En 2009 se han incrementado las denuncias de padres contra sus hijos como única solución
↓ El arte de hacer magia a diario
«Era el más fuerte, el rey de la clase»
El Derecho Penal deja a los padres sin medidas coercitivas
De padres débiles, hijos tiranos; por Gerardo Castillo
La moral y el derecho; por Jorge Trias Sagnier
El foco del director
«Mi hijo me pega»
+» En esta casa mando yo (ANDALUCIA INFORMACION)
ESTRELLA ABASCAL FRAILE, 27 SEP 20009 | MADRID(ABC)
La Fiscalía General del Estado alertaba esta semana del «preocupante» incremento de las agresiones de adolescentes contra los miembros de su familia. Con la intención de entender esta problemática, ABC se ha introducido en el infierno vivido por uno de sus protagonistas.
«Estás denunciado»
Un día de abril todo se nubló para la familia de Rafa. Algo, una nimiedad como tantas otras veces, desencadenó una «bronca» en el domicilio. Además de los gritos y amenazas, el trauma finalizó con un padre lesionado y con toda la paciencia que quedaba por gastar. «Estás denunciado», fueron las últimas palabras que Rafa escuchó esa noche de su magullado padre, pero no se las creyó, porque no era la primera vez que las escuchaba -hasta cuatro veces llegó a acudir la policía en los años anteriores a su casa, una de las cuales el conflicto finalizó en un hospital- y pensaba que no sería la última. A la mañana siguiente, la Policía se dirigió al instituto donde Rafa cursaba 1º de Bachillerato para detenerlo.Durante las nueve horas que permaneció en la comisaría, hasta que fue conducido a las dependencias judiciales a la espera del juicio, Rafa sólo pensaba en que esa tarde debía quedar con sus amigos. «Cada día era como si estuviera en fin de semana para mí, tenía que hacer por fuerza lo que yo quería». Y ese día, Rafa sólo sentía impotencia porque esa tarde no podría salir.
El calabozo, lo más duro
Desde la comisaría, Rafa fue conducido al Juzgado de Menores, donde pasó una de las noches más difíciles de su vida. «Entiendo que fue una decisión muy dura para mis padres y que lo hicieron para salvarme la vida en cierto modo, pero creo que no me lo merecía». Rafael recuerda que compartió «castigo» esa noche con delincuentes habituales, cuyas faltas para el adolescente eran mucho más graves que la suya: «Me metieron en un calabozo con chicos que habían robado o violado y, no creo que pegarte con tu padre sea comparable», destaca.¿Qué significó para él? Fue una auténtica jornada de reflexión. En ese instante se dio cuenta de lo que había hecho, no logró conciliar el sueño en toda la noche. Una vez allí, el susto fue enorme. «Me sentía fatal». Los educadores de Rafa coinciden en señalar que fue duro, pero sin duda también lo fue para los padres, «es complicadísimo denunciar a tu hijo» sostienen quienes trabajan en el centro con el caso de Rafa, pero es necesario hacerles comprender que es lo mejor que pueden hacer para ellos, cuando se produce una agresión de este tipo.
Hoy, cinco meses después, Rafa es capaz de referirse a ese momento como un punto de inflexión en su trayectoria. «A mí me sirvió, me cambió mucho esa noche, porque empecé a arrepentirme de verdad, a reflexionar, antes nunca lo había hecho».
La noche anterior fue una vez más, «pegué a mi padre porque no aguantaba que me mandase, que me diera órdenes» y pensaba que «yo era el que dictaba las normas y debían hacer lo que quisiera».
Además, la distancia le ha otorgado la certeza de que el calabozo no hubiera sido suficiente: «Si hubiera regresado a casa a la mañana siguiente, tarde o temprano el episodio se hubiera repetido». Cualquier cosa detonaba una discusión, y en el momento que protagonizaba su particular infierno, no era capaz, y tampoco lo intentaba, de controlarse. «No era yo mismo, quería pasar el fin de semana entero fuera de casa y aunque mis padres me dijeran que con 15 años no podía, por eso me escapaba». Ahora tiene claro que no quiere volver a esa vida. Pero siente miedo de que la ira vuelva a aparecer y se repita el incidente.
