy difícil e ingrata. Que los profesores seamos competentes, responsables y motivados por enseñar y ayudar a nuestros alumnos; que nos hagamos -por una vez- corresponsables de los deficientes niveles en que se encuentran los resultados de los estudiantes españoles, murcianos, etc. Que no amparemos exclusivamente el fracaso escolar en las malas leyes, la deficiente financiación, la diversidad y perfiles de los estudiantes de hoy o la mala gobernación, ya que muchos de nosotros nos hemos formado, con éxito, bajo la tutela de excelentes e íntegros maestros con pocos medios y peores leyes. 

Que los trabajadores sean comprometidos con su trabajo, si tienen la fortuna de mantenerlo; que los comerciantes no sobrepasen las fronteras de ese engaño socialmente admitido en la práctica comercial, para llevarlo hasta la estafa; que los sanitarios cumplan, en su contexto actual, aunque se reivindiquen otros mejores, con dedicación y esmero su delicada función; que los sindicatos resulten ser los garantes de la calidad real de las funciones de los asociados y no siempre de la que debería ser. Hay que ser buen profesional aquí y ahora. Eso es lo decente. Eso es lo que puede que todos hayamos aprendido de pequeños -ojalá- y eso debiera ser lo que más nos preocupara. 

Lo indecente es un simple derivado de lo decente. Debiéramos ver la sociedad desde lo decente. Tal vez entonces lo indecente no pasaría tan inadvertido.
LA VERDAD


* Manuel esteban Albert es Profesor Titular de la Facultad de Filosofía, Psicología y CC. de la Educación de la Universidad de Murcia · Director ICE de la UM.
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