Reeducar a Rafa
En la residencia Luis Amigó de menores que cumplen sus meses de medidas por agresiones en el seno familiar, donde vive Rafael, se intenta normalizar aquellos ámbitos dañados del desarrollo de los menores para que recuperen el equilibrio cuanto antes. El proceso tiene una doble dimensión terapéutica también con las familias, que en muchos casos no son conscientes de su responsabilidad en la reacción del pequeño. Así, además de terapias individuales, se realizan en grupo con otros menores y también con otros padres.Un día en el centro
Para Rafa los últimos cinco meses han cambiado su vida, pero el día a día no le ha gustado demasiado. «Es un muermo, todos los días son iguales, ahora al menos voy a clase, pero en verano no hacíamos nada», explica el joven, que sólo abandona su internamiento para asistir al instituto a las afueras de Madrid, donde se encuentra con sus amistades. «Ellos «flipan» un poco, pero yo se lo he contado porque no me importa».Su horario de tareas es estricto: hora y media de estudio diario, limpieza de sus estancias, tiempo de trabajo terapéutico y también tiempo de ocio, que disfrutan siempre en compañía de sus educadores. Lo primero que hacen al ingresar es entregar el tabaco y el móvil. Sólo se les permite fumar después de comer y apenas pueden usar el teléfono una hora al día.
El arte de hacer magia a diario
Educadores y psicólogos de los centros donde los menores cumplen sus medidas judiciales han logrado en dos años reducir la reincidencia a casi un 1%. Su trabajo diario con los menores consigue lo inimaginableE. A. F. | MADRID
En la Comunidad de Madrid existen dos centros especializados en delitos de violencia intrafamiliar dependientes de la Agencia para la Reeducación del Menor Infractor, el centro semiabierto «El laurel», ubicado en la localidad madrileña de Guadarrama, donde 22 jóvenes se encuentran internados por orden judicial por haber cometido graves delitos contra sus progenitores. El segundo, gestionado por la Fundación Luis Amigó y en el que reside Rafa junto a siete jóvenes agresores que han aceptado voluntariamente su ingreso. Además, de otros 30 en libertad vigilada que acuden semanalmente a terapia a las mismas instalaciones. Ambos trabajan diariamente con una problemática que ha de entenderse en la totalidad de la familia y que en tan sólo dos años ha logrado reducir el porcentaje de reincidencia de un 40 hasta menos de un 5 por ciento. Desde el punto de vista de los directores de estos centros, José Antonio Morala y Manuel Córdoba, lo que se consigue es «magia». Los casos de violencia intrafamiliar poseen una carga emocional muy elevada, porque sus protagonistas «no sólo comparten el mismo techo, sino que además se quieren». Esto lo diferencia del resto de comportamientos violentos que ocurren en la época adolescente.
En el caso de Rafa, su director, Morala, asegura que tanto él como su familia progresan muy bien, aunque les ha costado y existen muchas complicaciones internas, pero pronto volverán a «reconstruir su historia».
Lo que intentan es «exigirles sin violentarles, que los chicos se sientan parte del proceso y acepten que lo que se busca es que vuelvan a casa cuanto antes». Aunque a veces existen casos de familiares que no son capaces de reconocer su responsabilidad, ni de reconciliarse. Según Morala, este rechazo supone un inconveniente. «De nada sirve cambiar a un adolescente, si ha de regresar al mismo hogar conflictivo», en este caso los educadores y psicólogos de los centros trabajan para facilitar la emancipación del joven y evitar también así, que la violencia vuelva.
«Era el más fuerte, el rey de la clase»
Lucas tiene 15 años. Su comportamiento violento había convertido el hogar familiar en un infierno. Su problema comenzó en el colegio, «una jungla» que quiso conquistar
MILAGROS ASENJO | MADRID
Tiene 15 años y sus problemas de agresividad le estaban poniendo al borde del abismo. Sus padres, Petri y Raúl, se sentían incapaces de salir de aquel infierno y temían que Lucas rebasara el límite de las agresiones psíquicas y que las amenazas físicas se hicieran realidad. Ahora, todos vislumbran la salida del túnel gracias al «Programa de tratamiento psicológico para adolescentes con problemas de agresividad», que imparte la Clínica Universitaria de Psicología de la Universidad Complutense, en colaboración con la Comunidad de Madrid.
Padres e hijo relatan para ABC su experiencia. Junto a ellos, Francisco y María, dos jóvenes psicólogos que desde principios de año se han convertido en sus ángeles protectores y les han allanado el camino hacia la serenidad.
«Mi hijo -comenta Petri- se ponía muy alterado, se enfadaba, se iba de casa y volvía una o dos horas después». Raúl recuerda que «ha habido momentos muy críticos. Yo notaba en mi hijo mucha rabia contra mí porque era más exigente que su madre». Y la madre refiere: «Un día se enfrentaron los dos, de tal manera que el chico se fue de casa y no volvió hasta las 8 de la tarde. No sabía qué hacer».
Lucas responde: «Yo me iba para calmarme, para que acabara la tensión». Además, «las madres no se dan cuenta de que nos protegen demasiado. Ven una situación que no existe. Me voy a las ocho y vuelvo a las diez, y no pasa nada en la calle». Padre e hijo coinciden en que Lucas nunca «pegó» a su progenitor. Eso sí, el chico pensaba y decía «Esto es la jungla y el más fuerte gana». Y hacía gala de su fortaleza, como confiesa: «Mi padre se enfadaba, creía que me iba a dar y le empujaba».Raúl completa la manifestación de su hijo: «No ha llegado nunca a la violencia, siempre ha sabido estar en el límite», porque «yo notaba la mirada de odio hacia mí y ese punto de ira... Cuando estábamos en el límite, él me ha llegado a sujetar pero nunca a pegar. Soltaba la ira dándose cabezazos con la pared».
«El colegio, responsable»
El colegio, que su vástago ha dejado este curso para pasar a un Instituto de Educación Secundaria, se lleva todos los reproches de los padres de Lucas. Le achacan una excesiva rigidez y un rechazo hacia un «niño conflictivo ante el que sólo deseaban que se fuera», asegura el padre.
«A diferencia de lo que hacía en casa-afirma el muchacho- del colegio no me iba. Tenías peleas con unos compañeros y con algunos profesores; había tensiones y saltaba. La profesora me reprendía y yo le contestaba con gruesas palabras. Todos se reían y me echaban de clase».
¿Que ocurría entonces? «Me crecía -continúa Lucas-, porque era el más grande y el más fuerte. Era el rey de la clase para bien y para mal, porque también me culpaban de todo, me etiquetaban». La madre interviene: «Eso le provocaba una rebeldía que tenía sus efectos en la vida familiar».
La historia, a diferencia de otras muchas, parece abocada a un final feliz. «Hemos aprendido a reaccionar, aunque hay cosas que nos cuestan como darle las gracias a Lucas cuando hace algo que debe hacer». El hijo apostilla: «Ahora tenemos algunas peleíllas, como en todas las familias», pero todos tenemos voluntad de hacer las cosas bien». Y es que «hemos comenzado a vivir, hay mucha menos tensión que antes», concluye Petri.
«Sin embargo, advierten, «la sociedad no ayuda».
De padres débiles, hijos tiranos
GERARDO CASTILLO , Profesor de la Universidad de Navarra
Muchos adolescentes que aterrorizan hoy a sus padres y profesores iniciaron su «currículum» antes de los seis años. Algunos de ellos daban ya patadas consentidas en la espinilla de sus progenitores cuando estos últimos se atrevían alguna vez a cerrarles el tarro de la mermelada. Estos padres consentidores siguen estando de moda y presumen de ser «liberales» con sus hijos. Se han «liberado» de ponerles normas y límites, de corregirlos y castigarlos, por miedo a ser autoritarios y herir así su autoestima. Ignoran que el comportamiento espontáneo de los hijos no es suficiente para que maduren como personas, que hay que intervenir en sus vidas.
¿Cómo suelen ser los hijos adolescentes que desde los primeros años se sintieron muy tolerados y poco o nada exigidos? Acostumbrados a actuar sólo en función del capricho y del «me apetece o no me apetece», carecen de hábitos de autocontrol y de autodisciplina. No tienen voluntad. Acostumbrados a recibir «síes», cada vez que reciben un «no» a sus gustos en el hogar o en la escuela se frustran, se irritan, se enfurecen y reaccionan de forma agresiva.
Nunca como ahora se criticó tan sin motivo a los padres autoritarios, porque, como es bien sabido, apenas existen. Sí existen a miles los padres «liberales», eufemismo utilizado para designar a los padres débiles, los que carecen de fortaleza para exigir, los que por no ejercer la autoridad han dimitido como padres. «Hijos huérfanos de padres vivos», en palabras de Juan Pablo II.
Hemos pasado del extremo de concebir la autoridad como un fin en sí misma a desterrarla casi por completo de los hogares y de las aulas. El nuevo modelo es el del permisivismo educativo. Los profesores tienen que sufrir a los niños consentidos que les «facturan» los padres «liberales» para que los eduquen sin atentar contra su sagrada autoestima. Pero el mayor sufrimiento es el que les proporcionan los padres, que actúan como abogados de sus hijos cada vez que estos últimos se quejan de que los profesores les tienen manía.
La raíz y la solución del problema de los adolescentes agresivos está en la familia. Se necesitan padres responsables con dedicación en la tarea de crear autodominio, obediencia y respeto en sus hijos desde las primeras edades.
El Derecho Penal deja a los padres sin medidas coercitivas
Los expertos aventuran que las denuncias de progenitores agredidos se elevarán y supondrán un gran coste para el Estado
E. A. F. | MADRID
El letrado y profesor de la Universidad de Navarra Eduardo Ruiz de Erenchun considera que «se ha creado una generación de jóvenes incorrectamente educados». En este sentido, matizan que el Derecho Penal (Art. 153) ha privado a los padres de «medidas paliativas que éste sí utiliza». Así, un padre no puede encerrar a su hijo durante 24 horas en su dormitorio para conseguir su reflexión o «darle una «torta» ante un comportamiento déspota, lo cual en opinión de Ruíz de Erenchun es un disparate, por ser una de las «pautas de educación inscritas en la institución familiar».
A juicio de los expertos consultados por ABC, el incremento de las denuncias de padres agredidos por sus hijos refleja además de un perverso cuadro familiar, un problema a largo plazo para el sistema judicial estatal, porque continuará incrementándose el número de denuncias y supondrá un gran costo para el Estado. De ahí, la necesidad que otorgar más medios a la familia para que pueda atajar el problema sin intervención legal. «No hay medidas coercitivas que puedan utilizar los padres. Una torta a tiempo no es una aberración».
Para Valentín Martínez-Otero, doctor en Psicología y Pedagogía de la Complutense, este drama se da «en todas las clases sociales y su acelerado aumento se explica por un conjunto de causas familiares y sociales». El perfil del menor maltratador es el de un chico impulsivo, irritable, frustrado, inseguro e inestable.
Síndrome del emperador
Para el psicólogo y director de «El Laurel», Manuel Córdoba, se trata de un problema familiar, «los hijos tienen derecho al NO, ellos lo necesitan», porque los comportamientos «disruptivos», como él llama a esta violencia, «se traducen en una llamada de atención» no escuchada.
En el plano social, hay que pensar en el influjo de los medios de comunicación, el alcohol y otras drogas. Todo ello, desencadena el denominado «síndrome del emperador», un narcisismo suele acompañarse de hostilidad.
La moral y el derecho
JORGE TRIAS SAGNIER
Tenía razón Juan Manuel de Prada cuando planteaba el lunes pasado en «el ángulo oscuro» algo que hoy está tan cubierta de polvo como el arpa bequeriana: la virtud de la justicia, ese faro que ilumina la navegación de la ley para que no zozobre, como una goleta a la deriva, y acabe estampándose contra las rocas de la historia. Interpretar las leyes sólo desde el espíritu de la letra de la ley, y no de acuerdo con la ley de Dios o de la ley natural, como recordó el cardenal Rouco Varela en la misa de clausura del I Congreso de Juristas Católicos organizado por la Asociación Católica de Propagandistas, nos puede conducir, como una consecuencia lógica, al naufragio moral que, como se sabe, conduce siempre al hundimiento material.
En ese mismo Congreso, el jurista Silverio Nieto proponía reencontrarnos con el fundamento del derecho, para sustraerlo de la arbitrariedad del uso político, como único modo de defender la dignidad de la persona. El profesor Ollero recordaba que incluso los máximos exponentes del positivismo jurídico actual -Rawls o Habermas-, tras las experiencias del nacionalsocialismo y del comunismo, admiten que la moral no puede ser ajena al derecho. Y otro filósofo del derecho, Sánchez Cámara, alertaba del intento de trasformación de la sociedad española a golpe de experimentos legislativos.
El Dictamen del Consejo de Estado sobre la ley del aborto, que tanto revuelo ha armado y cuya dignidad defendí el domingo pasado en esta misma columna, es cierto que carece de perspectiva moral. Cuando se discute sobre la vida humana -desde la concepción hasta la muerte- no pueden dejarse de lado los criterios morales, pues entonces aparecen leyes injustas como la que pretende aprobarse.
El foco del director
«Pegué a mi padre, no aguantaba sus órdenes»
Ángel Expósito. Director de ABC
Domingo, 27-09-09
Hay ocasiones en las que el periodismo se encuentra rodeado de presupuestos, cifras, casos judiciales o casi, dimes y diretes o fotografías. Es entonces cuando conviene -creo yo- hacer un regate a ese «totum revolutum» y cambiar el paso, girar sobre uno mismo y echar un ojo a lo que quizás sea verdaderamente importante.
Por eso hoy, los reportajes de Estrella Abascal y Milagros Asenjo, con fotos de Ángel de Antonio y Eduardo de San Bernardo, nos muestran el interior de un centro de menores especialmente violentos. Lo más crudo de la realidad de un infierno que protagonizan cientos de chavales en España, que también existen, y a los que olvidamos en cuanto el día a día de la política nos pone otro tema enfrente. Mañana regresaremos inexorables a lo de siempre. Al menos hoy, sacudamos nuestras conciencias con un revolcón de verdad, leyendo el reportaje que ilustra nuestra portada:
«Pegué a mi padre. No aguantaba sus órdenes».
By ABC
«Mi hijo me pega»
Siguen aumentando los episodios de maltrato de hijos a padres
La reacción de los jóvenes a la frustración es ahora más agresiva
TERE COELLO, 28 SEP 2009 | SANTA CRUZ (ABC )
Carlos M. tiene apenas 14 años y ya se ha marchado de su casa hasta en tres ocasiones. En las dos primeras veces se ausentó durante un par de horas, después de un duro enfrentamiento que mantuvo con su madre porque, o no estaban secos sus vaqueros o no le daba permiso para asistir a un concierto en el Sur de la isla.
La tercera ocasión fue más problemática, se marchó durante dos días sin que se supiera nada de él. Su madre denunció este hecho al tratarse de un menor que se hallaba en paradero desconocido. Se organizó una búsqueda centrada principalmente en domicilios de familiares y de amigos. Durante el periodo de tiempo, la progenitora de Carlos mantuvo una relativa calma, confiando en que regresaría a casa cuando «se le pasase el enfado».
En una de las conversaciones mantenidas con Carmen, madre del chico, ésta mostraba su desesperación e impotencia ante determinadas reacciones, «yo sé que está bien y va a volver. Esto es otro chantaje más. De verdad, la realidad me supera, estoy acobardada, ya no sé que hacer con él y todavía es un niño».
Los padres de Carlos se separaron varios meses antes de los acontecimientos denunciados y desde entonces, la madre se convirtió en víctima del joven, quien la insultaba y amenazaba con denunciarla si le ponía una mano encima o le profería amenazas, llegando en alguna ocasión a arrojarle un bolígrafo y hasta un zapato en otra, «no puedo más, le tengo miedo, me hace responsable de que su padre se haya ido», señalaba su madre solicitando algún tipo de ayuda: «He llegado a pensar en denunciarlo ante la fiscalía de menores, esto no puede seguir así, ¿qué hago?».
Para una madre o padre es un duro trance el simple hecho de pensar en llevar a efecto una denuncia contra lo que más quiere pero, en situaciones extremas, según expresaba la tutora del menor, «no queda otra».
Son muchos los responsables de menores que, ante determinadas situaciones, expresan sus quejas contra la ley que les castiga por dar un cachete a un hijo maleducado y, sin embargo, ellos se sienten indefensos ante determinadas actitudes de sus hijos.
Denuncias
Cada vez es más frecuente escuchar la frase «no me ha quedado otra que denunciar, me volvió a agredir» o enterarnos de algún suceso en prensa escrita, radio o televisión en el que la policía nacional, Guardia Civil o policía local debió intervenir para evitar las continúas agresiones de un hijo o hija hacia su madre o padre. Las cifras denotan que hechos de este tipo van en aumento como así quedó corroborado en el informe presentado hace unos días por la Fiscalía General del Estado con motivo de la apertura del Año Judicial, en cuyo documento se destacó que este tipo de delitos ha aumentado en un 6 por ciento, sin distinción de clases sociales. De 108.720 denuncias de delitos cometidos por adolescentes durante el año 2007 se pasó a 114.776 durante el año 2008.
En este informe anual se incide en la reacción de máxima urgencia con que se responde a la violencia doméstica ejercida por adolescentes hacia sus progenitores, poniendo en marcha medidas cautelares, sin embargo se destaca que el internamiento del joven puede acabar deteriorando la relación de afecto paternofilial además de crear conflictos en la personalidad del menor agravando el problema. Para poner remedio a esta nueva lacra social, la mayoría de las Secciones de Menores coinciden en que lo más adecuado sería integrar a estos jóvenes en convivencia con grupos educativos además de una necesaria mediación interfamiliar e intergeneracional.
ABC
HUELVA. HIJOS QUE MALTRATAN A SUS PADRES
En esta casa mando yo
Durante 2008, aumentó un 36% en Huelva el número de menores que acaban sometiendo a sus padres a base de maltrato físico.
2HUELVA, 28 SEP 2009 · Joaquín Cabanillas S. (ANDALUCIA INFORMACION)
Cuánta no ha de ser la impotencia de unos padres que se ven obligados por las circunstancias a tener que denunciar a sus propios hijos por maltratadores en el ámbito familiar. Por fortuna, y educación, son los menos, los muchos menos, los niños que pegan a sus padres, pero en los casos que se dan salen a la luz las principales causas psicológicas que derivan en la construcción de un hogar con la convivencia destruida a golpes de niños.
Según los informes de los Equipos Técnicos del Juzgado de Menores de Huelva, uno de los principales motivos por el que la conducta de estos niñas y niñas (14-18 años), pasa a ser agresiva es el ir creciendo en un ámbito familiar con: “Falta de normas de convivencia, con el deterioro progresivo de ésta, y la inexistencia de límites a la actividad de los menores, que poco a poco se han ido adueñando de la casa hasta convertirla en un territorio propio en el que no aceptan ninguna pauta de comportamiento que no sea impuesta por ellos mismos”, reza uno de los informes.
Y los padres que, en la mayoría de los casos, han ido favoreciendo de manera inconsciente que los niños manejen más terreno del que les corresponde, “se han ido doblegando a las exigencias de los menores, por evitar mayores conflictos o por imposibilidad de actuar de otra manera, y no denuncian los actos violentos hasta que estos se convierten en cruentos”.
Egocéntricos, sin planes de futuro, faltos de cariño y apáticos
Más allá del nivel social del que provengan, aunque en la mayoría de los casos son de nivel medio-alto, el entorno en el que se educan, o la profesión de los padres, existen diferentes elementos comunes que, a nivel psicológico, definen al niño que maltrata en el ámbito familiar. Los informes de los equipos técnicos señalan que el menor que pega a sus padres o hermanos tiene un perfil marcado por el “egocentrismo, nula tolerancia a la frustración, fracaso escolar, falta de habilidades sociales, abulia y apatía ante la vida, ningún plan de futuro en cuanto a estudios o trabajos y, sorpresivamente, una gran necesidad de afecto que no han sabido requerir adecuadamente a sus progenitores, convirtiéndose en sujetos emocionalmente fríos. Son los menores de ‘lo quiero todo y lo quiero ya’, materialistas hasta extremos insospechados, que no dudan en agredir a sus padres cuando estos no atienden a sus deseos”.
30 menores pegaron a sus padres en 2008 en Huelva
Según la Memoria Anual de la Fiscalía General del Estado, en el año 2008 se cometieron en la provincia de Huelva 30 delitos de maltrato producidos por los hijos en el ámbito familiar. Esta cifra supone un incremento del 36,4% respecto a los casos sucedidos durante 2007, cuando en Huelva hubo 22 delitos de estas características.
Otro de los aspectos que se extrae de la memoria anual es el aumento de las niñas que maltratan a los miembros de la familia, especialmente a las madres, igualándose casi de manera total al número de niños que cometen este delito.
Ellos o ellas, menores, víctimas de una educación familiar cada vez más alejada, callada y fría, y culpables de sacar a la luz lo peor de ellos mismos, la violencia física, cuando en la indomable adolescencia crecen desapegado de los valores, y pegados a los antivalores de una sociedad aquejada, en más casos de los que debiera, del síndrome de la muy mala educación.
Cien por cien de efectividad de los pisos de convivencia
Andalucía cuenta con un medio “muy eficaz” para luchar contra este tipo de violencia: Los pisos de convivencia. Ana Isabel Laso Mota es la Fiscal delegada de Menores en la Fiscalía de Huelva, y valora la puesta en práctica de este procedimiento de reeducación, principalmente porque “de los menores ingresados en este tipo de pisos tenemos un 0% de reincidencia”. Los pisos de convivencia son recursos residenciales “a medio camino entre la libertad y el internamiento en centro”, integrados en la vecindad, “y donde se crea un nuevo grupo familiar entre ellos y los educadores”. Allí, tras un periodo de observación de quince días sin salidas y sin permisos, se establece un un programa de actividades en las que se incluye la educación reglada, ya sea educativa o formativa, y el tratamiento psicológico adecuado a la problemática del menor, en el que también se incluye posteriormente al núcleo familiar. Ana Laso lo tiene claro: “La efectividad de este recurso es uno de los mayores logros de la Ley del Menor, ya que se concilian intereses tan importantes como la vida familiar y el interés del menor, al que se le impone una medida sancionadora y a la vez educativa, que permite su reintegración en el ámbito familiar”. Laso matiza que las denuncias que se realizan en el Juzgado de Menores onubense, llegan “cuando los padres ya están desesperados, y denunciar directamente aquí es la última opción que manejan, cuando quizá debería ser la primera”.
AI







